
El ascensor que baja al piso cero
El edificio Aurora tenía diecisiete pisos.
Eso era lo que indicaban los planos.
Diecisiete plantas de oficinas, departamentos, depósitos y salas técnicas. Dos niveles de estacionamiento subterráneo.
Ningún sótano adicional.
Ningún piso oculto.
Por eso, cuando Martín vio aparecer un botón marcado con un cero en el ascensor, pensó que se trataba de una falla.
Eran las 11:58 de la noche.
Trabajaba como técnico de mantenimiento y acababa de terminar una revisión rutinaria en el piso diecisiete cuando recibió una llamada por una avería en el sistema eléctrico del piso quince.
El edificio estaba casi vacío.
Solo quedaban un guardia en recepción, una mujer trabajando en el piso doce y dos empleados de limpieza.
Martín entró en el ascensor de servicio.
Los botones eran los de siempre.
B2.
B1.
1.
2.
3.
Hasta el 17.
Pero debajo del botón B2 había otro.
0.
Martín frunció el ceño.
No estaba iluminado.
Tampoco tenía marco metálico como los demás.
Parecía añadido después.
Pasó el dedo por encima.
El botón se encendió.
Rojo.
—¿Qué...?
Las puertas se cerraron.
Martín pulsó el quince.
No respondió.
Pulsó abrir puertas.
Nada.
El ascensor comenzó a descender.
17.
18.
19.
No se detuvo.
14.
15.
16.
—No, no, no...
Martín presionó el botón de emergencia.
Solo obtuvo estática.
El indicador siguió bajando.
5.
6.
7.
8.
9.
B1.
B2.
Después apareció un símbolo que nunca había visto encendido en aquel panel.
0.
El ascensor continuó descendiendo varios segundos más.
Demasiados.
Martín conocía perfectamente la distancia entre los niveles del edificio.
Aquello era imposible.
Finalmente, la cabina se detuvo.
Las puertas se abrieron.
Al otro lado había un pasillo.
Martín esperaba encontrar una sala de máquinas, una cimentación olvidada o algún nivel técnico que no figurara en los planos.
No era eso.
El corredor tenía las mismas paredes, lámparas y puertas que el piso quince.
Incluso la alfombra era idéntica.
Pero todo parecía décadas más viejo.
Las paredes estaban manchadas.
Las luces parpadeaban.
La pintura se desprendía en algunos lugares.
Y las puertas no tenían números.
Martín permaneció dentro del ascensor.
Pulsó cerrar.
Nada.
Una voz salió del altavoz.
—Piso cero.
Era una voz femenina.
Antigua.
Deformada.
Como una grabación reproducida desde una cinta dañada.
—Por favor, descienda.
Martín observó el corredor.
—No, gracias.
Las puertas continuaron abiertas.
Esperó.
Un minuto.
Dos.
Entonces escuchó pasos.
Provenían del fondo del corredor.
Alguien avanzaba lentamente hacia él.
Martín pulsó todos los botones.
Nada.
—Vamos...
La voz volvió a sonar.
—Por favor, descienda.
Los pasos estaban más cerca.
Martín tomó su linterna.
No quería salir.
Pero tampoco quería descubrir qué ocurriría cuando aquello que caminaba por el pasillo llegara hasta el ascensor.
Salió.
En cuanto ambos pies tocaron la alfombra, las puertas se cerraron.
—¡No!
Martín se giró.
El ascensor comenzó a subir.
—¡Espere!
Corrió y golpeó las puertas.
Demasiado tarde.
El indicador desapareció en la oscuridad del hueco.
El corredor quedó en silencio.
Martín encendió la linterna.
Había una señal de emergencia en la pared.
«PISO 0 — PERSONAL AUTORIZADO».
Debajo, alguien había escrito con marcador negro:
«NO MIRES LAS PUERTAS ABIERTAS».
Martín sintió un escalofrío.
Su radio emitió un chasquido.
—Martín, ¿me recibe?
Era Hugo, el guardia.
Martín apretó el transmisor.
—Sí. Estoy atrapado en un nivel raro.
—¿Qué nivel?
Martín miró nuevamente el letrero.
—Piso cero.
Hubo silencio.
—Repita.
—Cero.
La radio comenzó a llenarse de interferencia.
Hugo habló muy rápido.
—No se mueva. Voy a...
La comunicación se cortó.
Los pasos regresaron.
Martín enfocó hacia el corredor.
No vio a nadie.
Entonces una puerta se abrió.
Recordó la advertencia.
NO MIRES LAS PUERTAS ABIERTAS.
