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Algo respira cuando tú dejas de hacerlo

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
Algo respira cuando tú dejas de hacerlo

Lucía dejó de respirar por el sobresalto.

Desde el pasillo llegó una inhalación lenta.

No fue un suspiro.

No fue el aire acondicionado.

Fue el sonido limpio y cercano de alguien llenándose los pulmones.

Lucía permaneció sentada en la cama, mirando la puerta abierta.

La lámpara del pasillo estaba encendida.

No había nadie.

Volvió a respirar.

El apartamento quedó en silencio.

Se llevó una mano al pecho y esperó.

Nada.

—Qué estupidez —murmuró.

Se levantó para cerrar la ventana del dormitorio, convencida de que el ruido había venido de afuera.

En la calle pasaba un autobús.

Un perro ladraba varias casas más allá.

Nada que pudiera confundirse con una respiración dentro del apartamento.

Cerró la ventana.

Regresó a la cama.

Apagó la luz.

Tardó casi diez minutos en relajarse.

Cuando estaba a punto de dormir, su respiración se hizo más lenta.

Inspiró.

Exhaló.

Hubo una pausa natural.

Desde el pasillo, alguien exhaló.

Lucía abrió los ojos.

El sonido terminó justo cuando ella volvió a tomar aire.

Se incorporó.

—¿Hola?

Silencio.

Encendió la lámpara.

No quiso levantarse.

Vivía sola.

La puerta principal tenía seguro.

Las ventanas estaban cerradas.

El apartamento era pequeño: dormitorio, baño, cocina, sala y un corto pasillo entre ellos.

No había suficiente espacio para que alguien pudiera esconderse sin ser encontrado rápidamente.

Aun así, Lucía llamó a su hermano.

Gabriel respondió con voz adormecida.

—¿Qué pasó?

—Creo que escuché a alguien.

Eso bastó para despertarlo.

—¿Dentro de tu casa?

—No sé.

—Sal.

—La puerta está al otro lado del pasillo.

—Entonces llama a seguridad.

El edificio tenía un vigilante nocturno.

Lucía lo llamó.

Cinco minutos después, el hombre revisó el apartamento.

Armarios.

Baño.

Debajo de la cama.

Balcón.

No encontró nada.

—Puede haber sido un vecino —dijo.

Lucía señaló el pasillo.

—Sonó aquí.

—Las tuberías transmiten ruidos.

Aceptó la explicación porque necesitaba alguna.

Durmió con la luz encendida.

A la mañana siguiente se sintió ridícula.

Hasta que ocurrió otra vez.

Estaba preparando café.

Tarareaba una canción mientras esperaba que hirviera el agua.

Se inclinó para sacar una taza.

El movimiento le cortó el tarareo durante un instante.

Detrás de ella alguien respiró.

Lucía se volvió.

La cocina estaba vacía.

El sonido había sido tan cercano que creyó haber sentido el aire.

No había nadie.

Salió al pasillo.

Nada.

Entonces ocurrió algo que la obligó a quedarse quieta.

Mientras respiraba con rapidez por el miedo, no escuchaba nada.

Inspiraba.

Exhalaba.

Inspiraba.

Exhalaba.

El apartamento permanecía en silencio.

Su respiración comenzó a calmarse.

Después de una exhalación hubo una pequeña pausa.

Desde la sala llegó una inhalación.

Lucía volvió a respirar.

El sonido se interrumpió.

No era un ruido continuo.

No estaba ocurriendo al azar.

Esperaba los espacios.

Aquella idea le pareció tan absurda que se negó a comprobarla.

No iba a quedarse sin respirar para ver qué ocurría.

Tomó las llaves y salió.

Pasó el día en la oficina tratando de convencerse de que dos coincidencias no formaban un patrón.

No funcionó.

Durante el almuerzo estaba hablando con Verónica, una compañera.

Lucía terminó una frase, rio y quedó unos segundos recuperando el aire.

Escuchó una respiración junto a la máquina de bebidas.

Miró.

Nadie.

—¿Qué pasa? —preguntó Verónica.

—¿Escuchaste eso?

—¿Qué cosa?

Lucía no respondió.

Aquello no estaba en el apartamento.

Había ido con ella.

Esa tarde comenzó a prestar atención sin querer.

No buscaba el sonido.

Lo esperaba.

Y aparecería.

En el ascensor.

En el baño de la oficina.

En el automóvil.

En su dormitorio.

Siempre durante esos pequeños intervalos naturales en los que su propia respiración quedaba suspendida entre una exhalación y la siguiente inhalación.

Nunca mientras ella respiraba.

