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Mi vecino de arriba escucha mis pasos sobre su techo

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
Mi vecino de arriba escucha mis pasos sobre su techo

La primera queja llegó escrita en una hoja doblada bajo la puerta.

Laura la encontró al volver del trabajo.

“Por favor, deja de caminar de madrugada. Se escucha todo.”

No tenía firma.

Laura leyó dos veces.

Vivía sola y casi nunca se levantaba durante la noche.

Pensó que la nota pertenecía a otro departamento.

La dejó sobre la mesa.

Al día siguiente apareció una segunda.

“Anoche otra vez. De dos a casi tres de la madrugada.”

Laura frunció el ceño.

Esa noche había dormido de corrido.

A la mañana siguiente subió al octavo piso.

Su departamento estaba en el séptimo.

Tocó la puerta de arriba.

Abrió un hombre de unos sesenta años. Laura lo conocía de vista. Se llamaba Horacio.

—¿Usted dejó estas notas?

Él miró los papeles.

—Sí.

—Creo que se confundió de departamento.

Horacio negó.

—No.

—Yo vivo abajo.

—Ya sé.

Laura esperó.

Horacio parecía incómodo.

—Entonces no entiendo.

El hombre miró hacia el techo de su propio departamento.

—Yo tampoco.

Laura levantó la vista.

Encima del octavo piso no había viviendas.

Solo estaba la azotea.

—¿De dónde viene el ruido?

Horacio respondió:

—De arriba.

Laura pensó que no había escuchado bien.

—¿De su techo?

—Sí.

—Entonces no puedo ser yo.

—Lo sé.

—Pero me escribió a mí.

Horacio respiró hondo.

—Porque camina cuando tú caminas.

Laura sintió una pequeña incomodidad.

—No entiendo.

Horacio abrió un poco más la puerta.

—Anoche te escuché llegar.

—Llegué cerca de las once.

—Exacto.

—¿Y?

—Cuando caminaste desde tu sala hasta tu dormitorio, algo caminó sobre mi techo.

Laura miró otra vez hacia arriba.

Horacio continuó:

—Mismo ritmo. Mismos pasos. Cuando te detuviste, se detuvo.

—¿Cómo sabe cuándo camino yo?

—En estos departamentos se escucha bastante.

La explicación era cierta.

Laura conocía los ruidos del edificio.

La televisión del sexto piso.

Una tubería que vibraba detrás de la cocina.

El ascensor al detenerse.

—Debe ser otra cosa —dijo ella.

Horacio asintió.

—Ojalá.

Laura bajó a su departamento.

Intentó olvidarlo.

Aquella noche se acostó temprano.

A las doce y media todavía estaba leyendo.

Entonces escuchó tres golpes suaves sobre el techo.

Laura levantó la vista.

No eran golpes de tubería.

Parecían pasos.

Uno.

Dos.

Tres.

Se detuvieron.

Laura cerró el libro.

Horacio vivía arriba.

Podía estar caminando.

No tenía nada de extraño.

Entonces sonó su teléfono.

Era él.

Laura respondió.

—¿Sí?

Horacio hablaba muy bajo.

—¿Estás en tu dormitorio?

Laura se incorporó.

—Sí.

—¿Caminaste hace un momento?

—No.

Horacio tardó unos segundos en responder.

—Entonces ya no te está siguiendo.

Laura sintió frío.

—¿Qué quiere decir?

Horacio no respondió de inmediato.

Luego preguntó:

—¿Escuchaste algo arriba?

Laura miró el techo.

—Tres pasos.

Al otro lado de la llamada, Horacio respiró con dificultad.

—Aquí también.

—Usted vive arriba de mí.

—No, Laura.

La voz del hombre tembló.

—Los escuché sobre mi techo.

Laura se levantó.

—¿Está seguro?

—Sí.

—¿Puede ser alguien en la azotea?

—La puerta de acceso está cerrada.

—Tal vez alguien tiene llave.

