
La taza estaba tibia.
Lucía la sostuvo por el asa y miró el café oscuro que quedaba en el fondo.
No era suyo.
Había despertado hacía menos de cinco minutos.
Vivía sola.
La taza estaba sobre la mesa de la cocina, junto a un plato con dos migas de pan y una servilleta doblada en cuatro.
Lucía no recordaba haber cenado allí.
La noche anterior había comido frente al televisor y había dejado el plato en el fregadero.
Miró hacia el fregadero.
Su plato seguía allí.
La taza también era suya. Formaba parte de un juego de seis.
Pero alguien había bebido en ella después de que Lucía se acostara.
Pasó un dedo por la cerámica.
Todavía conservaba calor.
Se quedó mirando la puerta del dormitorio.
Después la entrada del departamento.
Cerrada.
Dos seguros puestos.
Lucía revisó las ventanas.
Nada.
El balcón estaba cerrado desde dentro.
No faltaba dinero.
No faltaba ningún objeto.
Solo había una taza usada que ella no recordaba haber usado.
La lavó.
Durante el resto de la mañana intentó convencerse de que se había levantado dormida.
No era imposible.
De niña había caminado dormida algunas veces. Su madre solía contar que una noche la encontró intentando abrir el refrigerador con las llaves de la casa.
Habían pasado más de veinte años.
Pero era mejor pensar en eso que en una persona entrando mientras dormía.
Aquella noche dejó el teléfono sobre la mesa de noche y cerró la puerta del dormitorio.
No con llave.
Nunca la cerraba con llave.
A las dos de la madrugada se despertó.
No supo por qué.
Permaneció unos segundos mirando el techo.
Entonces escuchó una silla arrastrándose en la cocina.
Lucía se incorporó.
Silencio.
Después, el sonido de un cajón.
Cubiertos.
Un vaso colocado sobre la mesa.
Lucía tomó el teléfono.
La pantalla iluminó la habitación.
No tenía llamadas.
No había notificaciones.
Escuchó una voz.
Un hombre.
Demasiado baja para entender las palabras.
Lucía dejó de respirar.
Otra voz respondió.
Una mujer.
Después alguien rio.
Un niño.
No una televisión.
No los vecinos.
Estaban en su cocina.
Lucía deslizó los pies fuera de la cama.
Se acercó a la puerta.
La conversación continuaba al otro lado.
Normal.
Tranquila.
Como una familia cenando demasiado tarde.
Apoyó la oreja contra la madera.
—Mañana no quiero ir.
Era un niño.
—Ya hablamos de eso —respondió el hombre.
Lucía sintió que el corazón le golpeaba en el pecho.
La mujer dijo algo.
No entendió la frase.
Pero reconoció la voz.
Era la suya.
Lucía se apartó de la puerta.
La conversación siguió.
Su propia voz rio.
El sonido fue tan familiar que durante un instante sintió la absurda impresión de estar escuchando una grabación.
Luego la oyó decir:
—Come un poco más y te vas a dormir.
Lucía se llevó una mano a la boca.
Del otro lado, alguien caminó por el pasillo.
Los pasos se acercaron.
Lucía retrocedió.
La manija del dormitorio bajó lentamente.
No se abrió.
La puerta estaba cerrada, pero no tenía seguro.
La manija volvió a su posición.
Una voz infantil habló justo afuera.
—Mamá.
Lucía sintió que le temblaban las piernas.
Su propia voz respondió desde más lejos:
—Déjala.
El niño permaneció frente a la puerta.
Lucía podía escuchar su respiración.
—Pero está despierta.
Silencio.
Después su propia voz dijo:
—Ya se dormirá.
Los pasos infantiles se alejaron.
Lucía no volvió a acostarse.
Permaneció sentada en el suelo junto a la cama hasta que comenzó a entrar claridad por las cortinas.
Durante ese tiempo escuchó platos.
Agua corriendo.
Una puerta de armario.
Pasos.
Una breve discusión entre el hombre y la mujer.
Después nada.
Cuando el sol iluminó el borde de la ventana, Lucía abrió la puerta.
El departamento estaba vacío.
La cocina olía a pan tostado.
Había tres tazas sobre la mesa.
Una tenía café.
Otra leche.
La tercera estaba vacía.
Lucía salió del departamento sin cambiase de ropa.
Bajó seis pisos por las escaleras.
El portero estaba preparando su desayuno.
—¿Todo bien, señorita Lucía?
Ella tardó en responder.
