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Probador cuatro

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
Probador cuatro

El probador cuatro seguía ocupado después del cierre.

A Valeria le pareció raro porque había revisado los demás.

Uno vacío.

Dos vacío.

Tres vacío.

Cinco vacío.

Solo el cuatro tenía la cortina cerrada.

La tienda llevaba diez minutos sin clientes.

—Señora —dijo Valeria desde afuera—. Ya cerramos.

Una voz respondió de inmediato:

—Un momento. Ya salgo.

Valeria se relajó.

—Claro.

Volvió a doblar ropa.

Eran las nueve y catorce.

A las nueve y veinte miró hacia los probadores.

La cortina seguía cerrada.

—Señora.

—Sí.

—Necesitamos cerrar.

—Ya salgo.

La voz sonaba tranquila.

Ni molesta ni apurada.

Valeria esperó otro minuto.

La tienda era grande, pero a esa hora quedaban solamente tres empleados: ella, Marcos en caja y Claudia terminando inventario en el depósito.

Marcos levantó la cabeza.

—¿Todavía hay alguien?

—En el cuatro.

—Pensé que habías revisado.

—Respondió.

Marcos guardó unas monedas.

—Dile que salga.

Valeria volvió.

—Disculpe.

—Sí.

—De verdad necesitamos cerrar.

Esta vez hubo una pequeña pausa.

—Estoy cambiándome.

Valeria miró hacia abajo.

Debajo de la cortina no se veían pies.

Eso no era necesariamente extraño. El probador era profundo y alguien podía estar junto al espejo.

—¿Necesita ayuda?

—No.

Valeria esperó.

Escuchó tela moviéndose.

Una percha golpeó contra la pared.

Todo parecía normal.

Volvió a caja.

A las nueve y veintiocho la cortina seguía cerrada.

Marcos ya tenía puesta la casaca.

—Yo voy.

Caminó hasta el probador.

—Señora, tenemos que cerrar.

La voz contestó:

—Ya salgo.

Marcos miró a Valeria.

—¿Qué está haciendo ahí?

—No sé.

Él se inclinó un poco.

—Señora, voy a abrir la cortina.

—No.

Marcos se quedó quieto.

—Necesitamos comprobar que esté bien.

—Estoy bien.

—Entonces salga.

Silencio.

—Un momento.

Marcos suspiró.

—Voy a llamar a seguridad.

Entonces escucharon un pequeño golpe dentro.

Como si algo hubiera caído.

Valeria se acercó.

—¿Está bien?

No hubo respuesta.

—¿Señora?

Nada.

Marcos apartó la cortina.

El probador estaba vacío.

Ambos se quedaron mirando.

No había ninguna salida.

Solo un banco pequeño, un espejo de cuerpo entero y tres ganchos en la pared.

Sobre el banco había un vestido negro.

Valeria lo reconoció.

Pertenecía a la tienda.

—¿Por dónde salió?

Marcos miró detrás de la cortina.

—No salió.

—Estábamos aquí.

—Tal vez mientras estábamos en caja.

—Nos respondió hace un minuto.

Marcos agarró el vestido.

—Seguro alguien está haciendo una broma.

—¿Quién?

—No sé.

Claudia apareció desde el depósito.

—¿Qué pasa?

Le explicaron.

Ella miró el probador vacío.

—¿Escucharon una voz?

—Los dos.

Claudia tomó el vestido.

—¿Quién estaba probándoselo?

—No la vimos entrar.

Claudia frunció el ceño.

—Entonces quizá nunca hubo nadie.

Marcos la miró.

—Nos habló.

—Tal vez alguien desde afuera.

Valeria volvió a mirar el espejo.

Por un segundo creyó que algo se había movido detrás de ella.

Se giró.

Nada.

—Vámonos —dijo.

Cerraron.

La noche siguiente, Valeria llegó a las dos de la tarde.

Durante horas no ocurrió nada.

A las ocho y cincuenta, una mujer entró con varias blusas.

Valeria le entregó el probador dos.

A las nueve, la mujer salió, pagó una prenda y se fue.

Marcos cerró la puerta principal.

Valeria comenzó la revisión.

Probador uno.

Vacío.

Dos.

Vacío.

Tres.

Vacío.

Cuatro.

La cortina estaba cerrada.

Valeria se detuvo.

No recordó haber visto entrar a nadie.

Se acercó.

No preguntó de inmediato.

Esperó.

Desde dentro llegó una voz:

—Un momento. Ya salgo.

Era la misma.

Valeria retrocedió.

Marcos levantó la cabeza desde caja.

