
La primera persona que reclamó la maleta fue una mujer de unos cuarenta años.
—Esa es mía.
Mateo ya tenía la mano sobre el asa.
La mujer se acercó con rapidez.
—Disculpe. Esa maleta es mía.
Mateo la miró.
Después miró la maleta.
Negra.
Mediana.
Cuatro ruedas.
Una cinta roja atada al asa superior.
—Creo que se equivoca.
—No.
La mujer señaló la cinta.
—Se la puse antes de salir de casa.
Mateo soltó una risa incómoda.
—Yo también.
Estaban junto a la cinta de equipajes número seis del aeropuerto, esperando las maletas de un vuelo que acababa de aterrizar después de poco más de dos horas.
Alrededor, decenas de pasajeros recogían equipaje.
Niños cansados.
Familias.
Personas hablando por teléfono.
Carritos metálicos chocando unos con otros.
Nada extraordinario.
Mateo volvió a mirar la cinta roja.
Había comprado aquella maleta tres años antes.
La cinta se la había puesto él mismo porque casi todas las maletas negras parecían iguales.
Además conocía los golpes.
Un raspón blanco cerca de una rueda.
Una pequeña abolladura junto a la cremallera.
Una mancha de pegamento en un costado.
Todo estaba allí.
—Es la mía —repitió.
La mujer se agachó.
—Mire esto.
Señaló el raspón.
—Se hizo en Bogotá el año pasado.
Mateo sintió una irritación inmediata.
—No. Se hizo cuando la bajaron de un autobús.
—Eso es imposible.
La mujer agarró el asa.
Mateo no la soltó.
—Señora, esta maleta llegó en mi vuelo.
—También era mi vuelo.
—Entonces tendrá otra parecida.
La mujer empezó a ponerse nerviosa.
—No es parecida. Es esta.
Una empleada del aeropuerto se acercó.
—¿Hay algún problema?
Ambos respondieron a la vez.
—Es mi maleta.
La empleada, cuyo gafete decía VALENTINA, miró primero a Mateo y después a la mujer.
—¿Tienen los comprobantes de equipaje?
Mateo buscó el suyo.
La mujer hizo lo mismo.
Valentina tomó la etiqueta adherida al asa.
—Un momento.
Leyó.
Después miró el comprobante de Mateo.
—Coincide.
Mateo respiró aliviado.
—¿Ve?
La mujer extendió su propio papel.
—Revise el mío.
Valentina lo hizo.
Su expresión cambió.
Volvió a mirar la etiqueta.
Después ambos comprobantes.
—También coincide.
Mateo dejó de sonreír.
—¿Cómo?
—Los tres números son iguales.
—Eso no puede pasar.
—No debería.
Valentina examinó la impresión.
No parecía una etiqueta duplicada pegada encima de otra.
Era una sola.
—¿Puede leer el nombre? —preguntó la mujer.
Valentina giró la etiqueta.
Mateo leyó antes que ella.
MATEO SALAZAR.
—Ahí está.
La mujer se quedó inmóvil.
—No.
—¿Qué?
—Eso no dice Mateo Salazar.
Mateo señaló.
—Claro que sí.
La mujer acercó el rostro.
—Dice Patricia Molina.
Los tres permanecieron callados.
Mateo volvió a leer.
MATEO SALAZAR.
Perfectamente impreso.
—¿Está bromeando?
Patricia retrocedió.
—¿Usted está bromeando?
Valentina tomó la etiqueta con ambas manos.
—Yo veo Mateo Salazar.
Patricia la miró.
—No.
—Sí.
—Déjeme.
Patricia agarró la etiqueta.
—Aquí dice Patricia Molina.
Mateo sintió que la molestia desaparecía y algo más frío ocupaba su lugar.
Valentina dejó la maleta en el suelo.
—No la toquen.
Sacó su radio.
Antes de que pudiera hablar, un hombre se acercó desde detrás.
—Perdón.
Los tres lo miraron.
El hombre señalaba la maleta.
