
No volví a esa lavandería.
Durante meses ni siquiera pude pasar por la avenida sin mirar hacia el otro lado.
Sé que suena ridículo. Una lavandería automática no parece el lugar donde debería ocurrir algo capaz de arruinarte el sueño. Había luces blancas, máquinas nuevas, cámaras de seguridad y un minimercado abierto al frente.
Nada de casas abandonadas.
Nada de cementerios.
Nada que justificara el miedo que todavía me provoca escuchar una secadora funcionando cuando sé que está vacía.
Todo empezó una noche de jueves.
Mi lavadora se había malogrado y necesitaba ropa limpia para trabajar al día siguiente. Cerca de las once fui a un local que funcionaba las veinticuatro horas.
Había estado allí dos o tres veces.
Era pequeño. Seis lavadoras a un lado, seis secadoras al otro, varias sillas de plástico y una mesa larga para doblar ropa.
Cuando entré solo había otra persona.
Una mujer de unos treinta años estaba sentada junto a la ventana mirando su teléfono. Después supe que se llamaba Alicia.
Metí la ropa en una lavadora y me senté a esperar.
Yo llevaba un pantalón oscuro y una camisa azul de trabajo.
La camisa era fácil de reconocer porque tenía una costura blanca en el bolsillo izquierdo. Mi madre la había reparado meses antes después de que se enganchara con una puerta.
La primera media hora no ocurrió nada.
Mi lavadora terminó.
Pasé la ropa a una secadora.
Alicia hizo lo mismo con la suya.
Cada uno seguía mirando su teléfono cuando escuchamos otra máquina arrancar.
La secadora número seis.
Estaba al fondo.
Giraba.
Alicia levantó la cabeza.
—¿Es tuya?
—No.
—La mía es la dos.
La seis seguía funcionando.
Pensé que alguien habría dejado ropa y regresaría después.
Eso era todo.
Hasta que recordé algo.
Cuando entré, todas las secadoras excepto la que usaba Alicia estaban vacías.
Me levanté.
A través del vidrio se veía ropa girando dentro.
Una prenda azul.
Luego algo oscuro.
Me acerqué.
La secadora se detuvo sola.
El seguro de la puerta hizo clic.
Alicia también se había levantado.
—¿Hay ropa?
—Sí.
—Seguro alguien la dejó.
Abrí.
Lo primero que cayó hacia afuera fue una camisa azul.
La recogí.
Sentí una incomodidad difícil de explicar.
Era igual a la que llevaba puesta.
No parecida.
Igual.
Mismo tono.
Misma marca.
Mismo tamaño.
Y en el bolsillo izquierdo tenía una pequeña línea de hilo blanco.
Alicia miró mi pecho.
Después la camisa que sostenía.
—Tienes la misma.
—Sí.
—Tal vez venden miles.
—La costura también.
Le mostré el bolsillo.
Ella se acercó.
La reparación era irregular. Tres puntadas estaban más juntas que las demás.
Exactamente igual que en mi camisa.
Por primera vez dejé de pensar que se trataba de una coincidencia.
Revisé el resto de la ropa.
Un pantalón oscuro.
Un par de medias.
Nada más.
Miré mis piernas.
El pantalón también era igual al mío.
Alicia soltó una risa nerviosa.
—Alguien te está haciendo una broma.
—¿Quién?
Miramos hacia las cámaras.
Había una sobre la entrada y otra apuntando a las máquinas.
—Tal vez el encargado.
—No hay encargado de noche.
Alicia volvió a mirar la ropa.
—Yo la dejaría ahí.
Eso hice.
Metí todo nuevamente en la secadora y cerré la puerta.
Regresamos a nuestras sillas.
Durante unos minutos ninguno habló.
Entonces Alicia preguntó:
—¿Tu ropa estaba caliente?
No lo había pensado.
Sí.
Acababa de salir de una secadora.
Pero no estaba seca.
La camisa había estado tibia y ligeramente húmeda, como si alguien acabara de quitársela después de caminar mucho.
—Un poco.
Alicia miró la secadora número seis.
—Qué raro.
Intentamos ignorarla.
Cinco minutos después arrancó otra.
La número cuatro.
Alicia dejó inmediatamente el teléfono.
—Esa estaba vacía.
La vimos girar.
Algo claro aparecía detrás del vidrio.
Alicia no quiso acercarse.
Fui yo.
Cuando terminó, abrí la puerta.
Había un suéter color crema.
Alicia se quedó inmóvil.
—No.
Lo saqué.
—¿Es tuyo?
Ella tardó en responder.
—Tengo uno igual.
—¿Lo estás usando?
Negó.
Llevaba una casaca gris.
