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En mi oficina apareció un escritorio que nadie recuerda haber puesto

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
En mi oficina apareció un escritorio que nadie recuerda haber puesto

El escritorio apareció un lunes entre Contabilidad y Recursos Humanos.

Elena lo notó porque durante cuatro años había recorrido exactamente el mismo camino desde el ascensor hasta su puesto. Sabía dónde empezaba la alfombra desgastada, qué lámpara parpadeaba al encenderse y en qué esquina debía girar para no chocar con la impresora.

Aquel escritorio no pertenecía allí.

Era gris, igual que los demás, pero estaba colocado en un espacio donde el viernes anterior solo había una planta alta y un archivador.

Tenía monitor, teclado, teléfono, una taza azul y una chaqueta negra colgada del respaldo.

Elena se detuvo.

—¿Movieron a alguien?

Sergio levantó la cabeza desde el puesto vecino.

—¿Cómo?

Ella señaló.

—Ese escritorio.

Sergio miró unos segundos.

—¿Qué tiene?

—No estaba.

—Creo que sí.

Elena sonrió, esperando que estuviera bromeando.

No lo estaba.

—Ahí estaba la planta.

Sergio volvió a la pantalla.

—Tal vez la movieron.

Elena continuó hasta su lugar.

No era importante.

La empresa había reorganizado departamentos varias veces. Quizá alguien se incorporaría esa semana.

A las nueve comenzó la reunión del equipo.

Elena entró en la sala con su café y vio siete sillas ocupadas.

Normalmente eran seis.

La silla nueva estaba vacía.

Nadie comentó nada.

Elena se sentó frente a Lucía, su supervisora.

—Antes de empezar —dijo Lucía—, tenemos pendientes los cierres de Molina, Ramos y el informe del tercer trimestre.

Elena abrió su libreta.

Lucía pasó una hoja.

—El informe ya está avanzado. Excelente trabajo.

—¿Quién lo hizo? —preguntó Elena.

Lucía la miró.

—Ya estaba asignado.

—¿A quién?

Hubo una pequeña pausa.

Lucía revisó la hoja.

—No recuerdo.

Sergio intervino:

—Está casi terminado. Eso es lo importante.

La reunión siguió.

Elena intentó concentrarse, pero observó la silla vacía varias veces.

Cuando regresó a su puesto, pasó junto al escritorio nuevo.

El monitor estaba encendido.

Había una hoja de cálculo abierta.

Cientos de filas completadas.

En la esquina superior aparecía:

“Modificado hoy, 8:43”.

Elena miró alrededor.

Nadie estaba sentado allí.

—Sergio.

Él giró.

—¿Viste quién usó esta computadora?

—No.

—Está trabajando alguien.

—Entonces debe haber venido.

—¿Quién?

Sergio frunció el ceño.

—No sé.

Aquella respuesta se repitió durante todo el día.

Nadie sabía quién ocupaba el escritorio.

Pero tampoco parecía preocuparle a nadie.

A las once apareció una taza de café junto al teclado.

Todavía salía vapor.

A la una, la chaqueta ya no estaba en el respaldo.

A las dos volvió a aparecer.

A las cuatro, varios documentos impresos descansaban ordenados junto al monitor.

Elena tomó uno.

Era el informe del tercer trimestre.

Completo.

Lo leyó rápidamente.

Estaba bien hecho.

Incluso corregía dos errores que Elena había detectado la semana anterior.

En la última página faltaba el nombre del responsable.

Solo había una línea en blanco.

Lucía pasó por detrás.

—Perfecto. Ya lo terminaron.

Elena se giró.

—¿Quién?

Lucía observó el documento.

Por un instante pareció desconcertada.

—El equipo.

—No. Alguien lo hizo.

—Bueno, sí.

—¿Quién?

Lucía abrió la boca.

Después miró hacia el escritorio nuevo.

—Luego revisamos eso.

Y se marchó.

Elena decidió no insistir.

Hasta el martes.

Cuando llegó a la oficina, había una fotografía sobre el escritorio nuevo.

Era una imagen del equipo tomada durante la cena de fin de año.

Elena la recordaba.

Habían estado todos frente a un restaurante, apretados para entrar en la fotografía.

Sergio estaba en un extremo.

Lucía en el otro.

Elena aparecía en el centro.

Pero algo era distinto.

Entre ella y Sergio había un espacio.

No una persona borrosa.

