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La piscina no termina donde debería

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
La piscina no termina donde debería

La escalera no estaba allí cuando Tomás cerró la piscina el viernes.

De eso estaba seguro.

Había trabajado como salvavidas en el complejo municipal durante seis años y conocía cada detalle del lugar: las doce lámparas del techo, las manchas de humedad sobre los vestidores, el mosaico desprendido junto al carril tres y las dos escaleras metálicas que permitían entrar al agua por los extremos.

Dos.

No tres.

Por eso se quedó mirando la nueva durante varios segundos cuando llegó el lunes a las seis y media de la mañana.

Estaba instalada junto al carril cinco.

Dos tubos de acero descendían desde el borde y se curvaban sobre el agua como cualquier escalera de piscina.

Parecía vieja.

Más vieja que el edificio.

Tomás dejó su mochila en la silla del salvavidas y llamó a mantenimiento.

—¿Instalaron una escalera durante el fin de semana?

Ramiro tardó en responder.

—¿Cuál?

—La del carril cinco.

—Ahí siempre hubo una.

Tomás miró hacia ella.

—No.

—Claro que sí.

—Ramiro, el viernes no estaba.

—Entonces no la viste.

Tomás estuvo a punto de discutir.

No valía la pena.

A las siete comenzaron a llegar los primeros usuarios.

Dos jubilados que nadaban antes del desayuno.

Una mujer que hacía rehabilitación.

Tres jóvenes del equipo local.

Nadie prestó atención a la escalera.

Tomás terminó convenciéndose de que quizá realmente la había olvidado.

Eso duró hasta que empezó la limpieza del fondo.

La piscina tenía dos metros en su parte más profunda.

Tomás lo sabía no solo por los carteles. Había ayudado a vaciarla varias veces.

A media mañana tomó una pértiga para retirar una pulsera que alguien había dejado caer.

Mientras caminaba junto al carril cinco, miró hacia la escalera nueva.

Los primeros peldaños se veían con claridad bajo el agua.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Tomás se detuvo.

La mayoría de las escaleras terminaban después del cuarto.

Aquella continuaba.

Cinco.

Seis.

Siete.

Entrecerró los ojos.

Los peldaños seguían descendiendo.

La refracción podía engañar.

Se inclinó sobre el borde.

Ocho.

Nueve.

Más abajo el agua se volvía oscura.

La piscina tenía dos metros.

Aquella escalera parecía hundirse mucho más.

Tomás tomó la pértiga.

La extendió verticalmente junto a los peldaños.

El extremo tocó el fondo donde debía hacerlo.

Dos metros.

Pero la escalera continuaba por debajo de ese punto.

No atravesaba el suelo.

Eso habría sido absurdo.

Simplemente parecía seguir descendiendo detrás de la parte visible del fondo.

Como si el piso de la piscina no estuviera en el mismo lugar cuando se miraba a través de aquella abertura entre los tubos.

Tomás cambió de ángulo.

Ahora veía únicamente cuatro peldaños y el mosaico azul.

Volvió al punto anterior.

La profundidad regresó.

Sintió una incomodidad inmediata.

—Tomás.

La voz de Sandra, una instructora, lo hizo enderezarse.

—¿Qué haces?

—Mira esto.

Ella se acercó.

—¿Qué?

—La escalera.

Sandra observó.

—¿Está floja?

—¿Cuántos peldaños ves?

Ella frunció el ceño.

—No sé. Cuatro.

Tomás volvió a inclinarse.

Veía al menos nueve.

—Ponte aquí.

Intercambiaron lugares.

Sandra miró.

—Cuatro.

—¿No sigue?

—No.

Tomás regresó a su posición.

La escalera terminaba ahora en el cuarto peldaño.

El fondo estaba donde debía.

Sintió alivio.

—Nada.

Sandra lo miró como si esperara una explicación.

—Reflejo.

Ella siguió trabajando.

Tomás intentó hacer lo mismo.

A las once vio a un hombre utilizar la escalera.

Era un usuario habitual llamado Ernesto.

Entró al agua sujetándose de los pasamanos.

Primer peldaño.

Segundo.

Tercero.

El agua le llegó a la cintura.

Luego al pecho.

Ernesto soltó la escalera y comenzó a nadar.

Normal.

Tomás respiró.

Diez minutos después lo vio salir por el extremo opuesto.

