
La mujer escupió agua sobre los zapatos de Rubén.
Estaba tendida junto al arco, con una mejilla hundida entre las hojas de césped. Movía los brazos sin conseguir levantar el pecho. Rubén dejó caer el manojo de llaves y se agachó, pensando que había sufrido un ataque, que se estaba asfixiando con algo.
—Señora, ¿me escucha?
La mujer giró la cabeza hacia él. Tenía los ojos abiertos y una expresión que lo hizo sujetarla inmediatamente por debajo de los brazos.
Pesaba demasiado.
Rubén cambió de posición, apoyó las rodillas y tiró con toda la espalda. Consiguió levantarle el rostro unos centímetros. De la boca salió un chorro transparente que le empapó la camisa.
El campo estaba seco. No había llovido en semanas.
—No me baje.
La mujer apenas pudo decirlo. Rubén sintió que los brazos de ella se endurecían alrededor de sus muñecas.
Había pasado la tarde en aquella cancha. Había recogido botellas, barrido las gradas y discutido con unos muchachos que querían seguir jugando después de terminar el horario. Cuando cruzó por última vez frente al arco, unos minutos antes, allí solo había una pelota desinflada.
Ahora una desconocida se ahogaba entre sus manos.
—Esteban —gritó—. Ven a ayudarme.
Su compañero estaba guardando los conos en el depósito, al otro lado de la pista de cemento que rodeaba el césped. Salió sin apuro, con el silbato del entrenamiento todavía colgado al cuello.
—¿Se cayó?
—No sé. Ayúdame a levantarla.
Esteban llegó corriendo. Sujetó a la mujer por la cintura y ambos tiraron. El cuerpo se elevó hasta quedar apoyado en las rodillas, pero las piernas permanecieron estiradas detrás, como si algo le retuviera los tobillos.
Ella tomó aire con un ruido que Rubén nunca había escuchado. No era un suspiro. Parecía que respirar le raspaba por dentro.
Esteban miró sus propias manos.
—Está helada.
Llevaba un vestido gris sin mangas. No tenía bolso ni zapatos. Rubén calculó que tendría unos cuarenta años, aunque el temblor de su boca y el pelo pegado al rostro dificultaban mirarla como a una persona que pudiera tener una edad, un trabajo, un lugar del que hubiera venido.
—Vamos a sacarla al cemento —dijo.
La pista estaba a unos seis metros. Bastaba con arrastrarla hacia atrás, pasar junto al poste izquierdo y llegar al borde.
Esteban cambió el agarre. En cuanto aflojó una mano, la mujer cayó de cara.
Rubén alcanzó a sostenerle la frente.
No golpeó el suelo.
Su mano entró en él.
Los dedos desaparecieron entre las hojas hasta los nudillos. Sintió agua alrededor de la palma, una corriente tan fría que le dolieron los huesos. Al sacar la mano, el césped volvió a ocupar su lugar. No quedó agujero ni barro removido.
Rubén se levantó de golpe, pero la mujer no le soltó las muñecas.
Esteban seguía abrazándola por detrás.
—¿Qué pasó?
Rubén no pudo explicárselo. Bajó la mirada hacia sus zapatos. Estaban apoyados sobre tierra firme. Bajo las suelas sentía incluso los pequeños desniveles que llevaba meses prometiendo corregir.
La mujer volvió a hundir la nariz.
Ambos tiraron de ella.
Esta vez se oyó un chapoteo.
Venía de abajo.
Del depósito salió Milagros, la muchacha que atendía el quiosco. Había escuchado los gritos mientras contaba las monedas de la caja. Se acercó hasta el borde del campo con el teléfono en la mano.
—Llama a una ambulancia —le dijo Esteban.
—Ya estoy llamando.
Milagros dio un paso sobre el césped.
—Quédate ahí —ordenó Rubén.
Lo dijo con tanta fuerza que ella retrocedió. Él mismo no habría sabido decir qué había visto. Solo tuvo la certeza de que no debía permitir que alguien más se acercara.
Empezó a tirar de la mujer hacia la pista. Esteban lo acompañó, sosteniéndola por las axilas. Avanzaron poco, unos dos pasos, y los pies descalzos de ella dejaron de verse.
El vestido seguía extendido sobre la hierba.
Debajo del borde de la tela ya no había tobillos.
—No miren —dijo la mujer.
Esteban levantó la cabeza.
—¿Qué?
Ella hizo un esfuerzo para hablar, pero solo pudo expulsar más agua. Un hilo le corrió por el mentón y cayó entre las manos de Rubén.
Él sentía que la corriente le subía por las pantorrillas. No veía agua. Veía sus pantalones, la franja blanca del área y una envoltura de caramelo pegada a una brizna. Sin embargo, la tela se apretaba contra sus piernas y algo frío le golpeaba las espinillas, como objetos pequeños arrastrados por un río.
El arco estaba a su izquierda, a menos de un brazo de distancia. Pasó un codo alrededor del poste. Agradeció que estuviera fijado al suelo: él mismo había revisado los anclajes al principio del mes.
