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En mi antiguo cuarto todavía hay alguien durmiendo

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
En mi antiguo cuarto todavía hay alguien durmiendo

La cama estaba hundida cuando Verónica abrió la puerta.

No mucho.

Solo lo suficiente para que pareciera que alguien acababa de levantarse.

La colcha tenía una depresión ovalada en el centro y la almohada conservaba una marca donde habría descansado una cabeza.

Verónica se quedó en el umbral con la maleta detrás de ella.

—Mamá.

Desde la cocina llegó la voz de Elena.

—¿Qué?

—¿Dormiste aquí?

Hubo una pausa demasiado larga.

—No.

Verónica miró otra vez la cama.

Habían pasado diecisiete años desde la última vez que durmió en aquella habitación.

La casa era más pequeña de lo que recordaba. El corredor, más corto. Las paredes, menos altas. Incluso el armario que de niña le parecía enorme ahora apenas llegaba al techo.

Pero el dormitorio estaba casi igual.

La misma cómoda.

El mismo espejo ovalado.

Las pequeñas estrellas adhesivas todavía pegadas sobre la ventana.

Y aquella cama individual en la que recordaba haber dormido sola durante toda su infancia.

—Debe ser el colchón —dijo su madre desde detrás.

Verónica se sobresaltó.

No la había escuchado acercarse.

—¿El colchón hace esto?

Elena miró la depresión.

—Es viejo.

Verónica presionó con la mano.

El colchón estaba frío.

La almohada no.

Retiró la mano.

—Está tibia.

Su madre evitó mirarla.

—Deja las cosas y ven a comer.

—Mamá.

Elena se marchó.

Verónica permaneció allí unos segundos más.

Después estiró la colcha hasta borrar la marca.

No quería empezar los tres días que iba a pasar en casa de su madre discutiendo por una cama.

Había regresado porque Elena debía someterse a una intervención sencilla en la rodilla. Nada grave. Verónica trabajaría desde allí durante el fin de semana y la acompañaría al hospital el lunes.

Era eso.

Tres noches.

Podía dormir en su antiguo cuarto.

Había dormido allí durante años.

Aquella primera noche se acostó cerca de medianoche.

Elena ya estaba dormida.

Verónica dejó encendida la lámpara de la mesa durante algunos minutos mientras respondía mensajes.

Después apagó.

La casa recuperó inmediatamente los sonidos que ella había olvidado.

La tubería del baño.

El refrigerador arrancando.

La madera del corredor acomodándose con pequeños crujidos.

Verónica sonrió en la oscuridad.

De niña esos ruidos le habían dado miedo.

Ahora resultaban casi familiares.

Cerró los ojos.

Estaba empezando a dormirse cuando el colchón se movió.

Verónica abrió los ojos.

Esperó.

Nada.

Pensó que había sido su propio peso.

Volvió a cerrar los ojos.

El colchón descendió detrás de ella.

Esta vez no hubo duda.

Como si alguien se hubiera sentado en el borde de la cama.

Verónica se quedó completamente quieta.

No quiso girarse.

Sintió cómo el peso permanecía allí.

A pocos centímetros de su espalda.

—Mamá.

No hubo respuesta.

La puerta estaba cerrada.

Verónica tragó saliva.

—¿Mamá?

El peso desapareció.

El colchón regresó lentamente a su posición.

Verónica encendió la lámpara.

No había nadie.

Abrió la puerta.

El corredor estaba vacío.

Fue hasta el dormitorio de Elena.

Su madre dormía de lado.

Verónica estuvo a punto de despertarla.

No lo hizo.

Regresó.

Dejó la puerta abierta.

La lámpara encendida.

Y durmió muy poco.

A la mañana siguiente encontró un cabello sobre la almohada.

Largo.

Negro.

Verónica tenía el cabello castaño y por encima de los hombros.

Su madre lo llevaba completamente blanco.

Tomó el cabello entre dos dedos.

Era demasiado largo.

Llegaba casi hasta la mitad de su brazo.

Lo dejó caer.

Durante el desayuno decidió no mencionarlo.

Elena hablaba sobre medicamentos y horarios del hospital.

Verónica apenas escuchaba.

