
La llamada llegó a las dos y cuarenta y seis de la madrugada.
—Caseta diecisiete.
—Buenas noches. ¿Tienes registrado un sedán gris, matrícula KJH-418?
Marta giró hacia la computadora.
—Dame un segundo.
La carretera estaba vacía. Desde la cabina solo se veía el asfalto extendiéndose bajo los postes de luz hasta desaparecer entre los cerros.
Encontró la matrícula.
—Sí. Pasó por aquí a las dos y cinco.
Del otro lado hubo silencio.
—¿Seguro?
—Lo tengo en pantalla.
—¿Iba hacia nosotros?
Marta frunció el ceño.
La voz pertenecía a Gabriel, operador de la siguiente estación de peaje.
Entre ambas casetas había diecisiete kilómetros.
—Claro. ¿Por qué?
—Porque no llegó.
Marta miró la hora.
Habían pasado cuarenta minutos.
—Tal vez se detuvo.
—¿Dónde?
No había pueblos en ese tramo.
Ni estaciones de servicio.
Ni desvíos importantes.
Solo carretera.
—Alguna emergencia.
Gabriel pareció aceptar la respuesta.
—Si aparece te aviso.
Colgó.
Marta volvió a mirar la pantalla.
Sedán gris.
Un ocupante.
Pago en efectivo.
Recordaba al conductor.
Un hombre joven con gorra oscura. Había bajado la ventana apenas lo necesario para entregar el dinero.
No parecía tener ningún problema.
Marta continuó trabajando.
A las tres y diecisiete, Gabriel volvió a llamar.
—Todavía nada.
—Llama a la policía vial.
—Ya lo hice.
—Entonces tendrán que buscarlo.
—Marta.
—¿Qué?
—¿No pasó ningún desvío por ahí?
Ella miró la carretera.
—Gabriel, llevas trabajando cuatro años en esa caseta.
—Ya sé.
—Entonces sabes que no.
Él soltó una risa incómoda.
—Sí. Tienes razón.
Colgó.
El auto apareció cerca de las seis de la mañana.
No en la siguiente caseta.
Lo encontró una patrulla estacionado en el borde de la carretera, a nueve kilómetros del puesto de Marta.
Motor apagado.
Puertas cerradas.
Sin conductor.
Marta se enteró al terminar el turno.
No le dio demasiada importancia.
Pensó en un abandono.
Un problema personal.
Alguna explicación que no le correspondía conocer.
Hasta la semana siguiente.
Era jueves.
Una camioneta blanca pasó por su caseta a la una y treinta y nueve.
La conducía una mujer sola.
Marta entregó el recibo.
—Buenas noches.
—Gracias.
La camioneta se alejó.
A las dos y veinte llamó Gabriel.
—¿Una camioneta blanca, matrícula BFN-703?
Marta dejó de escribir.
—Sí.
—¿A qué hora?
—Una y treinta y nueve.
Hubo silencio.
—No llegó.
Marta miró el monitor.
—Otra vez.
—¿Qué?
—Nada.
—¿Te acuerdas del sedán gris?
Gabriel tardó.
—Sí.
—También desapareció.
—No digas desapareció.
—¿Cómo lo llamas?
—No sé.
Marta repasó el registro.
—¿La policía ya está buscando?
—Sí.
La camioneta apareció al amanecer.
Estaba estacionada casi en el mismo lugar.
A nueve kilómetros de la caseta de Marta.
Sin conductor.
Esta vez no encontraron llaves.
Tampoco teléfono.
La puerta del conductor estaba cerrada.
Marta comenzó a prestar atención.
Durante varios días no ocurrió nada.
Después desapareció un tercer vehículo.
Un taxi.
El conductor viajaba solo.
Pasó por la caseta de Marta a las tres y doce.
Nunca llegó a Gabriel.
Lo encontraron ocho horas después.
La misma zona.
Kilómetro nueve.
Vacío.
La policía empezó a hacer preguntas.
Revisaron las cámaras.
En las grabaciones se veía a los tres vehículos saliendo de la caseta.
Nada extraño.
Ningún auto siguiéndolos.
Ninguna persona escondida.
Simplemente desaparecían en el tramo siguiente.