Nunca al mismo tiempo.

Solo en medio.

Como si algo utilizara exactamente el espacio que ella dejaba vacío.

La tercera noche Gabriel fue a quedarse con ella.

Lucía no le contó la regla.

Temía que decirla en voz alta la hiciera parecer todavía más absurda.

Cenaron.

Vieron una película.

Hablaron de otras cosas.

Cerca de medianoche, Gabriel fue a la cocina.

Lucía permaneció en el sofá.

Escuchó pasos.

Un cajón abriéndose.

Un vaso.

Después respiró profundamente.

Exhaló.

Pausa.

Alguien tomó aire detrás del sofá.

Lucía se levantó.

Gabriel apareció desde la cocina.

—¿Qué pasó?

—¿No escuchaste?

—¿Qué?

La respiración había sonado a menos de un metro de ella.

—Nada.

Gabriel dejó el vaso.

—No fue nada. Mírate.

Lucía le contó.

Todo.

Su hermano escuchó sin interrumpir.

Cuando terminó, no se rio.

—¿Siempre pasa cuando dejas de respirar?

—No cuando “dejo”. No lo hago a propósito.

—Entiendo.

—Es entre una respiración y otra.

Gabriel miró el pasillo.

—¿Y nunca se superponen?

—No.

—¿Cómo sabes que no es tu propia respiración rebotando en algún sitio?

—Porque cambia de lugar.

Gabriel se sentó.

—¿Qué quieres hacer?

Lucía negó.

—No sé.

El sonido volvió aquella misma noche.

Esta vez Gabriel lo escuchó.

Estaban conversando en la cocina.

Lucía terminó de beber agua.

Se quedó momentáneamente quieta.

Desde el corredor llegó una exhalación.

Gabriel giró la cabeza.

Lucía vio cómo le cambiaba la expresión.

—Eso.

—Sí.

—Había alguien ahí.

Fueron juntos.

El corredor estaba vacío.

Gabriel revisó el apartamento.

Nada.

—Quédate esta noche —dijo Lucía.

—Sí.

No tuvieron que discutirlo.

Gabriel durmió en el sofá.

Lucía se encerró en el dormitorio.

Dejó la puerta abierta.

Le daba más miedo cerrarla.

A las dos de la mañana seguía despierta.

El apartamento estaba completamente silencioso.

Gabriel respiraba desde la sala.

Lucía podía escucharlo.

Aquel detalle la tranquilizó.

Había otra persona.

Una respiración real.

Reconocible.

Humana.

Cerró los ojos.

Inspiró.

Exhaló.

Silencio.

Desde la puerta del dormitorio llegó otra respiración.

Lucía abrió los ojos.

La entrada estaba vacía.

Volvió a inhalar.

Nada.

Exhaló.

Pausa.

La respiración sonó otra vez.

Más cerca.

No había cambiado de habitación.

Estaba justo al otro lado del marco.

Lucía llamó a Gabriel.

Él apareció inmediatamente.

—¿Qué pasó?

—Estaba ahí.

—¿Lo escuchaste?

—Dos veces.

Gabriel miró la puerta.

—Voy a cerrar.

—No.

—¿Por qué?

Lucía no sabía.

Solo sentía que una puerta cerrada no serviría contra algo que no necesitaba estar dentro de una habitación para respirar.

Gabriel dejó encendida la luz del pasillo.

Ninguno durmió bien.

Por la mañana ocurrió algo diferente.

Lucía estaba sirviendo café cuando Gabriel levantó una mano.

—Espera.

Ella lo miró.

—¿Qué?

—No te muevas.

Lucía sintió miedo.

—¿Por qué?

—Acaba de hacerlo.

—¿Qué cosa?

Gabriel señaló detrás de ella.

—Respirar.

Lucía tardó en comprender.

—Yo estaba respirando.

—No.

—Sí.

—Lucía, estabas hablando y te quedaste callada.

Ella frunció el ceño.

—Respiré después.

—Exacto.

Gabriel parecía más asustado que la noche anterior.

—Lo escuché antes de que tú volvieras a tomar aire.

—Siempre hace eso.

—No me entiendes.

Gabriel abrió la grabadora del teléfono.

—Quiero revisar algo.

Había estado grabando durante parte de la mañana.

No para estudiar el fenómeno.

Había dejado el teléfono registrando sonido después de la noche anterior, por si volvía a ocurrir.

Escucharon.

Sus voces.

El ruido de las tazas.

Gabriel preguntando por el azúcar.

Lucía respondiendo.

Luego aquella respiración.

Después, casi inmediatamente, Lucía inhalando.

