
La primera vez que el altavoz anunció a un paciente que todavía no había llegado, Mariana pensó que alguien se había equivocado.
Era poco después de la una de la madrugada.
La sala de espera de urgencias estaba casi vacía. Un hombre dormía con la cabeza apoyada contra la pared, una mujer miraba su teléfono y dos enfermeros hablaban junto a la máquina de café.
Mariana llevaba seis años trabajando en recepción. Conocía los sonidos del hospital mejor que los de su propia casa.
El timbre del ascensor.
Las ruedas de las camillas.
El teléfono interno.
El pequeño chasquido que hacía el sistema de megafonía antes de cada anuncio.
Por eso levantó la cabeza cuando escuchó:
—Paciente Roberto Salazar, acercarse a admisión de urgencias.
Mariana abrió el sistema.
No había ningún Roberto Salazar registrado.
Miró hacia la sala.
Nadie se levantó.
Esperó unos segundos y llamó a enfermería.
—¿Pidieron a un Roberto Salazar?
Carolina, una de las enfermeras, respondió:
—No.
—Lo acaban de anunciar.
—Habrá sido de otra área.
Mariana miró el reloj.
A esa hora casi todas las consultas externas estaban cerradas.
No pensó más en ello.
Diez minutos después, las puertas automáticas se abrieron.
Dos paramédicos entraron con un hombre consciente sentado en una silla de ruedas.
Uno de ellos se acercó al mostrador.
—Roberto Salazar. Cincuenta y ocho años.
Mariana dejó de escribir.
—¿Cómo dijo?
El paramédico repitió el nombre.
Mariana miró hacia el altavoz del techo.
Después volvió al hombre.
—¿Ya habían llamado antes?
—No.
—¿Avisaron al hospital que venían?
—Desde la ambulancia, sí.
Eso explicaba parte del asunto.
Quizá algún operador había introducido el nombre antes de que apareciera en su sistema.
Mariana terminó el registro y dejó pasar el detalle.
Dos noches después volvió a ocurrir.
El altavoz sonó a las tres menos cuarto.
—Paciente Diana Montenegro, acercarse a admisión de urgencias.
Mariana buscó el nombre.
Nada.
Carolina estaba a su lado entregando unos papeles.
—Otra vez.
—¿Qué?
—Un paciente que no existe.
Carolina miró la pantalla.
—Tal vez están probando el sistema.
—A esta hora.
La enfermera levantó los hombros.
Siete minutos después entró una mujer acompañada por su esposo.
—Buenas noches —dijo el hombre—. Mi esposa, Diana Montenegro.
Mariana sintió un escalofrío.
No dijo nada.
Registró a la mujer.
Cuando terminaron, Carolina se inclinó sobre el mostrador.
—Eso sí estuvo raro.
—La anunció antes de que llegara.
—Puede ser por la llamada previa.
—Vinieron en auto.
Carolina miró hacia la pareja.
—Tal vez llamaron.
Mariana preguntó.
No habían llamado.
La tercera vez ocurrió una semana después.
Esta vez el nombre fue Ernesto Villalobos.
Mariana lo anotó en un papel.
Esperó.
Doce minutos después, un taxi se detuvo frente a urgencias.
Un hombre bajó ayudado por su hija.
—Ernesto Villalobos —dijo ella.
Mariana sintió que se le enfriaban las manos.
Cuando terminó el registro, buscó al supervisor nocturno.
Óscar estaba revisando unas planillas en una oficina cercana.
Mariana cerró la puerta.
—Necesito preguntarte algo sobre los anuncios.
—¿Qué anuncios?
Le explicó.
Óscar escuchó con atención, aunque sin demasiada preocupación.
—El sistema toma información de varias áreas.
—Pero esos pacientes no estaban registrados.
—Puede haber una demora de sincronización.
—El último vino en taxi. Nadie sabía que venía.
Óscar sonrió.
—El hospital no predice el futuro, Mariana.
—Ya sé.
—Entonces debe haber una explicación.
Ella quería creerlo.
Durante las siguientes noches empezó a anotar cada nombre que escuchaba.
No todos los anuncios eran extraños.
Había llamados normales.
Familiares.
Médicos.
Pacientes ya registrados.
Pero, de vez en cuando, aparecía uno que todavía no existía.
Y siempre llegaba.
Cinco minutos después.
