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La mano del clóset no intentaba salir

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
La mano del clóset no intentaba salir

La mano no intentaba salir del clóset.

Mauricio tardó casi toda la noche en comprenderlo.

Para entonces ya había dormido junto a ella.

La tormenta comenzó poco después de las nueve.

Primero fue una lluvia gruesa que golpeaba el parabrisas con tanta fuerza que los limpiadores apenas conseguían mantener visible la carretera. Después llegaron los truenos, el viento y pequeñas corrientes de agua que empezaron a cruzar el asfalto desde las laderas.

Mauricio redujo la velocidad.

Conducía desde hacía casi seis horas y todavía le quedaban dos para llegar a la ciudad.

No tenía intención de detenerse.

Cambió de opinión cuando el motor perdió fuerza.

El auto respondió una vez.

Después otra.

Finalmente se apagó.

Mauricio logró moverlo hasta un ensanche de tierra junto a la carretera.

Intentó encenderlo.

Nada.

Volvió a intentarlo.

El tablero iluminó su rostro durante unos segundos antes de quedar otra vez oscuro.

—Perfecto.

Tomó el teléfono.

La señal aparecía y desaparecía.

Logró enviar un mensaje a su hermano indicando aproximadamente dónde estaba, aunque no supo si había salido.

Esperó dentro del vehículo durante casi veinte minutos.

La lluvia empeoró.

Entonces vio una luz.

No estaba seguro de haberla visto antes.

Un resplandor amarillento entre los árboles, unos cientos de metros más adelante.

Mauricio tomó su mochila, cerró el auto y comenzó a caminar.

El agua le empapó la ropa en menos de un minuto.

La luz provenía de un pequeño hospedaje junto a la carretera.

No tenía letrero luminoso.

Solo una construcción de dos pisos, antigua pero cuidada, con un techo amplio y una lámpara encendida sobre la entrada.

Mauricio tocó.

Una mujer de unos sesenta años abrió.

—Buenas noches.

—Perdone la hora. Mi auto quedó varado más atrás.

La mujer observó la tormenta.

—Entre.

El interior olía a madera y café.

Había una pequeña recepción, una sala con dos sillones y una escalera que conducía al segundo piso.

—¿Tiene teléfono?

—La línea se cae con las tormentas.

Mauricio revisó el suyo.

Sin señal.

—¿Alguna habitación?

—Sí.

La mujer le entregó una toalla.

—Puede quedarse hasta mañana. Cuando pase la lluvia normalmente vuelve la cobertura.

Mauricio pagó.

La mujer le dio una llave con una placa metálica.

7.

—Al fondo del pasillo.

Mauricio agradeció y comenzó a subir.

—Una cosa.

Se detuvo.

La mujer señaló hacia arriba.

—La madera se hincha cuando llueve. Algunas puertas se abren solas.

Mauricio sonrió.

—Mientras no se abra la de la calle.

La mujer también sonrió.

—Esa tiene cerrojo.

Mauricio siguió subiendo.

La habitación siete era pequeña.

Una cama matrimonial.

Una mesa.

Una silla.

Un baño.

Una ventana orientada hacia la carretera.

Y un clóset empotrado en la pared.

Una de sus puertas estaba ligeramente abierta.

Mauricio dejó la mochila junto a la cama.

Recordó lo que había dicho la mujer.

La madera.

Se acercó al clóset y empujó la puerta.

Cerró con un golpe suave.

Después se quitó la ropa mojada, se secó y se puso una camiseta que llevaba en la mochila.

Intentó revisar el teléfono.

Sin señal.

Se acostó.

Durante varios minutos escuchó la lluvia.

El techo crujía ocasionalmente.

Las ramas rozaban alguna parte de la fachada.

Nada especialmente extraño.

Mauricio estaba a punto de dormirse cuando escuchó un roce.

Abrió los ojos.

Esperó.

Otro roce.

Venía del clóset.

Encendió la lámpara.

La puerta estaba abierta otra vez.

No mucho.

Quizá cinco centímetros.

Mauricio suspiró.

—La madera.

Se levantó.

Caminó hasta el clóset.

Cuando estaba a dos pasos, se detuvo.

Había algo en la abertura.

Al principio creyó que era una prenda.

Después distinguió los dedos.

Una mano.

Mauricio retrocedió.

Cinco dedos humanos rodeaban el borde interior de la puerta.

No veía el brazo.

Solo la mano.

Pálida bajo la luz amarillenta.

Durante varios segundos ninguno de los dedos se movió.

Mauricio tampoco.

Su primera reacción fue absurda.

