
La silla estaba a menos de un metro de mi cara cuando abrí los ojos.
No junto a la pared. No cerca del escritorio.
Frente a mí.
Orientada hacia la cama.
Durante unos segundos me quedé inmóvil, tratando de recordar qué había hecho la noche anterior. Era una de las cuatro sillas del comedor, una vieja silla de madera oscura que tenía desde hacía años. Conocía cada marca de sus patas y el pequeño desgaste del respaldo donde solía apoyar la mano cuando pasaba junto a la mesa.
No tenía ninguna razón para estar allí.
Mucho menos de esa manera.
Me incorporé despacio y miré alrededor del dormitorio.
La puerta estaba cerrada.
Las ventanas también.
Vivía solo.
Me levanté, agarré la silla por el respaldo y la llevé al comedor. Cuando la acomodé junto a las otras tres, me pareció absurdo el miedo que había sentido.
De seguro la había movido yo.
Esa explicación me acompañó durante todo el día.
El problema fue que no era la primera vez.
La primera había ocurrido cuatro mañanas antes.
Aquella vez encontré la silla cerca de la puerta del dormitorio. Ni siquiera le presté demasiada atención. Recordé que la noche anterior había limpiado el piso y supuse que la había dejado ahí para mover algún mueble.
La segunda apareció a los pies de la cama.
Me extrañó, pero pensé que quizá me había levantado medio dormido.
Nunca había sido sonámbulo, al menos no que yo supiera, pero me pareció más fácil aceptar eso que buscar otra explicación.
La tercera mañana estaba frente a la cama.
La cuarta estaba más cerca.
Fue entonces cuando empecé a recordar algo que hasta ese momento había considerado parte de mis sueños.
Un sonido.
Madera rozando el piso.
No todas las noches.
Solo algunas.
Un arrastre lento, breve, como cuando alguien mueve una silla con cuidado para no despertar a otra persona.
Aquella tarde llamé a mi hermana Cecilia.
—Te vas a reír.
—Entonces cuéntame.
Le expliqué lo de la silla.
Cecilia guardó silencio unos segundos.
—¿Estás tomando algo para dormir?
—No.
—¿Has estado bebiendo?
—Tampoco.
—Entonces probablemente te levantas dormido.
Era exactamente lo que yo quería escuchar.
—Eso pensé.
—Ponla en otro lugar esta noche.
—Ya la puse en el comedor.
—No. Me refiero a un lugar donde no puedas moverla dormido sin darte cuenta. Métela en el depósito.
Mi departamento tenía una pequeña habitación de servicio junto a la cocina. Ahí guardaba herramientas, cajas y cosas que casi nunca utilizaba.
Esa noche metí la silla dentro.
Cerré la puerta.
Y por pura tranquilidad, coloqué frente a ella una caja llena de libros.
Si quería sacar la silla durante la noche, tendría que empujar la caja, abrir la puerta, sacar el mueble y volver a colocar todo.
Me habría despertado.
Antes de acostarme revisé el dormitorio.
Vacío.
Me sentí ridículo.
Apagué la luz.
No sé a qué hora desperté.
No abrí los ojos inmediatamente.
Primero escuché mi respiración.
Después el zumbido lejano del refrigerador.
Luego algo más.
Un sonido corto.
Seco.
Como una pata de madera apoyándose sobre el piso.
Abrí los ojos.
La habitación estaba oscura, pero la luz de la calle entraba por las persianas.
Al principio no distinguí nada.
Entonces vi el respaldo.
La silla estaba frente a la cama.
Esta vez no me levanté enseguida.
Me quedé mirándola.
No sé cuánto tiempo.
Tal vez treinta segundos.
Tal vez cinco minutos.
Había algo profundamente desagradable en su posición. No parecía haber sido abandonada ahí.
Parecía colocada.
Como si alguien hubiera decidido exactamente dónde debía estar.
Cuando por fin encendí la lámpara, la habitación seguía vacía.
Fui directo al depósito.
La caja de libros continuaba delante de la puerta.
No estaba torcida ni desplazada.
Tuve que arrastrarla para poder abrir.
El depósito estaba vacío.
Volví al dormitorio y observé la silla.
No había explicación.
A la mañana siguiente se lo conté a Cecilia.
Esta vez no se rió.
—¿Estás seguro de que era la misma?
—Tiene una marca en la pata derecha.
—¿Y las otras?
Miré hacia el comedor.
Había tres sillas alrededor de la mesa.
—Es la misma.
Cecilia tardó en responder.
—Sergio, sáquela de tu casa.
Sonreí por reflejo.
—¿Así de fácil?
—No sé qué quieres que te diga.
Yo tampoco lo sabía.
Esa tarde bajé la silla al estacionamiento del edificio.
No quería tirarla todavía. Era parte del juego del comedor y seguía sintiéndome estúpido por todo aquello.
La dejé dentro de mi pequeño depósito del sótano, donde guardaba una bicicleta vieja.
El espacio tenía una puerta metálica con candado.
Cerré.