Doce.
Una vez tardó casi media hora.
Nunca más.
Mariana dejó de comentarlo.
Solo escribía la hora.
Nombre.
Hora de llegada.
La coincidencia se volvió tan regular que empezó a sentir algo desagradable cada vez que escuchaba el chasquido del altavoz.
Una madrugada, poco antes de las cuatro, sonó otra vez.
—Paciente Elisa Barrenechea, acercarse a admisión de urgencias.
Mariana anotó el nombre.
Esperó.
Pasaron diez minutos.
Nada.
Veinte.
Nada.
A las cuatro y media, Elisa Barrenechea todavía no había llegado.
Mariana sintió un alivio absurdo.
Quizá por fin tenía una prueba de que todo había sido una serie de coincidencias.
Terminó su turno a las siete.
Antes de irse revisó el sistema.
No había ninguna Elisa Barrenechea.
A la noche siguiente volvió a trabajar.
El nombre apareció otra vez.
—Paciente Elisa Barrenechea, acercarse a admisión de urgencias.
Mariana levantó la cabeza.
Carolina estaba ordenando material.
—¿Escuchaste?
—Sí.
—La llamaron ayer.
—Quizá no se presentó.
Mariana buscó el nombre.
Nada.
Esperaron.
La mujer no llegó.
La tercera noche ocurrió exactamente igual.
La cuarta también.
Siempre a una hora distinta.
Siempre la misma frase.
Elisa Barrenechea.
Acercarse a admisión de urgencias.
Mariana empezó a sentirse incómoda con aquel nombre.
No conocía a ninguna Elisa.
No aparecía en las bases de datos recientes.
Una noche buscó únicamente el apellido.
Barrenechea.
Encontró varios pacientes antiguos.
Ninguno llamado Elisa.
Carolina se acercó.
—Deja eso.
Mariana cerró la búsqueda.
—¿No te parece raro?
—Sí.
—Entonces.
Carolina miró hacia los altavoces.
—Precisamente por eso.
No quiso explicar más.
El viernes, la llamada cambió.
Mariana estaba escribiendo un informe cuando escuchó el chasquido.
Levantó la cabeza.
—Familiares de la paciente Elisa Barrenechea, acercarse a admisión de urgencias.
Mariana sintió un escalofrío.
No había familiares.
No había paciente.
La frase se repitió diez minutos después.
Después otra vez.
Carolina dejó lo que estaba haciendo.
—Eso ya no es normal.
Mariana miró la sala de espera.
Nadie parecía prestar atención.
Un hombre tomaba café.
Una pareja hablaba en voz baja.
La televisión mostraba noticias sin sonido.
—¿Los demás no lo escuchan? —preguntó Mariana.
Carolina miró a su alrededor.
—Claro que lo escuchan.
—Nadie reacciona.
La enfermera no respondió.
A las tres y veinte, el altavoz volvió a encenderse.
—Familiares de Elisa Barrenechea, acercarse a sala tres.
Mariana abrió el sistema.
Urgencias tenía dos salas de observación numeradas.
Uno y dos.
No existía una sala tres.
Carolina lo sabía.
—¿Dónde queda sala tres?
—No hay sala tres.
Las dos miraron hacia el corredor clínico.
El acceso estaba detrás de unas puertas dobles.
Mariana llamó a Óscar.
Él llegó irritado por haber sido despertado en su oficina.
—Ahora dice sala tres.
Óscar miró el plano de turno.
—Seguro se refiere a box tres.
—No dijo box.
—Mariana.
—No existe esa sala.
El supervisor respiró hondo.
—Voy a revisar la central.
Se marchó.
No volvió durante casi una hora.
Cuando Mariana lo llamó, no contestó.
Carolina intentó desde enfermería.
Nada.
Finalmente Óscar apareció por las puertas dobles.
Estaba pálido.
—¿Dónde estabas? —preguntó Mariana.
Él evitó mirarla.
—En mantenimiento.
—¿Y?
—No hay ningún problema con el sistema.
—Entonces ¿quién hace los anuncios?
Óscar recogió unos documentos del mostrador.
—No lo sé.
—¿Qué encontraste?
Él se detuvo.
—Deja de anotar los nombres.
Mariana lo miró.
—¿Por qué?
—Solo deja de hacerlo.
Se marchó.
