
El viento traía olor a lluvia desde la cabecera del valle. En el río, el agua ya lamía piedras que media hora antes estaban secas.
—Tenemos menos de una hora —dijo Javi—. Si el nivel llega a la base de la compuerta, no podremos cerrarla.
Mateo ajustó la correa de su casco y miró la estructura. La compuerta llevaba décadas conteniendo el agua de una represa pequeña. Una junta se había soltado y el equipo tenía que asegurarla antes de que la tormenta llenara el cañón.
Eran cuatro: Javi, Lucía, Sara y él. Habían llevado herramientas, cuñas de acero y barras de refuerzo. La pared de roca a ambos lados de la compuerta estrechaba el paso. Si la estructura cedía, el agua bajaría por el cañón y alcanzaría el campamento de mantenimiento.
Lucía acomodó una cuña en la junta. Javi levantó el mazo.
—Un golpe —dijo—. Firme, pero sin pasarse.
El impacto resonó en la pared.
Una línea blanca apareció en la roca junto a la compuerta. Se extendió hacia arriba, fina como un cabello.
Lucía bajó el mazo.
—¿Eso ya estaba?
Mateo se acercó. La fisura era nueva. En el centro, el borde de la piedra seguía soltando polvo.
Javi examinó la grieta sin tocarla.
—No la toquen. Revisen el resto de la pared.
El agua seguía corriendo al pie de la compuerta. La lluvia golpeaba el cañón con un murmullo parejo. No aparecieron nuevas fisuras. Javi hizo una seña para continuar.
Mateo apoyó una barra de refuerzo contra la junta. Lucía acomodó la segunda cuña sin golpearla. La deslizó con las dos manos hasta que quedó firme.
—Necesito que alguien sostenga el extremo —susurró Sara.
Javi se colocó junto a ella y sujetó la barra.
—Ahora.
Lucía empujó la cuña con el mango del mazo. El metal rozó la piedra y emitió un chirrido breve.
Una segunda fisura se abrió en el borde de la compuerta.
Todos se quedaron quietos.
El chirrido había sido suave, pero agudo. Mateo miró la grieta. Después miró el mazo.
Javi se llevó un dedo a los labios.
No hablaron durante varios minutos. Trabajaron con movimientos lentos, evitando golpes y roces. El agua subía. Ya les cubría las botas y arrastraba ramitas contra la base de la estructura.
Entonces una piedra se soltó en lo alto del cañón.
Cayó por la ladera, chocó con otras rocas y se hundió en el agua con un estruendo.
La pared vibró.
Una grieta atravesó el borde inferior de la compuerta. El bloque de piedra que la sostenía se desplazó unos centímetros. La junta empezó a filtrar agua.
—Retrocedan —dijo Javi.
Su voz rebotó en el cañón.
Una línea nueva se abrió sobre sus cabezas. Cayó polvo de roca sobre el casco de Mateo.
Javi levantó una mano y señaló la salida. Ninguno volvió a hablar.
Retrocedieron hacia una plataforma lateral, siguiendo el borde de la pared. El agua les llegaba a las pantorrillas y avanzaba deprisa. Sara llevaba el bolso de herramientas. Lucía sostenía la radio contra el pecho, sin encenderla.
Mateo miró la compuerta. La fisura principal seguía abierta, pero no se ensanchaba mientras el grupo se movía con cuidado.
Llegaron a la plataforma y encontraron un bloque de piedra cubriendo parte del paso. Tendrían que rodearlo por un estrecho corredor entre la roca y la estructura.
Javi señaló a Mateo y después el corredor. Mateo entendió: pasaría primero, dejando espacio para que los demás lo siguieran.
Avanzó de lado, con un hombro contra la piedra. El agua le empujaba las piernas. A mitad del paso, una bota resbaló sobre el musgo.
Mateo se golpeó la rodilla contra la pared.
El impacto seco retumbó en el cañón.
Una fisura cruzó la roca sobre ellos. Un pedazo de piedra cayó entre Mateo y el resto del equipo, rebotó en la plataforma y quedó sumergido.
Sara se cubrió la cabeza. Lucía se agachó. Javi avanzó hasta el borde del bloque, pero no podía pasar al otro lado.
Mateo quedó separado de los demás. El agua le llegaba a la cintura y lo empujaba contra la pared.
Javi levantó los brazos para indicarle que no se moviera. Mateo obedeció. La corriente le golpeaba la espalda, pero el paso era demasiado estrecho para que pudiera darse vuelta.
Lucía señaló una barra larga que sobresalía entre las piedras. Javi la tomó por un extremo y la empujó hacia Mateo, despacio, evitando que golpeara el suelo. Mateo la agarró y la usó para sostenerse mientras buscaba un apoyo con la bota.
Lo encontró. Pudo avanzar unos centímetros.
Entonces el agua subió de golpe.
La corriente le arrancó la barra de las manos. El metal chocó contra la compuerta.
El estruendo sacudió el cañón.
Una grieta gruesa se abrió desde la junta hasta la parte alta de la pared. El agua entró por ella y comenzó a salir en chorros, golpeando las piedras del corredor.
Mateo perdió el apoyo y cayó de costado. Una pierna quedó atrapada bajo un bloque pequeño. Intentó sacarla. La piedra no se movió.