No volvió a pensar en ello hasta la tarde.

Una mujer se acercó al puesto.

—Disculpa.

—Sí.

—¿Dónde están los vestidores de abajo?

Tomás creyó no haber entendido.

—¿Cuáles?

—Los de abajo.

—Solo hay vestidores junto a recepción.

La mujer señaló la piscina.

—Los que están después de la escalera.

Tomás la miró.

—No hay vestidores abajo.

Ella se rio.

—Claro que sí. Acabo de salir de ahí.

Llevaba el cabello mojado.

Una toalla alrededor de los hombros.

Tomás miró hacia el carril cinco.

—¿Por cuál escalera bajó?

La mujer señaló la nueva.

—Esa.

Tomás sintió frío.

—¿Entró a la piscina por ahí?

—Sí.

—¿Desde dónde?

La mujer dejó de sonreír.

—Desde los vestidores.

—Señora, esa escalera está dentro de la piscina.

Ella miró.

Durante unos segundos pareció desorientada.

Después observó su propia ropa mojada.

—Sí.

—¿Recuerda haber nadado?

La mujer frunció el ceño.

—Por supuesto.

Se alejó antes de que Tomás pudiera preguntar más.

Aquel comentario se quedó con él.

Esa noche habló con Ramiro.

—Necesito saber quién instaló la escalera del carril cinco.

—Otra vez con eso.

—¿Quién?

—Nadie.

—Entonces revisa los planos.

Ramiro abrió una carpeta en la computadora de mantenimiento.

Encontraron el plano original.

Piscina rectangular.

Dos escaleras.

Una en cada extremo.

Nada en el carril cinco.

Ramiro dejó de bromear.

—Tal vez la agregaron después.

Buscaron reformas.

No apareció.

—La quitamos mañana —dijo Ramiro.

Eso tranquilizó a Tomás.

Llegó a las seis del día siguiente.

Ramiro ya estaba junto a la piscina con herramientas.

—Ven a ver esto.

Los tornillos que fijaban la escalera al borde estaban completamente cubiertos por el material del suelo.

No parecían atornillados.

Parecían formar parte de la estructura.

—¿Cómo la sacamos? —preguntó Tomás.

Ramiro tocó uno de los tubos.

—Cortando.

Fue a buscar una herramienta.

Mientras esperaba, Tomás miró hacia el agua.

Los peldaños descendían.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Cinco.

Seis.

Aquella mañana pudo ver hasta el doce.

En el último comenzaba una oscuridad azul.

Algo se movió allí abajo.

Tomás retrocedió.

No era una persona.

Solo una forma clara que cruzó detrás de la escalera.

Pensó en un reflejo.

Entonces una mano apareció desde abajo.

Se aferró al duodécimo peldaño.

Tomás se quedó inmóvil.

La mano subió al undécimo.

Luego otra apareció.

Alguien ascendía.

—¡Ramiro!

Los movimientos continuaron.

Diez.

Nueve.

Ocho.

Una cabeza comenzó a distinguirse bajo el agua.

Tomás se preparó para entrar.

La figura subió.

Era Ernesto.

El hombre que había nadado el día anterior.

Emergió junto al borde, respiró profundamente y subió por la escalera.

Tomás lo miraba sin comprender.

—¿Está bien?

Ernesto se secó la cara.

—Sí.

—¿Cuánto tiempo lleva ahí?

—¿Dónde?

—En el agua.

—Un rato.

—Lo vi ayer.

Ernesto sonrió.

—Ayer no vine.

Tomás sintió una presión en el estómago.

—Sí vino.

—Trabajo los martes. Nunca vengo a nadar los martes.

Era miércoles.

Tomás miró el reloj.

—¿Qué día cree que es?

Ernesto respondió sin dudar:

—Lunes.

Ramiro regresó con la herramienta.

—¿Qué pasa?

Tomás señaló al hombre.

—Nada.

No sabía cómo explicarlo.

Ernesto recogió sus cosas y se marchó.

Ramiro intentó cortar uno de los tubos.

La herramienta no dejó ni una marca.

Probó durante varios minutos.

Nada.

—¿Qué metal es este?

—No sé.

—Parece acero.

—Pues no lo corta.

Ramiro finalmente llamó al administrador.

El administrador llegó una hora después.

Miró la escalera.

—¿Qué problema tiene?

