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Sala nueve

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
Sala nueve

La mujer dejó la audioguía sobre el mostrador y preguntó:

—¿La sala nueve está cerrada?

Valeria levantó la vista.

El museo tenía ocho salas.

Había trabajado allí casi tres años y podía recorrerlas con las luces apagadas si fuera necesario.

—No tenemos sala nueve.

La visitante pareció sorprendida.

Tendría unos sesenta años. Llevaba un abrigo verde y sostenía el folleto del museo doblado entre las manos.

—Claro que sí.

—La última es la ocho. Arte contemporáneo.

La mujer miró hacia el corredor principal.

—Entonces debe ser nueva.

Valeria sonrió con cortesía.

—No. Son ocho.

La visitante tomó la audioguía.

—Esta decía nueve.

Presionó uno de los botones.

No ocurrió nada.

—Tal vez escuchó “sala siete”.

—No.

La mujer miró la pantalla pequeña del aparato.

—Dijo: “Continúe hacia la sala nueve”.

Volvió a presionar.

Silencio.

—También hablaba de una vitrina con llaves.

Valeria negó.

—No tenemos ninguna exposición de llaves.

La mujer permaneció unos segundos observándola.

Parecía esperar que Valeria recordara algo.

Finalmente dejó el aparato sobre el mostrador.

—Bueno. Entonces será otro museo.

Se marchó.

Valeria no pensó demasiado en ello.

Faltaban veinte minutos para cerrar.

Recogió las audioguías que quedaban en las bandejas y comenzó a conectarlas a los cargadores.

Eran dispositivos sencillos.

El visitante introducía el número indicado junto a cada obra y escuchaba una explicación grabada.

Nada más.

Cuando tomó la audioguía de la mujer, la pantalla se encendió.

09.

Valeria frunció el ceño.

Presionó detener.

La pantalla siguió mostrando el número.

Después escuchó la voz.

—Sala nueve. Objetos sin procedencia.

Valeria soltó el aparato.

La voz continuó desde el mostrador.

—Pieza uno. Llavero metálico con cuatro llaves. Encontrado en el escritorio de administración.

Valeria miró hacia la oficina detrás de recepción.

Sobre su escritorio había un llavero metálico con cuatro llaves.

Las del archivo.

Del depósito.

Del baño del personal.

Y una pequeña que no recordaba para qué servía.

Entró en la oficina.

Tomó el llavero.

La audioguía siguió hablando.

—La pieza presenta desgaste en el borde izquierdo y restos de cinta adhesiva azul.

Valeria miró.

Una tira de cinta azul rodeaba una de las llaves.

Sintió una incomodidad inmediata.

Regresó al mostrador y apagó el aparato.

La pantalla se puso negra.

Lo dejó conectado.

A las seis cerraron el museo.

El último visitante salió.

Mauricio, el guardia, recorrió las salas mientras Valeria revisaba la caja y guardaba los folletos.

A las seis y cuarto se quedaron solos.

—¿Todo bien? —preguntó Mauricio.

Valeria levantó la audioguía.

—Una visitante dijo que esto le habló de una sala nueve.

Mauricio sonrió.

—¿Y ya inauguramos sin que me avisen?

—Escúchalo.

Encendió el aparato.

Funcionó normalmente.

“Seleccione el número de la obra.”

Valeria introdujo nueve.

La pantalla mostró:

NÚMERO NO VÁLIDO.

Mauricio levantó las cejas.

—Misterio resuelto.

—Hace un momento sí funcionó.

—Necesitas irte a casa.

Valeria dejó el aparato junto a los demás.

Mauricio continuó su ronda.

A las seis y media, Valeria estaba cerrando la oficina cuando escuchó una voz detrás.

—Pieza dos.

Se giró.

La audioguía estaba encendida.

—Fotografía enmarcada. Cinco empleados frente a la entrada principal. Fecha aproximada: noviembre de dos mil veintitrés.

Valeria miró hacia la pared de la oficina.

Había una fotografía del aniversario del museo.

Cinco personas.

