
El psicólogo me hizo la misma pregunta que en las sesiones anteriores:
—¿Por qué les tienes miedo a los payasos?
Miré el reloj de la pared. Faltaban doce minutos para que terminara la consulta. Le conté otra vez lo que pasó la Navidad en que cumplí ocho años. Sé que no me cree. Aun así, cada semana vuelvo a contárselo, por si algún día escucha la historia completa.
Mis padres y yo celebrábamos la Navidad en casa. Habíamos cenado juntos, abierto los regalos y tomado fotos frente al árbol. Yo estaba contento. Hacía semanas que quería un payaso de juguete, de esos con traje rojo, botones dorados y una sonrisa pintada que parecía demasiado grande para su cara.
Lo encontré en una caja bajo el árbol.
—Ábrelo —dijo mi padre—. Lo elegimos pensando en ti.
Saqué el papel de regalo. El payaso venía dentro de una caja de cartón, sentado en un pequeño taburete. Tenía los ojos azules, la boca roja y una cuerda de plástico en la espalda.
Tiré de ella.
El juguete inclinó la cabeza y dijo:
—Hola, amigo. Te sacaré una sonrisa.
Me reí. Mis padres también. Mi madre me pidió que lo pusiera junto a los otros regalos para tomar una foto. El payaso quedó sentado en el suelo, a los pies del árbol, con los brazos abiertos.
Después de la cena lo llevé a mi habitación. Lo puse en la caja para que no se llenara de polvo y dejé la caja junto a la cama. Antes de dormir, volví a tirar de la cuerda.
—Hola, amigo. Te sacaré una sonrisa.
La voz sonaba igual que en la sala. El payaso no se movió más. Cerré la caja y apagué la luz.
Me desperté varias horas después.
La habitación estaba oscura, salvo por la luz del pasillo que entraba debajo de la puerta. Escuché un roce en el suelo. Al principio pensé que uno de mis juguetes se había caído. Luego oí el sonido de algo arrastrándose desde la caja.
Me incorporé.
La tapa de la caja estaba levantada.
El payaso estaba de pie junto a ella.
No había oído pasos. No recordaba haber abierto la caja. El juguete estaba orientado hacia mí, con la cabeza inclinada y los brazos extendidos.
Me quedé quieto, mirando su cara. Sus ojos, que durante el día eran azules, reflejaron un punto rojo. Parpadeé y el brillo desapareció.
—¿Mamá? —llamé.
No hubo respuesta.
Volví a mirar el lugar donde estaba el payaso. Ya no lo vi.
Me bajé de la cama y encendí la lámpara. La caja estaba junto a la pared, con la tapa abierta. Miré debajo de la cama y detrás de la puerta. No estaba allí.
Corrí al cuarto de mis padres. Golpeé la puerta varias veces.
—Mamá. Papá.
No respondieron. Oía el zumbido de la calefacción y el árbol de Navidad crepitando suavemente en la sala, pero no los pasos de mi madre ni la voz de mi padre.
Me quedé esperando frente a la puerta. No quería abrirla sin permiso. Volví a llamar.
Entonces escuché la voz del payaso, detrás de mí.
—Hola, amigo. Hoy te sacaré una sonrisa. No te escondas.
Me di vuelta.
El juguete estaba al final del pasillo. La sonrisa roja brillaba bajo la luz del árbol. Di un paso hacia atrás, choqué con la puerta de mis padres y giré la manija.
Estaba abierta.
Entré y encendí la luz.
No voy a describir lo que vi. Tenía ocho años. Solo recuerdo que el cuarto olía a hierro y que mi madre estaba en el suelo, inmóvil, junto a la cama. Mi padre no se movía tampoco.
Grité hasta que me dolió la garganta.
Los vecinos llamaron a la policía. Llegaron paramédicos y agentes. Me llevaron a la sala mientras registraban la casa. Yo les repetía que había sido el payaso. Les señalé el pasillo, la caja y el árbol.
No encontraron ningún juguete.
La caja seguía en mi habitación, abierta y vacía. Revisaron los armarios, debajo de las camas, el patio y el garaje. No hallaron señales de que alguien hubiera forzado una ventana. Tampoco se llevaron dinero ni objetos de valor.
La policía dijo que un intruso había entrado y que yo, por el miedo, había confundido lo ocurrido con una pesadilla. Mi tía me llevó a vivir con ella. Durante meses dormí con la luz encendida y una silla contra la puerta.
A veces despertaba con la sensación de oír la cuerda del juguete. No escuchaba la frase completa. Solo el clic del mecanismo y el comienzo de la voz.
Mi tía decía que la casa estaba vacía y que yo necesitaba descansar.
Un año después, durante una limpieza, encontré el papel de regalo bajo mi cama. Estaba arrugado, con una mancha roja en una esquina. Se lo mostré a mi tía. Ella lo miró, lo puso en una bolsa y lo llevó a la basura.
Esa noche volví a oír la cuerda.
El sonido venía del armario.
Mi tía dormía en la habitación de al lado. Me levanté y fui a despertarla. No llegué a tocar su puerta. Desde el interior del armario, el juguete dijo:
—Hola, amigo. Te sacaré una sonrisa.
Me escondí debajo de las sábanas hasta que amaneció. Al día siguiente, mi tía vació el armario. No encontró nada.
Cuando cumplí dieciséis años, ella ya no podía cuidarme. Empecé a tener ataques de pánico y a escuchar la voz en lugares donde no había juguetes. Una vez salí corriendo de una tienda porque vi un payaso de plástico en una vitrina. Tropecé con la puerta y me abrí la frente.
La gente creyó que estaba perdiendo la razón.
Ahora estoy aquí. El psicólogo me pregunta por qué les tengo miedo a los payasos. Yo le cuento lo mismo. Él escribe algo en su libreta y dice que los recuerdos pueden mezclarse con los sueños, sobre todo después de un trauma.
No discuto con él. Solo le pido que no deje cajas de juguetes en el consultorio.
La semana pasada, mientras terminaba de contarle la historia, escuché un clic detrás del escritorio. El psicólogo dejó de escribir.
—¿Qué fue eso? —pregunté.
—Nada —dijo.
Miró debajo del escritorio y volvió a sentarse. No encontró nada. Yo tampoco. Pero antes de salir, vi una mancha roja en el puño de su camisa, fina y recta, como un corte hecho por una hoja de papel.
Hoy volví a mirar el reloj. Faltaban doce minutos para que terminara la consulta.
El psicólogo me preguntó otra vez:
—¿Por qué les tienes miedo a los payasos?
Desde el pasillo llegó un clic de cuerda.
El psicólogo alzó la cabeza. Esta vez también lo había oído.
Ninguno de los dos habló. La manija de la puerta bajó despacio y volvió a su sitio.
El psicólogo se quedó con la pluma suspendida sobre la libreta. Yo no aparté la vista de la puerta.
Desde el otro lado, la voz del payaso dijo:
—Hola, amigo. Ya casi termino.
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