—¿Otra vez?

Ella asintió.

Él se acercó.

—No abras.

—Ayer estaba vacío.

—Por eso.

Ambos permanecieron mirando la cortina.

Claudia salió del depósito.

—¿Qué pasa?

Valeria señaló.

—Está ahí.

Claudia frunció el ceño.

—¿Quién?

Desde dentro respondieron:

—Un momento.

Claudia se quedó quieta.

—Eso sí lo escuché.

Nadie habló.

La voz volvió:

—Ya salgo.

Marcos tomó su teléfono.

—Voy a grabar.

Empezó a filmar.

—Señora —dijo Valeria—. ¿Cómo se llama?

Silencio.

—¿Señora?

La respuesta llegó más baja.

—Valeria.

Ella sintió frío.

Marcos bajó un poco el teléfono.

—¿Te conoce?

—No.

—¿Entró alguien que te conozca?

—No.

Valeria dio un paso atrás.

—¿Quién está ahí?

La cortina no se movió.

—Valeria.

La voz ya no sonaba como la de una mujer cualquiera.

Seguía siendo femenina.

Pero pronunciaba su nombre con una familiaridad extraña.

Como alguien que la hubiera dicho muchas veces.

—Abre —dijo Marcos.

Valeria lo agarró del brazo.

—No.

—Ayer no había nada.

—Exacto.

—Entonces comprobamos y nos vamos.

Marcos apartó la cortina.

Vacío.

Mismo banco.

Mismo espejo.

Esta vez no había vestido.

Solo una blusa blanca doblada.

Claudia la miró.

—Esa es tuya.

Valeria bajó la vista.

Llevaba una blusa blanca debajo del uniforme.

—No.

Claudia tomó la prenda.

En el cuello había una pequeña mancha de maquillaje.

Valeria se tocó el mismo lugar de la suya.

Tenía una mancha igual.

—Hay cientos —dijo Marcos.

Valeria revisó la etiqueta.

La talla era la suya.

—Déjala.

Marcos soltó la prenda sobre el banco.

Cerraron la cortina.

Esa noche Valeria no durmió bien.

Al día siguiente revisó el video que Marcos había grabado.

Se veía a los tres frente al probador.

Se escuchaba claramente la voz.

“Valeria.”

Luego Marcos abría la cortina.

Vacío.

Nada más.

Valeria volvió a reproducir.

Una vez.

Dos.

Tres.

En la cuarta notó algo.

Justo antes de que Marcos abriera, el espejo dentro del probador aparecía visible a través de una pequeña separación lateral.

En el reflejo había alguien.

No se veía el rostro.

Solo una mujer de pie detrás de la cortina.

Valeria pausó.

Amplió.

La figura parecía estar mirando hacia la salida.

Llevaba una blusa blanca.

Marcos también lo vio.

—¿Eres tú?

—Yo estaba afuera.

—Ya sé.

—Entonces no soy yo.

Claudia se acercó.

—¿Qué miran?

Le mostraron.

Ella se quedó callada.

—No enseñen esto a nadie todavía.

—¿Por qué?

—Porque van a decir que manipulamos el video.

Marcos guardó el teléfono.

—Yo no vuelvo a abrir esa cortina.

Durante dos días el probador cuatro permaneció normal.

Clientes entraban y salían.

Nada extraño.

Valeria empezó a pensar que quizá alguien había estado jugando con ellos.

Entonces ocurrió algo peor.

Era sábado.

La tienda estaba llena.

Una adolescente se acercó a Valeria con dos vestidos.

—¿Hay probador?

—Sí. El tres está libre.

La joven miró hacia el cuatro.

—¿Ese no?

Valeria sintió una incomodidad inmediata.

La cortina estaba abierta.

El probador vacío.

—También.

La muchacha caminó hacia allí.

Valeria la detuvo.

—Mejor usa el tres.

—¿Por qué?

—La luz del cuatro falla.

Era mentira.

La joven entró al tres.

Valeria continuó trabajando.

Cinco minutos después escuchó:

—Señorita.

Era la chica.

Valeria se acercó.

—¿Sí?

La joven asomó la cabeza por la cortina del tres.

—¿Puede decirle a la señora de al lado que deje de hablarme?

Valeria sintió frío.

—¿Qué señora?

La muchacha señaló el cuatro.

—La que está ahí.

El probador cuatro seguía abierto.

Vacío.

Valeria miró.

—No hay nadie.

La joven frunció el ceño.

—Sí hay.

—¿Qué te dijo?

—Que ese vestido me queda mal.

Valeria miró el cuatro.