Ella.

Mauricio.

La directora.

El antiguo encargado de conservación.

Y Claudia, de administración.

La voz continuó.

—El marco presenta una grieta en la esquina inferior derecha.

Valeria se acercó.

La grieta estaba allí.

Nunca la había notado.

Desconectó la audioguía.

La voz se cortó.

Esta vez la guardó dentro de un cajón y lo cerró.

Mauricio regresó.

—¿Ahora qué?

—Volvió a hablar.

—¿Sin tocarla?

—Sí.

—¿Qué dijo?

Valeria señaló la fotografía.

—Describió eso.

Mauricio miró la imagen.

—Tal vez alguien cargó una grabación de prueba.

—¿Con una foto de nuestra oficina?

Él no respondió.

Valeria abrió el cajón.

La audioguía estaba apagada.

—Mañana se la damos a Sistemas.

Eso parecía razonable.

Valeria tomó su bolso.

Ambos caminaron hacia la salida de empleados.

Para llegar debían atravesar un corredor que conectaba las salas siete y ocho.

A mitad del camino, Valeria se detuvo.

Había una puerta en la pared izquierda.

No debía haber ninguna puerta allí.

Era gris.

Estrecha.

Sin manija visible.

Sobre ella había una pequeña placa negra.

9.

Mauricio también se detuvo.

—¿Eso estaba?

Valeria lo miró.

—No.

Mauricio se acercó.

—Tal vez hicieron alguna modificación.

—¿Cuándo?

—No sé.

—Trabajaste ayer.

—Sí.

—¿La viste?

Mauricio no respondió.

La puerta estaba colocada justo donde, según Valeria, debía haber una pared continua.

Mauricio apoyó la mano.

—No abre.

Valeria sintió alivio.

—Vámonos.

Continuaron hacia la salida.

Antes de doblar la esquina, escucharon algo detrás.

Una voz tenue.

No salía de ningún altavoz del museo.

—Continúe hacia la sala nueve.

Valeria no miró atrás.

Mauricio sí.

—La puerta está abierta.

Valeria se detuvo.

La abertura era estrecha.

Del otro lado se veía un corredor iluminado.

No una habitación.

Un corredor.

Mucho más largo de lo que permitía el edificio.

Las paredes eran del mismo color crema del museo, pero parecían antiguas. Había lámparas pequeñas en lugar de los focos modernos del techo.

Mauricio dio un paso hacia atrás.

—Eso no cabe ahí.

Valeria pensó exactamente lo mismo.

El museo ocupaba una esquina del edificio.

Detrás de aquella pared estaba la calle.

El corredor no podía existir.

Entonces una luz se encendió al fondo.

Iluminó una vitrina.

Dentro había algo pequeño.

Valeria alcanzó a distinguir un objeto metálico.

Un llavero.

Cuatro llaves.

Mauricio habló muy bajo.

—Cierra.

—¿Cómo?

Ninguno quería acercarse.

La puerta comenzó a moverse sola.

Se cerró lentamente.

Cuando encajó en el marco, la placa con el número nueve desapareció.

La pared volvió a ser lisa.

Mauricio tocó la superficie.

Sólida.

—Nos vamos.

Salieron del museo.

No informaron a la directora esa noche.

A la mañana siguiente, Valeria llegó temprano.

La pared seguía normal.

No había puerta.

Revisó la oficina.

El llavero había desaparecido.

Buscó en cajones, bolsillos y debajo del escritorio.

Nada.

La fotografía todavía estaba en la pared.

Pero algo había cambiado.

Ahora solo aparecían cuatro empleados.

Valeria seguía allí.

Mauricio también.

La directora.

Claudia.

El antiguo encargado de conservación había desaparecido de la imagen.

Valeria recordó perfectamente que estaba en la foto.

Se llamaba Esteban.

Había trabajado en el museo durante años.

—Claudia.

La mujer levantó la mirada desde su computadora.

—¿Qué?

Valeria llevó la fotografía.

—¿Quién falta?

Claudia la observó.

—Nadie.

