
Bruno dejó de mover la cola cinco minutos antes de que Nicolás llegara a casa.
Hasta ese momento había estado jugando con una pelota en medio de la sala. La empujaba con el hocico, corría detrás de ella y regresaba para dejarla junto a los pies de Camila. De pronto se quedó quieto.
Levantó la cabeza y miró hacia la puerta principal.
—¿Qué pasa?
Bruno bajó las orejas y retrocedió. Después caminó hasta la mesa del comedor y se escondió debajo.
Camila sonrió al principio.
—¿Ahora qué hiciste?
El perro no salió. Permanecía con el cuerpo pegado al suelo y los ojos fijos en la entrada.
Camila se acercó y se agachó.
—Bruno.
El animal soltó un gemido.
No había tormenta. Tampoco se había escuchado el ascensor ni había gente caminando por el corredor.
Unos minutos después llegaron los sonidos habituales.
El ascensor se detuvo en el piso. Alguien salió y avanzó por el corredor. Después sonaron unas llaves frente a la puerta.
La cerradura giró.
Bruno cerró los ojos.
Nicolás entró con la mochila colgada de un hombro.
—Hola.
Camila lo miró con curiosidad.
—Tu perro sabía que venías.
—Mi perro te quiere más a ti.
Nicolás dejó la mochila sobre una silla y se agachó para recibirlo. Bruno salió lentamente de debajo de la mesa y, en pocos segundos, volvió a comportarse como siempre. Olfateó sus zapatos, movió la cola y pidió caricias.
Camila señaló al animal.
—Hace un momento parecía que venía el fin del mundo.
Nicolás le rascó detrás de las orejas.
—Porque sabía que iba a llegar yo.
—No parecía emocionado.
—Está aprendiendo a respetarme.
Camila se rio y el asunto terminó ahí.
La noche siguiente ocurrió otra vez.
Nicolás trabajaba hasta tarde aquella semana. Camila estaba viendo televisión cuando Bruno se incorporó de golpe junto al sofá. Miró hacia la entrada, retrocedió y volvió a esconderse debajo de la mesa.
Camila revisó la hora.
Eran las diez y cuarenta y dos de la noche.
Nicolás solía llegar alrededor de las diez y cincuenta.
—¿En serio?
Bruno temblaba.
Camila se acercó.
—Es Nicolás. No pasa nada.
El perro no reaccionó. En cambio, levantó ligeramente los labios y mostró los dientes hacia la puerta.
Cinco minutos después se escuchó el ascensor.
Llegaron los pasos.
Luego las llaves.
Nicolás entró.
Bruno dejó de enseñar los dientes y volvió a recibirlo como si nada hubiera ocurrido.
Camila se lo contó durante la cena.
—Dos noches seguidas.
Nicolás miró al perro.
—Escucha el ascensor antes que tú.
—Todavía no había llegado.
—Los perros escuchan cosas que nosotros no. Quizá reconoce mi auto.
—Lo dejas dos pisos bajo tierra.
—Entonces reconoce el horario.
Camila aceptó la explicación porque parecía razonable.
El tercer día, Nicolás tuvo que quedarse una hora más en la oficina.
Bruno volvió a esconderse cinco minutos antes.
Esta vez Camila ya no encontró ninguna gracia en aquello.
El perro estaba dormido cuando abrió los ojos, levantó la cabeza y corrió directamente hacia la mesa. Camila miró el teléfono.
Nicolás no le había avisado que estuviera cerca.
Le escribió:
“¿Ya vienes?”
La respuesta llegó casi de inmediato.
“Estoy saliendo de la oficina.”
Camila miró la puerta.
La oficina quedaba a unos veinte minutos.
Bruno empezó a temblar.
—No puede ser.
Camila se agachó junto a él.
—Nicolás todavía no viene.
El ascensor se detuvo en el piso.
Camila sintió frío.
Alguien salió.
