No existía una orden municipal que lo prohibiera, ni una cerca alrededor de la propiedad, ni carteles de advertencia.
Simplemente era algo que todos aprendían desde pequeños.
La mansión se encontraba al norte del pueblo, más allá del cementerio y de un sendero que desaparecía entre pinos tan altos que durante el día apenas dejaban pasar la luz.
Había pertenecido a una familia llamada Orduña.
O eso decían.
Los registros más antiguos mencionaban la construcción, pero ninguno explicaba quién la había levantado. En fotografías tomadas a principios del siglo XX ya parecía abandonada.
Las ventanas estaban rotas.
El tejado se hundía.
La hiedra cubría las paredes.
Y, sin embargo, durante algunas noches aparecía una luz detrás de las ventanas del último piso.
Los habitantes de Valdemora llamaban a aquello la señal del Observador.
Según la leyenda, no importaba entrar en la mansión.
Bastaba con acercarse demasiado.
Si sentías que alguien te observaba desde una ventana y cometías el error de mirar directamente hacia ella, quedabas marcado.
Durante los días siguientes comenzabas a notar cosas.
Sombras detrás de ti.
Reflejos que desaparecían cuando te girabas.
Una figura inmóvil en lugares donde no debería haber nadie.
Después llegaban los sueños.
En ellos siempre aparecía la mansión.
Y tarde o temprano terminabas regresando.
Alex Rivas conocía aquella historia desde niño.
Nunca creyó una palabra.
Por eso, cuando cumplió veinte años y sus amigos propusieron pasar una noche dentro de la mansión, fue el primero en aceptar.
Eran cinco.
Alex.
Bruno.
Carla.
Sergio.
Y Julia.
Llevaron linternas, comida, cámaras y varias botellas que pensaban abrir después de medianoche.
—¿Cuál es la regla? —preguntó Sergio mientras caminaban por el bosque—. ¿No mirar por las ventanas?
Bruno rio.
—Creo que la regla es no ser idiota.
Julia grababa todo con el teléfono.
—Si vemos un fantasma, al menos tendremos contenido.
Carla era la única que parecía arrepentirse.
—Mi abuela decía que no era un fantasma.
—¿Qué era? —preguntó Alex.
—Algo que necesita que alguien lo mire.
Bruno se giró caminando hacia atrás.
—Pues esta noche va a sentirse muy querido.
La mansión apareció entre los árboles poco antes de las nueve.
Era más grande de lo que parecía desde el pueblo.
Tenía tres plantas y dos alas laterales. La entrada principal estaba cubierta por ramas, pero una de las puertas permanecía entreabierta.
Alex la empujó.
El olor a humedad llegó primero.
Después el frío.
No era el frío del bosque.
Dentro de la casa la temperatura parecía varios grados más baja.
El vestíbulo estaba lleno de hojas secas. Una escalera doble conducía al segundo piso y un enorme espejo roto colgaba frente a la entrada.
Julia apuntó la cámara hacia él.
—Llegamos.
En la pantalla del teléfono aparecieron los cinco.
Alex levantó la mano.
Bruno hizo una mueca.
Carla permaneció inmóvil.
—Esperen —dijo.
—¿Qué?
Carla señaló la pantalla.
Detrás de ellos aparecía una sexta figura.
Julia giró rápidamente.
No había nadie.
Volvió a mirar el teléfono.
La figura había desaparecido.
—Perfecto —dijo Sergio—. Cinco minutos y ya tenemos fantasma.
Decidieron instalarse en el antiguo comedor.
Encendieron dos lámparas portátiles y colocaron las mochilas sobre una mesa cubierta de polvo.
Durante la primera hora exploraron las habitaciones cercanas.
Encontraron muebles destrozados, fotografías ennegrecidas y varios relojes detenidos exactamente a la misma hora.
3:17.
Alex tomó uno.
—Qué raro.
—Probablemente se detuvieron cuando cortaron la electricidad —dijo Bruno.
—Todos a la misma hora.
