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La habitación 312 siempre necesita una cama ocupada

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
La habitación 312 siempre necesita una cama ocupada

Cuando Sonia llegó al tercer piso, alguien ya había limpiado la habitación 312.

Eso habría sido una buena noticia si no fuera porque la 312 llevaba cerrada desde antes de que ella comenzara a trabajar en el hospital.

El carrito quedó inmóvil en mitad del pasillo.

Sonia miró otra vez la hoja de tareas.

Habitación 309.

Habitación 310.

Baño de enfermería.

Habitación 312.

Debajo, escrito con bolígrafo azul:

Limpieza profunda.

No había firma.

Eran casi las once de la noche y estaba cubriendo sola la última parte del turno porque Mireya había faltado. El ala antigua del hospital permanecía medio vacía desde que varias áreas fueron trasladadas al edificio nuevo. En aquel piso apenas se utilizaban cinco habitaciones.

La 312 no era una de ellas.

Sonia lo sabía porque durante sus primeros meses había intentado abrirla por error.

La supervisora la detuvo antes de que metiera la llave.

—Esa no.

Nada más.

En otra ocasión preguntó por qué estaba cerrada.

Un enfermero respondió:

—Porque no se usa.

La respuesta habría bastado si no hubiera bajado la voz al decirla.

Ahora la puerta estaba entreabierta.

Una luz amarillenta salía por la rendija.

Sonia miró hacia el puesto de enfermería.

Vacío.

—¿Hola?

Nadie respondió.

Empujó la puerta.

La habitación tenía una sola cama.

Las sábanas estaban recién cambiadas.

Sobre la mesa había un vaso de plástico vacío y junto a la ventana descansaba un ramo de flores secas dentro de un jarrón.

Sonia frunció el ceño.

No era posible que aquella habitación estuviera abandonada.

Olía a desinfectante.

Habían limpiado el piso.

Incluso la papelera tenía una bolsa nueva.

Entró.

El aire era notablemente más frío que en el pasillo.

No pensó demasiado en ello. Los hospitales viejos tenían problemas con la ventilación.

Dejó el carrito junto a la puerta.

Entonces vio las huellas.

Había marcas húmedas junto a la cama.

Parecían hechas por pies descalzos.

Comenzaban al lado del colchón.

Tres pasos.

Cuatro.

Cinco.

Y terminaban frente a la pared.

Sonia se acercó.

No había ninguna puerta allí.

Solo pintura blanca.

Tocó una de las marcas con el trapeador.

Todavía estaba húmeda.

—Qué raro...

Sacó el teléfono y llamó a supervisión.

Nadie contestó.

Probó con el puesto de enfermería del segundo piso.

—Enfermería.

—Soy Sonia, de limpieza. Estoy arriba.

—¿Qué pasó?

—Tengo la 312 en mi lista.

Silencio.

Sonia miró la puerta.

—¿Hola?

—¿Quién te puso esa habitación?

—No sé.

—Sal.

El tono de la enfermera cambió por completo.

—¿Qué?

—Sal de ahí.

Sonia se quedó quieta.

—Pero está abierta.

La llamada terminó.

No se cortó.

La enfermera colgó.

Sonia tomó el carrito.

No tenía ninguna intención de quedarse.

Cuando llegó a la puerta vio algo que no había notado al entrar.

Un pequeño papel estaba pegado por dentro.

Parecía una hoja de control antigua.

PACIENTE:

FECHA DE INGRESO:

FECHA DE ALTA:

Los espacios estaban vacíos.

Excepto por una línea escrita a mano debajo.

NO DEJAR LA CAMA VACÍA.

Sonia leyó dos veces.

Detrás de ella sonó un crujido.

El colchón.

Se giró.

La cama seguía vacía.

Sin embargo, las sábanas ya no estaban completamente lisas.

Había una depresión junto a la almohada.

Como si alguien acabara de sentarse.

Sonia salió.

Cerró la puerta.

El corredor parecía mucho más silencioso.

Empujó el carrito hacia el ascensor.

A mitad del trayecto escuchó el timbre de llamada de una habitación.

Ding.

Miró el panel sobre el puesto de enfermería.

312.

La luz roja parpadeaba.

Sonia siguió caminando.

Ding.

312.

Apretó el botón del ascensor.

Nada.

Volvió a presionarlo.

Ding.

312.

El teléfono del puesto de enfermería comenzó a sonar.

Sonia no quería responder.

Sonó cuatro veces.

Cinco.