Subí.
Aquella noche dormí mejor.
A la mañana siguiente, durante unos segundos, pensé que todo había terminado.
No había ninguna silla frente a la cama.
Me duché.
Preparé café.
Cuando fui a sentarme a desayunar, me detuve.
Solo había dos sillas alrededor de la mesa.
Sentí un frío incómodo en la espalda.
Caminé hacia el dormitorio.
La tercera silla estaba ahí.
Frente a la cama.
No era la que había guardado en el sótano.
Era otra.
La diferencia debería haberme tranquilizado.
Me produjo exactamente lo contrario.
El problema no era una silla.
Esa tarde llamé otra vez a Cecilia.
—Quiero que vengas.
—¿Ahora?
—Esta noche.
No preguntó por qué.
Llegó después de cenar con una mochila y una expresión que intentaba parecer tranquila.
Le mostré la silla.
—¿Esa apareció hoy?
—Sí.
—¿Y la otra?
—Abajo. Con candado.
—Vamos a verla.
Bajamos juntos.
El candado seguía puesto.
Abrí el depósito.
La primera silla estaba dentro, apoyada junto a la bicicleta.
Cecilia la miró un momento y luego volvió a cerrar.
—Entonces tienes dos.
—Tengo cuatro.
—Sabes a qué me refiero.
Subimos sin hablar.
Cecilia aceptó dormir en el sofá.
Yo propuse cambiar lugares, pero se negó.
—Si eres tú quien la mueve dormido, quiero saberlo.
—¿Y si no soy yo?
Ella me miró.
—Entonces también quiero saberlo.
Antes de acostarnos dejamos las tres sillas del comedor juntas.
Cecilia tomó una fotografía.
Después fotografió el dormitorio vacío.
—Así mañana no discutimos con nuestros recuerdos.
No me gustó cómo sonó eso.
A la medianoche seguíamos despiertos.
Hablamos desde habitaciones distintas durante un rato.
A la una, Cecilia dejó de responder.
Supuse que se había dormido.
Yo tardé un poco más.
Recuerdo haber mirado por última vez la puerta.
Estaba entreabierta.
Después dormí.
Cuando desperté, todavía estaba oscuro.
No sabía qué me había sacado del sueño.
Me quedé quieto.
La casa parecía completamente silenciosa.
Entonces escuché algo en el pasillo.
Un roce suave.
Después otro.
Madera sobre cerámica.
Se me aceleró el corazón.
Quise llamar a Cecilia, pero pensé en lo absurdo que sería despertarla si al final descubríamos que yo mismo estaba haciendo todo aquello.
Esperé.
El sonido se acercó.
Un arrastre.
Una pausa.
Otro arrastre.
La puerta del dormitorio seguía entreabierta.
Miré hacia el espacio oscuro detrás de ella.
No apareció nadie.
El ruido cesó.
Después escuché un pequeño crujido frente a mí.
Giré los ojos.
La silla estaba allí.
No la había visto entrar.
Simplemente estaba.
Muy cerca de la cama.
Mucho más cerca que las veces anteriores.
Podía estirar el brazo y tocar el respaldo.
Sentí una necesidad casi desesperada de llamar a mi hermana.
Entonces escuché su voz desde la sala.
—Sergio.
No respondí.
—Sergio, ven.
Había algo extraño en su tono.
No parecía asustada.
Parecía estar intentando no sonar asustada.
Me levanté.
Al pasar junto a la silla, evité tocarla.
Cecilia estaba sentada en el sofá con las piernas recogidas y todas las luces encendidas.
Tenía el celular en las manos.
—¿Qué pasa?
Ella levantó la mirada.
—¿Acabas de levantarte?
—Sí.
—¿De la cama?
La pregunta me molestó.
—Claro.
—¿Estás seguro?
—Cecilia.
—Respóndeme.
—Sí.
Ella miró hacia el pasillo.
—Yo te vi hace un rato.
Sentí un vacío en el estómago.
—¿Dónde?
No contestó de inmediato.
—En tu dormitorio.
—Estaba durmiendo.
—No.
Se frotó los brazos.
—Estabas sentado.
Supe lo que iba a decir antes de que terminara.
—En la silla.
No respondí.
Cecilia continuó:
—Me despertó el ruido. Pensé que estabas caminando. Fui hasta el pasillo y te vi sentado frente a la cama.
Intenté reírme.
No pude.
—Entonces sí soy sonámbulo.
Cecilia negó con la cabeza.
—No.
—¿Por qué no?
Volvió a mirar hacia mi habitación.
—Porque había alguien acostado en tu cama.
La sala pareció quedarse más fría.
—Serían las almohadas.
—No eran las almohadas.
—Estaba oscuro.
—Sergio, la luz de la calle entra directo por tu ventana. Podía verlo.
No quería preguntarle.
Aun así lo hice.
—¿Ver qué?
Cecilia apretó el celular.
—Había una persona debajo de las cobijas.
Sentí que la garganta se me secaba.
—¿Quién?
—No sé.