—Agárrate de mí —le dijo a Esteban.
Su compañero lo sujetó por el cinturón con una mano. Con la otra mantenía el pecho de la mujer fuera del césped.
Desde la pista, Milagros repetía la dirección del complejo deportivo. Su voz sonaba absurdamente tranquila.
—Una señora se está ahogando.
Hubo una pausa.
—No, no hay piscina. Es una cancha.
Rubén cerró los ojos un instante. El brazo contra el poste ya le ardía.
Entonces sintió unos dedos alrededor del tobillo derecho.
No fue un roce. Una mano se cerró con fuerza y le hundió un pulgar en el tendón. Rubén sacudió la pierna. Esteban soltó un grito al recibir el tirón y la mujer se les resbaló hasta la barbilla.
Ella empezó a llorar sin hacer ruido.
Rubén no podía bajar la cabeza para mirarle las piernas. No quería hacerlo. Tenía delante la cara de aquella desconocida y, más allá, una hilera de asientos de plástico donde todavía descansaba una botella amarilla olvidada por algún niño.
Pensó que todo seguía ahí. El quiosco abierto, el reloj sobre los vestidores, las zapatillas de Esteban. Que podía ver perfectamente la salida y los autos pasando detrás de la reja.
Nunca se había sentido tan lejos de una calle.
—La soga —dijo—. Mila, trae la soga azul del depósito.
La usaban para sujetar la lona de los torneos. Milagros dejó el teléfono en altavoz sobre el cemento y corrió a buscarla.
Esteban había empezado a respirar por la boca.
—Algo me está tocando.
Rubén apretó el codo contra el poste.
—No te sueltes.
—No me estoy soltando.
La mano del tobillo se abrió.
Durante un segundo, Rubén creyó que podrían moverse. Intentó retroceder, pero el suelo cedió bajo su pie derecho. Se hundió hasta media pantorrilla y el peso de la mujer lo dobló hacia delante.
Esteban lo agarró de la camisa y lo empujó contra el arco.
Fue un movimiento breve, torpe y suficiente.
Rubén recuperó el apoyo.
Su compañero no.
Esteban cayó de rodillas. La línea blanca del área le atravesó los muslos sin mancharlos y quedó visible sobre el lugar donde deberían haber estado sus piernas.
Miró a Rubén con desconcierto.
Después la corriente lo acostó boca abajo.
Rubén soltó una muñeca de la mujer para agarrarle la camiseta. Alcanzó el cuello, apretó la tela y tiró hasta hacerse daño en los dedos. Esteban levantó el rostro, tosió y trató de decir algo.
El silbato flotaba junto a su mejilla.
Estaba suspendido unos centímetros por encima del césped, con el cordón estirado hacia su cuello.
Milagros regresó arrastrando la soga.
Rubén le gritó que la pasara alrededor del poste desde el lado de la pista, que no pisara la hierba. Ella obedeció a medias, llorando, sin conseguir entender cómo acercarse al arco sin entrar al campo.
—Lánzamela. Yo la paso.
Necesitó tres intentos. Rubén recibió un extremo sobre el hombro. Se lo metió entre los dientes para conservarlo mientras acomodaba a la mujer contra el poste. Ella se aferró al metal con ambos brazos. Las uñas hicieron un ruido agudo sobre la pintura.
Por primera vez, Rubén tuvo una mano libre.
Pasó la soga alrededor del arco y le entregó ambos extremos a Milagros. Luego tomó uno y se lo llevó hacia Esteban, que ya solo conseguía mantener la boca fuera del suelo cuando Rubén tiraba de su camiseta.
—Debajo del brazo —le dijo—. Ayúdame.
Esteban intentó obedecer. Rubén le introdujo la cuerda por una axila y buscó la otra mano de su compañero para rodearle el pecho.
Algo se la apartó.
Rubén sintió claramente unos dedos que empujaban su muñeca hacia abajo. Rozó una cara fría, una nariz, unos dientes que se cerraron en el aire muy cerca de su piel.
Retrocedió con un gemido.
La mujer lo miraba desde el poste.
—No alcanzo —dijo ella.
Rubén creyó que le pedía ayuda. Después vio que sus piernas hacían pequeños movimientos bajo la superficie, como las de alguien que busca un escalón con la punta de los pies.
—Antes alcanzaba.
Esteban se hundió hasta los ojos.
Rubén agarró la soga y la pasó alrededor de su pecho como pudo. Hizo un nudo torpe bajo una axila. Milagros tiró desde la pista y el cuerpo se desplazó hacia el borde, arrastrando consigo el brazo de Rubén.
Por un momento pareció que lo estaban consiguiendo.
Entonces el campo entero se movió.
No se levantó la tierra. No se abrió una grieta. Una ondulación pasó bajo el césped, desde el centro hacia las gradas, y la botella amarilla rodó sobre el asiento donde la habían dejado.
Rubén perdió apoyo en ambos pies.