Un agente preguntó a Marta:
—¿Los conductores dijeron algo?
—No.
—¿Se comportaban raro?
—No.
—¿Alguien los esperaba?
—No sé.
—¿Los viste hablar por teléfono?
—No.
El agente anotó.
—¿Todos pagaron igual?
Marta revisó.
Efectivo.
Los tres.
Pero eso tampoco era raro.
—¿Alguno pidió información?
—No.
El agente cerró su libreta.
—Si notas algo, llama.
Marta prometió hacerlo.
Durante los siguientes turnos miró cada vehículo con más atención.
Familias.
Camioneros.
Parejas.
Motociclistas.
Ninguno desapareció.
Empezó a relajarse.
Hasta que una noche pasó un automóvil rojo.
Marta lo recordó porque el conductor parecía nervioso.
No asustado.
Nervioso.
Miraba constantemente por el espejo.
—¿Todo bien? —preguntó Marta.
El hombre entregó el dinero.
—¿Cuánto falta para la siguiente caseta?
—Diecisiete kilómetros.
Él miró hacia la carretera.
—¿Hay algo en medio?
—No.
—¿Nada?
—Una zona de descanso cerrada desde hace años.
El hombre tragó saliva.
—¿Cerrada?
—Sí.
—¿Se puede entrar?
—No debería.
El conductor recibió el cambio.
Antes de irse preguntó:
—¿La gente se pierde aquí?
Marta sintió una incomodidad inmediata.
—¿Por qué lo pregunta?
El hombre miró nuevamente el espejo.
—Porque llevo pasando la misma señal desde hace veinte minutos.
Marta observó la carretera detrás del vehículo.
—¿Qué señal?
—Kilómetro ochenta y cuatro.
La señal estaba a siete kilómetros antes de la caseta.
—Ya la dejó atrás.
—Eso creía.
El hombre arrancó.
Marta salió un momento de la cabina.
Vio las luces rojas alejarse.
No parecía ocurrir nada.
A los treinta y cinco minutos llamó Gabriel.
Marta no necesitó preguntar.
—Auto rojo.
—Sí.
—No llegó.
Ella cerró los ojos.
—¿Matrícula?
Gabriel se la dio.
Coincidía.
—Ese conductor dijo algo raro.
—¿Qué?
Marta le explicó.
Gabriel no respondió durante varios segundos.
—Voy a llamar a la patrulla.
El auto rojo no apareció aquella mañana.
Ni al día siguiente.
Fue el primero que no encontraron.
Entonces cerraron un carril y colocaron vigilancia en el tramo.
Patrullas circulaban de una caseta a otra durante toda la noche.
No desapareció ningún vehículo.
Después de una semana retiraron parte del operativo.
La primera noche sin patrulla constante, Marta recibió una llamada a las cuatro y once.
No provenía de la caseta de Gabriel.
El número estaba oculto.
Contestó.
—Caseta diecisiete.
Solo escuchó estática.
—¿Hola?
Un motor sonaba al fondo.
Después una voz masculina.
—¿Cuánto falta?
Marta se quedó quieta.
—¿Quién habla?
—Para la siguiente caseta.
El sonido era malo.
—¿Dónde está?
—No sé.
—¿Ve algún letrero?
La respiración del hombre se hizo más fuerte.
—Kilómetro ochenta y cuatro.
Marta sintió frío.
—¿Qué vehículo conduce?
La llamada se cortó.
Abrió el registro.
Buscó el automóvil rojo.
La matrícula seguía allí.
Hora de paso: dos y cincuenta y uno de la madrugada.
Habían pasado once días.
Llamó a Gabriel.
—Acabo de recibir una llamada.
—¿De quién?
—Creo que del conductor del auto rojo.
—No bromees.
—No estoy bromeando.
—¿Qué dijo?
—Que está en el kilómetro ochenta y cuatro.
Gabriel guardó silencio.
—Ese kilómetro está antes de tu caseta.
Marta miró hacia la oscuridad detrás.
—Ya sé.
Esa noche no ocurrió nada más.
Dos días después, Gabriel llamó antes de medianoche.
Su voz sonaba distinta.
—Marta, necesito que revises una matrícula.
—Dime.
La escribió.
No aparecía.
—No pasó por aquí.