—¿Algo más?

La joven dudó.

—Preguntó si usted seguía trabajando aquí.

Valeria dejó de respirar por un instante.

—¿Dijo mi nombre?

La adolescente asintió.

—Valeria.

Cerró la cortina del tres.

—¿Puedo cambiarme rápido e irme?

—Sí.

Valeria cerró la cortina del cuatro.

No quería verlo abierto.

Media hora después fue al depósito y llamó a su supervisora.

Le explicó que había un problema con uno de los probadores.

No mencionó voces.

Solo pidió clausurarlo porque el soporte del espejo parecía inestable.

Le dieron permiso para colocar un cartel.

FUERA DE SERVICIO.

Valeria pensó que eso sería suficiente.

No lo fue.

Esa noche, después del cierre, la cortina estaba cerrada.

El cartel seguía pegado.

Marcos no quiso acercarse.

—Nos vamos.

Claudia miró desde lejos.

—¿Escuchan algo?

Nada.

Valeria tomó su bolso.

Entonces la voz habló:

—Claudia.

Claudia palideció.

—No.

—Claudia.

La voz era distinta.

Ahora sonaba más grave.

—No le respondas —dijo Valeria.

La cortina se movió ligeramente.

—Claudia.

Marcos caminó hacia la puerta principal.

—Me da igual si queda algo sin revisar. Nos vamos.

La voz habló otra vez.

—No eres Claudia.

Los tres se detuvieron.

Claudia miró a Valeria.

—¿Qué dijo?

—Lo escuchaste.

—No eres Claudia.

La voz continuó:

—Claudia se fue hace rato.

Claudia retrocedió.

—Vámonos.

La cortina se abrió unos centímetros sola.

Nadie se acercó.

Dentro solo se veía oscuridad.

La luz del probador no encendía.

Valeria sintió que alguien estaba de pie detrás de la abertura.

No lo veía.

Lo sabía.

La voz susurró:

—Valeria sí se quedó.

Marcos abrió la puerta principal.

Los tres salieron.

Claudia fue la primera.

Marcos después.

Valeria estaba cruzando cuando escuchó detrás:

—No cierres.

Se detuvo.

La voz sonaba diferente otra vez.

Era la suya.

Exactamente la suya.

—Valeria.

Marcos la agarró del brazo.

—No mires.

Ella miró.

La cortina del probador cuatro estaba completamente abierta.

Dentro había alguien.

Una mujer de espaldas.

Mismo uniforme.

Mismo cabello.

Misma altura.

Valeria vio cómo la figura levantaba lentamente una mano hacia el espejo.

Después Marcos cerró la puerta de la tienda.

Se fueron.

Al día siguiente Valeria pidió no trabajar.

Claudia también.

Marcos sí fue.

A las diez de la mañana escribió al grupo:

“Probador cuatro está cerrado.”

Valeria respondió:

“¿Con el cartel?”

Marcos tardó.

“No.”

Después envió una fotografía.

El área de probadores había cambiado.

Solo había cuatro cortinas.

Uno.

Dos.

Tres.

Cinco.

El cuatro no existía.

En su lugar había una pared.

Valeria llamó.

—¿Qué hicieron?

—Nada.

—¿Y el probador?

—No está.

—¿El espejo?

—No está.

—¿La cortina?

—Nada.

Marcos hablaba bajo.

—Le pregunté a la encargada.

—¿Qué dijo?

—Que siempre hubo cuatro probadores.

—No.

—Ya sé.

Valeria volvió a trabajar el lunes.

Necesitaba verlo.

La pared estaba allí.

Lisa.

No parecía recién construida.

La pintura tenía marcas antiguas.

Un pequeño golpe cerca del suelo.

Una mancha oscura junto al zócalo.

Como si hubiera estado así durante años.

Claudia llegó después.

Se quedó frente a la pared.

—No.

Marcos se acercó.

—¿Qué?

—Había cinco.

—Sí.

Claudia señaló.

—Entonces ¿por qué el número cinco sigue ahí?

En efecto.

Las cortinas estaban numeradas:

1.

2.

3.

4.

Nadie había cambiado los números.

Valeria sintió alivio por una razón absurda.

Al menos eso demostraba que el cuatro había existido.

Preguntaron a otros empleados.

Nadie recordaba nada.

—Siempre fueron cuatro —dijo una vendedora.

—¿Entonces por qué falta el cuatro? —preguntó Valeria.

La mujer miró los números.

Frunció el ceño.

—Qué raro.

Eso fue todo.

Durante una semana no ocurrió nada.

Valeria comenzó a tranquilizarse.