—¿Entró alguien anoche?
—¿A su departamento?
—Sí.
—No que yo sepa.
—¿Subió alguna familia?
El hombre negó.
—A esa hora no.
Lucía miró las cámaras sobre el mostrador.
—¿Puede revisar?
Él la observó con extrañeza.
—¿Pasó algo?
Lucía pensó en las voces.
En el niño frente a su puerta.
En ella misma diciéndole que la dejara.
—Escuché gente.
El portero revisó las grabaciones.
Nadie entró al sexto piso durante la madrugada.
Lucía no insistió.
Pasó el día en casa de su hermana.
No contó todo.
Solo dijo que había escuchado ruidos y que prefería no estar sola.
Andrea se ofreció a dormir con ella.
Lucía estuvo a punto de aceptar.
Después recordó la frase.
Déjala.
No sabía quién estaba hablando.
Pero era su voz.
—No hace falta.
Regresó al departamento antes de oscurecer.
Las tres tazas seguían sobre la mesa.
No las lavó.
Las guardó dentro de un armario.
Cerró.
Aquella noche dejó todas las luces encendidas.
No sirvió.
Se despertó en completa oscuridad.
Miró el reloj.
La electricidad no se había ido.
El pequeño indicador del cargador seguía encendido.
Las luces simplemente estaban apagadas.
Desde la sala llegaba una claridad amarilla.
No provenía de ninguna lámpara que Lucía reconociera.
Se levantó.
La puerta del dormitorio estaba entreabierta.
Ella recordaba haberla cerrado.
Por la rendija vio una parte del pasillo.
La pared no era blanca.
Era verde.
Lucía permaneció inmóvil.
Su pasillo tenía paredes blancas.
Escuchó pasos.
Un hombre cruzó frente a la puerta.
Solo alcanzó a ver su perfil.
Tenía unos cuarenta años.
Cabello corto.
Camiseta gris.
Llevaba un vaso en la mano.
No miró hacia Lucía.
Detrás pasó un niño.
—Tengo sed.
—Ya vas por el tercer vaso.
—Mamá dijo que podía.
El niño desapareció hacia la cocina.
Lucía abrió un poco más la puerta.
La sala ya no era la suya.
El sofá estaba en el mismo lugar, pero era azul.
Había fotografías en una pared donde Lucía tenía un cuadro.
Una mochila infantil descansaba junto a la entrada.
Sobre la mesa había cuatro platos.
Lucía sintió que el suelo se movía debajo de ella.
Entonces apareció la mujer.
Salió de la cocina secándose las manos con un paño.
Lucía vio primero el cabello.
Luego el rostro.
Era ella.
No exactamente.
La mujer tenía el cabello un poco más corto.
Parecía cansada.
Llevaba una camiseta que Lucía nunca había comprado.
Pero era su cara.
Su cuerpo.
Su manera de caminar.
El hombre le dijo algo.
La otra Lucía respondió.
Lucía cerró la puerta sin hacer ruido.
Se apoyó contra ella.
No lloró.
Todavía no.
Escuchó a la familia moverse por la casa.
Una casa que ocupaba exactamente el mismo espacio que la suya.
Unos minutos después el niño volvió al pasillo.
—Mamá.
—¿Qué?
—La señora me miró.
Silencio.
Lucía sintió que la sangre le abandonaba el rostro.
—¿Desde dónde? —preguntó la otra Lucía.
—Desde mi cuarto.
Lucía miró alrededor.
Su dormitorio.
El cuarto del niño.
—No entres ahí —dijo la mujer.
—Pero mis juguetes están adentro.
El hombre habló.
—Esto ya está durando demasiado.
—No empieces.
—No podemos seguir fingiendo que no está.
—Ella tampoco sabe qué está pasando.
Lucía retrocedió hasta la cama.
La conversación se hizo más baja.
No alcanzaba a distinguir todas las palabras.
Solo fragmentos.
“...cada noche...”
“...antes no podía vernos...”
“...el niño...”
“...no es culpa de ella...”
Luego el hombre dijo con claridad:
—Está usando nuestra casa.
Lucía sintió ganas de gritar.
No lo hizo.
Pasaron varias noches antes de que volviera a dormir allí.
Se quedó con Andrea.
Inventó una fuga de agua.
Un problema eléctrico.
Cualquier explicación que evitara contar la verdad.
Durante el día regresaba por ropa.
El departamento siempre era suyo.
Paredes blancas.
Sofá gris.
Un solo plato sobre la mesa.