—¿Por qué conservaste mi cuarto así?

Su madre dejó la taza.

—No está igual.

—Casi.

—Guardé algunas cosas.

—Pensé que lo habrías convertido en otra habitación.

Elena miró hacia el corredor.

—Nunca me gustó entrar.

Verónica levantó la vista.

—¿Por qué?

—Porque no.

—Mamá.

—¿Qué?

—Anoche sentí que alguien se sentaba en la cama.

Elena se quedó inmóvil.

No sorprendida.

Inmóvil.

Eso fue peor.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Como si supieras algo.

Elena recogió su taza.

—Cambiaste de casa hace muchos años. Estás durmiendo en un lugar que ya no sientes tuyo. La cabeza hace cosas.

—Encontré un cabello.

Su madre se levantó.

—Tengo que tomar mi medicina.

Verónica la observó marcharse.

—¡Mamá!

Elena no se detuvo.

Aquella tarde Verónica buscó entre las cosas viejas.

No porque quisiera resolver un misterio.

Quería recordar.

Abrió cajones.

Encontró cuadernos escolares, fotografías, pulseras de plástico, boletos de cine, una caja con muñecas pequeñas.

En una fotografía aparecía ella a los nueve años sentada sobre la cama.

Sonreía.

A su lado había un espacio vacío.

Verónica acercó la imagen.

La colcha estaba hundida.

Exactamente como la había encontrado al llegar.

Revisó otra fotografía.

Cumpleaños.

Ella frente a una torta.

Su madre detrás.

El mismo cuarto.

En el borde izquierdo se veía parte de la cama.

Otra depresión.

Verónica sintió un hormigueo en los brazos.

—¿Qué estás haciendo?

Elena estaba en la puerta.

Verónica levantó las fotografías.

—¿Quién dormía conmigo?

La expresión de su madre cambió.

—Nadie.

—Mira esto.

—Guarda esas cosas.

—¿Quién dormía aquí?

—Tú.

—Entonces, ¿por qué la cama aparece hundida en todas?

Elena no respondió.

Verónica se levantó.

—¿Había otra niña?

Su madre levantó la mirada bruscamente.

—No.

La respuesta fue demasiado rápida.

—¿Quién?

—Nadie.

—¡Mamá!

Elena entró en el cuarto.

Tomó las fotografías.

—No sigas buscando.

—¿Por qué?

—Porque después no duermes.

Verónica sintió frío.

—¿Después de qué?

Su madre apretó las fotos contra el pecho.

—Pensé que ya habías dejado de verla.

Verónica no pudo responder.

Elena también pareció arrepentirse inmediatamente.

—¿Ver a quién?

—No sé por qué dije eso.

—Sí sabes.

—No.

—¿Quién estaba aquí conmigo?

Elena negó.

—No quiero hablar.

—Entonces me voy.

Eso funcionó.

Su madre se sentó en la cama.

La depresión apareció junto a ella.

Ninguna de las dos la provocó.

Elena la vio.

Se levantó de inmediato.

—No duermas aquí esta noche.

Verónica miró el hundimiento.

—¿Qué es eso?

—No sé.

—¿Desde cuándo?

Elena salió del dormitorio.

Verónica la siguió.

—¡Mamá!

—Desde que eras niña.

—¿Qué pasaba?

Elena se volvió.

—Te encontraba hablando sola.

—Los niños hacen eso.

—No era sola.

Verónica se quedó callada.

—¿Con quién hablaba?

—Nunca lo vi.

—Entonces ¿cómo sabes?

Elena bajó la voz.

—Porque respondía.

Un escalofrío recorrió la espalda de Verónica.

—¿Qué quieres decir?

—Yo te escuchaba desde el corredor. Tú decías algo. Después otra niña respondía.

—¿Una niña?

Elena asintió.

—Pensé que era imaginación. Hasta que una noche entré.

—¿Qué viste?

Su madre miró hacia la puerta del antiguo dormitorio.

—A ti dormida.

—¿Y?

—Y alguien respirando debajo de la colcha.

Verónica sintió un vacío en el estómago.

—¿Por qué nunca me dijiste?