Los pasos recorrieron el corredor con lentitud y se detuvieron frente a su departamento.
Bruno comenzó a gruñir.
Camila permaneció inmóvil.
No esperaba visitas.
Se acercó a la puerta y miró por la mirilla.
No había nadie.
Esperó unos segundos. Los pasos tampoco continuaron hacia otro departamento.
Parecían haber terminado justo frente a su puerta.
Camila volvió a mirar.
El corredor estaba vacío.
Entonces escuchó algo mucho más cerca.
Una llave rozó la cerradura desde afuera.
Camila retrocedió.
Bruno salió de debajo de la mesa y se colocó frente a ella.
La llave volvió a tocar el metal. Alguien parecía buscar la posición correcta.
Camila llamó a Nicolás.
Él respondió desde el auto.
—¿Qué pasó?
—¿Estás aquí?
—No. Acabo de salir.
En ese momento, la llave entró en la cerradura.
Camila sintió que todo el cuerpo se le enfriaba.
—Nicolás...
—¿Qué pasa?
La llave giró.
El seguro interior impidió que la puerta se abriera.
La manija bajó.
Bruno empezó a ladrar con furia.
El ruido exterior se detuvo.
Camila retrocedió hasta la cocina.
—Hay alguien intentando entrar.
La voz de Nicolás cambió inmediatamente.
—No abras. Llama a seguridad.
—Tiene una llave.
La manija volvió a bajar.
Camila llamó al portero.
El hombre subió pocos minutos después y no encontró a nadie. Revisó el corredor, las escaleras y el ascensor.
Nada.
Nicolás llegó poco después.
Bruno salió a recibirlo como siempre.
Camila no.
—Alguien tenía una llave.
Nicolás examinó la cerradura.
—¿Estás segura de que entró?
—La escuché.
—Puede haber sido alguien del edificio que se equivocó.
Camila negó.
—Bruno empezó a esconderse antes de que esa persona llegara.
Nicolás dejó de tocar la cerradura.
—¿Antes?
—Cinco minutos antes. Igual que cuando llegas tú.
Durante varios días no ocurrió nada.
Nicolás cambió el cilindro de la puerta y avisaron al administrador del edificio. Bruno volvió a dormir tranquilamente junto al sofá.
Camila empezó a pensar que quizá habían relacionado cosas que no tenían nada que ver entre sí.
Hasta el martes siguiente.
Nicolás estaba sentado en la sala cuando Bruno se levantó.
Camila preparaba café en la cocina. El perro había estado acostado a los pies de Nicolás y, de repente, retrocedió.
Miró hacia la puerta.
La cola bajó.
Las orejas se pegaron a la cabeza.
Después corrió debajo de la mesa.
Camila dejó la taza.
Nicolás también lo había visto.
—¿Qué le pasa?
Ella miró la hora.
Eran las diez y cuarenta y seis.
La misma hora aproximada en la que Nicolás solía regresar del trabajo.
—Nico.
—¿Qué?
—Está haciendo lo mismo.
—Pero estoy aquí.
Los dos miraron hacia la entrada.
Nicolás se levantó.
—Bruno, ven.
El perro retrocedió todavía más.
No estaba mirando a Nicolás.
Miraba la puerta.
Entonces el ascensor se detuvo en el piso.
Camila sintió que el estómago se le cerraba.
Ninguno dijo nada.
Llegaron los pasos.
Se detuvieron afuera.
Bruno empezó a gruñir.
Camila habló en voz baja:
—No abras.
—No pienso hacerlo.
Unas llaves sonaron en el corredor.
Nicolás metió una mano en el bolsillo y sacó las suyas.
Las sostuvo frente a Camila.
El tintineo del otro lado era exactamente igual.
Una llave entró en la cerradura nueva.
Giró.
El cilindro funcionó.
Nicolás retrocedió.
—Eso no puede ser.
El seguro interior sostuvo la puerta.