Tomás explicó que no figuraba en los planos.

El hombre la observó.

—¿Seguro?

Ramiro mostró los documentos.

El administrador se encogió de hombros.

—Entonces actualicen el plano.

—Queremos retirarla.

—¿Por qué?

Tomás no quería decir que parecía bajar más profundo que la piscina.

Sonaría absurdo.

—Es un riesgo.

El administrador hizo una prueba con las manos.

—Está firme.

Y ahí terminó la discusión.

Los días siguientes Tomás empezó a observar quién utilizaba aquella escalera.

La mayoría entraba y salía normalmente.

Pero algunos hacían cosas que no tenían sentido.

Un adolescente se sumergió por el carril cinco y no reapareció durante casi un minuto.

Tomás estaba a punto de lanzarse cuando el muchacho salió por la escalera del extremo opuesto.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Dónde estabas?

—Nadando.

No parecía agotado.

Otro día, una mujer entró por la escalera nueva llevando una gorra roja.

Veinte minutos después salió por recepción completamente seca.

Tomás la siguió.

—Señora.

Ella se giró.

—¿Sí?

—¿No estaba nadando?

—No.

—La vi entrar al agua.

La mujer miró su ropa.

—Vine a preguntar por los horarios.

No llevaba traje de baño.

Tomás regresó corriendo.

La gorra roja flotaba junto al carril cinco.

A partir de entonces comenzó a anotar.

Hora.

Persona.

Entrada.

Salida.

Algo no coincidía.

Algunos usuarios aparecían dos veces.

No simultáneamente.

Entraban un día y salían al siguiente convencidos de que habían pasado minutos.

Otros entraban al agua y después aseguraban no haber nadado.

Una mujer salió preguntando por una hija que no había llevado consigo.

Un niño encontró una toalla con su nombre en un casillero que su familia nunca había utilizado.

Tomás no intentó construir una explicación.

Solo quería que cerraran la piscina.

La administración se negó.

No había accidentes.

No había denuncias.

Y, oficialmente, no ocurría nada.

Una tarde Tomás decidió comprobar una sola cosa.

Esperó al cierre.

Sandra estaba en recepción.

Ramiro revisaba bombas.

Tomás se quedó junto a la escalera.

Ató una cuerda larga a una pesa pequeña.

La dejó caer entre los peldaños.

Dos metros.

La pesa debería haber tocado fondo.

La cuerda siguió bajando.

Tres.

Cuatro.

Cinco metros.

Tomás dejó de respirar.

Ocho.

Diez.

Quince.

La cuerda continuaba.

Había preparado treinta metros.

Llegó al final.

La pesa no tocó nada.

—No puede ser.

Sandra apareció detrás.

—¿Qué haces?

Tomás le mostró.

—El fondo no está ahí.

—Claro que está.

—Sujeta.

Ella tomó la cuerda.

Tomás se inclinó.

La oscuridad comenzaba bajo el quinto peldaño.

—Tengo treinta metros abajo.

Sandra tiró.

La cuerda se tensó.

—Está enganchada.

—No.

Algo tiró desde abajo.

Una vez.

Los dos soltaron la cuerda.

Desapareció bajo el agua.

No flotó.

Fue absorbida hacia la profundidad.

Sandra retrocedió.

—Cierra la piscina.

—Eso intento.

—No. Ahora.

Aquella noche colocaron una cinta alrededor del carril cinco.

Al día siguiente la cinta estaba dentro del agua.

A casi tres metros de profundidad.

Aunque la piscina seguía teniendo dos.

El administrador finalmente aceptó vaciarla.

Cerraron el complejo durante veinticuatro horas.

Tomás estuvo presente cuando encendieron las bombas.

El nivel comenzó a bajar.

Un metro.

Metro y medio.

Dos.

Apareció el fondo completo.

Azulejos.

Desagües.

Las dos escaleras originales terminaban sobre el piso.

La nueva no.

Descendía dentro de un hueco rectangular.

Un espacio oscuro que ninguno había visto antes.

Parecía una abertura construida en el fondo de la piscina.

Ramiro se acercó.

—Eso no existe.

Tomás no respondió.

El agua siguió bajando dentro del hueco.

Los primeros peldaños quedaron expuestos.

Cinco.

Seis.

Siete.

La escalera continuaba hacia abajo.