Un espacio.

Los cuerpos estaban separados como si alguien hubiera estado allí cuando tomaron la foto.

Elena tomó el marco.

—Sergio.

Él se acercó.

—¿Qué?

—Mira esto.

—La cena del año pasado.

—¿Quién estaba aquí?

Señaló el hueco.

Sergio observó.

—Nadie.

—Entonces ¿por qué estamos separados?

—Porque nos paramos así.

Elena buscó la misma foto en su teléfono.

La encontró.

Era idéntica.

El espacio también estaba allí.

Eso la inquietó más.

Estaba segura de recordar a Sergio a su lado aquella noche.

No podía demostrarlo.

Volvió a dejar el marco.

Al mediodía llegó un correo de Recursos Humanos.

“Asignación actualizada de estaciones de trabajo.”

Elena abrió el archivo.

Había un plano de la oficina.

Cada escritorio tenía un código.

A01.

A02.

A03.

El escritorio nuevo figuraba como A17.

Buscó su propio puesto.

A16.

Después venía A18.

Elena amplió la imagen.

Su escritorio estaba dibujado.

Pero no tenía nombre.

Los demás sí.

Sergio Álvarez.

Lucía Torres.

Marcela Fuentes.

Andrés Vera.

Incluso A17 tenía un nombre.

Elena se acercó a la pantalla.

El texto era pequeño.

Leyó:

NORA SALCEDO.

Elena buscó el nombre en el directorio interno.

No había resultados.

Probó con el correo corporativo.

Nada.

Le escribió a Recursos Humanos.

“¿Quién es Nora Salcedo?”

La respuesta llegó veinte minutos después.

“¿Quién?”

Elena adjuntó el plano.

Recibió otra respuesta.

“Revisamos el archivo. No aparece ninguna persona con ese nombre.”

Elena volvió a abrirlo.

A17 seguía diciendo:

NORA SALCEDO.

Fue directamente a Recursos Humanos.

Carla, la encargada, revisó el documento desde su computadora.

—Aquí dice A17.

—¿Y el nombre?

Carla acercó el rostro.

—No hay nombre.

Elena miró.

En la pantalla de Carla, debajo de A17, el espacio estaba vacío.

—En mi computadora sí.

—Mándame una captura.

Elena volvió a su escritorio.

Abrió el archivo.

NORA SALCEDO.

Tomó una captura.

La envió.

Carla respondió:

“¿Qué quieres que vea?”

Elena abrió el archivo adjunto enviado.

La captura mostraba el plano.

A17.

Sin nombre.

Sintió un escalofrío.

Cerró la ventana.

Cuando levantó la vista, la silla del escritorio nuevo estaba girada hacia ella.

No recordaba haberla visto moverse.

Por primera vez sintió que no quería acercarse.

Aquella tarde esperó hasta que casi todos se fueron.

Sergio apagó su computadora.

—¿Te quedas?

—Un rato.

—No trabajes tanto.

Cuando se quedó sola, Elena caminó hasta A17.

La oficina estaba silenciosa.

El monitor permanecía encendido.

No había ningún programa abierto.

Solo el escritorio de Windows.

Elena movió el mouse.

Aparecieron varias carpetas.

REPORTES.

FACTURACIÓN.

PENDIENTES.

PERSONAL.

Abrió PERSONAL.

Había documentos con nombres de empleados.

Uno por cada miembro del departamento.

Buscó el suyo.

ELENA VARGAS.

Lo abrió.

Era un archivo de texto.

Solo contenía varias líneas.

“Llegada habitual: 8:16.”

“Café sin azúcar.”

“Almuerza en escritorio tres veces por semana.”

“Llama a su madre los miércoles.”

“Olvida cerrar el cajón inferior.”

Elena sintió que se le secaba la boca.

Siguió leyendo.

“Pregunta demasiado.”

Debajo había otra línea.

“Todavía la recuerdan.”

Elena cerró el archivo.

La oficina parecía más silenciosa que antes.

Entonces sonó el teléfono de A17.

Elena retrocedió.

El teléfono continuó.

No había nadie más.

Sonó cuatro veces.

Cinco.

Elena no contestó.

Se puso el abrigo y se marchó.

Al día siguiente llegó antes que todos.

A17 estaba vacío.

No había taza.

No había chaqueta.

El monitor estaba apagado.

Elena sintió alivio.

Quizá habían retirado el puesto.

