Imagen

Mi hijo dice que entro a su cuarto todas las noches

Lectura ~0 min
HISTOR(IA)S INQUIETANTES
Mi hijo dice que entro a su cuarto todas las noches

Nicolás dejó de sonreír cuando su padre se inclinó para besarlo.

—No vengas esta noche.

Sebastián se quedó a medio camino.

—¿Adónde?

El niño señaló la puerta de su dormitorio.

—Aquí.

Sebastián sonrió.

—Tengo que venir a darte las buenas noches.

—Eso está bien.

Nicolás se acomodó bajo la manta.

—Pero después no vuelvas.

Sebastián miró hacia el corredor.

—¿Después de qué?

El niño bajó la voz.

—Después de que todos estén dormidos.

Sebastián pensó que se trataba de una pesadilla.

Nicolás tenía nueve años y desde pequeño había tenido temporadas en las que despertaba asustado. A veces soñaba con alguien en el pasillo. Otras veces aseguraba haber escuchado muebles moviéndose en la sala.

Pero aquella noche no parecía recién salido de un sueño.

Estaba completamente despierto.

—Yo no entro después —dijo Sebastián.

Nicolás lo miró.

—Sí.

—No, hijo.

—Todas las noches.

Sebastián se sentó al borde de la cama.

—¿Qué hago cuando entro?

El niño tardó en responder.

—Miras.

—¿Te miro a ti?

Nicolás asintió.

—¿Y luego?

—Te vas.

—Entonces probablemente sueñas que entro.

El niño negó.

—A veces hablas.

Sebastián dejó de sonreír.

—¿Qué digo?

Nicolás miró hacia la puerta antes de responder.

—Preguntas si estoy dormido.

Sebastián sintió una incomodidad leve.

—¿Y tú qué haces?

—Me hago el dormido.

—¿Por qué?

El niño se encogió bajo la manta.

—Porque cuando contesto, te acercas.

Sebastián permaneció mirándolo.

—¿Yo te he hecho algo?

—No.

—Entonces no tienes que tenerme miedo.

Nicolás levantó la vista.

—A ti no.

Sebastián sintió frío en los brazos.

Antes de que pudiera preguntar, Elena apareció en la puerta.

—¿Todavía están hablando?

Sebastián se levantó.

—Nico dice que entro aquí por las noches.

Elena no respondió inmediatamente.

Miró al niño.

Después a su esposo.

—Seguro está soñando.

—Eso le dije.

Nicolás se giró hacia la pared.

—No sueño.

Elena apagó la lámpara.

—Descansa, amor.

Sebastián salió con ella.

En el pasillo preguntó en voz baja:

—¿Te ha dicho esto antes?

Elena siguió caminando.

—Alguna vez.

Sebastián se detuvo.

—¿Alguna vez?

Ella miró hacia el dormitorio del niño.

—Hace unas semanas me preguntó por qué tú entrabas tanto.

—¿Y no me dijiste?

—Pensé que te levantabas a verlo.

—Nunca.

Elena frunció el ceño.

—A veces sí.

—No.

—Sebastián, te he escuchado.

Aquello lo hizo callar.

—¿Cuándo?

—De madrugada.

—¿Me has visto?

Elena dudó.

—No exactamente.

—¿Entonces?

—Escucho que te levantas. Caminas por el pasillo. Se abre la puerta de Nico. Después vuelves.

Sebastián miró hacia su dormitorio.

—¿Y yo no estoy en la cama?

Elena no contestó.

Él entendió por su cara.

—Elena.

Ella bajó la voz.

—Una vez pensé que habías ido al baño.

—¿Qué pasó?

—Escuché pasos afuera.

Sebastián esperó.

—Y cuando me giré, estabas acostado a mi lado.

Ninguno habló durante unos segundos.

Elena se abrazó los brazos.

—Estaba medio dormida.

—¿Cuándo fue?

—No recuerdo.

—¿Antes de que Nico empezara a decir esto?