La manija bajó.
Bruno comenzó a ladrar.
Camila agarró el brazo de Nicolás.
Desde el corredor, alguien habló con la voz exacta de su esposo.
—Cami.
Nicolás permaneció con la boca cerrada.
La voz volvió.
—Abre.
Camila miró al hombre que tenía al lado.
Él palideció.
Desde afuera continuaron:
—Dejé las llaves.
Era una frase que Nicolás había pronunciado muchas veces cuando olvidaba algo o necesitaba que Camila le abriera.
La manija volvió a bajar.
Entonces la voz llamó al perro.
—Bruno.
El animal gimió.
—Ven, gordo.
Nicolás utilizaba exactamente esas palabras.
Bruno cerró los ojos y comenzó a temblar.
La voz insistió:
—Bruno.
El perro no salió.
Camila miró a Nicolás.
—Él sabe.
—¿Qué?
—Bruno sabe que no eres tú.
La voz del corredor respondió:
—Claro que soy yo.
Camila sintió que se le helaba la espalda.
Aquello no se limitaba a repetir frases.
Había escuchado su conversación.
Nicolás levantó un dedo y le indicó que guardara silencio.
Ninguno habló más.
Pasaron varios segundos.
Finalmente, la persona del corredor se alejó. Los pasos llegaron hasta el ascensor, las puertas se abrieron y después volvieron a cerrarse.
Bruno permaneció escondido durante casi una hora.
Aquella noche durmió con ellos.
Nicolás dejó una silla contra la puerta principal.
Cerca de las tres de la madrugada, Camila despertó y vio al perro de pie junto a la cama.
Bruno miraba hacia la puerta del dormitorio.
Nicolás dormía a su lado.
Camila lo sacudió suavemente.
—Despierta.
Él abrió los ojos.
Un paso sonó en la sala.
Después otro.
La puerta principal no se había abierto. Los seguros no habían sonado.
Sin embargo, alguien caminaba dentro del departamento.
Bruno comenzó a retroceder.
Nicolás se incorporó.
—¿Lo escuchaste?
Camila asintió.
Otro paso.
Después otro.
La persona caminaba exactamente como Nicolás. Incluso se escuchaba el pequeño roce que hacía una de sus pantuflas contra el piso.
Los pasos llegaron al dormitorio.
Bruno se escondió debajo de la cama.
La manija comenzó a bajar.
Nicolás corrió hacia la puerta y la sostuvo.
Algo empujó desde el corredor.
Camila tomó el teléfono.
Antes de que pudiera llamar a nadie, la voz de Nicolás habló al otro lado.
—Cami, soy yo.
El Nicolás que sostenía la puerta respondió:
—No le contestes.
La voz exterior repitió inmediatamente:
—No le contestes.
Camila sintió que las manos empezaban a temblarle.
Nicolás miró la puerta.
Desde afuera, su propia voz continuó:
—Está contigo.
Camila miró al hombre dentro del dormitorio.
—No lo escuches —dijo Nicolás.
La otra voz repitió:
—No lo escuches.
Entonces añadió:
—Mira al perro.
Camila bajó la vista.
Bruno permanecía debajo de la cama.
Pero ya no miraba hacia la puerta.
Miraba a Nicolás.
Tenía los dientes expuestos.
Nicolás también lo vio.
—Bruno.
El perro gruñó.
No hacia el corredor.
Hacia él.
Camila soltó lentamente la mano de su esposo.
—Nico.
—¿Qué?
Bruno salió de debajo de la cama y se colocó entre ellos.
Su cuerpo estaba rígido.
La presión sobre la puerta desapareció.
La voz exterior habló con calma:
—¿Ahora entiendes?
Nicolás perdió el control.
—Cállate.
Bruno le ladró.
Camila retrocedió hasta la pared.
Nicolás levantó las manos.
—Cami, mírame.
Ella lo hizo.