—¿Por qué tienen mi equipaje?
Mateo no respondió.
Valentina sí.
—¿Esta maleta es suya?
—Sí.
—¿Está seguro?
El hombre miró la cinta roja.
—Claro.
—¿Puede describirla?
—Negra. Cinta roja. Tiene un golpe aquí.
Se inclinó.
Señaló exactamente la pequeña abolladura junto a la cremallera.
—Mi hija la tiró por las escaleras el mes pasado.
Patricia negó.
—Esa abolladura ya estaba antes.
Mateo no dijo nada.
Valentina pidió el comprobante.
El hombre se llamaba Javier Aguirre.
Su número de equipaje era idéntico.
—¿Qué nombre aparece aquí? —preguntó Valentina señalando la etiqueta.
Javier leyó.
—Javier Aguirre.
Mateo sintió un escalofrío.
Patricia empezó a discutir.
—No. Dice mi nombre.
—Señora, no sé quién es usted.
—La maleta es mía.
—También es mía.
Valentina levantó las manos.
—Nadie se la lleva todavía.
La discusión llamó la atención.
Algunos pasajeros se quedaron mirando.
Mateo habría preferido irse.
Buscar otra maleta.
Aceptar que quizá estaba confundido.
Pero cada vez que miraba aquel equipaje sentía una certeza absoluta.
Era suyo.
No parecido al suyo.
No de la misma marca.
Suyo.
Recordaba comprarlo.
Recordaba guardar ropa dentro aquella mañana.
Recordaba colocar la cinta roja.
Incluso recordaba tener dificultades para cerrar la cremallera porque había llevado demasiadas cosas.
La memoria era clara.
Más clara de lo que debería.
—Voy a revisar si queda otro equipaje igual —dijo Valentina.
Nadie soltó la maleta.
—Necesito llevármela.
Mateo retiró la mano primero.
Patricia tardó un poco más.
Javier fue el último.
Valentina colocó la maleta junto al mostrador de incidencias.
El carrusel continuaba girando.
Salieron más equipajes.
Mateo observó cada uno.
Ninguno era suyo.
Patricia hizo lo mismo.
También Javier.
Pasaron diez minutos.
La cinta comenzó a vaciarse.
Un trabajador retiró las últimas dos maletas.
La de Mateo no apareció.
Tampoco las de Patricia ni Javier.
Solo estaba aquella.
Valentina regresó acompañada de un supervisor llamado Simón.
—Vamos a comprobar algo sencillo —dijo él—. Cada uno me va a describir qué tiene dentro.
Mateo respondió primero.
Dos pantalones.
Tres camisas.
Un par de zapatos.
Un neceser gris.
Una caja pequeña con un reloj.
Patricia empezó a negar antes de que terminara.
—No hay nada de eso.
Describió vestidos, sandalias, una bolsa de maquillaje y regalos envueltos para sus sobrinos.
Javier habló después.
Ropa de trabajo.
Un impermeable.
Dos libros.
Una botella de licor bien protegida entre camisetas.
Tres equipajes diferentes.
Una sola maleta.
Simón preguntó:
—¿Alguno puede identificar algo que no sea la cinta o los golpes?
Mateo levantó la mano.
—La rueda trasera izquierda se traba.
Patricia lo miró.
—Sí.
Javier también.
—Desde hace meses.
Mateo sintió náuseas.
Simón empujó la maleta unos centímetros.
Tres ruedas giraron con suavidad.
La cuarta se bloqueó.
Nadie dijo nada.
—Esto no tiene gracia —murmuró Patricia.
Simón parecía querer mantener una expresión profesional.
No lo estaba consiguiendo.
Otro pasajero se acercó.
—Perdone.
Mateo sintió miedo antes de que hablara.
—¿Han encontrado al dueño de esa maleta?
Simón preguntó:
—¿Por qué?
El hombre señaló.
—Porque es mía.
Patricia cerró los ojos.
En menos de media hora fueron siete.
Siete pasajeros distintos.