Seis.

Finalmente caminó hasta el escritorio.

—¿Sí?

No hubo respuesta.

Solo un sonido bajo.

Tela moviéndose.

Después una voz muy débil.

—Señorita...

Sonia apretó el auricular.

—¿Quién habla?

—¿Puede venir?

Sintió un escalofrío.

Era una mujer.

Mayor.

Parecía exhausta.

—¿Desde qué habitación llama?

La mujer no respondió.

Sonia miró la luz roja.

312.

—Necesito que alguien venga.

—No hay nadie hospitalizado en esa habitación.

Al otro lado comenzó una respiración lenta.

—Sí hay.

Sonia no respondió.

La mujer añadió:

—Siempre hay alguien.

La llamada terminó.

Sonia dejó el teléfono.

El ascensor finalmente llegó.

Las puertas se abrieron.

Entró con el carrito.

Presionó planta baja.

Las puertas comenzaron a cerrarse.

Entonces escuchó algo al fondo del pasillo.

Una puerta.

La 312 acababa de abrirse.

Sonia alcanzó a ver la luz amarilla.

Después las puertas del ascensor se cerraron.

Presionó varias veces el botón de planta baja.

El ascensor comenzó a bajar.

Tercer piso.

Segundo.

Se detuvo.

Las puertas se abrieron.

No era el segundo piso.

Era el mismo corredor.

Sonia reconoció inmediatamente el puesto de enfermería.

La misma pared.

La misma iluminación.

El número sobre la puerta más cercana.

309.

Miró el panel del ascensor.

Marcaba 2.

—No.

Cerró las puertas.

Pulsó planta baja.

El ascensor descendió.

Segundo.

Primero.

Planta baja.

Se abrió.

Otra vez el tercer piso.

Pero algo había cambiado.

Todas las puertas estaban cerradas.

Todas excepto la 312.

La luz interior permanecía encendida.

Sonia dejó el carrito dentro del ascensor y salió.

—¿Hay alguien?

Nada.

Caminó hacia las escaleras de emergencia.

Empujó la puerta.

Al otro lado debería haber una escalera.

Encontró un pasillo.

El mismo.

Sonia retrocedió.

La puerta se cerró.

Entonces escuchó ruedas.

Un carrito de hospital avanzaba lentamente detrás de ella.

Se giró.

Venía desde el extremo del corredor.

Nadie lo empujaba.

Era una silla de ruedas.

Vacía.

Avanzó unos centímetros.

Se detuvo.

Después volvió a moverse.

Sonia entró en el puesto de enfermería y buscó otro teléfono.

Marcó seguridad.

La llamada conectó.

—Seguridad.

—Estoy en el tercer piso. No puedo bajar.

—¿Qué ocurre?

—El ascensor no funciona y la escalera...

Miró hacia el corredor.

La silla estaba más cerca.

—Necesito que alguien suba.

—¿En qué sector?

—Ala antigua.

El guardia guardó silencio.

—¿Habitación?

—Estoy frente a la 312.

Silencio.

—¿Señor?

—Sonia, escúchame.

Ella no recordaba haberle dicho su nombre.

—¿Cómo sabe...?

—No entres otra vez.

—Ya entré.

El hombre respiró hondo.

—Entonces mira la cama.

—¿Qué?

—Desde donde estás. ¿Puedes verla?

La puerta de la 312 estaba abierta.

Desde el puesto de enfermería se veía parte del interior.

La cama quedaba fuera del ángulo.

—No.

—No regreses.

—¿Qué está pasando?

El guardia habló más bajo.

—¿La cama estaba vacía cuando entraste?

Sonia recordó la hoja pegada en la puerta.

NO DEJAR LA CAMA VACÍA.

—Sí.

Al otro lado no dijeron nada durante varios segundos.

—¿Por qué?

La llamada se cortó.

Sonia volvió a marcar.

No había tono.

Entonces escuchó su nombre.

—Sonia.

Venía de la habitación.

No era una voz extraña.

Era Mireya.

La compañera que había faltado aquella noche.

—Sonia.

Ella se acercó un paso.

—¿Mireya?

—Ayúdame.

Sonia se detuvo.

Mireya no estaba en el hospital.

—Estoy aquí.

La voz sonaba débil.

Asustada.

—No puedo levantarme.

Sonia recordó la llamada.

No entres otra vez.

Retrocedió.

—Sonia...

La voz empezó a llorar.

—Por favor.

La silla de ruedas se movió sola detrás de ella.