Era su esposo.
Mismo rostro.
La pequeña cicatriz sobre la ceja.
La camiseta con la que se había acostado.
El cabello aplastado de un lado.
No había nada evidente que lo diferenciara.
Camila intentó pensar.
—¿Qué cenamos?
—Pasta.
Era correcto.
—¿Qué vimos en televisión?
—Nada. Te quedaste trabajando.
También era correcto.
—¿Qué me dijiste antes de dormir?
Nicolás tardó apenas un segundo.
—Que mañana llamaría al cerrajero.
Camila sintió frío.
Eso no había sido lo último.
Justo antes de dormir, Nicolás la había abrazado y había bromeado:
—Bruno ocupa más cama que yo.
Camila miró al perro.
Seguía gruñendo.
—¿Qué fue lo último que me dijiste?
Nicolás frunció el ceño.
—Eso.
Desde afuera, la voz respondió:
—Bruno ocupa más cama que yo.
Camila dejó escapar un sollozo.
La voz continuó:
—Después dijiste que por lo menos Bruno no ronca.
Era cierto.
Nicolás miró la puerta.
—¿Cómo sabes eso?
La respuesta llegó sin prisa.
—Porque yo estaba aquí.
Bruno dejó de gruñir.
Se acercó a la puerta y olfateó la parte inferior.
Después miró nuevamente al hombre que estaba dentro del dormitorio.
Y empezó a ladrarle con furia.
Nicolás retrocedió.
—No.
Camila tampoco sabía qué hacer.
La voz exterior la llamó.
—Cami.
Ella no respondió.
—No abras todavía.
Aquella frase la desconcertó.
—¿Por qué?
El hombre del dormitorio intervino con desesperación:
—No hables con eso.
Bruno se interpuso otra vez.
La voz del corredor continuó:
—Porque no sé cuándo cambió.
Camila sintió un miedo más profundo.
—¿Qué quieres decir?
—Yo llegué hace cinco minutos.
El Nicolás del dormitorio negó.
—Está mintiendo.
La voz exterior explicó:
—Cuando abrí la puerta principal, Bruno ya estaba escondido.
Camila recordó la primera noche.
El perro se escondía unos minutos antes de que Nicolás llegara.
Después había ocurrido lo mismo una segunda y una tercera vez.
Quizá Bruno nunca había anticipado la llegada de Nicolás.
Quizá detectaba que algo llegaba primero.
Camila miró al hombre frente a ella.
—¿Cuándo entraste esta noche?
Parecía desesperado.
—He estado contigo todo el día.
—Eso no te pregunté.
—Cami.
—¿Cuándo entraste?
Nicolás no respondió.
Bruno ladró.
El hombre miró al perro.
Por un instante, su expresión cambió.
Fue muy poco.
Pero Camila lo vio.
No parecía miedo.
Parecía fastidio.
Nicolás avanzó hacia ella.
Bruno se interpuso.
Camila retrocedió.
—No te acerques.
El hombre se detuvo.
Su rostro volvió a parecer normal.
—Está bien.
Desde el corredor, la otra voz dijo:
—Abre la ventana.
Camila miró hacia el balcón.
Vivían en un segundo piso. Debajo había un techo bajo sobre la entrada del edificio.
Podía bajar.
El hombre del dormitorio negó.
—No hagas eso.
—¿Por qué?
—Porque quiere que salgamos.
Camila no sabía a quién creer.
Bruno sí parecía saberlo.
El perro permanecía entre ella y Nicolás.
Camila abrió la ventana.
El hombre corrió hacia ella.
Bruno comenzó a ladrar y le cerró el paso.
Camila salió al techo.
Bruno saltó detrás.
Nicolás llegó a la ventana.
—Cami.
Ella miró hacia arriba.
Su esposo parecía aterrado.
—Soy yo.
Camila no respondió.
Entonces escuchó cómo la puerta del dormitorio se abría detrás de él.