Apartó inmediatamente la vista.
Desde la habitación surgió una voz.
—Martín.
Se quedó inmóvil.
Conocía aquella voz.
—Martín, hijo.
Era su madre.
Había muerto hacía tres años.
Martín apretó la linterna.
—No.
—Estoy aquí.
La voz sonaba exactamente igual.
Incluso conservaba aquel pequeño temblor que tenía al pronunciar algunas palabras.
—Ven.
Martín cerró los ojos.
Caminó pegado a la pared, evitando mirar hacia la habitación.
Cuando pasó frente a ella sintió una corriente de aire helado.
—¿Por qué no me visitas?
Martín siguió andando.
—Martín.
No respondió.
—Hijo.
La puerta se cerró.
Silencio.
Martín abrió los ojos.
El corredor parecía no terminar.
Caminó durante varios minutos hasta encontrar un cartel.
SALIDA.
Una flecha señalaba hacia la derecha.
La siguió.
Llegó a una escalera.
Subió.
Un piso.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Las piernas comenzaron a dolerle.
Finalmente encontró una puerta.
La abrió.
Y apareció nuevamente en el mismo corredor.
Piso 0.
El cartel de la pared seguía allí.
NO MIRES LAS PUERTAS ABIERTAS.
Martín respiró lentamente.
Aquello ya no podía ser una parte desconocida del edificio.
La radio volvió a funcionar.
—Martín.
Era Hugo.
—Aquí estoy.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—Escúcheme. Encontré algo en los archivos de mantenimiento.
—¿Qué?
—El Aurora fue construido sobre otro edificio.
Martín miró alrededor.
—¿Qué edificio?
—Un hospital.
La señal falló durante algunos segundos.
—¿Qué hospital?
—San Gabriel. Cerró en 1976.
—¿Y?
—Tenía un nivel subterráneo marcado como planta cero.
Martín sintió frío.
—¿Qué había allí?
La voz de Hugo tardó en responder.
—La morgue.
La radio se apagó.
Una de las lámparas explotó.
Después otra.
Después otra.
La oscuridad comenzó a avanzar por el pasillo.
Martín corrió.
Las puertas a ambos lados comenzaron a abrirse.
No miró.
Escuchaba voces.
Personas llorando.
Niños llamando a sus padres.
Ancianos pronunciando nombres.
Algunas voces pedían ayuda.
Otras le pedían que entrara.
Una voz volvió a decir:
—Martín.
Era su madre.
Él siguió corriendo.
Encontró una puerta metálica y la abrió.
Era una sala de mantenimiento.
Entró y cerró detrás de sí.
Había tableros eléctricos antiguos, conductos oxidados y cajas cubiertas de polvo.
En la pared colgaba un plano.
HOSPITAL SAN GABRIEL — NIVEL 0.
Martín acercó la linterna.
Había treinta y dos habitaciones.
Casi todas estaban marcadas con una misma palabra.
DEPÓSITO.
Al final aparecía una zona mucho más grande.
MORGUE.
Martín observó el plano.
Una línea roja había sido trazada a mano muchos años después de imprimirlo.
Partía desde la morgue y terminaba en un cuadrado añadido al margen.
Sobre él alguien había escrito:
ASCENSOR AURORA.
—No puede ser.
Sobre una mesa encontró un cuaderno.
Lo abrió.
Las primeras páginas pertenecían a un empleado de mantenimiento del edificio.
Fecha: 1989.
«El ascensor volvió a bajar al nivel cero».
Martín continuó leyendo.
«No ocurre todas las noches. Parece suceder cuando el edificio está casi vacío».
Otra entrada.
«El técnico Velasco bajó anoche. Regresó cuarenta minutos después. Asegura que estuvo allí tres días».
Otra.
«Velasco dice que algunas puertas muestran personas muertas».
Martín pasó la página.
«Nunca deben mirar dentro. Las habitaciones no muestran muertos. Muestran la última versión que recuerdas de ellos».
Había varias líneas subrayadas.
«Cuanto más miras, más recuerda el piso».
Martín frunció el ceño.
Siguió leyendo.
«Cuanto más hablas con ellos, más completos se vuelven».
Otra anotación:
«No sabe cosas que tú hayas olvidado. Solo puede construir con lo que todavía llevas dentro».
Y después:
«El piso cero no quiere cuerpos.
Quiere recuerdos».
Martín sintió un nudo en el estómago.
Continuó pasando páginas.
La letra se volvía cada vez más apresurada.
«Velasco volvió a ver a su esposa».
Otra entrada.
«Murió nueve años antes».