—No son pasos sobre el techo del edificio.

Horacio hizo una pausa antes de continuar.

—Suenan dentro.

Laura sintió un escalofrío.

—¿Dentro de qué?

—Dentro del techo.

En ese momento, tres pasos sonaron sobre Laura.

Uno.

Dos.

Tres.

Esta vez atravesaron lentamente el dormitorio.

Desde la ventana hasta la puerta.

Laura dejó de moverse.

Horacio preguntó:

—¿Los escuchas?

—Sí.

—No camines.

—No estoy caminando.

Los pasos regresaron.

Tres golpes opacos sobre el techo.

Laura miró hacia arriba.

—Horacio.

—Estoy aquí.

—¿Usted se está moviendo?

—No.

Algo caminó otra vez.

Ahora fueron cinco pasos.

Luego seis.

El recorrido era más largo.

Como si quien caminaba estuviera aprendiendo el tamaño de la habitación.

Horacio susurró:

—Quédate quieta.

Laura no entendía por qué, pero obedeció.

Pasaron varios segundos.

Los pasos sobre su techo se detuvieron.

En el teléfono, Horacio respiró aliviado.

Entonces volvió a escucharlos.

No sobre Laura.

A través del teléfono.

Horacio dejó escapar un sonido de miedo.

—Está aquí.

—¿Dónde?

—Encima de mí.

Laura apretó el teléfono.

—No se mueva.

Horacio respondió con voz temblorosa:

—No me estoy moviendo.

Los pasos continuaron.

Después cambiaron.

Ya no sonaban sobre el techo.

El ruido se volvió más seco.

Más cercano.

Horacio susurró:

—Laura.

—¿Qué pasa?

—Está bajando.

—¿Qué está bajando?

—Por la pared.

Laura sintió que se le erizaban los brazos.

—Salga de ahí.

Horacio no respondió.

Por el teléfono se escucharon golpes lentos.

Uno detrás de otro.

Como pasos sobre una superficie vertical.

Descendían.

Horacio respiraba cada vez más rápido.

—Está llegando al piso.

—Horacio, salga de su departamento.

—No puedo.

—¿Por qué?

La respuesta llegó casi sin voz.

—Porque se detuvo junto a la puerta.

La llamada terminó.

Laura volvió a marcar.

No respondió.

Lo intentó otra vez.

Nada.

Miró la puerta de su propio departamento.

No quería subir.

Pero tampoco podía quedarse sabiendo que Horacio estaba solo.

Llamó al vigilante del edificio.

Nadie respondió.

Laura tomó las llaves y salió.

El corredor estaba vacío.

Presionó el botón del ascensor.

Esperó.

El indicador permaneció detenido en el primer piso.

Laura no quiso seguir esperando.

Tomó las escaleras.

Subió un piso.

La puerta del departamento de Horacio estaba abierta.

Solo unos centímetros.

—¿Horacio?

Nadie respondió.

Laura empujó.

La sala estaba encendida.

Horacio estaba de pie junto a la pared.

No parecía herido.

Solo pálido.

Miraba hacia un punto cerca del suelo.

Laura entró.

—¿Está bien?

Horacio levantó un dedo.

Le pidió que no hablara.

Laura permaneció quieta.

Entonces lo escuchó.

Un paso.

No arriba.

Dentro de la pared.

Luego otro.

El sonido descendió hasta casi tocar el piso.

Se detuvo.

Laura sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

Horacio susurró:

—No camines.

Laura asintió.

Durante varios segundos, el departamento quedó completamente quieto.

Después Laura movió ligeramente un pie.

Solo unos centímetros.

Dentro de la pared sonó un golpe.

Horacio la miró.

Laura retrocedió.

Otro golpe respondió desde la pared.

—No —dijo Horacio.

Laura permaneció inmóvil.

El sonido tampoco continuó.

Horacio se acercó muy despacio.

—Cuando tú caminas, hace lo mismo.

—Eso ya me lo dijo.

—No.

El hombre negó.

