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Última parada

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
Última parada

—No abra la puerta.

Marina ya tenía el pie sobre el freno cuando escuchó la voz detrás de ella.

El autobús avanzaba despacio hacia la parada. Afuera, bajo la luz amarillenta de un poste, una mujer esperaba junto al borde de la acera.

Llevaba un abrigo oscuro.

No levantaba la mano.

No hacía ninguna señal.

Simplemente estaba allí.

Marina miró por el espejo interior.

Un hombre de unos cincuenta años se había levantado de su asiento y caminaba hacia la cabina.

—¿Qué dijo?

—Que no abra.

—¿Por qué?

El hombre señaló hacia el parabrisas.

—Por ella.

Marina volvió a mirar la parada.

—Si está esperando el bus, tengo que detenerme.

El pasajero negó lentamente.

—Esa señora ya subió.

Marina lo observó por el espejo.

Pensó que estaba bromeando.

—¿Cómo que ya subió?

El hombre giró hacia el fondo del autobús.

Marina hizo lo mismo con la mirada.

Había siete pasajeros distribuidos entre los asientos. Una pareja cerca de la puerta trasera, una mujer con bolsas de supermercado, dos jóvenes mirando sus teléfonos y un anciano junto a la ventana.

La última fila parecía vacía.

El hombre se acercó un poco más a la cabina.

—Está sentada atrás.

Marina volvió a observar el espejo.

No vio a nadie.

Mientras tanto, la mujer de la parada permanecía inmóvil.

El autobús se acercaba.

Marina redujo la velocidad.

—Señor, vuelva a su asiento.

—No abra.

—Si hay una pasajera esperando, tengo que parar.

—Mírela bien.

Marina lo hizo.

La mujer llevaba el cabello oscuro recogido. El abrigo le llegaba casi hasta las rodillas. Su cara estaba parcialmente oculta por la sombra.

Había algo raro en ella.

No parecía estar mirando el autobús.

Parecía mirar a través del parabrisas.

Directamente hacia Marina.

El hombre detrás de la cabina susurró:

—Pregúntele a cualquiera.

Marina miró de nuevo el espejo.

—¿Alguien vio subir a una mujer con abrigo negro?

La pareja de atrás se miró.

La señora de las bolsas levantó la cabeza.

Uno de los jóvenes se quitó un audífono.

Durante un segundo nadie respondió.

Después el anciano dijo:

—Subió hace rato.

Marina sintió una presión incómoda en el pecho.

—¿Dónde?

El anciano señaló hacia el fondo.

—Se sentó atrás.

Marina miró.

La última fila continuaba vacía.

Ya estaban casi frente a la parada.

La mujer seguía allí.

El pie de Marina permaneció sobre el freno.

No se detuvo.

Aceleró.

La figura quedó atrás.

Nadie protestó.

Durante varios segundos solo se escuchó el motor.

Entonces sonó el timbre de solicitud de parada.

Una luz roja se encendió sobre el tablero.

PRÓXIMA PARADA.

Marina miró por el espejo.

Nadie se había movido.

—¿Quién tocó el timbre?

Los pasajeros se miraron entre sí.

Nadie respondió.

El hombre que estaba junto a la cabina regresó lentamente a su asiento.

Marina continuó conduciendo.

Aquella no fue la primera vez que había visto a la mujer.

Solo fue la primera vez que alguien más habló de ella.

Tres noches antes, Marina había terminado el último recorrido poco después de las once.

La línea cruzaba varios barrios antes de llegar al terminal. A esa hora el autobús casi siempre terminaba vacío.

Aquella noche, el último pasajero bajó cuatro paradas antes del final.

Marina cerró las puertas y siguió avanzando.

Unos minutos después miró el espejo interior.

Vio a alguien sentado en la última fila.

Una mujer.

No distinguió su rostro.

Pensó que uno de los pasajeros se había quedado dormido.

—Señora, ya estamos llegando al terminal.

La figura no reaccionó.

Marina volvió a mirar la carretera.

Cuando llegó al siguiente semáforo, observó otra vez.

La última fila estaba vacía.

Sintió molestia antes que miedo.

Supuso que la pasajera se había cambiado de asiento.

—Señora.

Nadie respondió.

En el terminal recorrió el autobús completo.

No encontró a nadie.