Ninguna mochila.
Ningún niño.
Ningún hombre.
Ninguna otra Lucía.
Pero cada mañana encontraba algo.
Una cuchara dentro del microondas.
Un juguete pequeño debajo del sofá.
Una camiseta masculina en el cesto de ropa.
Una hoja con una tarea escolar.
La primera vez que encontró un dibujo infantil estuvo a punto de tirarlo.
No lo hizo.
Mostraba una casa.
Tres personas delante.
Un hombre.
Una mujer.
Un niño.
Y detrás de una ventana, dibujada con lápiz negro, había una cuarta persona.
Separada de los demás.
Encima, con letra infantil, decía:
LA SEÑORA QUE DUERME.
Lucía dobló el dibujo.
Lo guardó en su bolso.
Aquella tarde llamó a una inmobiliaria.
Quería mudarse.
No necesitaba comprender nada.
Solo salir.
Le ofrecieron visitar un departamento el sábado.
Aceptó.
Esa noche durmió nuevamente con Andrea.
A la mañana siguiente su hermana estaba preparando café cuando preguntó:
—¿Anoche entraste a mi cuarto?
Lucía levantó la cabeza.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
Andrea la miró.
—Pensé que te vi.
Lucía dejó la taza.
—¿Dónde?
—En la puerta.
—¿A qué hora?
—No sé. De madrugada.
Lucía sintió el miedo regresar.
—¿Qué estaba haciendo?
Andrea dudó.
—Nada.
—Andrea.
—Solo estabas mirando.
Lucía no preguntó más.
Regresó a su departamento esa misma tarde.
No porque quisiera.
Porque necesitaba saber si aquello seguía allí aunque ella no durmiera en casa.
Todo parecía normal.
Dejó el dibujo sobre la mesa.
Miró las tres figuras.
Luego la cuarta.
LA SEÑORA QUE DUERME.
Lucía lo dio vuelta.
Había algo escrito detrás.
No lo había visto.
Una sola frase.
MAMÁ DICE QUE NO ES MALA.
Lucía permaneció mucho tiempo observándola.
Aquella noche tomó una decisión que después no pudo explicar.
Se quedó.
No para investigar.
No para descubrir reglas.
Simplemente no quería llevar aquello a casa de Andrea.
Se encerró en el dormitorio.
Dejó la puerta abierta.
No durmió.
Durante horas no ocurrió nada.
Cerca de la madrugada, la luz del pasillo cambió.
Blanca.
Luego amarilla.
Lucía supo que habían llegado antes de escuchar las voces.
El niño apareció primero.
Se detuvo frente a la puerta.
Esta vez pudo verlo completo.
Tendría siete u ocho años.
La miró.
Lucía lo miró a él.
Ninguno habló.
El niño parecía asustado.
Pero también curioso.
—¿Tú eres la señora? —preguntó.
Lucía tragó saliva.
—Sí.
El niño abrió mucho los ojos.
Desde la sala, su madre llamó:
—¡Daniel!
La voz de Lucía.
El niño miró hacia atrás.
—Está despierta.
La otra Lucía apareció al final del pasillo.
Ambas se vieron.
Lucía sintió algo difícil de describir.
No fue como verse en un espejo.
La otra mujer tenía pequeñas diferencias.
Una cicatriz sobre la ceja.
Un anillo.
Ojeras más profundas.
Pero era ella.
La mujer se acercó lentamente.
El niño se refugió detrás de su madre.
—No quería molestarlos —dijo Lucía.
Su propia voz saliendo de otra boca respondió:
—Nosotros tampoco.
El hombre apareció detrás.
No parecía sorprendido.
Parecía cansado.
—Esto tiene que terminar.
La otra Lucía lo miró.
—No.
—Cada noche está más tiempo.
—Ella vive aquí.
—Nosotros vivimos aquí.
Lucía los observó.
—¿Quiénes son?
El hombre soltó una risa sin humor.
—Eso mismo queremos saber nosotros.
La otra Lucía dio un paso hacia la habitación.
—No cierres la puerta.
Lucía sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
La mujer no respondió.
Detrás de ella, el pasillo pareció oscurecerse.
El hombre miró hacia la sala.
Su expresión cambió.
—Otra vez.
—¿Qué? —preguntó Lucía.
Nadie respondió.
Algo sonó cerca de la entrada principal.
Una llave entrando en la cerradura.
El niño tomó la mano de su madre.
El hombre retrocedió.
—¡Apaga todo!
La otra Lucía lo hizo.