—Antes lo hacía encima de mí.

Miró la pared.

—Ahora está aquí.

Laura sintió un miedo distinto.

Más cercano.

—Nos vamos.

Horacio asintió.

Caminaron hacia la puerta.

Laura dio un paso.

Dentro de la pared, otro golpe respondió.

Horacio avanzó.

Nada.

Laura dio otro paso.

La pared volvió a responder.

Solo a ella.

—No me siga —dijo Laura.

Horacio la miró.

—¿Qué?

—Baje primero.

—No voy a dejarte aquí.

—Si sigue mis pasos, quiero saber dónde está.

Horacio negó.

—No necesitas saberlo.

Un golpe sonó dentro de la pared.

No había correspondido a ningún movimiento.

Ambos lo escucharon.

Luego otro.

Y otro.

La cosa estaba caminando sola.

Horacio cambió de expresión.

—Sal.

Laura abrió la puerta.

Los golpes dentro de la pared se aceleraron.

Ya no imitaban a nadie.

Bajaban.

Laura y Horacio corrieron hacia las escaleras.

Mientras descendían al séptimo piso, algo golpeaba dentro del muro de la escalera.

Un paso junto a ellos.

Luego otro.

Después otro.

No iba detrás.

Iba a la misma altura.

Separado de ellos solo por concreto.

Laura llegó a su piso.

Horacio la sujetó.

—No entres.

—Mis llaves y mi teléfono están conmigo.

—Entonces sigue bajando.

Laura asintió.

Dieron dos pasos hacia la siguiente escalera.

Desde su departamento llegó un golpe.

Laura se detuvo.

Otro golpe.

Venía de dentro de su casa.

Horacio miró la puerta.

—¿Hay alguien?

—No.

Tres pasos sonaron al otro lado.

Laura reconoció el recorrido.

Entrada.

Sala.

Corredor.

Dormitorio.

Era exactamente el trayecto que hacía todas las noches al llegar.

Horacio susurró:

—Laura.

Ella no respondió.

Dentro del departamento, los pasos volvieron desde el dormitorio hacia la sala.

Luego se detuvieron justo detrás de la puerta principal.

Laura sintió que no podía respirar.

La manija no se movió.

No hubo ningún intento de abrir.

Solo alguien esperando al otro lado.

Horacio tiró suavemente de su brazo.

—Vamos.

Bajaron.

Pasaron el sexto piso.

El quinto.

El cuarto.

Cuando llegaron al tercero, Laura escuchó pasos sobre ellos.

No dentro de la pared.

En el techo de la escalera.

Miró hacia arriba.

Horacio también.

Los pasos descendieron por el techo hasta llegar al muro.

Después continuaron hacia abajo.

Horacio comenzó a llorar.

—No debería poder hacer eso.

Laura no respondió.

No sabía qué era peor.

El sonido.

O la sensación de que aquello había dejado de imitarla.

Ya sabía caminar solo.

Llegaron a la planta baja.

La puerta hacia la calle estaba a pocos metros.

Laura avanzó.

Un paso sonó sobre el techo.

Ella dio otro.

El golpe volvió a responder.

Horacio dijo:

—No corras.

Laura lo miró.

—¿Por qué?

—No sé.

Aquello bastó.

Laura corrió.

Horacio corrió detrás.

Sobre ellos, los pasos se aceleraron.

Primero en el techo.

Después en una pared.

Luego en otra.

Como si algo atravesara el interior del edificio buscando el camino más corto.

Laura alcanzó la puerta.

La abrió.

Salieron a la calle.

Los sonidos se detuvieron.

Ninguno habló durante un rato.

Horacio se sentó en la acera.

Laura llamó a su hermana.

No volvió a dormir en el edificio aquella noche.

Horacio se quedó en un hotel.

Al día siguiente regresaron acompañados por el administrador.

A plena luz, todo parecía normal.

El administrador abrió la azotea.

No encontraron nada.

No había huellas.