Todos del mismo vuelo.
Todos reconocían la maleta.
Todos tenían comprobantes con el mismo número.
Todos veían su propio nombre en la etiqueta.
Y todos podían señalar detalles físicos específicos.
Un rasguño.
Una costura reparada.
Una marca junto a la base.
Una rueda defectuosa.
Cada persona recordaba un origen diferente para esas mismas marcas.
Simón hizo trasladar la maleta a una pequeña oficina junto a la zona de equipajes.
Pidió que solo entraran Mateo, Patricia y Javier.
Los demás esperaron fuera.
—Vamos a abrirla —dijo.
Mateo sintió una resistencia inmediata.
—No.
Todos lo miraron.
Él mismo se sorprendió.
—¿Por qué no? —preguntó Simón.
Mateo no tenía una buena respuesta.
—Porque es mi equipaje.
Patricia se puso tensa.
—También el mío.
Javier miró la cremallera.
—No deberían abrirla sin permiso.
Simón perdió la paciencia.
—Tengo siete personas diciendo que es suya. La única forma de aclararlo es ver qué contiene.
Sacó un cortador pequeño.
La maleta tenía un candado.
Mateo lo señaló.
—Espere.
—¿Qué?
—Yo sé la combinación.
Patricia respondió enseguida.
—Yo también.
Javier soltó una risa nerviosa.
—No puede ser.
Simón decidió probar.
Mateo marcó cuatro números.
El candado no abrió.
Sintió un alivio absurdo.
Patricia tomó el cierre.
Marcó otra combinación.
Tampoco.
Javier intentó una tercera.
Nada.
Entonces Simón llamó a uno de los pasajeros que esperaba fuera.
Una mujer joven entró.
—¿Sabe la clave?
—Sí.
Marcó cuatro números.
El candado se abrió.
La mujer sonrió.
—Les dije que era mía.
Mateo sintió que aquello debería haber resuelto el problema.
No lo hizo.
Porque en cuanto vio el candado abierto recordó otra combinación.
No sabía de dónde había salido el recuerdo.
Cuatro números.
Su fecha de graduación.
Estaba completamente seguro de que siempre había usado esa clave.
Miró a Patricia.
Ella tenía la misma expresión.
—¿Acabas de recordar otra contraseña? —preguntó Mateo.
Patricia no respondió.
No hacía falta.
Simón abrió la cremallera.
Todos se acercaron.
Mateo esperaba encontrar ropa.
La suya.
O la de alguien.
Lo que vio fue una camisa azul doblada sobre otras prendas.
La reconoció.
Era suya.
Tenía una pequeña mancha cerca del bolsillo.
Él mismo la había guardado aquella mañana.
—Ahí está.
Intentó tocarla.
Patricia le apartó la mano.
—No toque mi vestido.
Mateo la miró.
—¿Qué vestido?
—El azul.
—Eso es una camisa.
—No.
Javier se acercó.
—Es mi impermeable.
La mujer que había abierto el candado comenzó a llorar.
—Ese es el abrigo de mi madre.
Simón observó el interior.
—Yo veo una camisa.
Mateo lo miró.
—¿Azul?
—Sí.
—¿Con una mancha?
Simón negó.
—Sin ninguna mancha.
Mateo volvió a mirar.
La mancha seguía allí.
Patricia estaba respirando cada vez más rápido.
—Ciérrela.
—Necesitamos—
—Ciérrela.
Javier también retrocedió.
—Sí.
La joven comenzó a repetir que no tocaran el abrigo.
Simón cerró la maleta.
Lo hizo rápidamente.
Durante unos segundos todos permanecieron quietos.
Mateo comprendió algo que le produjo más miedo que el contenido.
Nadie había intentado sacar nada.
Todos querían recuperar la maleta.
Pero ninguno estaba dispuesto a permitir que otra persona tocara lo que había dentro.
Simón decidió aislarla.
—Esto va a seguridad.
—No —dijo Mateo.
Patricia respondió al mismo tiempo.