—Entonces alguien los detuvo.
Nadie respondió.
A las once comenzaron los sonidos.
Primero fueron pasos en el segundo piso.
Lentos.
Regulares.
Alex subió con Bruno.
No encontraron a nadie.
Cuando regresaron, Julia estaba revisando una grabación.
—Miren esto.
Mostró el video grabado en la entrada.
Durante unos segundos no ocurría nada extraño.
Después, mientras todos miraban el espejo, una silueta aparecía detrás de Alex.
No tenía rostro.
Solo una forma oscura.
—Eso estaba ahí —dijo Carla.
—Puede ser un error de la cámara —respondió Bruno.
Julia retrocedió el video.
La figura aparecía en un fotograma.
Después en otro más cercano.
Y en el siguiente estaba justo detrás de Alex.
Él se giró por instinto.
Nada.
Entonces escucharon un golpe en el piso superior.
Otro.
Después tres seguidos.
Carla recogió su mochila.
—Me voy.
—No exageres —dijo Bruno.
—Esto no me gusta.
—Vinimos hasta aquí.
—Y podemos irnos.
Alex miró el reloj.
11:43.
—Esperamos hasta medianoche y bajamos.
Carla aceptó.
Nunca llegaron juntos a medianoche.
A las 11:51 se fue la luz de las lámparas.
Las dos al mismo tiempo.
Las linternas continuaban funcionando, pero sus haces parecían más débiles.
—Julia —dijo Alex—. Enciende el teléfono.
No respondió.
—¿Julia?
La iluminaron.
Su silla estaba vacía.
El teléfono permanecía sobre la mesa.
—¿Dónde está? —preguntó Sergio.
Bruno gritó su nombre.
Nadie contestó.
Buscaron por la planta baja.
Después subieron.
En una habitación encontraron la chaqueta de Julia en el suelo.
La puerta del armario estaba abierta.
Dentro no había nada.
Excepto una frase escrita sobre la madera:
YA MIRÓ.
Carla comenzó a llorar.
—Tenemos que salir.
Corrieron hacia la entrada.
La puerta principal no estaba.
En su lugar había una pared.
Alex la tocó.
Piedra.
—Esto es imposible.
Bruno comenzó a golpearla.
—¡Tiene que estar aquí!
Desde arriba escucharon a Julia.
—¡Alex!
Todos levantaron la cabeza.
Su voz provenía del tercer piso.
—¡Ayúdenme!
Alex corrió hacia la escalera.
Carla lo sujetó.
—No.
—Es Julia.
—No sabemos eso.
La voz volvió a gritar.
—¡Está aquí conmigo!
Sergio subió primero.
Alex y Bruno lo siguieron.
Carla permaneció abajo.
En el tercer piso encontraron un corredor estrecho.
Las puertas estaban abiertas.
Dentro de cada habitación había espejos.
Pequeños.
Grandes.
Redondos.
Cuadrados.
Algunos cubiertos de polvo.
Otros perfectamente limpios.
—Julia —llamó Alex.
Una figura pasó frente a una puerta.
Sergio corrió detrás.
—¡La vi!
Entró.
La puerta se cerró.
Alex llegó segundos después.
La abrió.
La habitación estaba vacía.
—¿Sergio?
Nada.
En el espejo apareció Sergio.
Estaba golpeando el cristal desde el otro lado.
Alex retrocedió.
Sergio gritaba, pero ningún sonido atravesaba la superficie.
Detrás de él apareció una figura alta.
Sin rostro.
Sergio se giró.
El espejo se oscureció.
Bruno soltó una maldición.
—Nos vamos.
Bajaron.
Carla había desaparecido.
Solo encontraron su mochila.
En el suelo alguien había escrito con polvo:
NO MIRES ATRÁS.
Bruno lo leyó en voz alta.
—¿Qué significa...?
Alex vio algo moverse en el reflejo del espejo del vestíbulo.
Una figura detrás de ellos.
Cerró los ojos.
—Bruno, no te gires.
—¿Por qué?