Hasta el viernes.

A las ocho y media una mujer salió del probador tres y entregó una falda.

—No me queda.

—La puede dejar aquí.

La mujer dudó.

—Hay alguien detrás de la pared.

Valeria sintió un escalofrío.

—¿Qué pared?

La clienta señaló donde había estado el probador cuatro.

—Ahí.

—No hay nada detrás.

—Está hablando.

Valeria se acercó.

Pegó el oído.

Nada.

—¿Qué escuchó?

La mujer pareció avergonzada.

—Una mujer.

—¿Qué dijo?

—Que no saliera todavía.

Valeria se quedó quieta.

—¿Algo más?

—Que usted estaba esperando.

La clienta recogió su bolso.

—Perdón. Debe ser de otra tienda.

Se marchó.

Valeria llamó a Marcos.

Él llegó.

—No quiero seguir con esto.

—Yo tampoco.

—Entonces renunciamos.

—No puedo simplemente…

Algo golpeó detrás de la pared.

Una vez.

Los dos callaron.

Otro golpe.

A la altura de un hombro.

Después otro.

Más abajo.

Como alguien buscando con la mano.

Valeria retrocedió.

La voz llegó amortiguada.

—Un momento.

Marcos palideció.

—No.

—Ya salgo.

El sonido venía claramente desde dentro de la pared.

Valeria tomó su bolso.

—Nos vamos.

Entonces escucharon una segunda voz.

Más cerca.

Desde el probador tres.

—¿Valeria?

Una mujer había entrado allí hacía unos minutos.

Valeria se acercó con cuidado.

—¿Sí?

—¿Me puede ayudar?

La voz era normal.

—Claro.

—La cortina no abre.

Valeria miró a Marcos.

—Señora, aléjese de la cortina.

—¿Por qué?

—Solo hágalo.

Intentó abrir desde afuera.

La cortina no se movió.

No estaba trabada.

Parecía sujetada desde dentro.

—¿Está sola?

La mujer respondió:

—Sí.

Entonces otra voz habló desde el mismo probador.

—No.

Valeria se congeló.

La clienta gritó.

—¿Quién dijo eso?

La segunda voz respondió:

—Yo.

Marcos agarró la cortina y tiró.

Nada.

Valeria buscó una separación.

—Señora, póngase junto al espejo.

—Ya estoy.

La segunda voz dijo:

—Yo también.

La clienta comenzó a llorar.

—Sáquenme.

Marcos tiró con toda su fuerza.

La cortina se abrió de golpe.

Cayó hacia atrás.

El probador estaba vacío.

No había mujer.

Solo un vestido en el suelo.

Valeria entró.

—¿Señora?

Nada.

Marcos miró detrás del espejo.

Nada.

La clienta había desaparecido.

—Llama a seguridad —dijo Valeria.

Marcos salió corriendo.

Valeria se quedó en la entrada.

Entonces vio el espejo.

Su reflejo estaba allí.

Pero no estaba solo.

Detrás de ella aparecía la clienta.

De pie.

Muy cerca.

Valeria se giró.

No había nadie.

Miró otra vez el espejo.

La mujer seguía allí.

Tenía la cara pálida.

Movió los labios.

Valeria no escuchó nada.

Se acercó.

—¿Qué?

La mujer en el reflejo señaló detrás de ella.

Hacia la pared donde había estado el cuatro.

Luego dijo algo.

Esta vez Valeria pudo leer sus labios.

“No abras.”

La pared golpeó.

Fuerte.

Una vez.

Luego dos.

La tienda entera quedó en silencio.

Valeria retrocedió.

La pintura de la pared comenzó a agrietarse en una línea vertical.

No como si alguien la rompiera desde dentro.

Como si una abertura hubiera estado escondida debajo.

La grieta bajó.

Arriba.

Abajo.

Formando un rectángulo.

La silueta de una puerta.

Valeria no se movió.

Marcos regresó con el guardia.

—¿Qué pasó?

La pared estaba normal.

Sin grietas.

El probador tres estaba vacío.

La clienta no aparecía en ninguna parte.

Revisaron cámaras.

La mujer sí había entrado a la tienda.

Tomó un vestido.

Caminó hacia los probadores.

En la grabación, Valeria la dirigía al tres.

La mujer cerraba la cortina.

Minutos después se veía a Valeria y Marcos intentando abrir.

Cuando finalmente lo conseguían, el probador estaba vacío.

La mujer nunca salía.

La policía llegó.

Revisaron salidas.

Almacenes.

Techo.

Nada.

Valeria contó lo de la pared.