Carolina esperó a que desapareciera.
—Encontró algo.
Mariana asintió.
Aquella madrugada no volvió a escucharse a Elisa.
Durante tres noches, los anuncios extraños desaparecieron por completo.
Mariana empezó a relajarse.
El lunes, a las dos y siete de la madrugada, regresaron.
Pero ya no llamaron a ningún paciente.
—Personal de admisión, presentarse en pasillo norte.
Mariana dejó de escribir.
Carolina la miró desde el otro lado del mostrador.
—Aquí no hay pasillo norte.
Era cierto.
El hospital tenía corredores identificados por áreas, pero ninguno se llamaba así.
El anuncio se repitió.
—Personal de admisión, presentarse en pasillo norte.
Mariana sintió un impulso absurdo de levantarse.
Como si alguien hubiera pronunciado su cargo y ella tuviera que obedecer.
Permaneció sentada.
Cinco minutos después, un camillero apareció desde el área clínica.
—¿Quién pidió apoyo en pasillo norte?
Mariana sintió frío.
—¿Tú sabes dónde es?
El hombre frunció el ceño.
—No.
—Entonces, ¿por qué viniste?
El camillero tardó en responder.
—Escuché el llamado.
Carolina le pidió que volviera a su área.
Él obedeció.
A las tres llegó otro anuncio.
—Personal de limpieza, presentarse en habitación ciento doce.
Mariana miró a Carolina.
El hospital de urgencias no utilizaba habitaciones con números de tres cifras.
Media hora después:
—Doctor de guardia, presentarse en escalera seis.
Solo había cuatro escaleras señalizadas.
Después:
—Familiar de Elisa Barrenechea, acercarse a pasillo norte.
Mariana sintió un nudo en el estómago.
Carolina se acercó.
—Mariana.
—¿Qué?
—¿Barrenechea no era el apellido de tu mamá?
Mariana la miró.
—Sí.
No le había dado importancia.
Su madre se apellidaba Barrenechea.
Era un apellido relativamente común.
—¿Tienes alguna Elisa en tu familia?
—No.
La respuesta salió rápida.
Después Mariana recordó algo.
Su abuela se llamaba Elisa.
Pero no Barrenechea.
Había tomado ese apellido después de casarse.
Mariana sintió que las manos se le enfriaban.
—Mi abuela.
Carolina esperó.
—Se llamaba Elisa Barrenechea.
—¿Está viva?
Mariana negó.
Había muerto muchos años antes.
Carolina no preguntó más.
La megafonía volvió a sonar.
—Familiar de Elisa Barrenechea, acercarse a habitación ciento doce.
Mariana se puso de pie.
—No voy a ir.
Carolina respondió:
—Nadie te está pidiendo que vayas.
Pero ambas sabían que sí.
A las cuatro de la mañana, Mariana salió de recepción para ir al baño.
Carolina insistió en acompañarla.
El corredor estaba iluminado y tranquilo.
Pasaron frente al laboratorio.
Después frente a radiología.
Al llegar a la esquina donde debía estar el baño, Mariana se detuvo.
Había un pasillo nuevo.
No una puerta.
Un pasillo.
Se extendía hacia la izquierda.
Las paredes tenían el mismo color crema del hospital, pero parecían más antiguas. Las luces fluorescentes estaban separadas por grandes espacios oscuros.
Carolina también lo vio.
—Eso no estaba ahí.
Mariana sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
En la pared había un letrero.
PASILLO NORTE.
Ninguna de las dos avanzó.
Al fondo se veía una puerta.
Sobre ella había un número.
112.
Carolina agarró el brazo de Mariana.
—Volvemos.
Antes de que pudieran moverse, el altavoz sonó dentro de aquel pasillo.
No desde el techo del hospital.
Desde algún lugar al fondo.
—Familiar de Elisa Barrenechea, acercarse a habitación ciento doce.
Mariana retrocedió.
La puerta del fondo se abrió unos centímetros.
No salió nadie.
Solo una luz amarilla.
Carolina tiró de ella.
—Vamos.
Regresaron corriendo a recepción.
Cuando llegaron, Óscar estaba allí.
—¿Dónde estaban?
Mariana señaló el corredor.
—Apareció.
—¿Qué?
—El pasillo norte.
Óscar perdió el color del rostro.
Eso fue suficiente.