Se acercó.

El escritorio seguía allí.

Sobre el teclado había una tarjeta de identificación.

La fotografía estaba demasiado oscura para distinguir un rostro.

El nombre decía:

NORA SALCEDO.

Cargo:

ANALISTA.

Elena tomó la tarjeta.

En la parte posterior había una etiqueta adhesiva.

“Reemplazo aprobado.”

La dejó inmediatamente.

A las ocho y cuarto llegaron los primeros empleados.

Elena observó a cada uno.

Nadie miró el escritorio.

A las nueve, Lucía convocó una reunión.

Esta vez había ocho sillas.

Una permanecía vacía.

Lucía repartió documentos.

—Los resultados mejoraron bastante esta semana. Especialmente desde que reorganizamos responsabilidades.

Elena preguntó:

—¿Quién está ocupando A17?

Nadie respondió de inmediato.

Lucía la miró.

—¿Qué es A17?

—El escritorio que apareció el lunes.

Sergio frunció el ceño.

—¿Apareció?

—Sí.

—Siempre ha estado ahí.

Elena respiró lentamente.

—¿Quién trabaja ahí?

Sergio miró a Lucía.

Lucía miró a Andrés.

Ninguno respondió.

Finalmente Marcela dijo:

—Nora.

Elena sintió un golpe de frío.

Todos miraron a Marcela.

Ella parecía sorprendida por su propia respuesta.

—¿Nora quién? —preguntó Elena.

Marcela parpadeó.

—No sé.

Lucía intervino:

—Continuemos.

Elena no pudo concentrarse.

Al terminar la reunión, alcanzó a Marcela en el corredor.

—¿Por qué dijiste Nora?

—¿Dije Nora?

—Sí.

Marcela sonrió nerviosa.

—Debí confundirme.

—¿Con quién?

Marcela tardó.

—No sé.

Elena regresó a su puesto.

Sobre el escritorio había una taza azul.

No era la de A17.

Era idéntica.

Dentro había café recién servido.

Elena no bebía de esa taza.

La empujó hacia un lado.

A media mañana, Sergio se acercó.

—Nora, ¿tienes el archivo de Molina?

Elena lo miró.

Sergio se quedó inmóvil.

—¿Qué dijiste?

Él palideció.

—Elena.

—Me dijiste Nora.

—No.

—Sí.

—Dije Elena.

—Sergio.

—Te juro que dije Elena.

Se alejó incómodo.

Poco después, Elena recibió una invitación de calendario.

“Revisión de desempeño.”

Organizador: Nora Salcedo.

Lugar: Sala 3.

Elena rechazó la invitación.

Volvió a aparecer.

La rechazó otra vez.

Apareció de nuevo.

Finalmente apagó el correo.

A la hora del almuerzo encontró su comida fuera del refrigerador.

Estaba sobre A17.

Junto al teclado.

Su recipiente.

Su nombre escrito en la tapa.

Elena ya no tenía hambre.

Guardó sus cosas y bajó a recepción.

—Necesito verificar algo —dijo al guardia.

El hombre la conocía desde hacía años.

—Claro.

—¿Puedes buscar mi registro de ingreso?

Él abrió el sistema.

—Nombre.

Elena sintió una punzada de miedo.

—Elena Vargas.

El guardia escribió.

—No sale.

—Trabajo en el piso nueve.

—¿Empresa?

Elena le dio el nombre.

Él buscó.

—No apareces.

—Me ves entrar todos los días.

El hombre la observó.

—Creo que sí.

—¿Crees?

—Hay mucha gente.

Elena mostró su credencial.

El guardia la tomó.

El plástico tenía su foto.

Pero el espacio del nombre estaba vacío.

Elena sintió que las piernas le fallaban.

Subió nuevamente.

Fue directamente a su computadora.

Abrió el directorio de empleados.

Buscó:

Elena Vargas.

Cero resultados.

Buscó a Sergio.

Apareció.

Lucía.

Apareció.

Nora Salcedo.

Ahora también apareció.

Fotografía no disponible.

Departamento: Administración.

Antigüedad: cuatro años.

Cuatro años.

Exactamente el tiempo que Elena llevaba trabajando allí.

Abrió el perfil.

Había proyectos asignados.

Clientes.

Evaluaciones.

Cursos internos.

Todo lo que Elena recordaba haber hecho.

Solo que ahora figuraba bajo Nora Salcedo.