La casa quedó casi a oscuras.
Lucía no entendía.
—¿Quién viene?
Su doble la miró.
—No sé.
La llave giró.
—Pero no somos nosotros.
La puerta principal se abrió.
Lucía escuchó pasos.
Lentos.
Sin prisa.
Alguien dejó algo sobre el mueble de la entrada.
Llaves.
Después cerró la puerta.
El hombre llevó al niño hacia la cocina.
La otra Lucía permaneció frente al dormitorio.
—Escúchame.
Lucía sintió que el miedo le cerraba la garganta.
—¿Qué?
—Cuando se acerque, no le digas quién eres.
Los pasos avanzaron por la sala.
—¿Quién es?
—No sé.
—¡Dímelo!
—No lo sé.
La otra mujer miró detrás de ella.
—Cada vez que aparece, falta algo cuando amanece.
—¿Qué cosa?
—Al principio objetos.
Los pasos entraron al pasillo.
—Después habitaciones.
Lucía miró hacia la puerta.
—¿Y ahora?
Su doble la miró.
—Personas.
Alguien se detuvo fuera de la habitación.
No podían verlo.
Lucía escuchó una respiración.
Después una voz masculina.
—¿Hay alguien despierto?
No era el hombre de la casa.
La otra Lucía llevó un dedo a los labios.
El niño lloró muy bajo desde la cocina.
La voz volvió.
Más cerca.
—¿Lucía?
Ella sintió un impulso casi irresistible de responder.
Su doble negó.
La manija comenzó a bajar.
—¡No! —dijo la otra Lucía.
Demasiado tarde.
La puerta se abrió.
Lucía cerró los ojos.
No vio quién entró.
Escuchó al niño gritar.
El hombre corrió.
Algo cayó en la sala.
Después la otra Lucía agarró a la protagonista del brazo.
—¡Sal!
Lucía abrió los ojos.
No había nadie en la puerta.
Pero el departamento estaba cambiando.
La pared verde se volvía blanca.
El sofá azul desaparecía bajo el gris.
Las fotografías de la familia se borraban una por una.
El niño gritó desde algún lugar que ya no coincidía con la cocina.
—¡Mamá!
La otra Lucía soltó a la protagonista.
Corrió hacia él.
Lucía hizo lo contrario.
Corrió hacia la entrada.
Abrió.
El corredor del edificio estaba allí.
Salió.
No miró atrás.
Bajó las escaleras.
Llegó a la calle justo cuando empezaba a amanecer.
Pasó el resto de la mañana sentada en una cafetería.
No llamó a nadie.
No sabía qué podía contar.
A las diez regresó.
Necesitaba sus documentos.
Su ropa.
Su computadora.
Introdujo la llave.
No entró.
La llave no giró.
Probó otra vez.
Nada.
Tocó el timbre.
Escuchó pasos dentro.
La puerta se abrió.
Lucía sintió que las piernas dejaban de responderle.
La otra Lucía estaba allí.
Cabello un poco más corto.
Cicatriz sobre la ceja.
Anillo.
Detrás de ella estaba el niño.
—Mamá —dijo él—. Es la señora.
La mujer lo hizo retroceder.
Lucía miró hacia el interior.
Paredes verdes.
Sofá azul.
Fotografías familiares.
La mochila del niño.
Todo permanecía allí.
Era de día.
—Esta es mi casa —dijo Lucía.
La mujer bajó la mirada.
Parecía triste.
—Yo sé.
—Mis cosas están adentro.
—Ya no.
—Déjame entrar.
El hombre apareció al fondo.
—No.
Lucía miró a su doble.
—¿Qué pasó anoche?
La otra mujer no respondió.
—¿Quién entró?
Nada.
—¡Respóndeme!
El niño comenzó a llorar.
La mujer acercó la puerta.
Antes de cerrarla, Lucía vio algo detrás de ellos.
Sobre la pared de la sala había un dibujo.
Una casa.
Tres personas delante.
Y una cuarta detrás de una ventana.
Solo que ahora la cuarta figura estaba afuera.
La puerta se cerró.
Lucía permaneció en el corredor.
Escuchó el seguro.
Después la voz del niño.
—¿Va a volver?
Su propia voz respondió desde dentro.
—No lo sé.
—¿Y dónde va a dormir?
Hubo un silencio.
Lucía apoyó una mano sobre la puerta.
La respuesta llegó tan baja que casi no la escuchó.
—Donde alguien todavía crea que vive solo.
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