—No pueden llevársela.
—No se la estoy entregando a nadie.
—Es mía.
—Precisamente por eso.
Simón volvió a cerrar el candado.
Cuando tomó la maleta, Mateo sintió una angustia inmediata.
No era miedo a perder ropa.
Era una sensación física.
Como ver a alguien marcharse con una parte de su vida.
—Espere.
Simón se detuvo.
Mateo no sabía qué decir.
Miró a Patricia.
Ella tenía lágrimas en los ojos.
Javier apretaba la mandíbula.
La joven sujetaba sus propias manos.
Todos estaban sintiendo lo mismo.
—La guardaré hasta que podamos aclararlo.
Simón salió con la maleta.
Mateo quiso seguirlo.
No lo hizo.
Apenas la puerta se cerró, sintió algo extraño.
Miró hacia la zona de equipajes.
Su maleta ya no estaba allí.
Por supuesto.
Simón acababa de llevársela.
Pero aquel pensamiento produjo una contradicción.
Mateo recordó que su equipaje era negro.
También recordó que era azul.
Parpadeó.
No.
Negro.
Con cinta roja.
Intentó imaginarlo.
La imagen se volvió menos clara.
—¿De qué color era tu maleta? —preguntó a Patricia.
Ella lo miró.
—Negra.
Después dudó.
—Creo.
Javier habló.
—La mía era gris.
Mateo lo señaló.
—Hace cinco minutos dijiste que esa era tu maleta negra.
—¿Dije negra?
—Sí.
Javier se pasó una mano por el rostro.
—Yo siempre viajo con una gris.
Patricia miró hacia la puerta.
—La mía tenía cuatro ruedas.
—Todas tenían cuatro ruedas —respondió Mateo.
—No. Quiero decir...
No terminó.
Algo estaba cambiando.
Mateo tomó su teléfono.
Buscó fotografías del viaje.
Encontró una imagen tomada en el aeropuerto de salida.
Él aparecía junto a una maleta.
Amplió la foto.
El equipaje estaba parcialmente oculto detrás de una persona.
Solo se veía el asa.
Una cinta roja.
Mateo sintió alivio.
—Aquí está.
Patricia se acercó.
—Esa es la mía.
—Soy yo en la foto.
—No digo la foto. Digo la maleta.
—Está detrás de mí.
—Porque era igual.
Mateo guardó el teléfono.
No quería seguir discutiendo.
La zona de equipajes comenzó a vaciarse.
Los demás pasajeros involucrados seguían esperando cerca.
Ninguno se marchaba.
Una hora después, seguridad todavía no tenía respuesta.
El número de etiqueta figuraba asociado en el sistema a varios pasajeros.
Eso no debía ser posible.
Simón regresó.
Venía sin la maleta.
Todos se pusieron de pie.
—¿Dónde está?
—Guardada.
—¿Dónde?
—No importa.
—Claro que importa —dijo Patricia.
Simón levantó una mano.
—Escuchen. Necesitamos que cada uno identifique su equipaje original mediante fotografías, facturas o cualquier otro dato. Mientras tanto, la maleta no se entrega.
Una mujer preguntó:
—¿Y si todos demostramos que es nuestra?
Simón no respondió.
Mateo volvió a mirar su comprobante.
El número seguía allí.
Pero ahora no recordaba haber visto la etiqueta cuando facturó.
Recordaba entregar la maleta.
Recordaba verla desaparecer por la cinta.
¿Era negra?
Sí.
Quizá.
¿Tenía cinta roja?
Seguro.
O tal vez había pensado en ponerla y nunca lo hizo.
La duda le produjo más ansiedad que cualquier otra cosa ocurrida hasta entonces.
Patricia empezó a caminar hacia la salida.
Mateo la llamó.
—¿Te vas?
Ella se detuvo.
—Tengo que irme.
—¿Y tu maleta?
Patricia miró hacia seguridad.
—No sé si es mía.
—Hace una hora estabas completamente segura.
—Lo sé.
Su voz tembló.