La explicación más sencilla era que había visto una chaqueta, una sombra o el respaldo de algún asiento.

No volvió a pensarlo hasta la noche siguiente.

A mitad del recorrido, mientras esperaba que cambiara un semáforo, volvió a verla en el espejo.

Mismo lugar.

Última fila.

Esta vez estaba segura de que era una persona.

La mujer tenía las manos juntas sobre las piernas.

Marina giró la cabeza.

El asiento estaba vacío.

Volvió al espejo.

También estaba vacío.

Se quedó mirando varios segundos.

El conductor del vehículo de atrás tocó la bocina.

Marina avanzó.

Aquella noche evitó mirar demasiado el espejo.

Después llegó la tercera noche.

La de la parada.

La de los pasajeros que también la habían visto.

Cuando el hombre aseguró que aquella mujer ya estaba dentro del autobús, Marina quiso detenerse y comprobarlo.

No lo hizo.

Continuó hasta la siguiente parada.

Tres personas bajaron.

Nadie subió.

Cuando cerró las puertas, la señora de las bolsas se acercó.

—¿Siempre pasa eso en este bus?

Marina intentó aparentar tranquilidad.

—¿Qué cosa?

La mujer señaló hacia atrás.

—Esa señora.

Marina tragó saliva.

—¿Dónde está?

La pasajera miró la última fila.

Su expresión cambió.

—Ya no está.

—¿La vio bajar?

—No.

Marina miró hacia la calle.

Nadie caminaba cerca del autobús.

—¿Cómo era?

La mujer tardó en responder.

—No le vi bien la cara.

Eso mismo dirían todos.

Durante los siguientes veinte minutos, Marina preguntó a cuatro pasajeros qué habían visto.

Las respuestas coincidían en lo esencial.

Una mujer.

Abrigo oscuro.

Sentada en la última fila.

Nadie recordaba haberla visto entrar.

Nadie recordaba haberla visto salir.

Uno de los jóvenes dijo algo que Marina decidió no comentar.

—Pensé que era raro que viajara mirando hacia atrás.

—¿Hacia atrás?

—Sí.

—Los asientos están orientados hacia adelante.

El muchacho la miró confundido.

—Ya sé.

No añadió nada más.

Al llegar al terminal, Marina bajó del autobús y llamó al supervisor.

Le dijo que había tenido un problema con un pasajero.

No supo cómo explicarlo.

Terminó diciendo que alguien podía haberse escondido dentro del vehículo.

El supervisor revisó el autobús con ella.

Vacío.

—Tal vez alguien bajó sin que lo notaras.

—Las puertas hacen ruido.

—Estás cansada.

Marina aceptó la respuesta porque necesitaba aceptar alguna.

Al día siguiente pidió otro vehículo.

No mencionó a la mujer.

Dijo que el espejo tenía una vibración extraña y que prefería cambiar de unidad hasta que revisaran el soporte.

El supervisor accedió.

Esa noche condujo un autobús distinto.

Durante la primera hora no pasó nada.

Marina empezó a relajarse.

A las nueve y cuarenta, una pasajera subió con su hija adolescente. Pagaron y se sentaron cerca de la mitad del vehículo.

Cinco paradas después, la mujer se acercó a Marina.

—Disculpe.

—Dígame.

—¿La señora de atrás va a bajar pronto?

Marina sintió que las manos se le endurecían alrededor del volante.

—¿Qué señora?

La pasajera miró hacia la última fila.

Después frunció el ceño.

—Estaba ahí.

Marina no contestó.

—Pensé que estaba esperando que usted le avisara algo.

—¿Por qué?

—Porque lleva bastante rato mirándola.

Marina dejó de respirar durante un instante.

—¿A mí?

La mujer asintió.

—A usted.

Aquella noche Marina decidió que no volvería a conducir el turno nocturno.

Llamaría por la mañana.

Pediría cambio de horario.

Inventaría cualquier motivo.

Solo tenía que terminar ese recorrido.

Cerca de las diez y media quedaban nueve pasajeros.

Cada pocos minutos Marina miraba el espejo.

La última fila permanecía vacía.

A las diez cincuenta bajaron cuatro personas.

A las once quedaron tres.

Un muchacho dormido cerca de la ventana, una mujer con uniforme de hospital y un hombre que llevaba una mochila sobre las rodillas.