—Ya lo habías visto —dijo Mariana.
Él negó.
—Óscar.
—No.
—Por eso dijiste que dejara de anotar.
El supervisor se sentó.
Parecía más cansado que asustado.
—Hace años trabajé aquí como camillero.
Mariana esperó.
—Una noche escuchamos anunciar una habitación que no existía. Pensamos que era una interferencia. Después apareció una puerta.
Carolina preguntó:
—¿Qué había dentro?
Óscar negó.
—No sé.
—¿Nadie entró?
Él miró hacia el corredor.
—Un médico.
Mariana sintió frío.
—¿Qué pasó?
—Volvió.
Óscar tardó antes de continuar.
—Pero dejó de reconocer el hospital.
—¿Cómo?
—Preguntaba dónde estaban las paredes verdes. Decía que urgencias tenía otra entrada. Insistía en que el estacionamiento estaba detrás de cirugía.
Nada de eso era cierto.
—¿Qué pasó con él?
—Renunció.
Mariana preguntó:
—¿Y Elisa?
Óscar negó.
—Nunca escuché ese nombre.
El altavoz volvió a encenderse.
Los tres levantaron la cabeza.
—Mariana Barrenechea, presentarse en habitación ciento doce.
Carolina agarró su mano.
Mariana sintió un vacío en el pecho.
Era la primera vez que el sistema decía su nombre.
El anuncio se repitió.
—Mariana Barrenechea, presentarse en habitación ciento doce.
Óscar se levantó.
—Te vas.
—Mi turno no ha terminado.
—No importa.
La acompañaron hasta la entrada principal.
Mariana recogió sus cosas.
Las puertas automáticas se abrieron.
Afuera empezaba a amanecer.
Salió.
Cuando pisó la vereda, todos los teléfonos del área de recepción comenzaron a sonar al mismo tiempo.
Mariana miró hacia atrás.
Carolina no contestó.
Óscar tampoco.
Los teléfonos siguieron sonando.
Entonces el altavoz anunció:
—Paciente Mariana Barrenechea, acercarse a admisión de urgencias.
Mariana sintió que el miedo le recorría el cuerpo.
No era familiar.
Ya no era personal.
Era paciente.
Carolina salió corriendo.
—Vete.
Mariana obedeció.
No volvió a trabajar durante una semana.
Dijo que estaba enferma.
Óscar no discutió.
Durante esos días evitó el hospital.
No recibió llamadas extrañas.
No escuchó anuncios.
Nada.
Al octavo día decidió regresar para entregar su renuncia.
Fue a media mañana.
La sala de urgencias estaba llena.
Niños llorando.
Personas esperando.
Personal corriendo de un lado a otro.
Todo parecía normal.
Carolina la abrazó.
—Pensé que no ibas a volver.
—Solo vine a dejar esto.
Le entregó la carta.
Carolina no intentó convencerla.
—¿Volvió a pasar?
La enfermera miró alrededor antes de responder.
—No.
Mariana respiró aliviada.
Entonces el altavoz sonó.
—Paciente Elisa Barrenechea, acercarse a admisión de urgencias.
Mariana cerró los ojos.
Carolina palideció.
Nadie más reaccionó.
El anuncio continuó:
—Paciente Elisa Barrenechea, su familiar ya llegó.
Mariana abrió los ojos.
En el extremo de la sala había una mujer sentada.
Muy anciana.
Llevaba un vestido gris.
Tenía las manos sobre el regazo.
Mariana no sabía cuánto tiempo llevaba allí.
La mujer levantó la cabeza.
No podía ser su abuela.
Su abuela había muerto cuando Mariana era niña.
Sin embargo, reconoció la forma en que inclinaba el cuello.
La manera de juntar las manos.
Incluso el pequeño movimiento de los labios cuando esperaba.
Mariana retrocedió.
La anciana no sonrió.
Solo señaló hacia el corredor.
El pasillo norte estaba allí.
En pleno día.
Entre radiología y los baños.
Personas caminaban frente a él sin mirarlo.
Como si no existiera.
Mariana vio la puerta ciento doce al fondo.
Estaba abierta.
Carolina la tomó del brazo.
—No vayas.
Mariana no pensaba hacerlo.
La anciana se levantó.
Caminó hacia el pasillo.
Nadie la detuvo.
Al llegar a la entrada, se giró.