Javi se llevó las manos a la cabeza. Lucía buscó una cuerda en el bolso. Sara se arrodilló y la desenrolló, procurando que el mosquetón no golpeara la roca.
Javi señaló a Mateo, luego la cuerda y finalmente la salida. Lucía entendió. Ató un extremo al arnés de Mateo y el otro a su cintura.
El agua ya le cubría el pecho. Mateo apoyó las manos contra la roca para mantener la cabeza fuera de la corriente.
Javi y Lucía tiraron con cuidado. El bloque que sujetaba su pierna se movió, pero no lo suficiente.
Mateo miró a Sara. Ella sostuvo la cuerda y negó con la cabeza. No podían hacer más fuerza sin golpear la pared o dejar caer el mosquetón.
Javi buscó otra forma de liberar la pierna. Se agachó para alcanzar el bloque.
Lucía lo sujetó del brazo y señaló la grieta sobre ellos.
Javi se detuvo.
El agua pasó por encima de la cintura de Mateo. La cuerda se tensó. Él intentó girar el tobillo, pero el dolor le hizo apretar los dientes.
Lucía tomó una barra del bolso y se la pasó a Javi. Él la apoyó bajo el bloque. Mateo entendió lo que querían hacer. Colocó las manos contra la pared para no hundirse.
Javi hizo palanca.
La barra se deslizó y golpeó la piedra.
El chasquido fue breve.
La grieta superior se abrió otro tramo. La roca crujió por encima de ellos. Un bloque del tamaño de una mochila cayó en la entrada del corredor y chocó contra el agua.
Javi soltó la barra.
Mateo seguía atrapado, pero la corriente ya lo levantaba. Lucía y Sara tiraron de la cuerda para mantenerle la cabeza fuera del agua.
La compuerta se inclinó.
Javi señaló la salida. Lucía no se movió. Miró a Mateo, después a la cuerda, y apretó el nudo alrededor de su cintura.
Mateo intentó hablar. No le salió la voz. El agua le golpeó la barbilla.
Sacudió la cabeza hacia la salida.
Javi agarró a Lucía por el hombro. Ella forcejeó para soltarse, sin hacer ruido, pero él le mostró la grieta y la estructura inclinada. No quedaba tiempo.
Sara se acercó a Mateo y sujetó la cuerda con ambas manos. Javi y Lucía empezaron a retroceder hacia la plataforma. Sara tardó un momento más en soltarse. Después siguió a los otros dos.
La cuerda quedó tendida entre Mateo y el grupo.
Él permaneció con la cabeza fuera del agua, apoyado contra la pared. Javi y Lucía llegaron al otro extremo del corredor. Sara se detuvo junto a ellos, mirando hacia atrás.
Mateo levantó una mano. La cuerda seguía sujeta a su arnés.
Lucía quiso volver. Javi se interpuso y negó con la cabeza.
El agua golpeó la compuerta. Un chorro salió por la grieta y cubrió el corredor. La cuerda se tensó, arrastrando las manos de Sara sobre la piedra. Ella la soltó.
El grupo subió a la plataforma superior. Avanzaron por el paso estrecho hasta alcanzar una repisa protegida de la corriente. Desde allí podían ver la compuerta, pero no a Mateo.
Javi encendió la radio. Solo se oyó estática.
Lucía miró el agua, que había invadido por completo la plataforma inferior.
La cuerda seguía visible. Se extendía desde el corredor inundado hasta el punto donde Sara la había soltado. El extremo unido al arnés de Mateo desaparecía bajo el agua.
Sara señaló la radio. Javi la apagó. Ninguno quería añadir otro sonido al cañón.
Esperaron, agachados contra la roca. El agua subió hasta cubrir la repisa más baja. La compuerta se inclinó un poco más.
Entonces la cuerda se tensó.
Los tres la miraron. El extremo se levantó del agua, avanzó unos centímetros hacia ellos y volvió a hundirse. Sara se acercó a tomarla.
Javi la agarró por la manga.
La cuerda se sacudió una vez, con fuerza. Después quedó floja.
Nadie tiró de ella.
El agua siguió subiendo. Los tres se desplazaron hasta la repisa superior y se mantuvieron pegados a la pared. Desde allí alcanzaron a ver cómo la compuerta se abría y el río atravesaba la brecha.
El estruendo llenó el cañón.
Cuando el equipo de rescate llegó, varias horas después, la plataforma inferior había desaparecido bajo el agua. Encontraron a Javi, Lucía y Sara en la repisa, temblando de frío y con las manos lastimadas por la cuerda.
Mateo no estaba con ellos.
La búsqueda comenzó cuando el caudal bajó. Encontraron su arnés enganchado entre dos rocas, al otro lado de la compuerta. La cuerda seguía atada a la hebilla. El cuerpo no apareció.
Javi, Lucía y Sara fueron trasladados a la estación de mantenimiento. Los sentaron en habitaciones separadas y les pidieron que describieran lo ocurrido.
Ninguno pudo terminar el informe en voz alta.
En la sala contigua, sobre una mesa, dejaron la barra de acero que habían recuperado del cañón. Al acomodarla, un rescatista la golpeó contra el borde.
El sonido fue pequeño, apenas un toque.
Aun así, una línea blanca apareció en la pared de concreto, justo detrás de Javi.
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