Ella asintió.

Esa noche Sebastián tardó mucho en dormirse.

Elena estaba de lado, mirando hacia la ventana.

Él permaneció boca arriba.

El corredor quedaba al otro lado de la puerta.

Cerca de la una de la madrugada creyó escuchar algo.

Un roce.

Después un paso.

Sebastián levantó la cabeza.

Nada.

Pasaron varios minutos.

Otro paso.

Esta vez estuvo seguro.

Era el sonido de una planta desnuda sobre el piso del corredor.

Sebastián miró a Elena.

Dormía.

Sacó una pierna de la cama.

El piso estaba frío.

Se levantó.

Cuando llegó a la puerta, escuchó el leve clic de la manija del dormitorio de Nicolás.

Sebastián salió.

La puerta del niño estaba cerrándose.

Corrió.

La abrió.

Nicolás dormía.

Sebastián encendió la lámpara.

El niño abrió los ojos de inmediato.

No preguntó qué ocurría.

Solo miró detrás de su padre.

—¿Lo viste?

Sebastián se giró.

El corredor estaba vacío.

—¿A quién?

Nicolás se sentó.

—Al que entra.

Sebastián cerró la puerta.

—Esta noche voy a quedarme contigo.

El niño pareció asustarse todavía más.

—No.

—Así veremos qué pasa.

—Papá, no.

Sebastián se acercó.

—No voy a dejarte solo.

Nicolás agarró su muñeca.

—Si estás aquí, también viene.

Sebastián no respondió.

A la noche siguiente llevó un colchón pequeño al dormitorio de su hijo.

No instaló cámaras.

No colocó objetos frente a la puerta.

No quería convertir el miedo del niño en un experimento.

Solo quería estar allí.

Elena dejó la puerta del dormitorio principal abierta.

—Si escuchan algo, me llaman.

Sebastián asintió.

Nicolás parecía inquieto.

—¿Siempre entra a la misma hora? —preguntó Sebastián.

—No sé.

—¿Cómo sabes que es de noche?

—Porque tú ya estás dormido.

Sebastián miró al niño.

—¿Cómo sabes que estoy dormido?

Nicolás tardó.

—Él pregunta.

—¿Qué pregunta?

El niño no quiso responder.

Sebastián apagó la lámpara.

Dejó encendida una pequeña luz junto al escritorio.

Nicolás se acostó.

Sebastián permaneció en el colchón del suelo.

Durante más de una hora no ocurrió nada.

Nicolás terminó quedándose dormido.

Sebastián escuchó su respiración tranquila.

Poco después empezó a sentir sueño.

Cerró los ojos.

Un sonido lo hizo abrirlos.

Un paso.

Después otro.

Venían desde el dormitorio principal.

Sebastián se incorporó.

Reconoció el ritmo.

Había algo particular en su forma de caminar descalzo. Desde una antigua lesión, apoyaba el pie derecho con un leve arrastre cuando estaba cansado.

El sonido del pasillo tenía exactamente ese defecto.

Paso.

Arrastre.

Paso.

Arrastre.

Sebastián sintió que el estómago se le cerraba.

Nicolás abrió los ojos.

No se movió.

Su padre llevó un dedo a los labios.

Los pasos siguieron acercándose.

Se detuvieron frente a la puerta.

La manija no se movió.

Durante varios segundos, nadie habló.

Entonces la voz de Sebastián llegó desde el corredor.

—¿Ya se durmió?

Nicolás agarró la manta con ambas manos.

Sebastián sintió un miedo seco y repentino.

Aquello no se parecía a su voz.

Era su voz.

La misma profundidad.

La misma respiración.

La misma manera de pronunciar la palabra “durmió”.

Sebastián iba a responder.

Nicolás negó desesperadamente.

Desde afuera, la voz volvió a preguntar:

—¿Ya se durmió?

Entonces alguien respondió desde dentro del dormitorio.

—Todavía no.

Sebastián se quedó inmóvil.