Miró a Mariana.
Después entró.
La puerta ciento doce se cerró al fondo.
El pasillo desapareció.
No se desvaneció.
Un segundo estaba allí.
Al siguiente, en su lugar había una pared.
Mariana dejó la carta sobre el mostrador.
No volvió al hospital.
Meses después consiguió trabajo en una clínica pequeña.
No tenía sistema de megafonía.
Eso fue una de las razones por las que aceptó.
Durante casi un año no ocurrió nada.
Una tarde, mientras ordenaba documentos, recibió una llamada interna.
—Admisión.
No respondió nadie.
Mariana estuvo a punto de colgar.
Entonces escuchó el mismo chasquido de los altavoces del hospital.
Una voz habló desde el teléfono.
—Paciente Mariana Barrenechea, acercarse a habitación ciento doce.
Mariana colgó.
El aparato volvió a sonar.
No contestó.
Sonó una segunda vez.
Luego una tercera.
Finalmente dejó de hacerlo.
Mariana permaneció mirando el teléfono.
Una compañera apareció desde el corredor.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Hay una señora preguntando por ti.
Mariana sintió frío.
—¿Quién?
—No sé. Dice que es familiar de una paciente.
Mariana miró hacia la sala de espera.
No había ninguna anciana.
Solo una mujer joven junto a la entrada.
Tendría unos treinta años.
Parecía confundida.
Mariana se acercó con cuidado.
—¿La puedo ayudar?
La mujer la miró.
—Busco a Elisa Barrenechea.
Mariana sintió que el ruido de la clínica se alejaba.
—Aquí no hay nadie con ese nombre.
La mujer frunció el ceño.
—Me llamaron.
—¿Quién?
—No sé.
Sacó el teléfono.
—Dijeron que viniera.
Mariana miró la pantalla.
Había una llamada recibida.
Sin número.
La mujer continuó:
—También dijeron que preguntara por Mariana.
Mariana no respondió.
—¿Eres tú?
Ella asintió lentamente.
La desconocida pareció aliviada.
—Qué bueno.
—¿Por qué?
La mujer miró hacia el corredor detrás de Mariana.
Su alivio desapareció.
—Porque dijeron que tú sabes dónde queda la habitación ciento doce.
Mariana no quiso mirar.
Lo hizo.
Al fondo del corredor de la clínica había una puerta que nunca había visto.
Sobre ella, un pequeño letrero marcaba:
112.
La mujer dio un paso hacia allí.
Mariana la detuvo.
—No.
—Pero me están esperando.
—No.
La mujer parecía confundida.
—¿Quién?
Mariana miró la puerta.
Por debajo escapaba una luz amarilla.
Entonces escuchó algo.
No un anuncio.
Muchas voces.
Pacientes.
Familiares.
Médicos.
Todos hablando detrás de aquella puerta.
Como si al otro lado existiera un hospital entero.
La mujer retrocedió.
—¿Qué es eso?
Mariana negó.
No tenía una explicación.
Y ya no quería una.
Tomó a la mujer del brazo.
—Sal de la clínica.
—¿Y tú?
Mariana no apartó la vista de la puerta.
—Yo también.
Caminaron hacia la salida.
Antes de cruzarla, la voz volvió a sonar.
Esta vez no salió del teléfono.
Salió de todos los parlantes de las computadoras al mismo tiempo.
—Paciente Mariana Barrenechea, su habitación está lista.
Mariana siguió caminando.
La voz continuó:
—Paciente Mariana Barrenechea.
No se detuvo.
—Paciente Mariana Barrenechea.
Llegó a la calle.
La mujer salió detrás.
Las puertas de la clínica se cerraron.
Mariana respiró.
Pensó que había terminado.
Entonces la desconocida miró el edificio.
—¿Eso estaba antes?
Mariana siguió su mirada.
En el segundo piso había una ventana iluminada.
La clínica solo tenía una planta.
Detrás del vidrio se veía una habitación amarilla.
Una cama.
Una silla.
Y alguien sentado junto a ella.
Mariana no pudo distinguir el rostro.
No necesitaba hacerlo.
Sobre la ventana había un número.
Ciento doce.
La persona levantó lentamente una mano.
No saludó.
Señaló la cama vacía.
Y en el bolsillo de Mariana, un teléfono que ella había apagado comenzó a sonar.
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