El administrador llamó a Obras Municipales.

Llegaron dos técnicos.

Uno iluminó el hueco.

La luz no alcanzó el final.

—¿Hay un sótano?

—No —respondió Ramiro.

—¿Conductos?

—Debajo está la cimentación.

El técnico revisó los planos.

—Aquí no puede haber más de un metro de espacio estructural.

Tomás miró hacia abajo.

La escalera desaparecía en una oscuridad que parecía mucho más profunda.

—No bajen —dijo.

El técnico sonrió.

—Solo voy a mirar.

Se puso un arnés.

Descendió.

Primer peldaño.

Segundo.

Tercero.

Su compañero sujetaba la cuerda.

—Todo bien.

Bajó un poco más.

—Hay otro piso.

Todos se miraron.

—¿Qué? —preguntó Ramiro.

La voz llegó desde abajo.

—Veo baldosas.

Tomás sintió frío.

—Súbelo.

El técnico continuó.

—Parece otra piscina.

—Súbelo.

El hombre dejó de hablar.

La cuerda se aflojó.

Su compañero tiró.

—Carlos.

Nada.

Volvió a tirar.

La cuerda regresó.

El arnés estaba vacío.

No roto.

Vacío.

Nadie volvió a acercarse al hueco.

Llegaron bomberos.

Policía.

Personal municipal.

Cerraron el edificio.

Durante horas intentaron entender la estructura.

Introdujeron una cámara atada a un cable.

La imagen descendió por la escalera.

Tres metros.

Cinco.

Diez.

A los doce metros apareció luz.

No oscuridad.

Luz blanca.

La cámara siguió.

Mostró azulejos.

Agua.

Un techo.

Tomás miraba el monitor.

Era una piscina.

Otra.

Debajo de la suya.

Del mismo tamaño.

Los mismos carriles.

Las mismas lámparas.

Las mismas sillas.

Pero estaba llena de agua hasta el borde.

La cámara giró.

Había personas nadando.

Decenas.

Tomás reconoció algunas.

Ernesto.

La mujer de la gorra roja.

Usuarios habituales.

Otros que no conocía.

Todos nadaban tranquilamente.

Como si el lugar estuviera abierto.

—¿Esto es una grabación? —preguntó un policía.

Nadie respondió.

La cámara mostró la silla del salvavidas.

Había alguien sentado.

Tomás se acercó al monitor.

Era él.

La versión de abajo llevaba su uniforme.

Miraba la piscina.

De pronto levantó la cabeza.

Miró directamente hacia la cámara.

Tomás retrocedió.

La imagen falló.

Volvió unos segundos después.

La piscina inferior estaba vacía.

No había personas.

No había otro Tomás.

Solo agua inmóvil.

El jefe de bomberos ordenó retirar la cámara.

Mientras subía, algo apareció en la imagen.

Una escalera metálica.

En el extremo opuesto de aquella piscina.

Descendía todavía más.

La transmisión se cortó.

Esa noche sellaron el edificio.

Tomás se fue a casa.

No pudo dormir.

A las tres de la madrugada recibió una llamada de Sandra.

—Encendieron la piscina.

—¿Qué?

—Estoy viendo las cámaras.

—¿Por qué estás ahí?

—Me llamó el administrador.

—¿Qué pasa?

Sandra respiró rápidamente.

—Está llena otra vez.

Tomás se sentó.

—La vaciaron.

—Lo sé.

—¿Entró agua?

—No hay bombas funcionando.

—Entonces…

—Tomás.

Sandra bajó la voz.

—Hay gente nadando.

Él sintió frío.

—¿Quiénes?

—No sé.

—Sal de ahí.

—Hay algo más.

Silencio.

—¿Qué?

—Están saliendo por la escalera.

Tomás no quiso preguntar.

—Sandra.

—Uno detrás de otro.

—Sal.

—Pero no vienen de nuestra piscina.

La llamada se llenó de estática.

Después escuchó a Sandra decir:

—Están mojando el piso.

La comunicación se cortó.

Tomás llamó de nuevo.

Nada.

Fue hasta el complejo.

La policía ya estaba allí.

Las puertas principales estaban abiertas.

Había agua en el vestíbulo.

Una capa fina.

Como si muchas personas mojadas hubieran caminado hacia la salida.

Sandra estaba junto a una ambulancia.

Parecía ilesa.