Nicolás también.

La respuesta había sonado cerca del armario.

Era la voz del niño.

Pero Nicolás estaba en la cama.

Sebastián miró lentamente hacia el armario.

Las puertas estaban cerradas.

Nicolás comenzó a llorar sin hacer ruido.

La voz del corredor habló otra vez.

—¿Está mirando?

Desde algún punto oscuro del dormitorio, la voz de Nicolás respondió:

—Sí.

Sebastián se levantó.

Encendió la luz principal.

No había nadie.

El armario permanecía cerrado.

Debajo del escritorio no había nada.

Las cortinas no se movían.

La habitación estaba vacía.

Excepto por ellos dos.

Desde el corredor llegó una respiración.

Sebastián miró la puerta.

Una sombra apareció debajo.

Dos pies.

Alguien estaba parado al otro lado.

Nicolás susurró:

—Ese es.

Sebastián caminó hacia la puerta.

El niño lo sujetó por la camiseta.

—No abras.

—Tu mamá está afuera.

Nicolás negó.

—Mamá no sale cuando él viene.

Sebastián miró hacia la sombra.

No se movía.

Entonces escuchó a Elena.

Su voz llegó desde el dormitorio principal.

—Sebas.

Él sintió alivio.

—Elena.

Ella respondió desde lejos:

—Ven.

Sebastián agarró la manija.

Nicolás comenzó a llorar.

—Papá, no.

La voz de Elena volvió a llamarlo.

—Sebastián, ven aquí.

Algo no estaba bien.

Elena nunca lo llamaba Sebastián cuando estaban solos.

Siempre decía Sebas.

Él retiró la mano.

La sombra bajo la puerta desapareció.

Después se escucharon pasos.

Paso.

Arrastre.

Paso.

Arrastre.

Se alejaron hacia el dormitorio principal.

Sebastián tomó su teléfono y llamó a Elena.

Ella respondió después del segundo tono.

Hablaba medio dormida.

—¿Qué pasa?

—¿Dónde estás?

—En la cama.

—¿Saliste?

—No.

Sebastián miró a Nicolás.

—Cierra tu puerta con seguro.

—Sebas, ¿qué ocurre?

Desde el teléfono se escuchó un ruido.

Elena dejó de hablar.

—¿Qué fue eso?

Sebastián preguntó:

—¿Qué escuchaste?

—Alguien acaba de entrar al cuarto.

Sebastián se puso de pie.

—Elena, sal.

—No veo a nadie.

—Sal ahora.

Ella respiró con dificultad.

—Sebas.

—¿Qué?

Elena bajó la voz.

—Alguien se acostó en tu lado de la cama.

Sebastián abrió la puerta.

El corredor estaba vacío.

Corrió.

Nicolás salió detrás de él.

La puerta del dormitorio principal estaba entreabierta.

Sebastián la empujó.

Elena estaba junto a la ventana con el teléfono en la mano.

La cama parecía vacía.

—¿Dónde?

Ella señaló.

El lado de Sebastián estaba hundido.

La almohada tenía una marca profunda.

Como si una cabeza invisible descansara sobre ella.

Nicolás se escondió detrás de su padre.

Sebastián observó el colchón.

La depresión comenzó a levantarse lentamente.

Algo acababa de ponerse de pie.

Elena retrocedió.

Ninguno veía un cuerpo.

Pero el piso crujió.

Un paso.

Después otro.

El sonido pasó junto a Sebastián.

Nicolás soltó un gemido.

Los tres salieron del dormitorio.

Sebastián tomó las llaves de la entrada.

—Nos vamos.

No recogieron ropa.

No apagaron luces.

Cuando estaban cerca de la puerta principal, Nicolás se detuvo.

—Papá.

Sebastián se giró.

—Vamos.

El niño miraba hacia el corredor.

—Falta uno.

Sebastián sintió miedo.

—¿Qué falta?

Nicolás señaló el pasillo.

—Siempre vienen dos.