Quedó colgado del poste por el codo, con las piernas sumergidas en una oscuridad que no podía ver. El agua le llegó a la cintura. Tenía delante su propio pantalón, todavía visible, pero al mover las rodillas no encontró resistencia de tierra alguna.
Algo grande pasó por debajo.
Lo rozó a lo largo de las suelas. No tenía escamas ni una superficie lisa. Rubén distinguió hombros, cabello, un codo. Varios cuerpos apretados unos contra otros, desplazándose juntos.
Esteban abrió la boca.
Rubén tiró de él, pero ya no pudo levantarlo.
La mujer soltó un brazo del poste y se prendió de la nuca de Rubén. Su peso lo hizo doblarse. Él intentó apartarla sin perder el arco; ella se aferró con más fuerza, ciega de miedo.
El rostro de Rubén tocó el césped.
Entró en agua negra.
Desaparecieron los reflectores, la pista y el sonido del tráfico. La presión le cerró los oídos. Seguía agarrado al poste, pero el metal descendía mucho más allá de donde debía estar su base.
Abrió los ojos.
Arriba, la cancha era una claridad verde. Vio las suelas de Milagros al otro lado de un borde pálido. Vio también su propia mano sujetando la camiseta de Esteban.
Debajo había gente.
No pudo contarla. Rostros inclinados hacia arriba, brazos que se estiraban entre otros brazos. Algunos se movían lentamente. Otros pateaban con desesperación, atrapados bajo los que habían conseguido subir un poco más.
Uno de aquellos rostros estaba pegado a su rodilla.
La boca se abrió y una burbuja grande le rozó la piel.
Rubén pateó sin querer. Sintió la vergüenza y el terror del golpe antes de recuperar la cabeza. La mujer había aflojado su abrazo para volver a sujetarse al poste.
El aire de la noche le entró en la boca con olor a césped recién cortado.
Milagros gritaba. Habían llegado dos hombres desde la calle y estaban tirando de la cuerda con ella.
Rubén no vio cuándo se hundió la cabeza de Esteban.
Solo vio el cordón del silbato desaparecer tras una pequeña vibración entre las hojas.
La soga se tensó.
Los hombres retrocedieron juntos. Rubén sostuvo la camiseta de su compañero hasta que la costura del cuello empezó a ceder. Intentó cambiar el agarre y metió el brazo entero. Encontró un hombro. No supo de quién era.
Una mano le sujetó la suya.
Tenía el anillo grueso que Esteban nunca se quitaba para trabajar.
Rubén cerró los dedos alrededor de esa mano y tiró. Sintió que alguien se agarraba a su cintura por detrás. Milagros había llegado hasta él desde el costado del arco, ayudada por uno de los hombres. Entre ambos lo arrastraron hacia la pista.
La mano del anillo siguió dentro de la suya.
Hasta que dejó de moverse.
No se soltó ni resbaló.
Se quedó fija.
Rubén cayó de costado sobre el cemento. La soga perdió tensión de golpe y los hombres retrocedieron varios pasos. La mujer quedó tendida cerca del borde, tosiendo. El otro hombre había logrado arrastrarla del vestido mientras Milagros ayudaba a sacar a Rubén.
Rubén tenía el brazo extendido sobre el campo.
La muñeca de Esteban sobresalía de la hierba.
El resto estaba debajo.
Tiraron de ella entre tres. La tierra no cedió. Alguien trajo una pala del depósito y Rubén apartó las hojas con la mano libre, tratando de señalar dónde empezar.
Había una cara bajo sus dedos.
No hundida en barro. Debajo de la superficie, como vista a través de un vidrio grueso y verdoso. Reconoció el lunar junto a la boca de Esteban. Sus ojos estaban abiertos.
La pala golpeó tierra dura.
Rubén gritó que dejaran de cavar cuando el filo pasó demasiado cerca de aquella mejilla.
Los bomberos trabajaron hasta el amanecer. Retiraron césped, tierra y piedras alrededor del brazo. Encontraron tuberías de riego, raíces y una capa de grava. No encontraron un cuerpo.
La mano nunca se enfrió.
Cada vez que Rubén intentaba retirarse para que alguien más ocupara su lugar, los dedos de Esteban se cerraban alrededor de los suyos.
La mujer se fue en la ambulancia. El campo quedó cercado. Al amanecer trajeron una carpa para cubrir el agujero y un banquito para que Rubén pudiera sentarse junto a él.
Milagros le acercó un vaso de agua. Rubén no quiso beber.
Cuando salió el sol, la cara de Esteban empezó a distinguirse mejor bajo la tierra que aún no habían removido. Tenía pequeñas sombras de hojas sobre los párpados. Rubén se inclinó, seguro de haber visto un movimiento en la boca.
Esteban lo estaba mirando.
Muy despacio, dejó de apretarle la mano.
Le abrió los dedos, uno por uno.
Después giró la palma hacia arriba y buscó otra vez la suya. No para sujetarse.
Se la llevó a los ojos.
Rubén mantuvo la mano allí mientras, debajo de la cara de su compañero, otras caras empezaban a acercarse.
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