Tomás corrió hacia ella.

—¿Qué pasó?

—Salieron.

—¿Quiénes?

Sandra lo miró.

—Los usuarios.

—¿Cuáles?

—Todos.

—No entiendo.

—Los que estaban abajo.

Tomás sintió frío.

—¿Adónde fueron?

Sandra señaló la calle.

—A sus casas, supongo.

—¿Los reconociste?

—A algunos.

—¿Y Carlos?

La expresión de Sandra cambió.

—El técnico.

Ella negó.

—No salió.

El complejo permaneció cerrado durante tres meses.

La municipalidad nunca explicó públicamente lo ocurrido.

Hablaron de una falla estructural.

Reformas.

Problemas con tuberías.

Cuando reabrieron, la escalera del carril cinco había desaparecido.

El fondo era sólido.

Tomás renunció.

No volvió a trabajar como salvavidas.

Durante un tiempo creyó que aquello había terminado.

Hasta que empezó a encontrarse con antiguos usuarios por la ciudad.

Ernesto lo saludó en un supermercado.

—Hace tiempo que no te veo.

—Dejé la piscina.

—Qué pena.

Tomás dudó.

—¿Te acuerdas de aquella escalera?

Ernesto pareció confundido.

—¿Cuál?

Tomás decidió no insistir.

Después vio a la mujer de la gorra roja.

Más tarde a otros.

Todos parecían normales.

Solo había algo extraño.

Algunas veces se cruzaba con alguien que recordaba haber visto salir de la piscina aquella madrugada.

La persona lo miraba.

Sonreía.

Y preguntaba:

—¿Ya arreglaron la de arriba?

Tomás nunca sabía qué responder.

Pasaron casi dos años.

Una mañana recibió una llamada de Ramiro.

—Necesito que vengas.

—No trabajo ahí.

—Lo sé.

—Entonces no.

—La piscina está cerrada.

Tomás guardó silencio.

—¿Qué pasó?

—No hay agua.

—¿La vaciaron?

—No.

—¿Una fuga?

—Ven.

Tomás no quería.

Fue.

El complejo estaba vacío.

La piscina también.

No quedaba una gota.

El fondo azul estaba seco.

Ramiro esperaba junto al carril cinco.

—Mira.

La escalera había regresado.

Pero esta vez no descendía.

Subía.

Dos tubos metálicos nacían del fondo de la piscina vacía y ascendían hacia el borde.

Tomás tardó unos segundos en entender qué estaba viendo.

—Eso es normal.

Ramiro negó.

—Mírala desde aquí.

Tomás bajó a la piscina.

Desde el fondo, la escalera parecía conducir hacia arriba.

Primer peldaño.

Segundo.

Tercero.

Cuarto.

Después continuaba.

Por encima del borde.

Más allá del techo.

Los peldaños ascendían dentro de una abertura que no debía existir.

Una columna rectangular de agua suspendida verticalmente sobre ellos.

Tomás levantó la cabeza.

Dentro de aquella agua había personas nadando.

Por encima de la piscina.

Como si para ellas la gravedad estuviera en otra dirección.

Ramiro retrocedió.

—La encontramos así esta mañana.

Tomás reconoció las lámparas del otro lado.

Una piscina invertida.

Exactamente sobre la suya.

Alguien se acercó desde arriba.

Nadó hacia la escalera.

Comenzó a bajar.

No.

Desde su perspectiva, estaba subiendo.

Tomás distinguió el uniforme.

Silbato.

Camiseta roja.

Era él.

La otra versión de Tomás descendió lentamente por los peldaños.

Se detuvo a varios metros.

Lo miró desde dentro del agua suspendida.

Después levantó una mano.

Señaló hacia atrás.

Hacia el interior de aquella piscina imposible.

Tomás miró.

Había muchas personas reunidas junto al borde.

No nadaban.

Esperaban.

Detrás de ellas se veía otra escalera.

Que continuaba todavía más arriba.

Tomás retrocedió.

La otra versión golpeó dos veces uno de los peldaños.

Luego señaló a Tomás.

Después señaló hacia abajo.

Al fondo seco de la piscina municipal.

Ramiro susurró:

—¿Qué quiere?

Tomás no respondió.

Algo comenzó a sonar debajo de sus pies.

Un golpeteo metálico.

Ambos miraron hacia el fondo.