Pensó que alguien estaba escondido dentro.

—¿Hola?

No hubo respuesta.

—¿Quién está ahí?

La mano permaneció inmóvil.

Mauricio miró hacia la puerta de la habitación.

Podía salir.

Debía salir.

Pero había algo tan imposible en aquella imagen que su cuerpo parecía haber olvidado cómo moverse.

Respiró.

—Voy a abrir.

No sabía por qué avisaba.

Quizá porque una parte de él todavía esperaba encontrar a una persona.

Tomó una esquina de la puerta del clóset.

La mano desapareció.

No se retiró lentamente.

No vio los dedos soltarse.

En el instante en que Mauricio abrió, ya no estaba.

El clóset estaba vacío.

Mauricio encendió la linterna del teléfono.

Dos estantes.

Una barra metálica.

Tres ganchos de ropa.

Nada más.

Pasó la luz por todas partes.

Incluso golpeó la pared del fondo con los nudillos.

Sólida.

El clóset apenas tendría cincuenta centímetros de profundidad.

No había espacio para que alguien pudiera esconderse.

Mauricio miró debajo de la cama.

Nada.

Revisó el baño.

Vacío.

Abrió la puerta de la habitación.

El pasillo estaba desierto.

Pensó en bajar.

Despertar a la mujer.

Explicarle que había visto una mano.

La idea le produjo vergüenza casi inmediatamente.

Llevaba horas conduciendo.

Estaba cansado.

Había visto algo durante un relámpago, quizá una sombra creada por los ganchos.

Regresó al clóset.

Lo miró mejor.

Ninguna prenda.

Ningún objeto.

Cerró las puertas con fuerza.

Después colocó la silla frente a ellas.

No porque creyera realmente que hubiera algo dentro.

Eso se repitió varias veces.

Volvió a la cama.

Apagó la lámpara.

La tormenta continuaba.

Pasaron quizá veinte minutos.

Mauricio seguía despierto.

Entonces escuchó madera rozando madera.

Abrió los ojos.

La silla seguía en su lugar.

Pero una puerta del clóset estaba abierta detrás de ella.

Solo unos centímetros.

Mauricio encendió la lámpara.

La mano estaba allí otra vez.

Los mismos dedos.

Agarrados al borde.

La silla impedía que la puerta pudiera abrirse más.

Mauricio se incorporó lentamente.

Esta vez no intentó convencerse de nada.

Había una mano.

La estaba viendo.

—¿Qué quieres?

No respondió.

Mauricio tomó el teléfono.

Sin señal.

Miró hacia la salida.

Podía cruzar el cuarto sin acercarse al clóset.

Eso hizo.

Abrió la puerta y salió al pasillo.

Bajó las escaleras.

—¿Señora?

Nadie respondió.

La recepción estaba vacía.

—¿Hola?

Escuchó un reloj.

La lluvia contra los cristales.

El zumbido de un refrigerador en alguna habitación trasera.

No había nadie.

Mauricio se acercó al mostrador.

Encontró una pequeña campana.

La presionó.

El sonido se extendió por la planta baja.

Esperó.

Nada.

Volvió a tocar.

—¿Señora?

Seguía sin respuesta.

No iba a recorrer el hospedaje buscándola.

Pensó en quedarse en uno de los sillones.

Pero su mochila, sus llaves y su chaqueta estaban arriba.

Volvió.

El pasillo del segundo piso parecía más oscuro.

Mauricio llegó a la habitación siete.

La puerta había quedado abierta.

Desde allí podía ver el clóset.

La silla seguía bloqueándolo.

La mano ya no estaba.

Entró.

Tomó la mochila.

Guardó sus cosas rápidamente.

Cuando estaba buscando las llaves del auto escuchó el roce.

Se quedó quieto.

Miró hacia el clóset.

Los dedos habían regresado.

Esta vez los vio moverse.

Uno por uno.

No intentaban alcanzar nada.

Solo ajustaban el agarre sobre la puerta.

Mauricio sintió que el miedo cambiaba.

Hasta ese momento había pensado en algo intentando salir.

Ahora empezó a observar la mano de otra manera.

El pulgar.

Se acercó un poco.

No demasiado.

Miró.

El pulgar estaba en el lado equivocado.

Mauricio frunció el ceño.

Levantó su propia mano.

Imitó la posición.

Tardó unos segundos en entender.

Si alguien estuviera dentro del clóset agarrando la puerta para salir, el pulgar debería quedar visible del otro lado.

Pero aquella mano estaba orientada al revés.