—Está en mi casa.
Tomó el suéter.
Revisó una manga.
Su expresión cambió.
—Es mío.
—¿Cómo puedes saberlo?
Me mostró una pequeña mancha de tinta cerca del puño.
—Esto me pasó en la oficina.
Sacó el teléfono.
Llamó a alguien.
Esperó.
—¿Estás en casa?
Escuchó la respuesta.
—Ve a mi cuarto. En el respaldo de la silla debe haber un suéter crema.
Otra pausa.
Alicia me miró.
—¿Está ahí?
Escuchó.
—¿Seguro?
Colgó.
—Está en mi casa.
Los dos miramos la prenda que sostenía.
—Entonces no es el mismo —dije.
Pero ya no sonó convincente.
Alicia metió el suéter en la secadora.
—Me voy.
Miró su máquina.
Todavía faltaban doce minutos.
—Déjala.
—Hay ropa del trabajo.
—Regresas mañana.
Ella dudó.
Yo también quería irme.
En ese momento se abrió la puerta del local.
Entró un hombre con una bolsa grande de ropa.
Tendría unos cuarenta años.
Nos vio parados junto a las máquinas.
—Buenas.
Ninguno respondió inmediatamente.
El hombre empezó a meter ropa en una lavadora.
Alicia se acercó a mí.
—Nos vamos.
Entonces arrancó la secadora número cinco.
El hombre miró.
—¿Esa está libre?
No contestamos.
Dentro giraba una chaqueta marrón.
El hombre dejó caer una camiseta.
Se acercó.
—¿Qué pasa?
La secadora terminó mucho más rápido que las anteriores.
Tal vez treinta segundos.
La puerta se desbloqueó.
Ninguno quería abrirla.
El hombre lo hizo.
Sacó la chaqueta.
Se quedó mirándola.
Después miró la que llevaba puesta.
Era marrón.
La misma.
—¿Qué clase de tontería es esta?
Revisó los bolsillos de la que había salido de la máquina.
Sacó unas llaves.
Su rostro cambió.
Metió la mano en su propia chaqueta.
Sacó otro juego.
Los dejó sobre la mesa.
Eran iguales.
Mismo llavero negro.
Misma llave pequeña.
Incluso tenían una cinta roja desgastada en el mismo sitio.
—¿Quién hizo esto?
Alicia respondió:
—No sabemos.
—¿Ustedes estaban aquí?
—Sí.
—¿Vieron quién metió esto?
—Nadie.
El hombre caminó hacia la puerta.
Miró la calle.
El minimercado seguía abierto al frente.
Pasaban autos.
Todo afuera parecía completamente normal.
—Voy a llamar al dueño.
Había un número pegado junto a la entrada.
Llamó.
Nadie contestó.
Mientras esperaba, mi secadora terminó.
Sonó el pitido normal.
Los tres nos sobresaltamos.
Mi ropa limpia estaba dentro.
La saqué rápidamente y la metí en la bolsa sin doblarla.
—Yo me voy.
Alicia hizo lo mismo aunque su ciclo todavía no terminaba.
El hombre no.
Seguía mirando la chaqueta duplicada.
—Esto tiene que tener una explicación.
Alicia abrió la puerta.
—Entonces búsquela mañana.
Estábamos a punto de salir cuando escuchamos otro golpe.
No fue una máquina arrancando.
Fue algo dentro de una secadora.
Un golpe suave contra el vidrio.
Luego otro.
Nos giramos.
La número seis.
La misma que había contenido mi ropa.
Estaba apagada.
Algo azul descansaba dentro.
Yo había dejado allí la camisa y el pantalón que aparecieron al principio.
Pero ahora había más prendas.
Zapatos.
Una correa.
Una casaca negra.
Reconocí la casaca inmediatamente.
La había dejado en mi departamento.
El hombre preguntó:
—¿También es tuya?
Asentí.
Alicia abrió la puerta del local.
—Javier.
Era la primera vez que decía mi nombre. Se lo había mencionado cuando llamó a su casa.
—Ya.
Pero no me moví.
Había algo dentro de la casaca.
Un objeto rectangular sobresalía del bolsillo.
Me acerqué.
Alicia me llamó otra vez.
—Déjalo.
Abrí la secadora.
Saqué la casaca.
Del bolsillo cayó una tarjeta.
Mi fotocheck del trabajo.
Me toqué el pantalón.
Mi billetera seguía conmigo.
Saqué el fotocheck.
Ahora tenía dos.
El que había aparecido dentro de la secadora estaba rayado.
La fotografía era la misma.
El nombre era el mismo.
Pero la tarjeta tenía una grieta atravesando una esquina.
La mía no.