Elena se quedó inmóvil.

Sebastián miró hacia la oscuridad.

—¿Dos qué?

El niño apenas pudo responder.

—Dos papás.

Un paso sonó dentro del dormitorio de Nicolás.

Después otro.

Paso.

Arrastre.

Paso.

Arrastre.

Una figura apareció al final del corredor.

Sebastián sintió que el cuerpo entero se le enfriaba.

Era un hombre.

Tenía su altura.

Su cabello.

Su pijama.

Incluso la camiseta vieja con una mancha clara cerca del cuello.

La figura no avanzó.

Permaneció junto a la puerta de Nicolás.

El rostro estaba casi completamente en sombra.

Sebastián puso a su hijo detrás.

El hombre inclinó la cabeza.

Después habló.

—¿Ya se durmió?

Elena soltó un llanto ahogado.

Sebastián abrió la puerta principal.

—Salgan.

Elena y Nicolás cruzaron.

Sebastián iba a seguirlos cuando escuchó una respuesta detrás.

No venía del corredor.

Venía del dormitorio principal.

Su propia voz respondió:

—Todavía no.

Sebastián salió y cerró.

Bajaron por las escaleras.

No utilizaron el ascensor.

Pasaron esa noche en casa de la madre de Elena.

Nicolás durmió entre ellos.

Al día siguiente, Sebastián volvió acompañado de su cuñado.

Recogieron lo necesario.

No encontraron nada extraño.

La cama estaba hecha.

Las puertas abiertas.

El departamento parecía normal.

Nicolás se negó a regresar.

Sebastián tampoco insistió.

Durante varias semanas vivieron con la madre de Elena.

Después alquilaron otra casa.

Era pequeña.

Tenía dos pisos.

El dormitorio de Nicolás quedaba frente al de sus padres.

Al principio, el niño dormía con la puerta abierta.

Sebastián entraba antes de acostarse.

Besaba a su hijo.

Después se marchaba.

Nunca regresaba durante la noche.

Pasó un mes.

Luego dos.

Nicolás empezó a dormir mejor.

Una noche Sebastián se sentó junto a él.

—¿Ha vuelto?

El niño negó.

—¿Seguro?

—Sí.

Sebastián sonrió.

—Entonces estamos bien.

Nicolás no sonrió.

—Creo que no sabe dónde estamos.

Sebastián sintió una pequeña incomodidad.

—Mejor.

El niño lo miró.

—Pero va a encontrar la casa.

—No.

—Siempre encuentra dónde duermes.

Sebastián no quiso continuar.

Lo arropó.

—Descansa.

Regresó a su dormitorio.

Elena ya dormía.

Sebastián se acostó.

Apagó la lámpara.

Esa noche soñó con el antiguo departamento.

En el sueño estaba frente al dormitorio de Nicolás.

La puerta permanecía abierta.

El niño dormía.

Sebastián entraba.

Se quedaba junto a la cama.

No hacía nada.

Solo miraba.

Entonces alguien aparecía detrás de él.

Otro Sebastián.

Y le preguntaba:

—¿Ya se durmió?

Sebastián despertó.

La habitación estaba oscura.

Miró el reloj.

Era de madrugada.

No escuchaba nada.

Elena dormía a su lado.

Sebastián cerró los ojos.

Un paso sonó en el pasillo.

Los abrió.

Paso.

Arrastre.

Se incorporó lentamente.

Otro paso.

Después otro.

Se acercaban al dormitorio de Nicolás.

Sebastián salió de la cama.

Elena despertó.

—¿Qué pasa?

Él levantó una mano para pedirle que permaneciera quieta.

Los pasos se detuvieron.

Desde el pasillo llegó la voz de Sebastián.

—¿Ya se durmió?

Elena se tapó la boca.

Sebastián salió.

El corredor estaba oscuro.

La puerta de Nicolás permanecía abierta.

Al fondo no había nadie.

Sebastián caminó hacia el dormitorio del niño.