Sonia corrió hacia el ascensor.

Las puertas seguían abiertas.

Entró.

Presionó planta baja.

Nada.

La voz de Mireya llegó desde el pasillo.

—No me dejes.

Sonia presionó el botón otra vez.

La puerta de la 312 se abrió completamente.

La luz del interior parpadeó.

Entonces Sonia vio la cama.

Ya no estaba vacía.

Había alguien acostado bajo las sábanas.

Solo se distinguía la forma.

Cabeza.

Hombros.

Piernas.

Sonia dejó de tocar los botones.

La figura permaneció inmóvil.

La luz se apagó.

Cuando volvió, la cama estaba vacía.

Pero algo estaba ahora de pie junto a ella.

Una silueta oscura.

Demasiado alta.

Quietísima.

Sonia sintió que el estómago se le encogía.

Las luces volvieron a parpadear.

La figura ya no estaba junto a la cama.

Estaba en la puerta.

Sonia apretó el botón de cierre.

Nada.

La figura no avanzó.

Solo permaneció allí.

Después inclinó ligeramente la cabeza.

Sonia sintió una presión extraña detrás de los ojos.

Y escuchó una voz.

No en el corredor.

Dentro de ella.

—La cama no puede quedarse vacía.

Sonia retrocedió hasta golpearse contra la pared del ascensor.

La figura dio un paso.

La luz se apagó.

Volvió.

Otro paso.

Sonia apretó todos los botones.

La voz regresó.

—Alguien tiene que quedarse.

El ascensor cerró las puertas.

Sonia cayó sentada contra el carrito.

Sintió que descendía.

Esta vez no miró el panel.

Esperó.

Cuando las puertas se abrieron estaba en el lobby.

Dos guardias corrieron hacia ella.

Sonia salió tambaleándose.

—Cierren el ascensor.

—¿Qué pasó?

—No dejen que nadie suba.

Uno de los guardias la sostuvo.

—Sonia.

Ella levantó la mirada.

Era el hombre con quien había hablado.

—¿Qué había en la cama?

Sonia negó.

—Nada.

El guardia palideció.

—¿Y después?

—Algo.

Él cerró los ojos.

No preguntó más.

Al día siguiente Sonia renunció.

Durante semanas intentó averiguar qué había ocurrido en aquella habitación.

Solo encontró rumores.

Una paciente que había muerto sola muchos años atrás.

Un incendio pequeño.

Una enfermera desaparecida.

Historias distintas.

Ninguna parecía verdadera.

Hasta que habló con una antigua trabajadora del hospital.

La mujer tenía casi ochenta años.

Cuando Sonia mencionó la 312, dejó la taza sobre la mesa.

—¿Entraste?

Sonia asintió.

La mujer miró sus manos.

—Esa habitación no era para pacientes.

—¿Entonces para qué?

—Antes había seis camas ahí.

Sonia frunció el ceño.

La habitación apenas tenía espacio para una.

—Eso es imposible.

—Ahora.

La anciana continuó:

—Era una sala de observación. Gente que no tenía familia. Personas que esperaban traslado. Personas que nadie visitaba.

—¿Qué ocurrió?

—Una noche evacuaron el ala por una fuga de gas.

La mujer tardó en continuar.

—Olvidaron a uno.

Sonia sintió frío.

—¿Murió?

La anciana negó.

—Cuando regresaron, había seis pacientes.

—¿No había seis antes?

—Había cinco.

Sonia permaneció callada.

—¿Quién era el sexto?

—Nunca supieron.

—¿Y después?

La mujer la miró directamente.

—Desde entonces siempre faltaba una cama cuando contaban pacientes.

Aquello no tenía sentido.

—No entiendo.

—Si había cuatro personas, encontraban tres camas ocupadas.

—¿Y la cuarta?

—Decía que había alguien acostado con ella.

Sonia no volvió a investigar.

Pasaron ocho meses.

Consiguió trabajo limpiando oficinas.

Cambió de barrio.

Intentó olvidar el hospital.

Hasta una madrugada en que se despertó porque algo hundió el colchón.

Su habitación estaba oscura.

Sonia permaneció inmóvil.

Sintió claramente el peso junto a sus piernas.

Alguien acababa de sentarse en la cama.

No quiso mirar.

Después escuchó una respiración.

Lenta.

Paciente.

A pocos centímetros.

Y una voz que ya conocía habló dentro de su cabeza.

—Ahora sí hay sitio.

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