—Solo hazme caso.
Hubo un susurro junto a su oído.
—Alex.
Era la voz de Carla.
—Estoy aquí.
Alex apretó los ojos.
Bruno comenzó a respirar rápidamente.
—La escucho.
—No mires.
—Está llorando.
—No mires.
Silencio.
Después un grito.
Alex abrió los ojos.
Bruno había desaparecido.
El espejo mostraba ahora cuatro figuras detrás de él.
Julia.
Sergio.
Carla.
Bruno.
Todos inmóviles.
Todos observándolo.
Y detrás de ellos, algo mucho más alto.
Alex corrió.
No sabía hacia dónde.
Atravesó pasillos que no recordaba haber visto.
Subió escaleras.
Bajó otras.
La mansión parecía cambiar alrededor de él.
Las habitaciones se repetían.
Cada puerta conducía a otra parte de la casa.
Finalmente llegó a una habitación pequeña.
No había ventanas.
Solo una silla.
Y una pared cubierta con nombres.
Cientos.
Algunos antiguos.
Otros recientes.
En el centro había una frase:
EL ÚLTIMO QUE MIRA SE QUEDA.
Alex escuchó pasos.
La figura apareció en la puerta.
El Observador.
Era alto y delgado, pero no parecía tener un cuerpo sólido.
Su superficie cambiaba constantemente.
Rostros aparecían y desaparecían.
Ancianos.
Niños.
Hombres.
Mujeres.
Después aparecieron sus amigos.
Alex retrocedió.
—¿Qué quieres?
La criatura inclinó la cabeza.
Una voz surgió de todas partes.
—Ser visto.
Los rostros cambiaron.
—Eso es todo.
Alex sintió que la habitación desaparecía.
Cuando volvió a abrir los ojos, estaba solo en la mansión.
Pero ya no podía salir.
Los días dejaron de existir.
No necesitaba comer.
No dormía.
Podía caminar por la casa, pero cada puerta terminaba llevándolo al mismo lugar.
La habitación final.
Al principio gritó.
Después intentó romper ventanas.
Más tarde dejó de contar el tiempo.
Comprendió que se había convertido en parte del lugar.
Podía ver a los visitantes.
Sentirlos antes de que llegaran.
Escuchar sus conversaciones desde cualquier habitación.
Intentaba advertirlos.
Movía objetos.
Golpeaba las paredes.
Susurraba:
—Váyanse.
Pero para ellos, aquellas advertencias parecían amenazas.
Y cuanto más intentaba alejarlos, más curiosidad sentían.
Con el tiempo, Alex entendió la maldición.
El Observador no era una única entidad.
Era una cadena.
Cada persona atrapada permanecía hasta que alguien ocupaba su lugar.
Los rostros de la criatura eran todos aquellos que habían sido Observadores antes.
Alex se convirtió en el siguiente.
Los años pasaron afuera.
Dentro de la mansión podían ser minutos.
O siglos.
Hasta que llegó Vanessa Molina.
Era investigadora de fenómenos paranormales.
Había estudiado durante meses las desapariciones de Valdemora y encontró referencias a la mansión en documentos de más de doscientos años.
Entró sola.
Alex la observó desde los reflejos.
Intentó advertirla.
Escribió sobre una pared:
NO ME MIRES.
Vanessa se detuvo.
—¿Quién eres?
Alex hizo aparecer su nombre en el polvo.
ALEX.
Ella conocía la historia.
Había leído sobre la desaparición de los cinco jóvenes.
—¿Sigues aquí?
Alex golpeó una vez.
Sí.
Vanessa no huyó.
Continuó investigando.
Encontró la habitación de los nombres.
Encontró diarios de antiguos visitantes.
Y, detrás de una pared, descubrió un manuscrito fechado en 1812.
Explicaba cómo romper la cadena.
El Observador existía porque cada nuevo prisionero aceptaba ser visto por el siguiente.
Para terminar la maldición, el último Observador debía rechazar entregar su lugar.
Pero había un precio.