La siguiente había sido escrita dos días después.
«Velasco insiste en regresar. Dice que ella recordó algo que él creía haber olvidado».
Después:
«Intentamos detenerlo».
Y finalmente:
«Velasco entró nuevamente al ascensor esta noche».
La página siguiente contenía una sola frase.
«No regresó».
Un golpe sacudió la puerta.
Martín cerró el cuaderno.
—Martín.
La voz de su madre.
—Déjame entrar.
Él retrocedió.
La puerta comenzó a moverse.
Martín empujó un armario metálico contra ella.
—No te despediste —dijo la voz.
Martín cerró los ojos.
Aquello era cierto.
Su madre había muerto durante una operación inesperada.
Martín llegó al hospital demasiado tarde.
Nunca pudo hablar con ella.
—Solo quiero verte.
Sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Volvió a abrir el cuaderno.
Había una última nota escrita en la contraportada.
«Si reconoces la voz, todavía puedes escapar.
Si empiezas a creer que realmente es esa persona, el piso ya está ganando».
El armario se movió.
Martín buscó otra salida.
Encontró una escotilla.
La abrió.
Había un conducto estrecho.
Entró.
Avanzó arrastrándose entre polvo y cables.
Detrás escuchó cómo la puerta cedía.
—Martín.
La voz ya estaba dentro de la sala.
Él aceleró.
El conducto terminaba en una rejilla.
La golpeó con la herramienta hasta desprenderla.
Cayó al otro lado.
Estaba en la morgue.
Las paredes eran de azulejos verdes.
Había camillas cubiertas por sábanas viejas.
Armarios metálicos ocupaban una pared completa.
Y en el centro de la sala había un ascensor.
No era el moderno.
Era una cabina antigua con puertas de reja.
Sobre ella brillaba un indicador.
0.
Las puertas estaban abiertas.
Dentro había un hombre con uniforme de técnico.
—Suba —dijo.
Martín se detuvo.
El hombre parecía tener unos cincuenta años.
Su uniforme llevaba bordado un apellido.
VELASCO.
Martín levantó la linterna.
—¿Ricardo Velasco?
El hombre asintió.
—Ha tardado bastante.
Martín no se acercó.
—Usted desapareció en 1989.
Velasco sonrió débilmente.
—Para ustedes.
—¿Cuánto tiempo lleva aquí?
Velasco miró hacia el corredor.
—Ya no sabría decirlo.
—El cuaderno dice que regresó una vez.
—La primera vez pude salir.
Velasco bajó la mirada.
—La segunda encontré a mi esposa.
Martín comprendió.
—Miró dentro.
—Sí.
—¿Era ella?
Velasco tardó varios segundos en responder.
—Durante un tiempo dejé de preguntármelo.
Un golpe resonó dentro de uno de los armarios metálicos.
Después otro.
Velasco señaló el ascensor.
—Tenemos que irnos.
Martín se acercó.
—¿Usted puede salir?
Velasco negó con la cabeza.
—No.
—¿Por qué?
—Porque hace mucho tiempo acepté este lugar.
Otro golpe.
Ahora fueron varios.
Velasco continuó:
—El ascensor puede devolver a quienes todavía recuerdan que esto no es real.
—Entonces venga conmigo.
—Lo he intentado.
Velasco miró la cabina.
—Para mí siempre vuelve al cero.
La morgue se llenó de golpes.
Uno.
Dos.
Diez.
Todos los armarios parecían vibrar.
—Suba —dijo Velasco—. Antes de que abra otra puerta.
Martín avanzó hacia el ascensor.
Entonces una puerta de la morgue se abrió.
Su madre apareció.
No como cadáver.
No enferma.
Como Martín la recordaba.
Vestido azul.
Cabello corto.
La misma sonrisa.
—Hijo.
Martín dejó de caminar.
—No eres ella.
La mujer inclinó ligeramente la cabeza.
—Lo sé.
Aquella respuesta lo desconcertó.
—¿Qué?
—Soy lo que recuerdas.
Martín apretó la herramienta.
—Entonces déjame ir.
—No puedo.
—¿Por qué?
La mujer sonrió.
—Porque tú no quieres olvidarme.
La morgue comenzó a desaparecer.
Los azulejos verdes se desvanecieron.
Los armarios metálicos desaparecieron.
Ahora estaban en la cocina de la casa donde Martín había crecido.
Su madre preparaba café.
El sol entraba por la ventana.
Martín podía olerlo.
Café.
Pan tostado.
El perfume que ella utilizaba.
Era exactamente como lo recordaba.