Gabriel reprodujo el fragmento otra vez.

—¿Qué?

—Escucha el orden.

Respiración desconocida.

Luego Lucía.

—Siempre fue así —dijo ella.

—Tú dijiste que aparecía cuando dejabas de respirar.

—Eso hace.

—No.

Gabriel acercó la barra de reproducción.

—Empieza antes.

Lucía lo miró.

—¿Antes de qué?

—Antes de que termine tu pausa.

Reprodujo nuevamente.

El sonido ajeno comenzaba.

Una fracción de segundo después, Lucía permanecía quieta.

Y solo cuando la otra respiración terminaba, ella volvía a inhalar.

—Es una diferencia mínima —dijo Lucía.

—Pero está ahí.

—Eso no prueba nada.

—No.

Gabriel bajó el teléfono.

—Pero quizá llevamos entendiendo mal la regla.

Lucía no quiso preguntar.

Él tampoco continuó.

Durante los siguientes días, Gabriel insistió en que no estuviera sola.

Lucía se quedó en su casa.

La respiración apareció allí también.

En el corredor.

Detrás de una cortina.

Junto a una puerta.

Una noche, mientras cenaban, sonó desde debajo de la mesa.

Gabriel dejó caer el tenedor.

Cada vez estaba más cerca.

Pero eso no era lo que más preocupaba a Lucía.

Desde que había escuchado la grabación, comenzó a notar algo en sí misma.

A veces esperaba.

No conscientemente.

Exhalaba y, durante esa mínima pausa, sentía que algo estaba a punto de ocurrir.

Entonces llegaba la respiración ajena.

Solo después respiraba ella.

Como si su cuerpo hubiese aprendido el orden.

Gabriel continuó grabando algunos momentos cotidianos.

Sin pedirle que hiciera nada extraño.

Conversaciones.

Desayunos.

Una tarde viendo televisión.

Los resultados eran cada vez más claros.

Al principio, la respiración desconocida comenzaba apenas antes de que Lucía retomara la suya.

Dos días después, la diferencia era mayor.

Luego todavía más.

—Está adelantándose —dijo Gabriel.

Lucía apartó el teléfono.

—No quiero escuchar más.

—Necesitamos entenderlo.

—No.

—Lucía...

—Desde que empezamos a prestarle atención está peor.

Gabriel guardó silencio.

Ella tenía razón.

No sabían si existía una relación.

Pero escuchar las grabaciones no estaba ayudando.

Dejaron de hacerlo.

No hablaron más de tiempos.

Ni de intervalos.

Ni de quién respiraba primero.

Intentaron vivir normalmente.

Durante algunos días pareció funcionar.

La presencia dejó de desplazarse por las habitaciones.

La escuchaban ocasionalmente.

Siempre cerca.

Pero no más cerca que antes.

Lucía regresó a su apartamento.

Gabriel la acompañó la primera noche.

La segunda decidió quedarse sola.

No quería organizar su vida alrededor de un sonido.

Se acostó temprano.

Leyó.

Dejó el teléfono lejos de la cama.

No grabó nada.

Apagó la lámpara.

Cerró los ojos.

Escuchó su propia respiración.

Intentó ignorarla.

Ese fue el problema.

Era imposible ignorar algo que había hecho toda su vida sin escucharlo.

Inspirar.

Exhalar.

Pausa.

La otra respiración apareció junto a la puerta.

Lucía mantuvo los ojos cerrados.

Volvió a respirar.

Inspirar.

Exhalar.

Pausa.

Esta vez sonó a medio camino entre la puerta y la cama.

Lucía abrió los ojos.

No había nadie.

Se sentó.

Su corazón latía rápido.

La siguiente respiración ajena llegó desde el costado del colchón.

Lucía encendió la luz.

Nada.

Se levantó.

Caminó hacia la sala.

El apartamento parecía normal.

Fue entonces cuando comprendió que ya no sabía si aquello estaba acercándose físicamente.

Quizá nunca había estado en el pasillo.

Ni detrás del sofá.

Ni junto a la cama.

Tal vez el lugar desde donde lo escuchaba solo indicaba cuánto faltaba para que dejara de percibirlo como algo externo.

Llamó a Gabriel.

No contestó.

Probablemente dormía.

Lucía se sentó en la cocina.

No quiso seguir huyendo de una habitación a otra.

Respiró.

Durante varios minutos no ocurrió nada.

Después llegó.

No desde el pasillo.

No desde la sala.

Justo detrás de su hombro.

Lucía no se volvió.

La siguiente vez sonó junto a su oído.

Cerró los ojos.

Sintió miedo.

