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Los golpes dentro de la pared llegan cada vez más cerca de mi cama

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
Los golpes dentro de la pared llegan cada vez más cerca de mi cama

La primera vez que Julián escuchó los golpes pensó que venían del departamento vecino.

Tres golpes secos.

Tac.

Tac.

Tac.

Estaba cenando frente al televisor cuando levantó la cabeza y miró hacia la pared de la sala.

Esperó.

No volvió a sonar.

El edificio era viejo. Las tuberías crujían, los ascensores vibraban y algunas noches podía escucharse a los vecinos arrastrando muebles o cerrando puertas demasiado fuerte.

Julián siguió comiendo.

Cinco minutos después escuchó los mismos tres golpes.

Esta vez estaba seguro de que provenían del interior de la pared.

Dejó el plato.

Se acercó.

Apoyó la palma sobre la pintura.

No sintió vibración.

Golpeó suavemente con los nudillos.

—¿Hola?

Se sintió ridículo apenas dijo la palabra.

Nadie respondió.

Regresó al sofá.

Los golpes no volvieron aquella noche.

A la mañana siguiente ya casi lo había olvidado.

Trabajó desde casa hasta el mediodía, salió a comprar algunas cosas y regresó cerca de las cinco.

Mientras guardaba comida en la cocina escuchó:

Tac.

Tac.

Tac.

Julián se quedó inmóvil.

Los golpes no provenían de la sala.

Venían de la pared junto al refrigerador.

La cocina estaba separada de la sala por varios metros.

Julián miró hacia el pasillo.

Después volvió a acercarse a la pared.

—¿Hay alguien haciendo reparaciones?

No esperaba una respuesta.

Aun así, aguardó.

Los golpes se repitieron.

Tac.

Tac.

Tac.

No al otro lado.

Dentro.

El sonido era demasiado opaco, como si algo golpeara desde un espacio estrecho detrás del yeso.

Julián salió al corredor y tocó la puerta del departamento contiguo.

Le abrió una mujer mayor llamada Ofelia.

—Disculpe, ¿están haciendo algún trabajo?

—No.

—¿Taladrando o golpeando una pared?

Ofelia negó.

—Aquí no.

Julián señaló hacia su apartamento.

—He escuchado golpes.

—Las tuberías hacen ruido.

—No suena como tubería.

La mujer sonrió con poca preocupación.

—En este edificio todo suena como algo distinto.

Julián agradeció y volvió a entrar.

Esa explicación le bastó durante unas horas.

Hasta que llegó la noche.

Estaba lavándose los dientes cuando escuchó los tres golpes otra vez.

Tac.

Tac.

Tac.

La pared del baño.

Julián dejó de cepillarse.

Miró alrededor.

La cocina quedaba a un lado del pasillo.

El baño estaba varios metros más adentro.

El sonido había vuelto a cambiar de lugar.

No le gustó pensarlo así.

Intentó reconstruir mentalmente el departamento.

Sala.

Cocina.

Pasillo.

Baño.

Dormitorio al fondo.

Los golpes parecían haber avanzado.

No quiso seguir con esa idea.

Se acostó temprano.

Antes de dormir dejó encendida la luz del pasillo.

No tenía miedo, se dijo.

Solo estaba incómodo.

A las dos de la madrugada despertó.

No sabía por qué.

Permaneció acostado mirando el techo.

El departamento estaba en silencio.

Entonces escuchó:

Tac.

Tac.

Tac.

Julián se incorporó.

El sonido había venido del pasillo.

Mucho más cerca del dormitorio.

Miró la puerta abierta.

La luz amarilla seguía encendida.

Nada se movía.

Pasaron unos segundos.

Tac.

Tac.

Tac.

Esta vez sonaron en la pared justo afuera de su habitación.

Julián salió de la cama.

Caminó hasta la puerta.

No quería acercarse.

Terminó haciéndolo.

Puso una mano contra la pared del pasillo.