—Vámonos —dije.
Esta vez nadie discutió.
El hombre abandonó incluso la bolsa de ropa que acababa de llevar.
Salimos.
La puerta se cerró detrás.
Alicia caminó directamente hacia su auto.
Yo había ido a pie.
—Te llevo —dijo.
Acepté.
El hombre de la chaqueta también salió, pero se quedó junto a la acera llamando a alguien.
Cuando Alicia encendió el vehículo, miré hacia la lavandería.
Las seis secadoras comenzaron a funcionar al mismo tiempo.
Vacías.
O eso parecían al principio.
Después empezaron a aparecer colores detrás de los vidrios.
Azul.
Gris.
Marrón.
Negro.
Ropa girando.
Mucha.
Alicia arrancó.
—No mires.
No respondí.
A través de la ventana trasera alcancé a ver al hombre todavía parado frente al local.
Una secadora se detuvo.
Él miró hacia ella.
Después desaparecimos al doblar la esquina.
Durante el camino intentamos buscar una explicación.
Ninguna servía.
Copias.
Una broma.
Algún montaje.
Ropa idéntica.
Nada explicaba las llaves.
Ni mi fotocheck.
Ni el suéter que Alicia tenía guardado en casa.
Me dejó frente a mi edificio.
Antes de bajar, pregunté:
—¿Qué vas a hacer con tu ropa?
—Comprar otra.
Pensé que estaba bromeando.
No lo estaba.
Nos intercambiamos números.
Al día siguiente me escribió temprano.
“Revisé mi suéter.”
Le pregunté cuál.
“El de mi casa.”
Después mandó una fotografía.
La manga.
La mancha de tinta seguía allí.
Pero ahora tenía algo más.
Una pequeña etiqueta blanca cosida por dentro.
Alicia decía que nunca había estado.
En la etiqueta aparecía un número:
04.
Le envié una fotografía de la camisa que llevaba aquella noche.
La revisé por dentro.
Tenía otra etiqueta.
06.
Nunca la había visto.
Tal vez siempre había estado ahí.
Eso fue lo que intenté decirme.
Hasta que revisé el pantalón.
También tenía un seis.
La casaca que había quedado en mi departamento tenía otro.
06.
Toda la ropa que aquella máquina había reproducido estaba marcada.
No volvimos al local.
Dos días después pasé por allí durante la tarde.
Había gente usando las máquinas.
Una mujer doblaba sábanas.
Un muchacho esperaba sentado.
Me quedé afuera unos minutos.
Todo normal.
Finalmente entré.
Había una señora limpiando.
—Disculpe.
—Sí.
—¿Aquí trabajan de noche?
—No. Todo es automático.
—¿Han tenido problemas con las secadoras?
—¿Qué problemas?
Señalé la número seis.
—Esa.
La mujer la miró.
—No funciona.
Sentí un escalofrío.
—La usaron el jueves.
—Imposible.
—Yo la vi funcionando.
La señora negó.
—Está desconectada desde hace semanas.
Se acercó y movió la máquina ligeramente.
El cable estaba enrollado detrás.
No llegaba al enchufe.
No quise discutir.
—¿Hay cámaras?
—Sí.
—¿Puedo hablar con el dueño?
Me dio un número.
Llamé esa tarde.
Le conté solo que había olvidado algo y quería revisar las grabaciones.
Aceptó encontrarme al día siguiente.
Vimos el video desde una computadora pequeña en la oficina trasera.
La grabación mostraba mi llegada.
Alicia ya estaba allí.
Se veía perfectamente.
Mi lavadora.
Nosotros esperando.
Después me levantaba y caminaba hacia la secadora seis.
En el video, la máquina no funcionaba.
La puerta estaba cerrada.
Yo permanecía delante de ella observando el vidrio.
Luego la abría.
Sacaba una camisa azul.
El dueño pausó.
—¿Eso era suyo?
—No sé.
No quise explicarle.
Adelantó.
Alicia aparecía acercándose.
Sacábamos más ropa.
Luego la secadora cuatro.
Después llegaba el otro hombre.
Todo estaba allí.
Excepto una cosa.
En ningún momento las secadoras giraban.
Permanecían inmóviles.
Y cada vez que nosotros abríamos una, la ropa ya estaba dentro.
El dueño miró varias veces.
—Alguien tuvo que ponerla antes.
—Cuando entré estaban vacías.
—La cámara no muestra todo el interior.
Tenía razón.
Podía existir una explicación.
Hasta que llegamos al momento en que salimos.
En la grabación, Alicia y yo cruzamos la puerta.
El hombre de la chaqueta salió detrás.
Los tres permanecimos unos segundos afuera.