El autobús entró en la parte menos iluminada de la ruta.

Las tiendas estaban cerradas.

Las calles casi vacías.

Marina empezó a escuchar algo.

Un sonido pequeño.

Tap.

Esperó.

Tap.

Parecía venir de atrás.

Miró el espejo.

Los tres pasajeros seguían en sus lugares.

Tap.

La mujer con uniforme levantó la cabeza.

También lo había escuchado.

Tap.

El hombre de la mochila miró hacia el fondo.

—¿Qué es eso?

Marina no respondió.

Tap.

El sonido provenía de la última fila.

Como una uña golpeando suavemente el vidrio.

El joven que dormía despertó.

—¿Ya llegamos?

Nadie contestó.

Tap.

Tap.

Tap.

La mujer con uniforme se levantó.

—Quiero bajar aquí.

—No hay parada.

—No importa.

—No puedo dejarla en medio de la avenida.

La mujer miró hacia atrás.

—Prefiero caminar.

Marina revisó el espejo.

La última fila seguía vacía.

—Siéntese. La próxima parada está a dos minutos.

La pasajera no se movió.

—Hay alguien atrás.

El hombre de la mochila se puso de pie.

—Yo también la veo.

Marina sintió un calor repentino en la cara.

—¿Dónde?

Nadie respondió inmediatamente.

La mujer con uniforme señaló.

—En el espejo.

Marina levantó la mirada.

La vio.

La mujer del abrigo oscuro estaba sentada en la última fila.

Esta vez Marina podía distinguirla mejor.

Cabeza inclinada.

Manos juntas.

Rostro pálido.

Miraba hacia adelante.

Marina giró la cabeza.

No había nadie.

Volvió al espejo.

La mujer seguía allí.

Los pasajeros comenzaron a hablar al mismo tiempo.

—Pare.

—Abra la puerta.

—Déjenos bajar.

Marina frenó junto a la siguiente parada.

Las puertas se abrieron.

Los tres pasajeros salieron casi corriendo.

El joven que había estado dormido fue el último.

Antes de bajar miró a Marina.

—Usted también debería salir.

—No puedo abandonar el bus.

El muchacho miró por encima del hombro de Marina.

Su expresión cambió.

—Entonces no mire otra vez.

Bajó.

Las puertas se cerraron.

Marina quedó sola.

O eso intentó repetirse.

El autobús continuó avanzando.

Quedaban seis paradas hasta el terminal.

Marina mantuvo la mirada fija en la carretera.

No quería mirar el espejo.

La ciudad parecía distinta desde la cabina.

Más vacía.

Las luces demasiado separadas.

Los edificios cerrados.

Cada vez que pasaba bajo un poste, la sombra del autobús corría sobre el pavimento como algo que intentaba alcanzarla.

Sonó el timbre.

Marina apretó los dientes.

PRÓXIMA PARADA.

No había pasajeros.

Siguió conduciendo.

La luz roja se apagó.

Treinta segundos después volvió a encenderse.

PRÓXIMA PARADA.

—No.

Su propia voz le pareció extraña dentro del vehículo vacío.

El timbre volvió a sonar.

Una vez.

Luego otra.

Después tres veces seguidas.

Marina golpeó el botón que desactivaba la señal.

La luz se apagó.

Un segundo después volvió a encenderse.

PRÓXIMA PARADA.

Marina miró el espejo.

La mujer estaba sentada en la última fila.

No apartó la vista inmediatamente.

Quería obligarse a comprobar que solo era un reflejo.

La figura no se movía.

Marina observó sus manos.

Su abrigo.

El cabello oscuro.

Después notó algo.

La mujer ya no estaba en la última fila.

Marina creyó haberse confundido por la perspectiva.

Miró mejor.

Estaba una fila más adelante.

El corazón le golpeó con fuerza.

Giró la cabeza.

Todos los asientos estaban vacíos.

Volvió al espejo.

La mujer estaba quieta.

Una fila más cerca.

Marina aceleró.

No sabía por qué.

El autobús avanzó por una avenida completamente vacía.

Miró otra vez.

La figura había cambiado de asiento.

Más cerca.

No la había visto moverse.

Solo aparecía en otra fila cada vez que apartaba la mirada.