La superficie estaba fría.

—Basta.

No sabía a quién se lo decía.

Los golpes no volvieron.

Julián regresó a la cama y cerró la puerta.

Tardó más de una hora en quedarse dormido.

A la mañana siguiente decidió revisar algo sencillo.

Golpeó distintas paredes del departamento con los nudillos.

La mayoría sonaban sólidas.

Algunas, especialmente cerca del pasillo, devolvían un sonido más hueco.

Era normal.

Había ductos, cableado, tuberías.

Nada de aquello significaba que existiera espacio suficiente para que una persona pudiera moverse dentro.

Pensó que eso debería tranquilizarlo.

No ocurrió.

Esa noche no escuchó nada.

Tampoco la siguiente.

El tercer día comenzó a sentirse avergonzado por la cantidad de tiempo que había dedicado al asunto.

Hasta volvió a apagar la luz del pasillo antes de acostarse.

Cerca de medianoche estaba leyendo en la cama cuando oyó los golpes.

Tac.

Tac.

Tac.

Julián dejó de respirar por un instante.

La pared.

No la del pasillo.

La de su dormitorio.

A la izquierda.

Donde estaba el armario.

Se levantó.

La cama quedaba frente a aquella pared, separada por casi dos metros.

Los golpes sonaron otra vez.

Tac.

Tac.

Tac.

Julián encendió todas las luces.

Abrió el armario.

Ropa.

Cajas.

Zapatos.

Nada más.

Empujó algunas prendas y tocó la pared del fondo.

Sólida.

Los golpes no se repitieron.

Julián cerró el armario y arrastró una silla hasta la puerta del dormitorio.

No porque creyera que alguien fuera a entrar.

Solo necesitaba sentir que había hecho algo.

Durmió poco.

A la mañana siguiente llamó al administrador del edificio.

Le explicó que estaba escuchando golpes dentro de las paredes y preguntó si podía existir una tubería suelta.

El administrador prometió enviar a alguien.

Un técnico llegó esa tarde.

Revisó el baño, parte de la cocina y algunas conexiones visibles.

—No veo nada raro.

—¿Una tubería puede producir tres golpes iguales?

—Puede.

—¿Y cambiar de pared?

El hombre se encogió de hombros.

—Las vibraciones viajan.

Julián no insistió.

Necesitaba que la respuesta fuera esa.

Vibraciones.

Tuberías.

Un edificio antiguo.

Esa noche puso música suave mientras preparaba la cena.

No escuchó golpes en la sala.

Ni en la cocina.

Ni en el pasillo.

Cuando se acostó, el silencio continuaba.

Julián apagó la lámpara.

Cerró los ojos.

Pasaron varios minutos.

Tac.

Tac.

Tac.

Abrió los ojos.

Los golpes habían sonado detrás de él.

Julián estaba acostado de lado.

La cabecera de la cama tocaba la pared.

No se movió.

Esperó.

Tac.

Tac.

Tac.

El sonido provenía de la pared contra la que descansaba la cabecera.

Julián salió de la cama tan rápido que golpeó la rodilla con la mesa de noche.

Encendió la luz.

Miró la pared.

Nada.

La cabecera estaba pegada a ella.

Julián agarró el borde de la cama y tiró.

El mueble se movió unos centímetros.

Volvió a tirar.

Después otra vez.

Hasta dejar casi medio metro entre la cama y la pared.

Se quedó allí, respirando con dificultad.

No ocurrió nada.

Aquella noche durmió en el sofá.

A la mañana siguiente se despertó con dolor de cuello y una sensación absurda de alivio.

La cama seguía separada de la pared.

Pasó todo el día trabajando en la sala.

No oyó ningún golpe.

Por la noche decidió volver a dormir en el dormitorio.

Dejó la cama donde estaba.

La distancia entre la cabecera y la pared parecía pequeña durante el día.

En la oscuridad se sentía enorme.

Se acostó.

