
Ramiro llevaba diecisiete años conduciendo autobuses por la sierra. Sabía cuándo una columna de humo estaba lejos y cuándo el viento podía traerla encima en pocos minutos.
Aquella tarde no tenía dudas. El incendio estaba a varios kilómetros, pero avanzaba en dirección a la carretera. Su autobús iba primero en la fila de evacuación, con treinta y dos pasajeros. Detrás venían otro autobús y varios autos particulares.
—Doce kilómetros hasta la zona segura —dijo por el altavoz—. Mantengan los cinturones puestos. No bajen del vehículo.
Lucía viajaba cerca de la parte delantera con su hijo Santiago. El niño tenía siete años y llevaba rato preguntando cuándo llegarían. Ramiro miró por el retrovisor. La columna de humo se había ensanchado sobre la ladera.
—Pronto —le dijo Lucía, aunque ninguno de los dos sabía si era cierto.
Ramiro tomó una curva cerrada y pisó el freno.
La carretera estaba cubierta de aves.
Miles de pájaros pequeños ocupaban los dos carriles y los arcenes. Se apiñaban desde un muro de piedra hasta el barranco. Ninguno volaba. Ninguno se movía. Ramiro detuvo el autobús a unos veinte metros de la primera fila.
El segundo autobús frenó detrás. Los autos se amontonaron después, uno tras otro.
—¿Qué pasó? —preguntó Lucía.
—No lo sé.
Ramiro tocó la bocina.
El sonido retumbó entre las laderas. Las aves no levantaron la cabeza.
Volvió a tocarla, esta vez durante varios segundos. El grupo permaneció inmóvil. Ni una sola pluma se agitó.
Ramiro tomó la radio.
—Central, aquí el primer autobús. Tenemos la carretera bloqueada por una bandada. Necesito instrucciones.
Solo recibió estática.
El humo se acercaba. Ramiro podía verlo por el espejo lateral, extendiéndose sobre los pinos. La columna había oscurecido el cielo detrás de ellos.
Abrió la puerta y bajó. El calor aún no llegaba, pero el aire olía a madera quemada. Avanzó hasta el frente del autobús y miró a las aves.
Eran oscuras, pequeñas, de un tamaño parecido al de un estornino. No reconoció la especie. Estaban tan juntas que no se veía el pavimento entre ellas.
Ramiro agitó los brazos.
No pasó nada.
—No se mueven —dijo cuando volvió a subir—. No les importa el ruido.
Un joven del segundo autobús bajó y caminó hacia ellos. Se llamaba Elías. Llevaba una mochila pequeña y miraba la columna de humo.
—Hay que pasar por encima —dijo—. Si esperamos, el fuego nos alcanza.
—No voy a conducir sobre miles de animales —respondió Ramiro.
—No te digo que los atropelles. Podemos ir a pie por el arcén.
Ramiro miró la carretera. El arcén apenas tenía espacio para una persona. A un lado estaba la pared de roca; al otro, el barranco. Doce kilómetros a pie con niños, ancianos y personas enfermas.
—Primero vemos si hay otro camino —dijo.
Un pasajero le informó que, unas curvas atrás, había una entrada de servicio. Ramiro ordenó al conductor del segundo autobús que mantuviera a todos dentro y dio marcha atrás hasta el desvío.
El camino de servicio estaba cerrado con una cadena y una señal de derrumbe. Más allá, el asfalto se había partido y una sección del borde caía hacia el barranco.
No podían pasar los autobuses.
Ramiro volvió a la fila. El humo ya cubría la curva por donde habían llegado. Los pasajeros empezaron a toser dentro de los vehículos.
Elías se puso la mochila al hombro.
—Yo voy a pie. Quien quiera venir, que me siga.
Una docena de jóvenes bajó de los autos. Algunos llevaban botellas de agua; otros, nada. Ramiro los vio alejarse por el arcén.
—No se separen —les gritó—. Manténganse juntos.
Elías levantó la mano sin volverse.
Lucía se puso de pie. Santiago la imitó. El niño tenía una mascarilla de tela, demasiado pequeña para cubrirle bien la nariz.
—Podemos caminar —dijo ella—. Él puede.
Doña Rosa, sentada en la segunda fila, negó con la cabeza. Su esposo, don Chalo, usaba un tanque portátil de oxígeno. Había empezado a respirar más rápido. Cada inhalación era corta y ruidosa.
—No puede caminar doce kilómetros —dijo ella.
Ramiro miró a don Chalo, luego a la columna de humo. Calculó el tiempo. Si el grupo caminaba con los pasajeros más lentos, podían tardar varias horas.
—Tenemos que intentarlo —dijo.
En el primer autobús encontraron dos palos de una escoba y una manta gruesa. Los pasajeros rasgaron una cortina y la sujetaron a los palos para improvisar una camilla. Dos hombres probaron a levantarla.
Don Chalo apenas pudo sentarse. El tanque de oxígeno debía acompañarlo.
—No se puede cargar a una persona y el tanque entre cuatro durante todo el camino —dijo uno de los hombres.
Doña Rosa abrazó a su esposo.
—Lo llevamos hasta donde podamos.