—¿Segura?
—Sí.
—Acaba de pasar por mi caseta.
Marta tardó en entender.
—¿En qué dirección?
—Hacia ti.
La carretera era de doble sentido, pero la mayoría del tránsito nocturno hacia Marta era escaso.
—¿Qué tiene de raro?
Gabriel respiró.
—La matrícula es la del sedán gris.
Marta sintió que las manos se le enfriaban.
—Ese auto lo encontraron vacío.
—Lo sé.
—¿Viste al conductor?
—Sí.
—¿Era el mismo?
—No sé.
—¿Cómo que no sabes?
Gabriel bajó la voz.
—No levantó la cara.
Marta miró por el vidrio de la caseta.
A lo lejos apareció un par de luces.
—Gabriel.
—¿Qué?
—Viene un auto.
Las luces crecían lentamente.
Marta se puso de pie.
—Descríbeme el sedán.
—Gris oscuro. Parabrisas con una grieta pequeña a la derecha.
El vehículo se acercó.
Era gris.
Marta vio la grieta.
—Es ese.
—No lo detengas.
—Tengo que cobrar.
—Marta.
El sedán frenó frente a la barrera.
La ventanilla bajó.
El asiento del conductor estaba vacío.
Marta dejó de respirar por un instante.
No había nadie al volante.
La palanca de cambios estaba en posición de avance.
El motor seguía encendido.
En el asiento del acompañante había un recibo arrugado.
Marta reconoció el diseño de la caseta de Gabriel.
No tocó nada.
La barrera estaba cerrada.
El sedán permaneció inmóvil.
—Gabriel —susurró.
—¿Qué ves?
—No hay conductor.
Silencio.
Entonces el claxon sonó una vez.
Marta dio un paso atrás.
Volvió a sonar.
—Abre la barrera —dijo Gabriel.
—¿Para qué?
—Déjalo pasar.
Marta presionó el botón.
La barrera subió.
El auto avanzó lentamente.
Sin conductor.
Cruzó.
Continuó por la carretera hasta desaparecer detrás de una curva.
Marta permaneció mirando.
—¿Lo viste salir? —preguntó Gabriel.
—Sí.
—Entonces debería llegar a mi caseta otra vez.
—No tiene sentido.
—Nada de esto lo tiene.
No llegó.
Tampoco apareció ninguna patrulla.
A las cinco de la mañana, Marta revisó las grabaciones.
El sedán aparecía entrando en su carril.
Pero en el video había un conductor.
Un hombre con gorra oscura.
El mismo de la primera noche.
Marta reprodujo varias veces.
La ventanilla bajaba.
El hombre giraba hacia ella.
Y aunque la cámara no tenía audio, sus labios se movían.
Parecía decir algo.
Marta amplió.
No podía asegurarlo.
Pero creyó entender:
“¿Cuánto falta?”
Pidió cambio de turno.
No se lo concedieron.
La empresa consideró que los incidentes eran responsabilidad de la policía.
Durante dos semanas no pasó nada.
Hasta que Marta comenzó a notar otra cosa.
Algunos vehículos tardaban demasiado entre ambas casetas.
No desaparecían.
Llegaban.
Pero demoraban cuarenta minutos.
Una hora.
A veces más.
Los conductores no parecían notarlo.
Cuando Gabriel preguntaba por qué habían tardado, respondían:
—Normal.
—No paramos.
—Venimos directo.
Una pareja juró haber recorrido los diecisiete kilómetros en quince minutos.
El registro indicaba cincuenta y tres.
Un camionero tardó una hora y doce.
Dijo que no había encontrado tráfico.
Marta empezó a anotar todo en una libreta.
Hora de salida.
Hora de llegada.
Matrícula.
Duración.
Los retrasos aumentaban.
Una noche, un autobús demoró casi dos horas.
Llegó a la caseta de Gabriel con todos los pasajeros dormidos.
El conductor aseguró que habían salido de Marta hacía veinte minutos.
Nadie quiso revisar los relojes.
Marta sí.
La grabación demostraba la hora.
Cada vez estaba más convencida de que los vehículos no desaparecían.
La carretera era la que dejaba de comportarse como debía.
Una madrugada, Gabriel llamó.
—Tengo un problema.