—Podemos quedarnos aquí —dijo ella.
Martín sintió algo mucho más peligroso que miedo.
Paz.
Una paz enorme.
Podía sentarse.
Hablar con ella.
Decir todo lo que nunca había podido decir.
Preguntarle cosas.
Escucharla reír otra vez.
—Solo unos minutos —susurró.
Desde algún lugar lejano llegó la voz de Velasco.
—¡No lo haga!
Martín miró a su madre.
Entonces recordó algo del cuaderno.
No sabe cosas que tú hayas olvidado.
Solo puede construir con lo que todavía llevas dentro.
—Mamá.
—Sí.
—¿Recuerdas nuestra última conversación?
Ella sonrió.
—Claro.
—¿Qué me dijiste?
La mujer abrió la boca.
Se detuvo.
Durante unos segundos no dijo nada.
—¿Qué me dijiste? —repitió Martín.
El rostro de su madre permaneció inmóvil.
Martín sintió que algo dentro de él se rompía.
Él tampoco podía recordar aquella conversación.
Habían hablado por teléfono.
Recordaba haber estado apurado.
Recordaba haber terminado la llamada demasiado rápido.
Pero no recordaba las últimas palabras.
Y por eso aquello tampoco podía recordarlas.
—No eres mi madre.
La cocina comenzó a deformarse.
—No importa.
—Sí importa.
—Puedo serla.
La voz cambió.
Era más profunda.
Más vieja.
—Puedo darte todo lo que olvidaste.
Martín negó con la cabeza.
—No puedes.
La habitación tembló.
—Solo puedes devolverme lo que todavía recuerdo.
La figura de su madre comenzó a perder forma.
Su rostro se mezcló con otros.
Hombres.
Mujeres.
Niños.
Ancianos.
Personas recordadas por alguien.
Miles de fragmentos de recuerdos intentando formar rostros completos.
Martín retrocedió hacia el ascensor.
Velasco estaba allí.
—Ahora entiende —dijo.
Martín entró en la cabina.
—Venga.
Velasco negó con la cabeza.
—No puedo.
—Inténtelo.
—Martín.
—¡Suba!
Velasco miró hacia la figura que avanzaba por la morgue.
Finalmente entró.
Martín cerró la reja.
Pulsó el botón superior.
Nada.
—No funciona.
—Nunca funciona al principio —dijo Velasco.
Las figuras se acercaban.
Martín abrió el panel de control con una herramienta.
Había cableado antiguo detrás.
—¿Qué hace?
—Soy técnico.
Localizó el circuito del selector.
Arrancó el cable que alimentaba la conexión marcada con un cero.
La cabina tembló.
Las luces se apagaron.
Las figuras comenzaron a gritar.
—Eso no va a destruirlo —dijo Velasco.
—No intento destruirlo.
Martín volvió a conectar dos terminales.
—Solo quiero obligar al ascensor a elegir otro destino.
El motor rugió.
La cabina comenzó a ascender.
El indicador mostró:
0.
B2.
B1.
1.
La cabina se detuvo.
Las puertas se abrieron.
Era el vestíbulo del edificio Aurora.
Hugo estaba allí.
—¡Martín!
Martín salió tambaleándose.
Hugo lo sostuvo.
—Pensé que había desaparecido.
Martín respiraba con dificultad.
—¿Cuánto tiempo pasó?
Hugo miró su reloj.
—Seis minutos.
Martín sintió un vacío en el estómago.
Para él habían sido horas.
Se giró.
Velasco continuaba dentro de la cabina.
Durante un instante ambos se miraron.
—Venga —dijo Martín.
Velasco intentó dar un paso.
No pudo.
Algo parecía sujetarlo desde la oscuridad del ascensor.
Velasco sonrió.
—Se lo dije.
Las puertas comenzaron a cerrarse.
—¡Espere!
Martín intentó acercarse.
Velasco levantó una mano.
—No vuelva.
Las puertas se cerraron.
El indicador cambió.
1.
Después quedó en blanco.
Cuando Martín abrió nuevamente el ascensor, Velasco había desaparecido.
También el botón cero.
Al día siguiente, Martín pidió los planos originales.
El hospital San Gabriel había existido.
También la planta cero.
Pero descubrió algo todavía más extraño.
La morgue se encontraba treinta metros al sur del lugar donde posteriormente había sido construido el edificio Aurora.
Era imposible que el hueco del ascensor conectara físicamente ambos lugares.
Revisó también los registros antiguos.
Encontró el nombre.
Ricardo Velasco.
Técnico electricista.