Alicia y yo subimos al auto.
El hombre se quedó.
Yo recordaba eso.
Después ocurrió algo que no recordaba.
En la grabación, el hombre volvió a entrar.
Caminó hasta la secadora cinco.
Se quedó frente a ella.
La abrió.
El dueño adelantó unos segundos.
El hombre no se movía.
—¿Qué está haciendo?
No respondí.
Después él empezó a quitarse la chaqueta.
La dejó dentro de la secadora.
Luego los zapatos.
La correa.
Todo muy despacio.
El dueño volvió a pausar.
—¿Qué le pasa?
Yo sentía que algo estaba mal.
—Siga.
La grabación continuó.
El hombre se quedó de pie frente a la máquina.
Después levantó la cabeza y miró directamente hacia la cámara.
Estuvo así varios segundos.
Luego salió del encuadre.
—¿Por dónde se fue? —pregunté.
El dueño retrocedió.
No había salido por la puerta principal.
Tampoco aparecía caminando hacia el baño.
Simplemente abandonaba el campo de la cámara.
El video siguió.
Pasaron veinte minutos.
Nadie entró.
Entonces la puerta de la secadora cinco se abrió sola.
La chaqueta cayó al suelo.
Después los zapatos.
Después la correa.
El dueño detuvo el video.
—No quiero seguir viendo esto.
Yo tampoco.
Antes de irme pregunté si conocía al hombre.
No.
Dejé mi número por si regresaba.
Nunca me llamaron.
Alicia y yo seguimos hablando durante unas semanas.
Ella dejó de usar lavanderías automáticas.
Yo compré una lavadora usada.
Parecía que todo había terminado.
Tres meses después, Alicia me llamó cerca de la medianoche.
No saludó.
—Javier, ¿todavía tienes la camisa azul?
—Sí.
—Mírala.
—¿Qué pasa?
—Mírala ahora.
La saqué del armario.
La costura blanca seguía en el bolsillo.
—La tengo.
—Revisa la etiqueta.
Busqué el pequeño seis.
Ya no estaba.
En su lugar había otra cosa.
Una palabra impresa en letras pequeñas:
DEVUELTA.
Sentí frío.
—¿Qué dice la tuya?
Alicia tardó en responder.
—Lo mismo.
Guardamos silencio.
Después escuché algo al otro lado de la llamada.
Una secadora.
Girando.
—¿Dónde estás?
—En mi departamento.
El sonido continuaba.
—¿Tienes secadora?
—No.
Su voz cambió.
—Viene del pasillo.
Le dije que no saliera.
Alicia tampoco quería hacerlo.
El ruido duró aproximadamente un minuto.
Después se detuvo.
No ocurrió nada más.
A la mañana siguiente encontró el suéter crema doblado frente a su puerta.
El mismo que tenía dentro del departamento.
Esta vez no lo recogió.
Llamó al administrador.
Cuando él llegó, ya no estaba.
Esa fue la última vez que hablamos del tema.
Han pasado casi cuatro años.
Conservo la camisa azul, aunque nunca volví a ponérmela.
No sé por qué no la tiré.
Tal vez porque todavía necesito tener algo que demuestre que aquella noche ocurrió.
La etiqueta sigue diciendo DEVUELTA.
Hace dos meses cerraron la lavandería.
Pasé frente al local hace unos días.
Las ventanas estaban cubiertas con papel y habían retirado el letrero.
Me detuve.
No debería haberlo hecho.
Una esquina del papel se había despegado.
A través del vidrio podía verse parte del interior.
Las lavadoras ya no estaban.
Las sillas tampoco.
Solo quedaban las seis secadoras.
Me acerqué.
Todas estaban abiertas excepto una.
La número seis.
Detrás del vidrio había una camisa azul.
No una parecida.
La mía.
La costura blanca del bolsillo era visible incluso desde la calle.
Miré mi reflejo en el vidrio.
Ese día llevaba otra camisa.
Pensé en marcharme.
Entonces la secadora seis comenzó a girar.
No había electricidad en el local.
La camisa dio varias vueltas.
Después apareció otra prenda detrás de ella.
Una casaca que reconocí.
Era la que llevaba puesta en ese momento.
Retrocedí.
La máquina siguió girando.
Vi mi pantalón.
Mis zapatos.
Después algo blanco golpeó el vidrio desde dentro.
Una tarjeta.
La secadora se detuvo.
La tarjeta quedó apoyada contra la puerta.
Era un fotocheck.
Tenía mi fotografía.
Mi nombre.
Y debajo, donde normalmente aparecía mi puesto de trabajo, había una sola palabra:
RECIBIDO.
No esperé a ver qué más había dentro.
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