Don Chalo le sujetó la muñeca.
—No. Tú te vas con Lucía y el niño.
—No voy a dejarte.
—Si te quedas, el tanque se acaba antes de que llegue el fuego. Si vas con ellos, quizá consigas ayuda.
Rosa apretó los labios. No respondió.
Ramiro señaló el camino.
—Los autos y los autobuses se quedan. Que todos bajen con una botella de agua. Nada de equipaje.
Lucía tomó a Santiago de la mano. Ramiro se aseguró de que el niño llevara la mascarilla bien puesta. Después miró a doña Rosa y a don Chalo.
—La carretera está despejada detrás del autobús —dijo—. Si cambia algo, sigan el arcén hacia la zona segura. No se acerquen a las aves.
Don Chalo asintió. Rosa no soltaba su mano.
Los pasajeros comenzaron a bajar. Ramiro esperó hasta que el último estuvo en el camino. Luego se acercó al primer autobús y cerró la puerta.
La fila avanzó junto al borde de la carretera. El grupo de Elías ya estaba lejos, reducido a siluetas entre el humo. Ramiro se quedó atrás, contando a los pasajeros. Lucía llevaba a Santiago en brazos cuando el niño empezó a toser.
A medio kilómetro, el camino se ensanchó junto a una cantera abandonada. Allí los grupos pudieron caminar de dos en dos. Ramiro buscó un lugar desde donde ver los autobuses.
En la curva, las aves seguían cubriendo el asfalto.
El humo bajó hasta las copas de los árboles.
—Tenemos que movernos más rápido —dijo Ramiro.
Elías y los jóvenes reaparecieron desde delante. Venían tosiendo. El camino se estrechaba más adelante por un desprendimiento y no había forma de rodearlo. Tendrían que seguir por el arcén, de uno en uno.
—El fuego está a menos de una hora —dijo Elías—. Vi llamas en la ladera.
—¿Y las aves? —preguntó Lucía.
—Siguen ahí.
Santiago se tapó los oídos cuando un árbol cayó en algún punto del bosque. El estruendo llegó unos segundos después.
Ramiro reunió al grupo y les explicó cómo avanzar: los niños y las personas mayores al centro, los que pudieran cargar a alguien a los lados. Quienes tuvieran agua debían compartirla. Nadie se separaría para buscar atajos.
Doña Rosa caminaba junto a Lucía. Cada pocos minutos miraba hacia atrás, hacia el lugar donde habían dejado a su marido.
A la hora de marcha, el humo ya cubría la carretera a ras de suelo. Ramiro ordenó que se humedecieran pañuelos y los usaran sobre la nariz. No era suficiente, pero reducía la irritación.
Santiago dejó de caminar.
—Me arde la garganta —dijo.
Lucía lo cargó. Ramiro tomó al niño cuando ella se cansó. Continuaron sin parar.
A lo lejos llegó el primer rugido del incendio al alcanzar la carretera.
Todos miraron hacia atrás.
El humo había engullido la curva. Durante unos segundos no se vio nada. Después apareció un resplandor naranja.
—Los autobuses —dijo Ramiro.
Siguieron avanzando, pero el rugido se hizo más fuerte. El fuego había cruzado la carretera.
Entonces vieron las aves.
La nube oscura se elevó desde la curva y salió de entre el humo. Cientos de pájaros, quizá miles, ascendieron juntos. Ninguno parecía quemado. No gritaban ni se dispersaban. Volaban en una formación cerrada, como si fueran una sola sombra extendiéndose sobre el valle.
Lucía cubrió la cabeza de Santiago con el pañuelo. El niño ya había visto la bandada.
—Mamá, ¿por qué no se quemaron?
Lucía no contestó.
Ramiro volvió la vista hacia la carretera. Entre las llamas alcanzó a distinguir el autobús que había conducido. Las ventanas estaban encendidas por el fuego. La fila de aves había desaparecido de la superficie.
Doña Rosa dio un paso hacia atrás.
—Chalo…
Elías le sostuvo el brazo.
—Tenemos que seguir.
Rosa se soltó y comenzó a caminar. Ya no miró atrás.
El grupo llegó a la zona segura al anochecer. Los equipos de rescate les dieron agua, mantas y mascarillas. Los atendieron en el estacionamiento de un centro comunitario, lejos de la ladera. Ramiro se sentó junto a Santiago mientras los paramédicos revisaban a Lucía.
Una mujer de emergencias preguntó cuántas personas habían evacuado.
Ramiro empezó a contarlas. Llegó al final de la fila y volvió a empezar. No estaban don Chalo ni doña Rosa. Tampoco todos los que habían salido con Elías.
Antes de que pudiera responder, las sirenas de dos vehículos sonaron en la entrada.
El equipo de rescate abrió el portón para dejar pasar una ambulancia. Una bandada oscura cubría la carretera de acceso.
Las aves permanecían inmóviles frente a las luces. Ninguna levantó el vuelo cuando las sirenas volvieron a sonar.
Ramiro se levantó y apartó a Santiago de la entrada.
Detrás del primer vehículo, otra columna de humo apareció sobre los árboles.
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