Pero también algo peor.

Familiaridad.

Sabía exactamente cuándo iba a llegar.

No porque pudiera predecir el fenómeno.

Porque su propio cuerpo estaba esperando.

La respiración ajena comenzó.

Lucía todavía no había terminado de exhalar.

Se detuvo.

El sonido continuó.

Cuando terminó, Lucía inhaló.

Abrió los ojos.

—No.

No quería comprenderlo.

Volvió a respirar normalmente.

Durante unos segundos funcionó.

Después ocurrió otra vez.

La respiración apareció primero.

Su cuerpo hizo la pausa después.

Ya no estaba llenando los espacios que Lucía dejaba.

Los estaba creando.

Gabriel llegó cuarenta minutos más tarde.

Había visto las llamadas perdidas.

Encontró a Lucía sentada en la cocina con todas las luces encendidas.

—¿Qué pasó?

Ella no quiso explicarlo.

—Escúchame.

—Te escucho.

—No al apartamento.

Lucía señaló su pecho.

—A mí.

Gabriel permaneció quieto.

Lucía respiró.

Inspiró.

Exhaló.

La otra respiración llegó.

Gabriel abrió mucho los ojos.

Lucía inhaló después.

Él la escuchó varias veces.

Finalmente se sentó frente a ella.

—Ahora entiendo.

—No digas nada.

—Lucía...

—No quiero saber cuánto se adelantó.

Gabriel guardó el teléfono.

No grabaron.

No midieron.

No intentaron corregirlo.

Simplemente permanecieron allí hasta que amaneció.

En algún momento la respiración desconocida dejó de sonar desde un punto determinado del apartamento.

Parecía estar en todas partes.

Después dejó de parecer fuerte.

Más tarde, Lucía no supo decir si todavía la escuchaba.

Cuando salió el sol, Gabriel abrió las cortinas.

—¿Está?

Lucía permaneció en silencio.

Respiró.

Esperó.

—No sé.

Durante el día no volvió a oírla.

Tampoco aquella noche.

Ni la siguiente.

Una semana después regresó al trabajo.

Los primeros días fueron difíciles.

Cada vez que terminaba una frase, esperaba escuchar algo.

Nada.

Cada vez que se acostaba, permanecía unos segundos atenta.

Nada.

La respiración había desaparecido.

Gabriel quiso creer que había terminado.

Lucía también.

Pasó un mes.

Luego dos.

Dejaron de hablar del asunto.

Una tarde, Gabriel encontró por casualidad una de las grabaciones antiguas mientras limpiaba el teléfono.

Estuvo a punto de borrarla.

Entonces vio la fecha.

Era la mañana en que habían descubierto que el sonido comenzaba antes que la respiración de Lucía.

No la reprodujo.

La eliminó.

Aquella noche fue a cenar con su hermana.

Lucía estaba bien.

Hablaron de trabajo.

De una fuga de agua en el edificio.

De las vacaciones que Gabriel quería tomar.

Nada extraño.

Mientras Lucía recogía los platos, Gabriel notó algo.

No fue un sonido.

Fue una ausencia.

Durante toda la cena no había escuchado dos respiraciones.

Solo una.

Lucía volvió con los vasos.

—¿Qué?

Gabriel negó.

—Nada.

Ella se sentó.

Continuaron hablando.

Gabriel observó sin querer.

Lucía inspiraba.

Exhalaba.

Hacía una pausa.

Inspiraba otra vez.

Todo normal.

Pero había algo en el ritmo.

Lo conocía.

Había pasado noches enteras escuchándolo.

No era el ritmo con el que Lucía respiraba antes de que aquello comenzara.

Era el otro.

El lento.

El que aparecía en los espacios.

El que cada noche había empezado un poco antes.

Gabriel bajó la mirada.

No dijo nada.

No quiso obligarla a escuchar su propia respiración como habían hecho durante semanas.

Quizá estaba equivocado.

Quizá una persona podía cambiar de ritmo sin ninguna razón.

Quizá lo ocurrido había terminado realmente.

Lucía siguió hablando.

Parecía tranquila.

Gabriel decidió creerle.

Desde aquella noche nadie volvió a escuchar algo respirar cuando Lucía se detenía.

La casa permaneció silenciosa.

Las grabaciones fueron borradas.

Los recuerdos comenzaron a perder precisión.

Y con el tiempo, incluso Lucía dejó de recordar exactamente cómo respiraba antes.

Eso fue lo único que nunca pudieron comprobar.

Si la presencia finalmente se había ido.

O si simplemente había dejado de necesitar los espacios entre sus respiraciones.

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