—Eso es lo que me preocupa.
Se marchó.
Dos personas más hicieron lo mismo.
Javier permaneció.
Mateo también.
No porque siguieran convencidos de que la maleta fuera suya.
Porque ninguno sabía ya cuál debería estar buscando.
Mateo volvió a revisar el carrusel vacío.
Había dos equipajes sin recoger.
Uno verde.
Uno negro pequeño.
No reconocía ninguno.
Entonces vio una maleta azul junto a una columna.
Sintió algo.
Familiaridad.
Se acercó.
—Esa puede ser la mía.
Javier fue detrás.
—No.
—¿Qué?
—Esa es mía.
Mateo lo miró.
Javier también parecía sorprendido por sus propias palabras.
La maleta azul no tenía cinta roja.
No tenía las marcas que ambos habían descrito antes.
Aun así, Mateo sintió una certeza creciendo.
Había viajado con aquella maleta.
Recordaba guardar ropa dentro.
Recordaba una pequeña rotura en el forro.
Se agachó.
Abrió un bolsillo exterior.
Encontró un recibo.
A nombre de una mujer.
Ninguno de los dos la conocía.
Mateo soltó inmediatamente el asa.
Javier también.
Retrocedieron.
—Nos tenemos que ir —dijo Mateo.
Javier asintió.
No reclamaron ningún equipaje.
Presentaron una incidencia y salieron del aeropuerto solo con sus mochilas de mano.
Mateo regresó a casa convencido de que al día siguiente todo tendría una explicación.
Un error del sistema.
Cansancio.
Confusión colectiva.
Cualquier cosa.
No durmió bien.
Al levantarse abrió el armario.
Encontró espacio vacío donde normalmente guardaba su maleta.
Eso demostraba que había viajado con ella.
Pero cuando intentó recordar cómo era, ya no pudo.
Negra.
Azul.
Gris.
Grande.
Mediana.
Cada opción le parecía correcta durante unos segundos.
Llamó al aeropuerto.
Le dijeron que la investigación continuaba.
Nadie podía determinar a quién pertenecía el equipaje.
—¿Sigue guardado? —preguntó.
Hubo una pausa.
—Sí.
Mateo sintió alivio.
No sabía por qué.
Pasaron dos días.
Después tres.
Nadie fue a recoger la maleta.
No porque los pasajeros hubieran dejado de reclamarla.
Porque, según le explicó Simón por teléfono, ya ninguno podía describirla de la misma forma que el primer día.
Algunos negaban haber viajado con una maleta negra.
Otros aseguraban que su equipaje había sido rígido.
Dos personas decían haber llevado mochilas.
Una mujer había encontrado en casa la maleta que creía haber facturado.
Vacía.
Guardada dentro de un armario.
Mateo preguntó:
—¿Entonces la del aeropuerto no era de nadie?
Simón tardó.
—No dije eso.
—¿Qué quiso decir?
—Que seguimos sin saber de quién es.
Una semana después, Mateo volvió al aeropuerto.
No se lo contó a nadie.
Quería verla.
Necesitaba saber qué sentiría al tenerla enfrente otra vez.
Simón aceptó acompañarlo al área de objetos retenidos.
—No deberías haber venido.
—Solo quiero comprobar algo.
—Eso dijeron otros dos.
Mateo se detuvo.
—¿Vinieron?
—Sí.
—¿Qué pasó?
Simón abrió una puerta de seguridad.
—Nada bueno.
Caminaron por un corredor estrecho.
Llegaron a una sala con estanterías.
Había maletas perdidas, cajas y objetos etiquetados.
La maleta negra estaba al fondo.
Mateo la reconoció inmediatamente.
Su corazón aceleró.
—Es esa.
Simón no respondió.
La cinta roja seguía en el asa.
El raspón blanco.
La abolladura.
La rueda defectuosa.
Todo.
La certeza regresó con tanta fuerza que Mateo tuvo ganas de reír.
—Es mía.
Simón lo miró.