Mauricio acercó su propia mano a la puerta de la habitación para comprobarlo.

Repitió el gesto.

Una vez.

Después otra.

Sintió que el cuerpo se le enfriaba.

La mano no estaba agarrando la puerta desde dentro.

Estaba agarrándola desde fuera.

Desde su lado.

Mauricio miró el espacio frente al clóset.

Vacío.

Volvió a observar los dedos.

Para que una persona pudiera colocar la mano de aquella manera tendría que estar de pie aproximadamente a medio metro de la puerta.

Exactamente en el lugar que Mauricio estaba mirando.

No había nadie.

La mano se movió.

La puerta avanzó un centímetro hacia el marco.

La estaba cerrando.

Mauricio retrocedió.

La silla frenó el movimiento.

Los dedos apretaron.

La madera crujió.

La silla se deslizó apenas sobre el piso.

Mauricio dio otro paso hacia atrás.

Entonces entendió algo todavía peor.

La primera vez había hecho exactamente lo contrario de lo que la mano quería.

La había abierto completamente.

Retiró la silla.

En cuanto lo hizo, la puerta comenzó a cerrarse.

Muy despacio.

La mano siguió sujetando el borde.

Mauricio observaba.

Treinta centímetros.

Veinte.

Diez.

Cuando la abertura quedó reducida a unos centímetros, la mano se detuvo.

No podía cerrar del todo sin quedar atrapada.

Los dedos permanecieron allí.

Mauricio ya no pensaba que algo estuviera encerrado dentro.

Pensaba en alguien invisible, parado frente al clóset, intentando mantenerlo cerrado.

Miró hacia la cama.

Después hacia el baño.

La puerta de salida estaba detrás de él.

No quería quedarse allí un segundo más.

Tomó la mochila.

Caminó hacia el pasillo.

Antes de salir volvió la cabeza.

La mano seguía sujetando la puerta.

—Está bien.

No sabía a quién hablaba.

—Déjalo cerrado.

Salió.

Bajó otra vez.

Esta vez decidió esperar en recepción.

Encontró una manta sobre uno de los sillones.

Se sentó.

Pasó casi una hora.

La mujer no apareció.

Mauricio empezaba a preguntarse si debía salir a la tormenta cuando escuchó pasos arriba.

Lentos.

Madera crujiendo.

Uno.

Después otro.

Mauricio se levantó.

Los pasos avanzaron por el segundo piso.

Se detuvieron.

Luego escuchó algo caer.

Un golpe breve.

Venía aproximadamente de su habitación.

Mauricio miró hacia la escalera.

No subió.

Minutos después apareció la mujer.

Salió desde una puerta pequeña detrás de la recepción.

Llevaba una bata y parecía recién despertada.

—¿Está todo bien?

Mauricio se puso de pie.

—La estuve llamando.

—Duermo atrás. Con la lluvia casi no escucho nada.

Mauricio señaló hacia arriba.

—Hay algo en la habitación.

La mujer lo miró sin comprender.

—¿Un animal?

—Una mano.

Esperó que ella reaccionara.

La mujer frunció ligeramente el ceño.

—¿Una mano?

—En el clóset.

Hubo unos segundos incómodos.

Mauricio supo cómo sonaba.

—Sé lo que vi.

—Está bien.

La mujer tomó una linterna de debajo del mostrador.

—Vamos a revisar.

Mauricio no quería.

Aun así la siguió.

Subieron.

El pasillo estaba vacío.

La puerta de la habitación siete seguía abierta.

Mauricio se quedó detrás de la mujer.

Ella entró.

Encendió la luz.

El clóset estaba cerrado.

Completamente cerrado.

No había mano.

La silla estaba tumbada junto a la pared.

La mujer abrió el clóset.

Vacío.

Mauricio sintió un impulso inmediato de detenerla.

Demasiado tarde.

—¿Ve?

Pasó la linterna por dentro.

Los mismos estantes.

La misma barra.

La misma pared.

—No hay nada.

Mauricio observó el borde de la puerta.

—La mano estaba aquí.

La mujer no se burló.

Tampoco pareció creerle.

—¿Quiere otra habitación?

—Quiero quedarme abajo.

—Como prefiera.

La mujer cerró el clóset.

Mauricio vio su mano sobre el borde.

Pulgar por fuera.

Dedos hacia dentro.

La posición correcta.

La comparó mentalmente con la otra.

Sintió otra vez aquel frío.

—Espere.

La mujer se detuvo.

—¿Qué ocurre?

Mauricio se acercó al clóset.

—Abra un poco.

—¿Para qué?