Nicolás giró lentamente.
Alguien había entrado.
Camila no podía verlo desde donde estaba.
Solo veía el rostro de su esposo.
—No.
Nicolás retrocedió.
—No.
Otra persona apareció detrás.
Otro Nicolás.
Misma ropa.
Mismo rostro.
Los dos se miraron.
Camila sostuvo la respiración.
Bruno dejó de ladrar.
Los hombres se volvieron hacia la ventana al mismo tiempo.
El perro gimió y se escondió detrás de Camila.
Eso fue peor que todo lo anterior.
Hasta ese momento, Camila había confiado en que Bruno podía distinguirlos.
Ahora el perro parecía no reconocer a ninguno.
Camila bajó del techo y corrió hacia la calle.
Bruno la siguió.
No esperaron.
Pasaron la noche en casa de su hermana.
Nicolás no llegó.
Durante toda la madrugada, Camila recibió llamadas desde el teléfono de su esposo.
No respondió ninguna.
A las siete de la mañana llegó un mensaje.
“Estoy afuera.”
Camila miró por la ventana.
Nicolás estaba frente a la casa.
Solo.
Bruno lo vio.
Inmediatamente se escondió debajo de la mesa.
Camila sintió un vacío en el pecho.
El teléfono vibró otra vez.
“Por favor.”
Nicolás permaneció afuera.
No intentó entrar.
Después de unos minutos se sentó en la acera y se cubrió el rostro con las manos.
Camila quiso salir.
No pudo.
Una hora después, Nicolás se marchó.
Camila no volvió al departamento.
Durante tres días habló con su esposo únicamente por teléfono.
Nicolás recordaba todo.
La cena.
La conversación.
El momento junto a la ventana.
Los dos hombres dentro del dormitorio.
Juraba que él había sido el que estaba con Camila.
Más tarde dudaba.
Al día siguiente aseguraba recordar que había sido el que llegó desde afuera.
Cada vez que intentaban reconstruir aquella noche, algo cambiaba.
Camila dejó de hacer preguntas.
Al cuarto día, Bruno dejó de comer.
Pasaba horas junto a la puerta de la casa de su hermana. Algunas veces gruñía sin motivo. Otras veces gemía.
El viernes por la tarde, Camila estaba sentada en la sala con Bruno acostado a sus pies.
Nicolás no estaba allí.
Habían acordado mantenerse separados durante unos días.
De pronto, Bruno levantó la cabeza.
Camila sintió miedo antes de que el perro hiciera cualquier otra cosa.
Miró hacia la puerta.
Retrocedió.
Se escondió debajo de la mesa.
Camila agarró el teléfono.
No había mensajes.
—No.
Bruno empezó a temblar.
Cinco minutos después, alguien caminó por el jardín.
Camila no miró por la ventana.
Escuchó unas llaves.
Una llave entró en la cerradura.
Su hermana había salido.
Nicolás no tenía llave de aquella casa.
Aun así, la cerradura giró.
Camila retrocedió.
Bruno cerró los ojos.
La puerta se abrió.
Nicolás entró.
—Cami.
Ella no respondió.
Él parecía agotado.
—No sabía dónde más ir.
Camila miró al perro.
Seguía escondido.
—Sal.
Nicolás levantó las manos.
—Escúchame.
—Sal de la casa.
—Yo no fui al departamento esa noche.
Camila sintió frío.
—¿Qué?
—Eso es lo que intento decirte.
—Hablamos por teléfono.
—Lo sé.
—Te vi afuera de esta casa.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué estás diciendo?
Nicolás empezó a llorar.
—Estoy diciendo que no recuerdo haber venido.
Camila retrocedió.
Bruno salió de debajo de la mesa.
El perro miró a Nicolás.
Después miró hacia el corredor.
Su cuerpo se tensó.
Camila siguió la dirección de sus ojos.
No había nadie.