Elena fue a buscar a Lucía.

—Necesito que me digas cuánto tiempo llevo trabajando aquí.

Lucía levantó la vista.

—¿Qué?

—Respóndeme.

—Cuatro años, creo.

Elena sintió alivio.

—¿Y Nora?

Lucía frunció el ceño.

—También.

—¿Cómo pueden llevar las dos cuatro años si ella no existía la semana pasada?

Lucía se quedó callada.

—Elena, estás muy nerviosa.

—Porque están cambiando cosas.

—¿Qué cosas?

—Mis cosas.

Lucía se levantó.

—Vete a casa hoy.

—No.

—Descansa.

—Mañana quizás ni recuerdes quién soy.

Lucía pareció ofendida.

—Claro que voy a recordarte.

Elena la sostuvo con la mirada.

—¿Cuál es mi apellido?

Lucía abrió la boca.

No respondió.

Elena salió.

Aquella noche reunió pruebas.

Contratos.

Recibos de sueldo.

Correos antiguos.

Fotografías de reuniones.

Copió todo en una memoria externa.

Imprimió documentos.

Escribió su nombre en varias hojas.

ELENA VARGAS.

Trabajó hasta tarde organizando una carpeta física.

Antes de dormir escribió en la primera página:

“Si mañana alguien dice que no trabajo aquí, esto demuestra que sí.”

A la mañana siguiente, la carpeta estaba sobre la mesa.

Elena la abrió.

Los documentos seguían allí.

Pero todos pertenecían a Nora Salcedo.

Su contrato tenía ese nombre.

Sus recibos.

Sus evaluaciones.

Incluso las fotografías habían cambiado.

Elena aparecía en algunas.

Pero nadie estaba junto a ella.

Siempre había un pequeño espacio entre su cuerpo y el resto del grupo.

Como si nunca hubiera formado parte de la escena.

Se dirigió a la oficina.

Cuando salió del ascensor en el piso nueve, tardó unos segundos en comprender qué estaba mal.

Su escritorio había desaparecido.

No estaba vacío.

No lo habían movido.

Simplemente ya no existía.

A15.

A16.

A17.

A18.

El lugar donde había trabajado durante cuatro años pertenecía ahora a A17.

El escritorio de Nora.

Más grande que antes.

Tenía dos monitores.

Una planta alta al costado.

Y el archivador que había estado allí el viernes anterior.

Sergio levantó la cabeza.

—Buenos días.

Elena sintió alivio.

—Sergio.

Él sonrió con cortesía.

—¿Buscas a alguien?

El alivio desapareció.

—Soy Elena.

—Sí.

—Trabajo aquí.

Sergio dejó de sonreír.

—¿En qué área?

Elena lo miró fijamente.

—Al lado tuyo.

—No.

—Sergio.

—Perdona, pero creo que te confundes.

Elena caminó hasta Lucía.

Su supervisora estaba hablando por teléfono.

Esperó.

Cuando colgó, Elena puso la carpeta sobre su escritorio.

—Dime quién soy.

Lucía observó los papeles.

Después a Elena.

—¿Tienes una cita?

Elena sintió una presión dolorosa en el pecho.

—Ayer me mandaste a casa.

—No.

—Trabajo para ti.

—Creo que deberías hablar con recepción.

—Lucía, por favor.

Su voz hizo que varias personas miraran.

Elena señaló A17.

—¿Quién trabaja ahí?

Lucía respondió sin dudar:

—Nora.

—¿Dónde está?

Lucía miró hacia el escritorio.

Por primera vez pareció notar algo extraño.

—Debe estar en una reunión.

—¿La has visto alguna vez?

Lucía frunció el ceño.

—Claro.

—Descríbela.

Hubo silencio.

—¿Qué?

—Descríbela.

Lucía miró nuevamente el escritorio.

—No entiendo por qué haces esto.

Elena habló más bajo.

—Porque tú tampoco sabes cómo es.

Lucía no respondió.

El teléfono de A17 comenzó a sonar.

Todos miraron hacia allí.

Nadie contestó.

Elena caminó hasta el escritorio.

Sergio se levantó.

—Señora, no puede tocar las cosas de otra persona.

Ella ignoró la advertencia.

Abrió el cajón inferior.

Dentro encontró cientos de tarjetas de identificación.

Las tomó.

Cada tarjeta tenía una fotografía diferente.

Hombres.

Mujeres.