—Éramos cinco.

—Somos cuatro.

—Esteban estaba aquí.

Claudia frunció el ceño.

—¿Qué Esteban?

Valeria sintió un vacío en el estómago.

—El encargado de conservación.

—Conservación lo lleva Patricia desde que abrió el museo.

—No.

—Sí.

Valeria llevó la foto a Mauricio.

El guardia palideció.

—Yo también lo recuerdo.

Eso fue suficiente.

Al menos no estaba sola.

Buscaron a Esteban en el directorio.

No apareció.

Correos antiguos.

Nada.

Documentos del museo.

Nada.

Pero Mauricio recordaba su voz.

Valeria recordaba dónde se sentaba.

Los dos recordaban que Esteban había renunciado el año anterior.

No podían recordar por qué.

La audioguía seguía dentro del cajón.

Valeria no quiso tocarla.

A las once de la mañana, mientras el museo estaba lleno de visitantes, escuchó una voz cerca de recepción.

—Pieza tres.

Se quedó inmóvil.

La audioguía no estaba allí.

La voz provenía de uno de los dispositivos que llevaba un adolescente.

—Credencial de seguridad. Nombre: Mauricio Rivas.

Valeria corrió hacia él.

—Disculpa.

El muchacho se quitó un auricular.

—¿Sí?

—¿Qué número marcaste?

—Treinta y cuatro.

Valeria miró la pantalla.

34.

Una explicación normal comenzó a reproducirse.

“Retrato de mujer con abanico, autor desconocido…”

—¿Escuchaste algo sobre una credencial?

—No.

Valeria buscó a Mauricio.

Estaba en la entrada principal.

Su credencial seguía colgada del uniforme.

—Te nombró.

—¿Quién?

—La audioguía.

Mauricio se quitó la credencial.

—No.

—Dijo que eras la pieza tres.

Mauricio miró hacia el corredor de las salas siete y ocho.

—No pienso quedarme esta noche.

Valeria tampoco.

Pero a las cinco y media ocurrió algo peor.

Una niña se acercó a recepción con su padre.

—Señorita, ¿dónde está la sala nueve?

Valeria sintió frío.

El padre parecía avergonzado.

—Dice que la audioguía le está diciendo que vaya ahí.

Valeria se agachó.

—¿Qué escuchaste?

La niña señaló hacia el corredor.

—Que hay una habitación con cosas perdidas.

—¿Qué cosas?

—Las que ustedes olvidaron.

El padre la interrumpió.

—Seguramente entendió mal.

Valeria tomó la audioguía.

La pantalla mostraba 09.

—¿Qué más dijo?

La niña respondió:

—Que hoy van a cambiar una pieza.

Valeria no quiso preguntar.

Lo hizo.

—¿Cuál?

La niña señaló detrás de ella.

Hacia Mauricio.

—La del guardia.

Mauricio escuchó.

Se quitó la credencial.

—Me voy ahora.

La directora no entendió por qué ambos querían abandonar el trabajo antes de terminar el turno.

Valeria inventó una emergencia familiar.

Mauricio ni siquiera explicó.

A las seis menos diez salieron por la entrada principal.

No utilizaron el corredor interior.

Caminaron hasta la esquina.

Mauricio respiró con alivio.

—Ya está.

Valeria miró hacia las ventanas del museo.

La sala ocho estaba visible desde la calle.

Más allá debía comenzar la pared exterior.

Pero había una ventana nueva.

Estrecha.

Iluminada.

Detrás del vidrio había una vitrina.

Dentro descansaba una credencial de seguridad.

Mauricio también la vio.

Se tocó el pecho.

Su credencial ya no estaba.

—La tenía hace un minuto.

Valeria miró la vitrina.

La fotografía era la de Mauricio.

La calle continuaba normalmente.

Autos.

Personas.

Un autobús deteniéndose.

Nadie miraba aquella ventana imposible.

—No vuelvas mañana —dijo Valeria.

Mauricio asintió.

No volvió.

La mañana siguiente, Valeria llegó únicamente porque quería renunciar.