—Porque cuando te desperté dijiste que no había nadie.

—¿Eso fue todo?

Elena negó.

—Después me preguntaste por qué había despertado a las dos.

Verónica esperó.

—¿Y?

—Yo nunca dije que fueran dos.

No hablaron durante un rato.

Verónica decidió dormir en el sofá.

Dejó el dormitorio cerrado.

A las dos y cuarenta y siete despertó.

La televisión estaba apagada.

La casa permanecía oscura.

Escuchó un ruido desde el corredor.

Tela deslizándose.

Luego un resorte.

La cama.

Verónica se incorporó.

Otro sonido.

Alguien acomodándose bajo las sábanas.

La puerta del cuarto estaba cerrada.

Verónica no se movió.

Una voz habló detrás de ella.

—Vero.

Verónica giró.

Su madre estaba de pie en la entrada de la sala.

—¿La escuchaste?

Verónica asintió.

Elena se sentó junto a ella.

Desde el dormitorio llegó un suspiro.

Después otro.

Dos respiraciones.

Una más lenta.

Otra más corta.

Verónica miró a su madre.

—Hay dos.

Elena no respondió.

La puerta del dormitorio se abrió.

Ninguna se acercó.

Desde la oscuridad llegó la voz de una niña.

—Vero.

Verónica sintió que el pecho se le cerraba.

La voz era suave.

Somnolienta.

—Vuelve.

Elena agarró su mano.

—No respondas.

—Mamá...

—No respondas.

La niña volvió a hablar.

—Tengo frío.

Verónica sintió que algo se movía dentro de su memoria.

Una habitación oscura.

Dos cuerpos bajo una misma colcha.

Una voz susurrando junto a ella:

Si mamá pregunta, dile que estabas soñando.

Verónica cerró los ojos.

El recuerdo desapareció.

—Yo la conozco.

Elena apretó su mano.

—No.

—Sí.

—No intentes recordar.

Verónica la miró.

—¿Por qué?

Su madre estaba llorando.

—Porque cada vez que recordabas un poco, empezabas a decir que tú eras la otra.

La respiración dentro del dormitorio se detuvo.

Verónica sintió que algo en la casa también escuchaba.

—¿Qué otra?

Elena no respondió.

Desde el cuarto, la niña empezó a llorar.

Muy bajo.

—Mamá.

Elena se quedó rígida.

Verónica la miró.

La voz volvió.

—Mamá.

Su madre se levantó.

—No.

—¿Te llamaba mamá?

—No.

—¡Mamá!

—¡No!

Elena retrocedió.

La niña dejó de llorar.

Cuando habló otra vez, ya no parecía triste.

—Ella siempre dice que no.

Verónica sintió que le temblaban las manos.

—¿Quién eres?

Elena se volvió hacia ella.

—¡No le hables!

Demasiado tarde.

Silencio.

Después la cama crujió.

Un pie tocó el suelo.

Verónica escuchó el roce de una planta desnuda contra la madera.

Luego otro pie.

Alguien se había levantado.

Elena tiró de Verónica.

—¡Sal!

Corrieron hacia la entrada.

Verónica tomó las llaves.

Antes de abrir, escuchó pasos en el corredor.

Pequeños.

Lentos.

Se acercaban.

Elena salió primero.

Verónica estaba cruzando la puerta cuando la voz de la niña habló detrás.

—Vero.

Ella se detuvo.

No quería mirar.

Miró.

El corredor estaba vacío.

Pero en la puerta del antiguo dormitorio había una mano.

Solo una.

Pequeña.

Pálida bajo la luz de la sala.

Los dedos agarraban el marco desde dentro.

Verónica salió.

Cerró.

Pasaron la noche en el auto.

Al amanecer, Elena se negó a volver.

—Mis medicamentos están adentro —dijo Verónica.

—Compramos más.

—También mis documentos.

—Déjalos.

—No puedo dejar todo.

Su madre la agarró del brazo.

—Yo debí haber cerrado ese cuarto cuando eras niña.

Verónica la miró.

—¿Por qué no lo hiciste?

Elena bajó la vista.

—Porque tú gritabas hasta que lo abría.

—¿Yo?