Personas jóvenes.

Personas mayores.

Todos con nombres impresos.

Elena reconoció uno.

Jorge Molina.

Había trabajado allí antes que ella.

Recordaba vagamente que había renunciado.

O eso creía.

Encontró otro.

Paola Méndez.

Otra antigua compañera.

Después otro.

Y otro.

Personas que habían trabajado en la oficina y que, con el tiempo, simplemente habían dejado de mencionarse.

Debajo de todas las tarjetas había una vacía.

Elena la sacó.

Tenía su fotografía.

El espacio del nombre aún estaba en blanco.

Detrás decía:

“Reemplazo en proceso.”

Elena soltó la tarjeta.

Sergio estaba a pocos pasos.

—¿Qué encontraste?

Ella lo miró.

Por un instante creyó ver reconocimiento en su rostro.

—Sergio.

Él se llevó una mano a la frente.

—Yo…

Elena esperó.

—Tú te sentabas aquí.

Ella sintió que podía respirar otra vez.

—Sí.

Sergio miró A17.

—No.

Algo cambió en su expresión.

—No puede ser.

—Ayúdame.

Él observó las tarjetas.

—¿Quién es Nora?

El teléfono dejó de sonar.

Todas las computadoras de la oficina emitieron al mismo tiempo el sonido de un correo recibido.

Sergio miró su pantalla.

Elena no necesitó acercarse.

Vio el asunto desde donde estaba.

“Actualización de personal.”

Sergio abrió el mensaje.

Su rostro cambió.

—¿Qué dice?

Él tardó en responder.

—Nada.

—Sergio.

Cerró el correo.

—Tienes que irte.

—¿Qué dice?

—Vete.

Elena intentó mirar.

Sergio bloqueó la pantalla.

—Por favor.

Ella comprendió que estaba asustado.

Recogió la tarjeta con su fotografía.

Se dirigió al ascensor.

Antes de entrar, miró una última vez hacia A17.

La silla estaba vacía.

Pero en uno de los monitores había una fotografía del equipo.

Todos sonreían.

Sergio.

Lucía.

Marcela.

Andrés.

Y una mujer sentada en el centro.

Elena no pudo distinguir bien su rostro.

Solo vio una taza azul entre sus manos.

Las puertas del ascensor se cerraron.

Elena no volvió.

Durante meses intentó demostrar que había trabajado allí.

No pudo.

El banco tenía depósitos antiguos, pero el nombre de la empresa había desaparecido de los registros.

Sus correos laborales ya no existían.

Sus compañeros no respondían.

Algunos números dejaron de funcionar.

Consiguió otro empleo.

Nunca volvió al edificio.

Casi un año después, se encontró con Sergio en un supermercado.

Él pasó junto a ella.

Elena estuvo a punto de dejarlo ir.

—Sergio.

Él se detuvo.

La miró.

Durante unos segundos no hubo reconocimiento.

Después algo cambió.

—Elena.

Ella sintió un nudo en la garganta.

—Te acuerdas.

Sergio palideció.

Miró alrededor.

—No deberíamos hablar.

—¿Qué decía el correo?

Él negó.

—Olvídalo.

—Necesito saberlo.

Sergio sostuvo el carrito con ambas manos.

—Decía que tu puesto había quedado disponible.

Elena esperó.

—¿Eso era todo?

—No.

Sergio bajó la voz.

—Decía que alguien tenía que ocuparlo para completar la transición.

Elena sintió frío.

—¿Quién?

Sergio la miró.

—Yo pensé que se refería a Nora.

—¿Y?

—Nora nunca llegó.

Elena no entendió.

—Pero todos la recordaban.

—Sí.

—Entonces.

Sergio negó lentamente.

—Después de que te fuiste, empezamos a notar otras cosas.

—¿Qué cosas?

—Su silla cambiaba de lugar. Aparecían documentos. Café. Llamadas. Pero nadie la veía.

Elena guardó silencio.

—Una semana después —continuó Sergio—, Lucía dejó de venir.

—¿Renunció?

Sergio no respondió.

Elena comprendió.

—¿Su escritorio?

—Desapareció.

—¿Y ahora?

Sergio miró hacia el fondo del supermercado.

—Hay otro.

Elena sintió que la piel se le erizaba.

—¿Otro qué?

—Escritorio.

—¿Con otro nombre?

Sergio asintió.

—El mío.

Elena lo miró.