Nicolás estaba despierto.

Sentado en la cama.

—Lo escuchaste —dijo el niño.

Sebastián asintió.

—Ven con nosotros.

Nicolás no se movió.

—¿Qué pasa?

El niño miró detrás de su padre.

—No está afuera.

Sebastián sintió que el pecho se le cerraba.

—¿Dónde está?

Nicolás no respondió.

Su mirada seguía fija detrás de él.

Sebastián se giró.

El corredor estaba vacío.

—Nico.

El niño susurró:

—El que camina está afuera.

—Sí.

—Ese no es el que entra.

Sebastián recordó las palabras de su hijo.

Siempre vienen dos.

Sintió un miedo lento, profundo.

—¿Dónde está el otro?

Nicolás levantó una mano temblorosa.

Señaló hacia el dormitorio de sus padres.

Sebastián miró.

La puerta estaba abierta.

Desde allí podía ver una parte de la cama.

Elena estaba sentada.

Miraba hacia el lado donde Sebastián dormía.

No hacia el corredor.

Hacia la almohada.

Sebastián comenzó a caminar.

Elena levantó la cabeza.

Su rostro estaba completamente pálido.

Sebastián llegó a la puerta.

—¿Qué pasa?

Ella no respondió.

Señaló la cama.

El lado de Sebastián estaba hundido.

La manta cubría la forma de un cuerpo acostado de lado.

Sebastián estaba de pie en la puerta.

Nicolás llegó detrás.

Nadie se acercó.

Debajo de la manta, la figura respiraba.

Lenta.

Profundamente.

Elena comenzó a llorar.

La figura se movió.

Una mano salió de debajo de la manta.

Era la mano de Sebastián.

Mismo anillo.

Misma pequeña cicatriz junto al pulgar.

El verdadero Sebastián retrocedió.

La figura no mostró el rostro.

Siguió acostada.

Entonces habló con la voz de Sebastián.

—¿Ya se durmió?

Desde el pasillo, la otra voz respondió:

—Sí.

Sebastián miró hacia atrás.

No vio a nadie.

Nicolás agarró su mano.

—Papá.

Sebastián no apartó la vista de la cama.

El niño tiró de él.

—Vámonos.

La figura bajo la manta empezó a incorporarse.

Sebastián cerró la puerta del dormitorio.

Los tres corrieron hacia las escaleras.

Cuando llegaron a la entrada, Nicolás empezó a llorar.

Sebastián abrió.

—¿Qué pasa?

El niño miró hacia arriba.

Desde el segundo piso se escucharon pasos.

Paso.

Arrastre.

Paso.

Arrastre.

Nicolás apretó la mano de su padre.

—Ahora ya sabe cuál eres.

Sebastián no preguntó qué significaba.

Salieron.

La puerta quedó abierta detrás.

Mientras corrían hacia la calle, Sebastián escuchó su propia voz dentro de la casa.

No llamaba a Nicolás.

No llamaba a Elena.

Lo llamaba a él.

—Sebastián.

No respondió.

La voz volvió a hablar.

Esta vez sonó casi cariñosa.

—Ven a dormir.

Sebastián siguió caminando.

No volvió a mirar la casa.

Mucho después, Nicolás le confesó algo.

La primera noche que aquella cosa entró en su antiguo dormitorio, no se quedó mirándolo.

Miró la cama.

Después miró hacia la puerta.

Y preguntó:

—¿Cuál de los dos duerme aquí?

Nicolás nunca había entendido la pregunta.

Sebastián tampoco quiso hacerlo.

Desde entonces duerme con la puerta abierta.

No porque quiera escuchar si alguien entra.

Sino porque necesita comprobar, cada vez que despierta, que el hombre acostado junto a Elena sigue siendo él.

¿Te gustó esta historia?

El final no tiene por qué ser el final

¿Te atreves con otra?

Sigue con una historia relacionada o deja que el azar elija tu próxima inquietud.

0

Comentarios

Publicar un comentario