—Decías que no podía dejarla sola.

Verónica sintió que una imagen aparecía.

Dos niñas sentadas en la cama.

Una tenía su pijama.

La otra también.

Mismo cabello.

Mismos ojos.

Una de ellas lloraba porque Elena estaba cerrando la puerta.

Verónica parpadeó.

La imagen desapareció.

—¿Cómo se llamaba?

Elena negó.

—Nunca tuvo nombre.

—Claro que sí.

—No.

—Yo la llamaba de alguna manera.

Su madre comenzó a llorar.

—La llamabas Vero.

Verónica sintió que todo alrededor se volvía distante.

—Ese es mi nombre.

Elena no respondió.

Eso fue suficiente.

Regresaron a la casa cerca del mediodía.

Entraron juntas.

No había nada extraño.

La puerta del dormitorio estaba abierta.

La cama, hecha.

Verónica recogió sus cosas rápidamente.

Mientras guardaba la computadora, vio el espejo ovalado.

Su reflejo estaba allí.

Pálido.

Cansado.

Detrás se veía la cama.

Verónica bajó la mirada para cerrar la maleta.

En el espejo, su reflejo no lo hizo.

Verónica quedó inmóvil.

Levantó la cabeza.

La otra Verónica seguía mirándola desde el cristal.

No imitaba sus movimientos.

Tenía el cabello largo y negro.

Verónica retrocedió.

La mujer del espejo levantó un dedo frente a los labios.

Después miró hacia la cama.

La colcha comenzó a hundirse.

Verónica salió corriendo.

No volvió a mirar.

El lunes acompañó a Elena al hospital.

La intervención salió bien.

Su madre pasó unas semanas en casa de Verónica mientras se recuperaba.

Vendieron la casa meses después.

No regresaron juntas.

Una empresa se encargó de vaciarla.

Verónica creyó que aquello había terminado.

Hasta que una noche recibió un mensaje de la nueva propietaria.

Habían intercambiado números por un problema con una factura.

El mensaje decía:

Hola, disculpa la hora. ¿Tu familia dejó algo dentro del dormitorio pequeño?

Verónica miró la pantalla.

No respondió.

Llegó otro mensaje.

Una foto.

La habitación estaba remodelada.

Paredes claras.

Muebles nuevos.

Una cama infantil.

Sobre ella dormía una niña de unos seis años.

Verónica sintió alivio por un segundo.

Era la hija de la propietaria.

Después vio la almohada.

Había otra marca junto a la cabeza de la niña.

El mensaje siguiente llegó inmediatamente.

Mi hija dice que otra niña duerme con ella.

Verónica dejó el teléfono.

No quería saber más.

El aparato vibró otra vez.

Una fotografía nueva.

Esta vez la niña estaba despierta y miraba hacia la cámara.

A su lado, la colcha estaba levantada.

Debajo había algo.

No se veía un rostro.

Solo la forma de una cabeza apoyada sobre la segunda almohada.

Verónica apagó la pantalla.

Esa noche dejó todas las luces encendidas.

Cerca de las tres despertó.

No sabía qué la había despertado.

Permaneció inmóvil.

Escuchó su departamento.

El refrigerador.

Un auto afuera.

Las tuberías.

Después sintió cómo el colchón descendía detrás de ella.

Verónica dejó de respirar.

Vivía sola.

No abrió los ojos.

Una mano pequeña salió lentamente de debajo de la colcha y se apoyó sobre su cintura.

Fría.

Ligera.

Familiar.

Verónica quiso levantarse.

No pudo.

Una voz infantil susurró junto a su oído.

—Mamá vendió nuestra casa.

Verónica sintió lágrimas bajar hacia la almohada.

La voz continuó.

—Pero yo sabía cuál de las dos eras.

Verónica abrió los ojos.

Frente a ella estaba el espejo del dormitorio.

En el reflejo había una mujer acostada en la cama.

Cabello largo y negro.

Ojos abiertos.

Y detrás de aquella mujer, en el lugar donde Verónica debería haberse reflejado, dormía una niña.

La niña abrió los ojos.

Miró directamente hacia Verónica.

Y sonrió como quien por fin reconoce su propia cama.

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