—¿Qué pasó?
—Acaba de llegar una camioneta blanca.
Marta recordó inmediatamente la segunda desaparición.
—¿La misma?
—Misma matrícula.
—¿Vacía?
—No.
Marta sintió miedo.
—¿Quién conduce?
Gabriel no respondió.
—Gabriel.
—Una mujer.
—¿La de aquella noche?
—Creo que sí.
—Habla con ella.
—Ya hablé.
—¿Qué dijo?
Gabriel bajó la voz.
—Dice que acaba de pagar en tu caseta.
Marta miró el registro.
La camioneta blanca había desaparecido siete semanas antes.
—¿Le preguntaste la fecha?
—Sí.
—¿Qué respondió?
Gabriel se la dijo.
La fecha de la noche en que había desaparecido.
Marta sintió frío.
—Para ella no pasó tiempo.
—Eso parece.
—No la dejes ir.
—Ya se fue.
—¿Qué?
—Marta, no sabía qué hacer.
—¿Hacia dónde?
—Hacia ti.
Ella miró inmediatamente la carretera.
Durante veinte minutos no apareció nada.
Treinta.
Cuarenta.
Entonces vio luces.
La camioneta blanca se detuvo frente a su cabina.
Esta vez sí había conductora.
La misma mujer que Marta recordaba.
Parecía cansada.
Pero no siete semanas más vieja.
Bajó la ventana.
—Buenas noches.
Marta no supo qué responder.
La mujer buscó dinero.
—Creo que me equivoqué de camino.
—¿Dónde estuvo?
La mujer la miró.
—¿Cómo?
—Después de pasar por aquí la otra vez.
—Nunca he pasado por aquí.
Marta sintió una presión en el pecho.
—Su matrícula está registrada.
La mujer sonrió incómoda.
—Debe ser otro auto.
Marta observó el interior.
En el asiento trasero había una bolsa de supermercado.
Un teléfono.
Una botella de agua.
Todo normal.
Hasta que vio el reloj del tablero.
Marcaba la una y cuarenta.
Exactamente la hora aproximada en que la mujer había desaparecido semanas antes.
El reloj no avanzaba.
—Señora.
—¿Sí?
Marta no supo qué advertirle.
No entendía qué estaba ocurriendo.
—Si ve la señal del kilómetro ochenta y cuatro, no siga conduciendo.
La mujer frunció el ceño.
—El ochenta y cuatro está detrás.
Marta sintió frío.
—¿Cómo lo sabe?
—Acabo de pasarla.
Eso era imposible.
La mujer estaba viajando en sentido contrario.
La señal que había visto no debía existir en ese lado.
Marta levantó la barrera.
—No se detenga.
La camioneta se alejó.
Nunca encontraron esa matrícula otra vez.
Marta pidió vacaciones.
Pensaba renunciar al regresar.
La noche antes de su último turno, recibió un mensaje de Gabriel.
Solo decía:
“Creo que entendí algo.”
Marta llamó.
Él contestó.
—¿Qué?
—Los diecisiete kilómetros.
—¿Qué tienen?
—No siempre son diecisiete.
—Ya sabemos.
—No. Escúchame. Revisé mis cámaras.
Gabriel respiraba rápido.
—Hay vehículos que llegan desde tu dirección sin haber pasado por tu caseta.
Marta guardó silencio.
—Y otros salen de aquí dos veces.
—¿Dos veces?
—La misma matrícula. El mismo conductor. Separados por horas.
—Eso no puede pasar.
—Ya pasó.
Marta cerró los ojos.
—¿Qué quieres decir?
—Creo que algunos no desaparecen.
—Entonces ¿qué?
Gabriel tardó.
—Creo que toman otra carretera.
—Solo hay una.
—Aquí sí.
La frase quedó en silencio.
Marta no quiso preguntar más.
Su último turno empezó a medianoche.
Guardó sus pertenencias en una mochila.
A las seis entregaría la cabina y no volvería.
A las dos y doce pasó un camión.
A las dos y cuarenta, una pareja.
A las tres y tres, nadie.
A las tres y veinte sonó el teléfono.
Gabriel.
—Marta.
—Aquí estoy.
Él parecía asustado.
—No salgas de la caseta.
—¿Qué pasó?