El mosaico se estaba hundiendo alrededor de un rectángulo.

Primero apareció un tubo.

Después otro.

Otra escalera emergía desde abajo.

Una que descendía.

Ahora tenían una sobre ellos.

Y otra bajo sus pies.

Ramiro corrió hacia el borde.

Tomás lo siguió.

Antes de salir, escuchó agua.

No venía de las tuberías.

Venía de arriba y de abajo al mismo tiempo.

Las dos aberturas empezaron a llenarse.

Tomás alcanzó el borde.

Ramiro también.

Subieron.

El agua apareció de golpe dentro de la piscina vacía.

Pero no cayó desde ningún sitio.

Simplemente estaba allí.

Hasta el borde.

Tomás miró hacia el carril cinco.

La escalera parecía normal otra vez.

Cuatro peldaños.

Fondo visible.

Dos metros de profundidad.

Ramiro respiraba con dificultad.

—Ciérrala.

Tomás negó.

—No sirve.

—Entonces ¿qué hacemos?

Tomás miró el agua.

Una mujer nadaba tranquilamente en el carril dos.

Ninguno la había visto entrar.

Luego apareció un hombre en el tres.

Después otro en el cuatro.

Cada vez había más personas.

Todos nadaban como si la piscina hubiera estado abierta desde hacía horas.

Tomás reconoció algunos rostros.

Otros no.

Una niña salió por una de las escaleras originales acompañada por su madre.

Ambas pasaron junto a ellos.

La madre sonrió.

—Buenos días.

Tomás no respondió.

La mujer señaló hacia el agua.

—La piscina de abajo está muy llena hoy.

Siguió caminando antes de que pudiera preguntarle nada.

Ramiro miró a Tomás.

—¿La escuchaste?

Él asintió.

Se marcharon.

La piscina volvió a cerrar.

Esta vez definitivamente.

El edificio fue demolido un año después.

Tomás fue a ver los trabajos desde lejos.

Las máquinas retiraron el techo.

Las paredes.

Los vestidores.

Finalmente rompieron el vaso de la piscina.

Debajo encontraron tierra compacta.

Tuberías.

Concreto.

Nada más.

No había sótanos.

No había otra piscina.

No había ningún espacio donde pudiera caber una escalera de treinta metros.

Tomás pensó que aquello sería suficiente para terminar con sus dudas.

No lo fue.

Durante la demolición, uno de los obreros encontró algo enterrado varios metros bajo la piscina.

Una placa metálica.

Pequeña.

Oxidada.

Tomás la vio cuando la dejaron junto a los escombros.

Tenía una flecha.

Y cuatro palabras:

PISCINA SUPERIOR.

ACCESO POR ESCALERA.

Tomás no preguntó qué significaba.

Se fue antes de que terminaran de excavar.

Meses después construyeron un estacionamiento en el terreno.

Tomás nunca volvió.

Pero algunas noches todavía sueña con aquella escalera.

En el sueño desciende.

No importa cuántos peldaños baja.

Siempre hay otra piscina debajo.

En cada una encuentra personas nadando.

Algunas lo reconocen.

Otras no.

Y en todas existe otra escalera que continúa hacia la siguiente.

Hace una semana despertó después de uno de esos sueños.

Fue al baño.

Abrió la ducha.

Mientras esperaba que calentara el agua, miró hacia el desagüe.

Había dos barras metálicas bajo la rejilla.

Paralelas.

Tomás cerró el agua.

Se arrodilló.

Miró otra vez.

No eran tuberías.

Eran pasamanos.

Muy pequeños desde esa distancia.

Más abajo distinguió el primer peldaño.

Después el segundo.

Después el tercero.

Tomás se alejó.

No volvió a utilizar esa ducha.

Ayer el vecino del departamento inferior tocó su puerta.

Nunca habían hablado demasiado.

—Disculpa.

Tomás sintió miedo antes de que el hombre terminara.

—¿Sí?

—¿Tienes una piscina arriba?

Tomás no respondió.

El vecino sonrió, avergonzado.

—Sé que suena absurdo, pero desde hace días escuchamos gente nadando sobre nuestro techo.

Tomás cerró lentamente la puerta.

Desde el baño llegó un sonido.

Agua moviéndose.

Después una mano mojada se cerró alrededor del borde del desagüe.

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El final no tiene por qué ser el final

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