—¿La viste?
—Vi la forma.
—¿Y yo estaba sentado mirando?
Ella asintió.
—No te movías.
Quise decir algo, pero Cecilia me interrumpió.
—Pensé que estabas jugando conmigo. Te llamé bajito.
—No escuché nada.
—Ya lo sé.
—¿Cómo puedes saberlo?
Cecilia tardó unos segundos.
—Porque tú no reaccionaste.
Respiró hondo.
—Pero lo que estaba en la cama sí.
No pude apartar la mirada de ella.
—¿Qué hizo?
—Movió la cabeza.
Aquella frase me produjo más miedo que cualquier grito.
—¿Hacia dónde?
—Hacia mí.
Cecilia bajó la voz.
—No vi su cara. La cobija le llegaba casi hasta arriba. Pero estaba acostado de lado y giró despacio cuando escuchó mi voz.
—¿Y después?
Mi hermana miró sus manos.
—Sacó una mano.
Sentí un escalofrío.
—¿Una mano?
—Sí.
—¿Qué hizo?
Cecilia levantó un dedo frente a sus labios.
No dijo nada.
No hacía falta.
Durante varios segundos ninguno de los dos habló.
Yo podía escuchar el reloj de la cocina.
Finalmente pregunté:
—¿Y qué hiciste?
—Retrocedí.
—¿Me dejaste ahí?
Por primera vez pareció enfadarse.
—No sabía cuál de los dos eras tú.
La frase quedó suspendida entre nosotros.
Quise responder, pero no encontré nada.
Cecilia señaló mi dormitorio.
—Entonces regresé al sofá. No sabía si llamarte, si llamar a la policía o salir corriendo. Unos minutos después escuché la cama crujir.
Sentí que me faltaba aire.
—Luego oí tus pasos.
—¿Cuando vine hacia acá?
—Sí.
—¿Y antes?
Negó con la cabeza.
—Nada.
Miré el pasillo.
La puerta de mi dormitorio continuaba abierta.
La silla podía verse desde la sala.
Vacía.
Frente a la cama.
Cecilia se fue conmigo apenas amaneció.
No entramos de nuevo al dormitorio hasta que hubo suficiente luz.
La cama estaba desordenada de la misma manera en que yo recordaba haberla dejado.
Mi lado de la almohada tenía la marca de mi cabeza.
Las cobijas estaban dobladas hacia un costado.
Nada parecía imposible.
Excepto la silla.
Cecilia me pidió que sacara todas de la casa.
Lo hice.
Las llevamos al departamento de un compañero de trabajo que aceptó guardarlas unos días sin demasiadas preguntas.
También recuperé la del sótano.
Aquella noche no dormí en mi habitación.
Me instalé en el sofá.
La primera noche no ocurrió nada.
La segunda tampoco.
La tercera empecé a convencerme de que Cecilia se había confundido.
Tal vez había visto mi cuerpo en la cama y después había soñado que me encontraba sentado frente a él.
Tal vez yo sí caminaba dormido.
Tal vez todo tenía una explicación mucho menos terrible si dejaba de pensar en ello.
Al cuarto día entré al dormitorio para buscar una camisa.
Me detuve en la puerta.
La habitación se veía normal.
La cama.
La mesa de noche.
El armario.
El espacio vacío donde antes aparecía la silla.
Me quedé mirándolo más tiempo del necesario.
Esa noche seguí durmiendo en el sofá.
Me despertó el sonido cerca de las tres de la madrugada.
Madera rozando el piso.
Abrí los ojos.
No había ninguna silla en la sala.
El ruido venía del dormitorio.
Un arrastre corto.
Una pausa.
Otro.
Me cubrí hasta el pecho y permanecí inmóvil.
El sonido llegó hasta la puerta.
Después entró al pasillo.
No entendía qué podía producirlo.
Ya no había sillas en el departamento.
El arrastre continuó.
Cada vez más cerca.
Uno.
Pausa.
Otro.
La oscuridad del pasillo parecía más profunda que el resto de la casa.
No quise mirar.
Cerré los ojos.
Escuché el último roce justo al lado del sofá.
Después nada.
No dormí.
Permanecí así hasta que la claridad de la mañana comenzó a atravesar las cortinas.
Solo entonces abrí los ojos.
No había ninguna silla frente a mí.
Durante un instante sentí un alivio tan grande que casi me reí.
Luego intenté incorporarme.
Algo bloqueaba mis piernas.
La mesa pequeña de la sala había sido arrastrada desde la pared y colocada frente al sofá.
Encima estaba mi almohada.
La del dormitorio.
Con la marca hundida de una cabeza en el centro.
Me quedé mirándola.
Entonces comprendí algo que no había querido entender cuando Cecilia me contó lo que había visto.
La silla nunca había aparecido para que alguien se sentara a observarme.
La silla aparecía porque, mientras yo dormía, alguien necesitaba un lugar donde ponerme.
Desde esa mañana ya no duermo acostado.
Y anoche, por primera vez, desperté sentado.
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