La directora estaba en recepción.

—¿Dónde está el guardia nuevo?

Valeria la miró.

—¿Nuevo?

—El de la empresa de seguridad. Todavía no llega.

—Mauricio.

La directora frunció el ceño.

—¿Quién?

Valeria sintió náuseas.

Sacó el teléfono.

Tenía el número de Mauricio guardado.

Buscó el contacto.

No estaba.

Revisó las conversaciones.

Nada.

Corrió hacia la fotografía del aniversario.

Ahora aparecían tres personas.

Ella.

La directora.

Claudia.

Mauricio había desaparecido.

Valeria dejó su renuncia sobre la mesa.

—Me voy.

La directora parecía confundida.

—¿Qué pasó?

—No quiero seguir trabajando aquí.

—Podemos hablarlo.

—No.

Valeria recogió sus cosas.

Cuando abrió el cajón para sacar una libreta, encontró la audioguía.

Había olvidado que seguía allí.

La pantalla estaba encendida.

09.

Valeria intentó apagarla.

No respondió.

La voz comenzó.

—Pieza cuatro.

Valeria cerró los ojos.

—Bolso de cuero marrón.

Miró su bolso.

—Contiene billetera, teléfono, libreta negra y una carta de renuncia sin firmar.

Valeria abrió el bolso.

La carta estaba allí.

No recordaba haberla guardado.

La que había dejado sobre el escritorio de la directora seguía visible al otro lado de la oficina.

Ahora había dos.

La voz continuó:

—Propietaria: Valeria Montes.

Valeria dejó caer la audioguía.

La directora levantó la cabeza.

—¿Estás bien?

—¿Me conoces?

—Claro.

—Dime mi nombre.

—Valeria.

El alivio duró poco.

La audioguía siguió:

—Estado de la pieza: pendiente de ingreso.

Valeria salió.

No recogió el aparato.

No recogió el bolso.

Cruzó la recepción y salió a la calle.

Caminó varias cuadras antes de detenerse.

Su teléfono estaba en el bolsillo.

No en el bolso.

La audioguía había dicho que estaba dentro.

Sacó el aparato.

Tenía una notificación del museo.

Una fotografía.

No sabía quién la había enviado.

Mostraba una vitrina.

Dentro estaba su bolso marrón.

Su libreta.

Su billetera.

Una carta doblada.

Y una tarjeta pequeña.

“PIEZA 4.”

Valeria bloqueó el teléfono.

No regresó.

Consiguió trabajo en una editorial.

Cambió de número.

Se mudó.

Durante meses evitó incluso hablar del museo.

Mauricio nunca apareció.

Tampoco encontró a nadie que recordara a Esteban.

Una tarde, casi un año después, vio una noticia sobre una remodelación.

“El Museo Central amplía su recorrido.”

Valeria abrió el artículo.

Decía que, después de varios meses de trabajo, el museo inauguraría una nueva sección.

Sala nueve.

Sintió que las manos se le enfriaban.

Las fotografías mostraban una habitación amplia.

Vitrinas iluminadas.

Paredes color crema.

No reconoció ninguna obra.

Amplió la primera imagen.

En una vitrina había un llavero con cuatro llaves.

En otra, una credencial de seguridad.

En otra, un bolso marrón.

Valeria dejó de respirar por un instante.

Abrió la página oficial del museo.

Habían publicado el catálogo de la nueva sala.

“SALA 9: OBJETOS SIN PROCEDENCIA.”

Pieza uno: llavero metálico.

Pieza dos: fotografía institucional.

Pieza tres: credencial de seguridad.

Pieza cuatro: bolso personal.

Había más.

Pieza cinco.

Una computadora portátil.

Pieza seis.

Un anillo.

Pieza siete.

Un reloj.

Valeria no conocía esos objetos.

Siguió bajando.

El catálogo llegaba hasta la pieza veintitrés.

Al final había una nota:

“Colección en permanente crecimiento.”

Cerró la página.

Dos días después recibió un paquete en su casa.