Apagó la luz.

Pasaron casi veinte minutos.

Tac.

Tac.

Tac.

Julián se quedó inmóvil.

Los golpes habían venido de la pared.

Pero ya no estaban detrás de la cabecera.

Estaban más abajo.

Cerca del piso.

Miró hacia el espacio oscuro entre la cama y la pared.

No veía nada.

Se incorporó.

Tac.

Tac.

Tac.

El sonido volvió a repetirse.

Más cerca del centro.

Julián encendió la lámpara.

Se agachó con cuidado.

Miró debajo de la cama.

Vacío.

El suelo estaba limpio.

No había nada.

Julián se levantó.

Pensó en dormir otra vez en la sala.

Entonces escuchó un golpe distinto.

No tres.

Uno solo.

Debajo de la cama.

Julián retrocedió.

El sonido no había venido de la pared.

Había venido del suelo.

Esperó.

Nada.

Se acercó un poco.

Tac.

La madera de la base vibró.

Julián sintió que el cuerpo se le endurecía.

Otro golpe.

Tac.

Ahora estaba seguro.

No debajo del piso.

Debajo del colchón.

Como si algo golpeara la estructura desde abajo.

Julián salió del dormitorio.

No apagó la luz.

Cerró la puerta.

Durmió en el sofá con el televisor encendido.

A las cuatro de la mañana despertó.

No había sonido.

Miró hacia el pasillo.

La puerta del dormitorio seguía cerrada.

Julián no pensaba entrar hasta que amaneciera.

Entonces escuchó:

Tac.

Tac.

Tac.

No desde el dormitorio.

Desde la pared de la sala.

Directamente detrás del sofá.

Julián se levantó.

Los golpes se repitieron.

Más abajo.

Casi a la altura de su cabeza cuando estaba acostado.

Entendió entonces lo que había estado haciendo mal.

No se movía por el departamento.

No seguía las paredes.

Lo seguía a él.

Julián agarró las llaves y salió.

Pasó el resto de la noche en su automóvil.

A la mañana siguiente regresó solo para recoger ropa y una mochila.

No quiso quedarse.

Se fue a casa de su hermano.

Durante tres días no escuchó nada.

Durmió mejor.

Empezó a pensar que, fuera lo que fuera, pertenecía al edificio.

La cuarta noche despertó en la habitación de invitados.

No había luz.

Durante unos segundos no recordó dónde estaba.

Después escuchó un ruido.

Tac.

Julián abrió los ojos.

Otro.

Tac.

Esperó el tercero.

No llegó.

Se incorporó.

La habitación permanecía en silencio.

Entonces sintió una vibración muy leve debajo de la almohada.

Tac.

Julián se levantó de golpe.

Encendió la luz.

La cama estaba separada de todas las paredes.

No había nada debajo.

Su hermano apareció en la puerta.

—¿Qué pasó?

Julián miró el colchón.

No supo qué decir.

—Nada. Pensé que había escuchado algo.

Su hermano regresó a dormir.

Julián se quedó de pie.

No volvió a acostarse.

A las seis de la mañana tomó sus cosas y se marchó.

Desde entonces evita dormir en la misma cama dos noches seguidas.

A veces se queda en hoteles.

Otras duerme en el sofá de algún amigo.

Cuando puede, descansa durante el día.

No ha vuelto a escuchar los tres golpes completos.

Eso debería tranquilizarlo.

Pero ahora sabe que no significa que se haya detenido.

Hace dos noches se quedó dormido sentado en una silla, agotado.

Despertó porque sintió una vibración breve en el respaldo.

Un solo golpe.

Tac.

No vino de una pared.

Tampoco del suelo.

Julián permaneció inmóvil durante varios minutos.

Esperando los otros dos.

Nunca llegaron.

Y desde entonces hay algo que le preocupa mucho más que escuchar tres golpes acercándose.

Que aquello ya no necesite golpear tres veces para saber exactamente dónde está.

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