—Eso dijiste la primera vez.
—Porque es verdad.
—Mateo.
—Mira la cinta.
—La veo.
—Yo se la puse.
Simón no discutió.
—Acércate.
Mateo caminó hasta ella.
La etiqueta seguía colocada.
La tomó.
Leyó.
MATEO SALAZAR.
Sintió un alivio enorme.
—¿Ves?
Le mostró la etiqueta a Simón.
El hombre no respondió.
—¿Qué dice?
Simón observó el papel.
—Mi nombre.
Mateo sintió que se le vaciaba el estómago.
—¿Qué?
Simón tragó saliva.
—Simón Herrera.
Mateo soltó la etiqueta.
—Tú no viajaste en ese vuelo.
—Lo sé.
—Entonces no puede ser tuya.
Simón miró la maleta.
Su expresión había cambiado.
—No.
Mateo retrocedió.
—No la toques.
Simón no reaccionó.
—Simón.
El hombre extendió la mano.
—Creo que...
—No.
—Yo conozco esta marca.
—No la conoces.
—Sí.
Mateo agarró su brazo.
Simón se apartó.
—Tiene una costura rota por dentro.
Mateo sintió frío.
Aquello era exactamente lo que él había recordado de la maleta azul días atrás.
—¿Cómo sabes eso?
Simón estaba pálido.
—Porque es mía.
Mateo salió de la sala.
Simón tardó varios minutos en seguirlo.
La maleta permaneció allí.
El aeropuerto decidió dejar de intentar encontrar al propietario.
No podían entregarla.
Tampoco querían destruirla.
La trasladaron a un depósito restringido donde nadie pudiera verla durante las operaciones normales.
Mateo pensó que era lo mejor.
Hasta que recibió una llamada casi un mes después.
Era Simón.
—Necesito preguntarte algo.
—¿Qué pasó?
—¿Tú recuerdas tu maleta?
Mateo miró el armario vacío.
—No.
—Yo tampoco.
Hubo un silencio.
—¿Y la negra?
Mateo sintió inmediatamente aquella certeza.
—Sí.
Simón soltó el aire.
—Yo también.
Mateo cerró los ojos.
—¿Sigue guardada?
—Sí.
—Entonces déjenla ahí.
—Ese es el problema.
Mateo abrió los ojos.
—¿Qué problema?
—Ayer descargamos un vuelo internacional.
Mateo esperó.
—Cuando terminó la descarga, una familia vino a reclamar una maleta perdida.
—¿Negra?
—No.
—Entonces ¿qué tiene que ver?
Simón bajó la voz.
—Nada.
Otra pausa.
—Hasta que pasaron frente a la puerta del depósito.
Mateo sintió un escalofrío.
—¿Qué hicieron?
—Los cuatro se detuvieron.
Mateo ya sabía la respuesta.
—Dijeron que su maleta estaba ahí dentro.
Mateo no habló.
Simón continuó.
—La puerta estaba cerrada. No podían verla.
—¿Entraron?
—No.
—Bien.
—Después se detuvieron otras tres personas.
Mateo apretó el teléfono.
—¿También dijeron lo mismo?
—Sí.
—¿Y hoy?
Simón tardó en responder.
—Hoy fueron once.
Mateo sintió que la historia todavía no había terminado.
La maleta ya no necesitaba aparecer en una cinta.
No necesitaba una etiqueta.
Ni siquiera necesitaba ser vista.
Bastaba con que estuviera cerca.
Dos semanas después, el depósito fue clausurado temporalmente.
No por la maleta.
Eso fue lo que dijeron oficialmente.
Problemas de inventario.
Reorganización.
Seguridad.
La explicación daba igual.
Mateo nunca volvió.
Pero cada vez que pasa frente a una tienda de equipajes, evita mirar demasiado tiempo las maletas negras.
Porque todavía no recuerda cuál era la suya.
Y teme que algún día, entre cientos de modelos distintos, reconozca una con absoluta certeza.
Aunque nunca la haya visto antes.
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