Nadie le creyó.

La tienda cerró durante dos días.

Cuando volvió a abrir, Valeria ya había renunciado.

Claudia también.

Marcos aguantó una semana más.

Después la llamó.

—Creo que ya sé qué quiere.

Valeria sintió frío.

—No quiero saber.

—Escúchame.

—Marcos.

—Nunca quería salir.

Valeria guardó silencio.

—Siempre decía “ya salgo”, pero nunca salía.

—Sí.

—Porque no estaba intentando salir.

Valeria sintió una presión en el pecho.

—¿Entonces?

Marcos habló más bajo.

—Estaba esperando que alguien entrara.

Valeria recordó a la clienta.

El probador vacío.

El reflejo.

“No abras.”

—Renuncia —dijo.

—Ya lo hice.

—¿Entonces por qué me llamas?

Silencio.

—Porque está en mi casa.

Valeria se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Tengo una cortina en el baño.

—Marcos…

—Anoche escuché una voz detrás.

Valeria cerró los ojos.

—No la abras.

—No lo hice.

—¿Qué dijo?

Marcos tardó varios segundos.

—“Un momento. Ya salgo.”

Valeria sintió frío.

—Sal de tu casa.

—Ya salí.

—¿Dónde estás?

—En el pasillo.

Hubo un ruido al otro lado.

Tela moviéndose.

Marcos dejó de hablar.

—¿Marcos?

Nada.

—¿Marcos?

La llamada seguía conectada.

Entonces escuchó la voz de Marcos.

Muy lejos.

—Valeria.

Ella apretó el teléfono.

—¿Sí?

—No soy yo.

La llamada se cortó.

Valeria intentó devolverla.

No respondió.

Llamó a la policía.

Nunca supo exactamente qué encontraron.

Marcos apareció horas después en el estacionamiento del edificio.

No recordaba haberla llamado.

No recordaba haber escuchado nada en el baño.

Seguía teniendo su teléfono.

En el registro no aparecía ninguna llamada a Valeria.

Ella sí la tenía.

Duración: seis minutos y once segundos.

Dejó de responderle.

No porque creyera que Marcos hubiera hecho algo.

Porque ya no sabía cuál de los dos había hablado con ella.

Pasaron varios meses.

Valeria consiguió trabajo en una farmacia.

No había probadores.

Eso le gustaba.

Una noche llegó a casa tarde.

Vivía sola.

Entró.

Cerró.

Dejó el bolso.

Fue al baño.

La cortina de la ducha estaba cerrada.

Valeria siempre la dejaba abierta.

Se quedó en la puerta.

No escuchó nada.

Se acercó.

La tela estaba completamente quieta.

Pensó en Marcos.

Pensó en la tienda.

Pensó que si salía corriendo cada vez que una cortina estaba cerrada nunca volvería a vivir tranquila.

Tomó el borde.

No abrió.

Desde el otro lado una mujer susurró:

—Un momento.

Valeria soltó la tela.

Retrocedió.

—Ya salgo.

Ella salió del baño.

Cerró la puerta.

Agarró las llaves y corrió hacia la entrada.

Antes de abrir, escuchó su propia voz detrás de la puerta del baño.

—Valeria.

No respondió.

—No te vayas.

Puso la mano en la cerradura.

Su voz continuó:

—Todavía estoy cambiándome.

Valeria abrió la puerta del departamento.

En el pasillo no había nadie.

Salió.

Entonces escuchó la cortina del baño correr de golpe.

La puerta del baño seguía cerrada.

Algo caminó por su departamento.

Pasos descalzos.

Lentos.

Valeria cerró la puerta principal desde afuera.

No volvió a entrar.

Esa misma noche durmió en un hotel.

A la mañana siguiente regresó con su hermano.

El departamento estaba vacío.

El baño también.

La cortina estaba abierta.

Todo parecía normal.

Hasta que su hermano salió del baño.

—¿Por qué tienes un espejo ahí atrás?

Valeria sintió frío.

—¿Atrás de dónde?

—De la cortina.

Entró.

En la pared de la ducha había un espejo de cuerpo entero.

Nunca había existido.

Valeria se acercó.

El reflejo mostraba el baño.

Su hermano.

Ella.

Y detrás de ambos, donde debía estar la puerta, había una cortina de probador cerrada.

Sobre la tela colgaba una pequeña placa negra.

4.

Valeria no se giró.

En el reflejo, la cortina comenzó a abrirse.

Y la mujer que salió de detrás tenía puesto el uniforme que Valeria usaba en la tienda.

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El final no tiene por qué ser el final

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