Marina dejó de observar el espejo.

Quedaban cuatro paradas.

Sonó el timbre.

No frenó.

Pasó la primera.

Nada ocurrió.

Pasó la segunda.

El timbre volvió a sonar.

Marina apretó el volante.

—No voy a parar.

La tercera parada apareció a lo lejos.

Había alguien esperando.

Marina sintió alivio.

Una persona real.

Un hombre con mochila.

Redujo la velocidad.

Cuando estaba a pocos metros, el hombre levantó la mano.

Luego miró a través del parabrisas.

Su expresión cambió.

Bajó el brazo.

Retrocedió.

Marina frenó.

Abrió la puerta.

—¿Sube?

El hombre no se acercó.

Miraba hacia el interior.

—Señor, ¿sube?

Negó.

—No.

—¿Por qué?

El hombre señaló algo detrás de ella.

—Está lleno.

Marina sintió que el cuerpo se le enfriaba.

No quiso mirar.

—No hay nadie.

El hombre siguió retrocediendo.

—Señora, ahí no cabe nadie más.

Marina cerró las puertas.

Aceleró.

No miró el espejo.

Ya no quería saber.

Faltaba una parada antes del terminal.

La ruta giraba por una calle estrecha y luego entraba en una avenida larga que llevaba directamente al patio de maniobras.

Marina hizo el giro.

Entonces escuchó algo detrás de su asiento.

Una respiración.

Muy suave.

No provenía del fondo.

Estaba cerca.

Marina mantuvo los ojos en el parabrisas.

La respiración volvió a sonar.

A su espalda.

Pensó en el muchacho.

Entonces no mire otra vez.

No iba a hacerlo.

Continuó.

La entrada del terminal apareció a lo lejos.

Las luces blancas del edificio fueron lo mejor que había visto en toda la noche.

Marina aceleró.

La respiración desapareció.

Por un instante sintió que había ganado.

Después escuchó una voz detrás de ella.

Muy baja.

—Esa no es mi parada.

Marina frenó de golpe.

El autobús quedó atravesado frente a la entrada del terminal.

Dos trabajadores corrieron hacia ella.

Marina abrió las puertas y salió sin mirar atrás.

Uno de los hombres intentó detenerla.

—¿Qué pasó?

—Revisen el bus.

—¿Qué buscamos?

Marina señaló el interior.

—A una mujer.

Los dos empleados subieron.

Recorrieron todo el vehículo.

No encontraron a nadie.

Marina se quedó junto a la garita mientras revisaban.

Uno de ellos regresó.

—Está vacío.

Marina no respondió.

—¿Quieres que llamemos a alguien?

Negó.

—Solo no me hagan conducirlo otra vez.

El supervisor llegó pocos minutos después.

Marina le entregó las llaves.

No terminó el turno.

No volvió a trabajar de noche.

Durante las semanas siguientes pidió rutas diurnas.

Después cambió de empresa.

Nunca explicó la verdadera razón.

Intentó convencerse de que el cansancio había hecho el resto.

Los pasajeros.

Los espejos.

La sugestión.

La voz.

Todo podía haber sido una mezcla de miedo y agotamiento.

Durante un tiempo logró creerlo.

Hasta tres meses después.

Una tarde tomó un autobús para volver a casa.

Iba como pasajera.

Se sentó cerca de la puerta.

Había bastante gente y todavía quedaba luz afuera.

No pensó en aquella noche.

No tenía motivo para hacerlo.

El vehículo avanzó varias cuadras.

Una mujer mayor subió, pagó y buscó asiento.

Al pasar junto a Marina se detuvo.

—Disculpe.

—¿Sí?

La señora señaló hacia el fondo.

—¿Ese asiento está ocupado?

Marina miró.

La última fila estaba vacía.

—No.

La mujer mayor frunció el ceño.

—Qué raro.

—¿Por qué?

La pasajera continuó mirando hacia atrás.

—Porque esa señora lleva todo el viaje sentada ahí.

Marina sintió que el ruido del autobús desaparecía a su alrededor.

Levantó lentamente los ojos hacia el espejo del conductor.

La mujer del abrigo oscuro estaba sentada en la última fila.

Pero no miraba a Marina.

Esta vez miraba al conductor.

Y el conductor todavía no la había visto.

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