Bruno comenzó a retroceder.
Pero esta vez no se alejaba de Nicolás.
Se alejaba de Camila.
Ella dejó de respirar.
—Bruno.
El perro le mostró los dientes.
Camila permaneció inmóvil.
Nicolás también lo había visto.
—Cami...
—No.
Bruno gruñó directamente hacia ella.
Camila bajó la mirada hacia sus manos.
Las mismas uñas.
El mismo anillo.
La pequeña quemadura del horno.
Todo estaba donde debía estar.
—Bruno.
El perro ladró.
Camila retrocedió.
—Soy yo.
Bruno volvió a ladrar.
Nicolás no se movió.
Camila lo miró.
—Dile algo.
—¿Qué?
—Dile que soy yo.
Nicolás no respondió.
—Nico.
Su marido tenía miedo.
—No sé si eres tú.
Camila sintió que el pecho se le cerraba.
—Claro que soy yo.
Desde el corredor llegó una voz.
Su propia voz.
—Nico.
Los dos se giraron.
No había nadie allí.
La otra Camila volvió a llamar desde la habitación del fondo.
—Nico, ven.
Bruno dejó de gruñirle a la mujer que estaba en la sala.
Miró hacia el corredor.
Después hizo algo que nunca había hecho.
Corrió hacia la puerta principal.
Arañó la madera y empezó a gemir.
Quería salir.
No quería quedarse con ninguno de ellos.
Nicolás abrió la puerta.
Bruno escapó al jardín.
Camila salió detrás.
Nicolás también.
Desde el interior de la casa, la voz de Camila continuó llamándolo.
—Nico.
Nadie volvió a entrar.
Bruno tampoco.
Durante meses, el perro se negó a cruzar la puerta de cualquier casa si Camila y Nicolás entraban primero.
Siempre esperaba afuera.
Observaba.
Olfateaba el aire.
Solo después decidía seguirlos.
Camila terminó aceptándolo como una costumbre.
Hasta una noche, mucho tiempo después.
Los tres regresaban de cenar.
Nicolás abrió la puerta de su nueva casa y entró.
Camila pasó detrás de él.
Bruno permaneció afuera.
Ella se volvió.
—Vamos.
El perro no se movió.
Miraba hacia el interior.
Nicolás encendió la luz.
—Bruno.
Nada.
Camila sintió que el miedo antiguo regresaba.
El perro dio un paso hacia atrás.
Después miró hacia la calle.
Y movió la cola.
Camila siguió su mirada.
Al final de la cuadra, una mujer caminaba hacia ellos.
Todavía estaba demasiado lejos para distinguir su rostro.
Pero llevaba la misma ropa que Camila.
La misma cartera.
El mismo cabello recogido.
Bruno salió corriendo hacia ella.
Camila sintió que Nicolás le agarraba la mano.
La mujer siguió acercándose.
Cuando llegó bajo una farola, levantó la cabeza.
Era Camila.
Al verlos en la puerta de la casa, se detuvo aterrorizada.
Bruno llegó hasta ella.
Saltó.
Movió la cola.
Le lamió las manos como siempre hacía cuando Camila regresaba.
La mujer abrazó al perro.
Después miró hacia la casa.
Miró a Nicolás.
Finalmente miró a la otra Camila.
Las dos permanecieron inmóviles.
Nicolás aflojó lentamente la mano.
La Camila que estaba en la calle comenzó a llorar.
—Nico.
Él no respondió.
La mujer señaló hacia la casa.
—No la dejes entrar.
Nicolás miró la puerta.
Ya estaba abierta.
Después miró a la mujer que tenía a su lado.
Camila quiso decir algo.
No pudo.
Porque acababa de recordar una cosa pequeña.
Una cosa absurda.
Cuando regresaron de cenar, Nicolás había abierto la puerta.
Ella había entrado detrás de él.
Pero no recordaba haber bajado del auto.
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