—¿Qué?

—Apareció la semana pasada.

—Pero tú ya tienes escritorio.

—Tenía.

Sergio sacó la billetera.

Mostró su credencial de empresa.

Su fotografía seguía allí.

El espacio del nombre estaba vacío.

Elena sintió una punzada de miedo.

—Sal de ahí.

—Ya renuncié.

—¿Y?

Sergio miró su credencial.

—Recursos Humanos dice que nunca trabajé con ellos.

Elena no supo qué decir.

El altavoz del supermercado anunció una oferta.

Ambos se sobresaltaron.

Sergio guardó la tarjeta.

—Hay algo más.

—¿Qué?

—Antes de desaparecer mi escritorio, abrí A17.

Elena lo observó.

—¿Qué encontraste?

—Una carpeta.

Sergio sacó el teléfono.

Buscó una fotografía.

Se la mostró.

Era una lista de nombres.

Muchos estaban tachados.

Jorge Molina.

Paola Méndez.

Lucía Torres.

Elena Vargas.

Sergio Álvarez.

Debajo aparecían decenas más.

Elena reconoció nombres de personas que todavía trabajaban en la empresa.

Al final de la página había una sola línea.

“Puestos disponibles: 46.”

Elena devolvió el teléfono.

—No entiendo.

Sergio guardó silencio.

—¿Qué significa?

—Creo que A17 nunca fue para una persona.

Elena sintió frío.

—Entonces ¿para qué?

Sergio miró hacia ella.

—Para hacer espacio.

Se despidieron pocos minutos después.

Elena no volvió a verlo.

Dos meses más tarde intentó llamarlo.

El número pertenecía a otra persona.

Buscó sus redes sociales.

No encontró nada.

Revisó fotografías antiguas.

En todas había un espacio vacío donde recordaba a Sergio.

Dejó de buscar.

Pasaron tres años.

Elena cambió de ciudad.

Consiguió un trabajo remoto y evitó las oficinas siempre que pudo.

Con el tiempo, empezó a pensar que quizá sus recuerdos se habían deformado.

Hasta una mañana de lunes.

Su empresa anunció por videollamada que alquilarían una oficina pequeña para quienes quisieran trabajar presencialmente.

Elena no pensaba ir.

Durante la presentación mostraron fotografías del lugar.

Cocina.

Sala de reuniones.

Ventanas amplias.

Doce escritorios.

Elena estaba a punto de cerrar la reunión cuando apareció la última imagen.

Un espacio abierto.

Once escritorios blancos.

Y uno gris.

En una esquina.

Sobre aquel escritorio había una taza azul.

Una chaqueta negra colgada del respaldo.

Y una tarjeta de identificación frente al monitor.

Elena amplió la imagen.

No podía leer el nombre.

No necesitaba hacerlo.

La directora continuó hablando:

—Todavía tenemos un puesto disponible.

Elena cerró la videollamada.

Su computadora emitió el sonido de un correo nuevo.

No quiso abrirlo.

El asunto apareció en la notificación.

“Asignación automática de estación de trabajo.”

Elena se quedó inmóvil.

Luego apareció otro mensaje.

Esta vez provenía de Recursos Humanos.

“Bienvenida nuevamente.”

Elena cerró la computadora.

En el silencio de su departamento escuchó un teléfono.

No era el suyo.

Sonaba detrás de ella.

Sobre una mesa que siempre había usado para comer.

Elena se giró lentamente.

La mesa ya no estaba.

En su lugar había un escritorio gris.

Monitor.

Teclado.

Taza azul.

Chaqueta negra.

Y una fotografía del equipo que acababa de conocer por videollamada.

Todos aparecían juntos.

Dejando un espacio vacío en el centro.

Frente al escritorio había una silla.

Sobre el asiento descansaba una tarjeta de identificación.

Esta vez el nombre ya estaba impreso.

ELENA VARGAS.

En la parte posterior, una sola frase:

“Reemplazo completado.”

El teléfono dejó de sonar.

La computadora del escritorio se encendió sola.

En la pantalla apareció una lista de empleados.

Uno de los nombres desapareció.

Después otro.

Después otro.

Elena retrocedió hacia la puerta.

Antes de salir del departamento, miró por última vez.

El escritorio seguía allí.

Pero la silla ya no estaba vacía.

Se veía hundida.

Como si alguien acabara de sentarse.

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El final no tiene por qué ser el final

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