—Por favor.

Ella dejó una rendija.

Mauricio se colocó donde había estado la mano.

Imitó la postura.

Ahora no tenía ninguna duda.

—Era desde aquí.

—¿Cómo?

—La mano.

La mujer miró el lugar donde él estaba.

—No entiendo.

Mauricio apartó la mano.

—Yo creía que alguien estaba dentro.

La mujer observó el clóset.

—Pero no.

—No.

Mauricio miró el espacio vacío entre ambos.

—Alguien estaba aquí.

La mujer ya no respondió.

Por primera vez pareció incómoda.

No asustada.

Simplemente deseosa de terminar la conversación.

—Bajemos.

Mauricio recogió el resto de sus cosas.

Pasó la madrugada en recepción.

No volvió a escuchar pasos.

No vio la mano otra vez.

Cuando amaneció, la lluvia había disminuido.

También regresó la señal del teléfono.

Su hermano había respondido durante la noche y ya venía con ayuda.

Mauricio pagó la habitación.

La mujer le devolvió parte del dinero.

—Por las molestias.

—No hace falta.

—Insisto.

Mauricio guardó el billete.

Antes de salir miró hacia las escaleras.

—¿Le ha pasado antes?

La mujer entendió la pregunta.

Negó.

—No que yo sepa.

Mauricio esperaba otra respuesta.

Una historia.

Alguna advertencia.

Un huésped anterior.

No recibió nada.

Eso lo inquietó más.

Salió.

Su hermano llegó cuarenta minutos después con un mecánico.

El problema del auto resultó ser menor.

Mientras trabajaban, Mauricio podía ver el hospedaje a cierta distancia entre los árboles.

A plena luz del día parecía completamente ordinario.

Dos ventanas arriba.

Dos abajo.

Techo oscuro.

Una chimenea.

Entonces Mauricio notó algo.

Contó las ventanas.

Volvió a mirar el edificio.

La habitación siete estaba al final del pasillo, hacia el lado izquierdo.

Recordó perfectamente dónde estaba la ventana de su cuarto.

Hizo el recorrido mental.

Escalera.

Pasillo.

Habitación.

Cama.

Baño.

Clóset.

La pared donde estaba empotrado el clóset daba directamente al exterior.

Mauricio rodeó el hospedaje.

El terreno estaba húmedo.

Llegó al lateral correspondiente.

Encontró la ventana de su habitación.

A menos de un metro estaba la esquina del edificio.

No había espacio detrás del clóset.

Ni otra habitación.

Ni un hueco.

Solo pared exterior.

Mauricio se quedó observándola.

Eso confirmó algo que ya sabía.

La mano no podía haber venido de dentro.

Pero había otra cosa que todavía no entendía.

Si la persona invisible estaba en la habitación, frente al clóset, ¿por qué insistía tanto en mantener aquella puerta cerrada?

Mauricio regresó hasta el auto.

El mecánico estaba terminando.

—¿Todo bien?

—Sí.

Antes de subir, Mauricio miró una última vez hacia el hospedaje.

En la ventana de la habitación siete no había nadie.

La cortina estaba quieta.

La mujer había dejado la ventana abierta para ventilar.

Mauricio alcanzaba a distinguir parte de la habitación.

La cama.

La lámpara.

Y, al fondo, el clóset.

Una de las puertas estaba abierta.

Por completo.

Mauricio sintió que se le tensaban los hombros.

Esperó.

No ocurrió nada.

No apareció ninguna mano.

El clóset permaneció abierto.

Eso debería haberlo tranquilizado.

No lo hizo.

Porque entonces recordó el golpe que había escuchado desde recepción.

Los pasos en el segundo piso.

Y la silla tumbada contra la pared.

Durante toda la noche había pensado que aquella mano pertenecía a algo relacionado con el clóset.

Pero la mano nunca había intentado salir.

Tampoco había intentado entrar.

Había intentado cerrar la puerta.

Y cuando finalmente dejó de aparecer, el clóset había quedado abierto.

Mauricio subió al auto.

No volvió a mirar.

Durante el viaje intentó convencerse de que había malinterpretado todo.

Cansancio.

Tormenta.

Sombras.

Una noche extraña en un lugar desconocido.

Cualquier explicación servía mientras no tuviera que pensar en la otra posibilidad.

En que quizá el clóset nunca había sido el lugar donde estaba lo peligroso.

Quizá había sido el único lugar de la habitación donde algo intentaba encerrarlo.

Y aquella mano había sido lo único visible de quien todavía estaba tratando de mantener la puerta cerrada.

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