Si nadie ocupaba su puesto, todos los Observadores serían liberados de la mansión.
No necesariamente vivos.
Solo liberados.
Vanessa preparó el ritual.
Colocó espejos formando un círculo en el vestíbulo.
En el centro dejó el manuscrito.
A las 3:17, los relojes comenzaron a funcionar.
Alex apareció.
Ya no parecía completamente humano.
Su rostro se mezclaba con otros.
Vanessa mantuvo la mirada baja.
—Tienes que elegir.
La mansión comenzó a temblar.
Los antiguos Observadores aparecieron en los espejos.
Decenas.
Todos querían salir.
La voz de la casa habló:
—ENTREGA A LA MUJER.
Alex comprendió.
Bastaba con hacer que Vanessa lo mirara.
Ella ocuparía su lugar.
Él sería libre.
Después de años imposibles de soledad, la tentación fue enorme.
Vanessa levantó ligeramente la cabeza.
—Alex.
Él retrocedió.
—No me mires.
—¿Qué?
—Cierra los ojos.
Vanessa obedeció.
Alex tomó el manuscrito.
La voz de la mansión rugió.
—ENTRÉGALA.
Alex respondió:
—No.
Los espejos comenzaron a romperse.
Cada fragmento mostró un rostro distinto.
Los antiguos Observadores salieron uno por uno como sombras arrastradas por el viento.
La casa se deformó.
Pasillos enteros desaparecieron.
Las paredes se agrietaron.
Alex sintió que algo lo arrancaba del lugar.
Después, silencio.
Vanessa despertó al amanecer en el jardín.
La mansión seguía allí.
Pero todas sus ventanas estaban vacías.
Alex yacía a pocos metros.
Respiraba.
Habían pasado dieciséis años desde su desaparición.
Para él, no podía saber cuánto.
Regresó al pueblo.
Sus padres habían envejecido.
Algunos amigos ya no vivían allí.
Los cuerpos de Julia, Bruno, Sergio y Carla nunca aparecieron.
Alex recordaba sus voces dentro de la mansión.
Pero jamás supo si habían sido realmente ellos o copias creadas por la casa.
Vanessa permaneció en Valdemora.
Compró el terreno y colocó una cerca alrededor de la propiedad.
No para proteger la mansión.
Para proteger a quienes quisieran entrar.
Durante años no ocurrió nada.
La leyenda comenzó a desaparecer.
Hasta hace tres meses.
Un excursionista tomó una fotografía desde el bosque.
En una de las ventanas apareció una figura.
Vanessa revisó la imagen.
No era Alex.
Tampoco reconoció ninguno de los rostros de los antiguos Observadores.
Era una mujer.
La misma Vanessa.
Aquella noche recibió una llamada.
Número desconocido.
Al contestar, escuchó su propia voz.
—Creíste que romper la cadena era suficiente.
La comunicación se cortó.
Vanessa condujo hasta la mansión.
Todas las ventanas estaban oscuras.
Excepto una.
En el tercer piso.
Alguien observaba desde allí.
Vanessa no levantó la mirada.
Regresó al automóvil.
Entonces escuchó tres golpes en el techo.
Después su propia voz:
—Mírame.
No lo hizo.
Desde entonces, la mansión permanece cerrada.
Vanessa vive cerca y vigila el bosque.
Alex nunca regresó.
Dice que no soporta estar en habitaciones con espejos.
Pero algunas noches despierta sintiendo que alguien lo observa desde una esquina.
Y cuando mira, no encuentra nada.
Solo una sensación conocida.
La misma que sintió la noche en que entró en la mansión.
Por eso, si alguna vez visitas Valdemora y alguien te habla de una casa escondida en el bosque, no vayas.
Si la encuentras por accidente, sigue caminando.
Y si ves una figura detrás de una de sus ventanas, no intentes distinguir su rostro.
Porque la verdadera maldición del Observador nunca fue permanecer dentro de la mansión.
Fue necesitar que alguien devolviera la mirada.

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