Desaparecido en 1989.
Nunca encontraron su cuerpo.
Martín renunció.
Durante varios meses evitó los ascensores.
Usaba siempre las escaleras.
Se mudó.
Consiguió trabajo en otro lugar.
Pensó que todo había terminado.
Hasta que una noche visitó un centro comercial.
Había subido varios pisos por las escaleras, como siempre.
Pero al salir descubrió que las puertas de emergencia estaban cerradas por mantenimiento.
No tuvo alternativa.
Entró en un ascensor junto a otras cuatro personas.
El panel tenía seis pisos.
Todos normales.
Las puertas se cerraron.
Una niña señaló hacia la parte inferior.
—Mamá, ¿qué botón es ese?
Martín miró.
Debajo del estacionamiento había aparecido uno nuevo.
0.
Sintió que la sangre se le helaba.
—No lo toques.
Demasiado tarde.
La niña lo pulsó.
Rojo.
El ascensor comenzó a descender.
Martín golpeó cancelar.
Nada.
—¿Qué ocurre? —preguntó la madre.
El indicador descendió.
2.
3.
B1.
B2.
0.
Las puertas se abrieron.
El mismo corredor.
Las mismas paredes.
La misma alfombra gastada.
Y la misma advertencia.
NO MIRES LAS PUERTAS ABIERTAS.
—Todos dentro —ordenó Martín.
Una mujer lo miró.
—¿Por qué?
—No salgan.
—¿Qué está pasando?
—No miren las puertas. Pase lo que pase.
Al fondo del corredor apareció un hombre.
La niña sonrió.
—Papá.
Su madre palideció.
—Tu papá está en casa.
La niña negó lentamente.
—No, mamá.
Señaló al hombre.
—El otro papá.
La mujer dejó de respirar durante un instante.
Martín comprendió.
—No lo mires.
El hombre comenzó a caminar hacia ellos.
Martín pulsó cerrar puertas.
Nada.
Sacó el teléfono.
Sin señal.
Entonces el altavoz emitió aquella misma voz.
—Piso cero.
Pausa.
—Por favor, descienda.
Martín observó a las otras personas.
Y comprendió algo.
El piso cero no pertenecía al edificio Aurora.
Quizá nunca había pertenecido al hospital San Gabriel.
Tal vez ni siquiera era un lugar.
Durante meses Martín había pensado que necesitaba ascensores.
Se equivocaba.
Los ascensores eran simplemente puertas.
Lo único que el piso cero necesitaba eran personas.
Personas con recuerdos.
Personas con ausencias.
Personas con alguien a quien todavía deseaban volver a ver.
Martín logró sacar a aquellas personas de allí.
Nunca explicó exactamente cómo.
Solo contó que ninguna miró dentro de las habitaciones.
Ninguna respondió a las voces.
Y cuando finalmente las puertas del ascensor volvieron a abrirse en el centro comercial, habían transcurrido menos de cuatro minutos.
Desde aquella noche, Martín no volvió a entrar voluntariamente en un ascensor.
Usa siempre las escaleras.
Incluso en edificios de veinte pisos.
Incluso cargando herramientas.
Incluso cuando está agotado.
Pero hace tres días recibió una fotografía enviada desde un número desconocido.
Mostraba el interior de su apartamento.
Su propio dormitorio.
La cama.
La ventana.
El armario.
Y en una pared donde nunca había existido nada había unas puertas metálicas.
Sobre ellas brillaba un indicador rojo.
0.
Martín no durmió aquella noche.
A la mañana siguiente revisó la pared.
No encontró nada.
Pensó que alguien estaba jugando con él.
Hasta hoy.
Esta mañana apareció un botón junto a la puerta de su dormitorio.
Pequeño.
Sin marco metálico.
No estaba allí ayer.
Tiene grabado un solo número.
0.
Martín todavía no lo ha tocado.
Ahora comprende que también estaba equivocado sobre otra cosa.
El piso cero no necesita ascensores.
Nunca los necesitó.
Solo necesitaba que Martín creyera que sí.
Si alguna vez entras en un ascensor y encuentras un piso que no aparece en el directorio, no lo selecciones.
No importa si estás solo.
No importa si alguien te llama desde abajo.
No importa si reconoces su voz.
Y si aparece un botón marcado con un cero, aléjate.
Porque el piso cero no está debajo del edificio.
No está debajo de la ciudad.
Ni siquiera está necesariamente bajo tierra.
Está debajo de los recuerdos.
Y una vez que sabe a quién extrañas...
ya no necesita esperar a que encuentres un ascensor.
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