No había objetos movidos.

Tampoco daños en las paredes.

Horacio decidió mudarse.

Laura también.

No quiso esperar a que ocurriera otra vez.

Durante la semana de la mudanza evitó quedarse sola.

Su hermana Daniela la acompañó.

El último día solo quedaban cajas.

Laura estaba cerrando una cuando Daniela dejó de hablar.

—¿Qué pasa? —preguntó Laura.

Su hermana miraba el techo.

—¿Eso fue arriba?

Laura sintió un escalofrío.

—¿Qué escuchaste?

Daniela señaló.

—Pasos.

Laura no levantó la vista.

—Nos vamos.

—Espera.

—No.

Daniela la siguió.

Antes de salir, Laura escuchó un paso más.

Después otro.

No la estaban siguiendo.

Los pasos caminaban sobre el techo hacia la puerta antes que ella.

Laura se detuvo.

Arriba, el sonido también.

Daniela preguntó:

—¿Por qué paraste?

Laura no respondió.

Dio un paso hacia atrás.

Sobre el techo, algo avanzó hacia la salida.

Laura sintió que se le cerraba el estómago.

Aquello ya no copiaba sus movimientos.

Los anticipaba.

—Sal primero —dijo Laura.

Daniela abrió la puerta.

Laura esperó.

Sobre el techo no ocurrió nada.

Finalmente cruzó el umbral.

Un golpe sonó justo encima.

Como un pie apoyándose sobre el concreto.

Laura cerró de inmediato.

Entregó las llaves ese mismo día.

Se mudó con Daniela durante unas semanas.

Su hermana vivía en una casa de un solo piso.

Eso ayudaba.

No había vecinos encima.

No había departamentos.

No había escaleras.

Solo techo.

Las primeras noches Laura casi no durmió.

Después empezó a relajarse.

Pasaron dos semanas.

Luego tres.

Una madrugada se despertó porque Daniela estaba junto a su cama.

—Laura.

Ella abrió los ojos.

—¿Qué pasa?

Su hermana parecía asustada.

—Necesito que no te muevas.

Laura se incorporó apenas.

—¿Por qué?

Daniela miró hacia arriba.

—Porque llevo diez minutos escuchando tus pasos.

Laura sintió que todo el miedo regresaba de golpe.

—Estoy acostada.

—Ya sé.

Las dos miraron el techo.

Durante unos segundos no se escuchó nada.

Después sonó un paso.

Justo encima de la cama.

Luego otro.

Más cerca de la cabecera.

Laura apretó la sábana.

Daniela le tomó la mano.

Los pasos continuaron.

Atravesaron lentamente el techo.

No seguían ningún recorrido lógico.

Parecían acercarse a un punto.

El punto exacto donde Laura estaba acostada.

Finalmente se detuvieron.

Daniela dejó escapar el aire.

—Se quedó arriba.

Laura negó.

—No.

—¿Qué?

Laura miraba la pared junto a su cama.

Había escuchado aquel cambio antes.

El siguiente golpe ya no vino del techo.

Sonó dentro de la pared.

Más abajo.

Luego otro.

Y otro.

Descendiendo.

Daniela retrocedió.

Laura no pudo moverse.

Los pasos bajaron hasta la altura del colchón.

Se detuvieron.

Durante varios segundos, ninguna de las dos habló.

Entonces algo dio un último paso.

No dentro de la pared.

Debajo de la cama.

Daniela soltó la mano de Laura.

Desde el piso, muy despacio, comenzaron a escucharse pasos alejándose hacia el corredor.

Laura miró la puerta abierta del dormitorio.

No veía a nadie.

Los pasos continuaron por la casa.

Sala.

Cocina.

Entrada.

Después regresaron.

Daniela susurró:

—Laura...

Ella negó.

No quería escuchar la pregunta.

Los pasos se detuvieron justo afuera del dormitorio.

Y desde el techo, al mismo tiempo, comenzaron otros.

Esta vez eran dos pares.

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