—Viene un auto hacia ti.
—¿Cuál?
Gabriel leyó la matrícula.
Marta no la reconoció.
—¿Y?
Silencio.
—Es tu auto.
Marta giró hacia el estacionamiento.
Su vehículo estaba donde lo había dejado.
Azul oscuro.
Bajo una lámpara.
Vacío.
—No.
—Tengo la matrícula frente a mí.
—Mi auto está aquí.
—Lo sé.
—¿Quién conduce?
Gabriel no respondió.
—¿Quién?
—Tú.
Marta dejó de respirar.
—Eso no tiene gracia.
—No estoy bromeando.
—Estoy hablando contigo.
—Lo sé.
—Entonces viste a otra persona.
—Marta.
La voz de Gabriel tembló.
—Me miraste.
A lo lejos aparecieron dos luces.
Marta se acercó al vidrio.
Su auto avanzaba por la carretera.
Mismo modelo.
Mismo color.
Una pequeña abolladura en el guardabarros izquierdo.
Todo.
Miró nuevamente hacia el estacionamiento.
El suyo seguía allí.
—No abras la barrera —dijo Gabriel.
El automóvil llegó.
Se detuvo.
Marta vio a la conductora.
Era ella.
No una figura parecida.
Ella.
Mismo cabello.
Misma chaqueta de trabajo.
Mismo rostro.
La otra Marta sostenía el volante con ambas manos.
Parecía agotada.
Tenía los ojos rojos.
Bajó la ventana.
Marta retrocedió.
La mujer dentro del auto habló:
—No me dejes pasar.
Marta no pudo responder.
—Por favor.
La barrera seguía abajo.
La otra Marta miró hacia el espejo retrovisor.
—Viene detrás.
—¿Qué viene?
—No sé.
—¿De dónde saliste?
La mujer negó.
—No importa.
—¿Qué carretera tomaste?
Los ojos de la otra Marta se llenaron de miedo.
—La misma.
Detrás del auto aparecieron luces.
Muchas.
Una fila de vehículos avanzaba por la carretera.
Marta reconoció el sedán gris.
El taxi.
El auto rojo.
La camioneta blanca.
Y otros.
Decenas.
Todos los vehículos que habían tardado demasiado.
Todos los que habían desaparecido.
Se acercaban en silencio.
—Baja la barrera del otro carril —dijo la mujer.
—Ya está abajo.
—No para ellos.
Marta miró.
La fila no reducía la velocidad.
—¿Qué hago?
La otra Marta la miró.
—No los cobres.
—¿Qué?
—Eso es lo que esperan.
El primer vehículo llegó a la caseta contigua.
El sedán gris.
No había conductor.
La barrera se levantó sola.
Después la del siguiente carril.
Y la siguiente.
Marta presionó el panel.
Nada respondió.
La otra Marta gritó desde el auto:
—Apaga todo.
Marta bajó el interruptor principal.
Las luces de la caseta se apagaron.
Las pantallas murieron.
Las barreras cayeron.
La carretera quedó iluminada únicamente por los faros.
Los autos se detuvieron.
Todos al mismo tiempo.
Durante varios segundos no ocurrió nada.
Después comenzaron a sonar los cláxones.
Uno.
Luego otro.
Decenas.
Marta se tapó los oídos.
El ruido terminó de golpe.
Cuando volvió a mirar, la carretera estaba vacía.
El automóvil idéntico al suyo también había desaparecido.
Marta salió de la cabina.
Su auto real seguía estacionado.
Gabriel continuaba al teléfono.
—¿Estás ahí?
—Sí.
—¿Qué pasó?
—No sé.
Marta caminó hacia el estacionamiento.
—Me voy.
—Espera a que amanezca.
—No.
Entró a su auto.
Encendió el motor.
El reloj marcaba las tres y treinta y ocho.
Tomó la carretera hacia la ciudad.
No quería conducir por el tramo hacia Gabriel.
Eligió la dirección contraria.
A los siete minutos vio una señal.
KILÓMETRO 84.
Marta frenó.
Esa señal no debía estar allí.
Giró el auto.
Regresó.
Cinco minutos después volvió a encontrarla.
KILÓMETRO 84.
Llamó a Gabriel.