No tenía remitente.

Dentro había una audioguía.

Valeria no la encendió.

La dejó sobre la mesa.

Durante horas permaneció apagada.

A las once y diecisiete de la noche se activó sola.

—Bienvenida.

Valeria retrocedió.

—El recorrido de la sala nueve ha sido actualizado.

La pantalla mostró un número.

24.

—Pieza veinticuatro.

Valeria salió del departamento.

No esperó a escuchar la descripción.

Bajó las escaleras y pasó la noche en casa de una amiga.

Cuando regresó al día siguiente, la audioguía seguía sobre la mesa.

Apagada.

No había ocurrido nada.

Valeria tomó una bolsa, la metió dentro y la llevó a un contenedor lejos del edificio.

Pensó que por fin había terminado.

Tres semanas después recibió una llamada de Claudia.

No hablaban desde que Valeria había dejado el museo.

—Necesito preguntarte algo.

La voz de Claudia sonaba extraña.

—¿Qué pasó?

—¿Tú recuerdas cómo era recepción antes?

Valeria sintió frío.

—Sí.

—¿Había una puerta detrás de mi escritorio?

—No.

Silencio.

—Ahora hay una.

Valeria cerró los ojos.

—No la abras.

—No pienso hacerlo.

—Sal del museo.

Claudia respiró lentamente.

—Hay otra cosa.

—¿Qué?

—Encontré una fotografía vieja.

Valeria esperó.

—Estamos tú y yo.

—¿Quién más?

—Nadie.

Valeria sintió una presión en el pecho.

—¿Y la directora?

—¿Qué directora?

La llamada se cortó.

Valeria intentó devolverla.

El número no existía.

Buscó a Claudia en internet.

Nada.

Buscó el museo.

La página seguía activa.

Entró al directorio de personal.

Solo aparecían dos nombres.

Ninguno le resultaba familiar.

La sección de la sala nueve ocupaba ahora casi la mitad de la página.

Había cuarenta y siete piezas.

Valeria no quiso leerlas.

Estaba cerrando cuando vio un botón nuevo.

“RECORRIDO VIRTUAL.”

No debería haberlo presionado.

Lo hizo.

La pantalla mostró la entrada de la sala nueve.

La cámara avanzó lentamente entre vitrinas.

Llaves.

Fotografías.

Credenciales.

Objetos comunes.

Cosas que habían pertenecido a alguien.

En varias vitrinas solo había una tarjeta.

Sin objeto.

“Pieza retirada.”

“Pieza trasladada.”

“Pieza pendiente.”

El recorrido continuó.

Al fondo apareció una vitrina vacía.

Número cuarenta y ocho.

La cámara se acercó.

Dentro había una placa.

Valeria amplió.

“Pieza 48.”

Debajo:

“Visitante recurrente.”

La pantalla se quedó quieta.

Después apareció una línea nueva.

“Ubicación actual: fuera del museo.”

Valeria cerró la computadora.

Su departamento estaba en silencio.

Entonces escuchó una voz.

No provenía de la computadora.

Tampoco del teléfono.

Salía del pasillo.

—Continúe hacia la sala nueve.

Valeria miró la puerta de entrada.

Debajo aparecía una línea de luz.

No la luz amarilla del edificio.

Era blanca.

Fría.

Como la iluminación de una vitrina.

Valeria se acercó lentamente.

No abrió.

Por la mirilla no vio el pasillo de su edificio.

Vio una sala.

Paredes crema.

Vitrinas.

Una hilera de objetos bajo luces blancas.

Justo frente a la puerta había una vitrina vacía.

Sobre el vidrio estaba escrito el número cuarenta y ocho.

La voz volvió a sonar.

Más cerca.

—La pieza aún no ha sido instalada.

Valeria retrocedió.

Del otro lado alguien apoyó una audioguía contra la puerta.

El plástico golpeó suavemente la madera.

Una vez.

Después otra.

La voz terminó la descripción:

—Por favor, no abandone el recorrido.

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El final no tiene por qué ser el final

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