No había señal.
Continuó conduciendo.
La carretera parecía normal.
Postes.
Cerros.
Asfalto.
Hasta que divisó luces a lo lejos.
Una caseta de peaje.
Marta sintió alivio.
Después vio el número.
17.
Su propia caseta.
Llegaba hacia ella desde la dirección equivocada.
Frenó a varios metros.
Dentro de la cabina había alguien.
Una mujer.
Uniforme azul.
La mujer levantó la cabeza.
Era Marta.
El teléfono del auto comenzó a sonar.
Número desconocido.
Contestó.
Su propia voz habló:
—Caseta diecisiete.
Marta miró a la mujer detrás del vidrio.
La otra Marta también tenía un teléfono en la mano.
—¿Cuánto falta para la siguiente caseta? —preguntó la voz.
Marta no respondió.
Entonces entendió que ya había escuchado esa conversación.
No sabía cuándo.
No sabía desde qué lado.
Apagó el motor.
La otra Marta levantó lentamente la barrera.
Marta permaneció quieta.
Detrás de ella comenzaron a aparecer faros.
Muchos.
No miró por el espejo.
La voz del teléfono susurró:
—No te detengas entre las dos.
Marta arrancó.
Cruzó la caseta.
No miró a la mujer.
Condujo.
No sabe cuánto tiempo.
Cuando volvió a ver luces de ciudad, el cielo estaba amaneciendo.
Llegó a su casa a las seis y veinte.
Había salido del trabajo, según ella, menos de una hora antes.
Su teléfono mostraba treinta y siete llamadas perdidas.
Todas de Gabriel.
La primera tenía fecha de dos días atrás.
Marta llamó.
Él contestó inmediatamente.
—¿Dónde estás?
—En casa.
Gabriel comenzó a llorar.
—Marta, llevas dos días desaparecida.
Ella miró el reloj.
—No.
—La policía encontró tu auto.
Marta dejó de respirar.
—Estoy dentro de mi auto.
—Lo encontraron ayer.
—¿Dónde?
Gabriel tardó en responder.
—Kilómetro nueve.
Marta miró el volante.
Las llaves.
El tablero.
Todo era suyo.
—Está vacío —continuó Gabriel—. Pensamos que…
Marta colgó.
Salió del vehículo.
Caminó hacia atrás.
La matrícula coincidía.
Abrió el maletero.
Su mochila estaba allí.
También había algo más.
Un recibo de peaje.
Caseta diecisiete.
Hora: tres y treinta y ocho.
Fecha: dos días después.
Marta todavía conserva ese recibo.
Renunció esa mañana.
Nunca volvió a conducir por aquella carretera.
Meses después supo que las dos casetas seguían funcionando.
Preguntó por Gabriel.
Le dijeron que había dejado el trabajo.
No consiguió encontrarlo.
La empresa tampoco quiso hablar de los vehículos desaparecidos.
Años después, durante un viaje por otra región, Marta se detuvo en una estación de servicio.
Mientras pagaba, vio un mapa grande de carreteras pegado a una pared.
Entre dos ciudades había un tramo recto.
Diecisiete kilómetros.
Dos casetas.
Marta se quedó mirándolo.
El empleado preguntó:
—¿Está perdida?
—No.
Entonces vio una anotación escrita a mano sobre el mapa.
Alguien había dibujado una carretera muy fina entre ambas casetas.
No seguía el trazado oficial.
Formaba una curva larga hacia una zona donde no había nada.
Al final alguien había escrito:
“NO COBRAR AL REGRESO.”
Marta retrocedió.
—¿Quién escribió eso?
El empleado miró.
—¿Qué cosa?
La línea había desaparecido.
Marta salió.
Su auto estaba estacionado frente al local.
A unos metros había otro vehículo idéntico.
Misma matrícula.
Misma abolladura.
En el asiento del conductor estaba ella.
Más vieja.
Con las manos sobre el volante.
La mujer no hizo ningún gesto.
Solo levantó un recibo contra el vidrio.
Marta pudo leer dos palabras:
VIAJE PENDIENTE.
Entonces el otro auto arrancó.
Entró a la carretera.
Y tomó un desvío que no figuraba en ningún mapa.
Comentarios
Publicar un comentario