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El zumbido se acercaba cada vez que dejaba de escucharlo

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
El zumbido se acercaba cada vez que dejaba de escucharlo

El zumbido apareció un martes por la noche, mientras Mateo lavaba los platos.

No fue un sonido repentino. Se instaló en el aire, como cuando enciendes un electrodoméstico viejo y el ambiente cambia de textura sin que puedas identificar de dónde viene. Mateo cerró el grifo y secó las manos en un trapo.

Era grave, casi por debajo del umbral del oído. No parecía venir de la cocina ni de la sala. Estaba suspendido en el apartamento como una nota sostenida que nadie tocaba.

Mateo caminó hacia la sala.

El zumbido lo siguió.

Cruzó hasta el dormitorio y regresó al pasillo. El sonido parecía acompañarlo, pero no podía localizarlo. Se detuvo en el centro y giró la cabeza, intentando ubicarlo con los oídos.

El zumbido se detuvo.

Mateo dejó de moverse. Contuvo la respiración y escuchó con atención: el refrigerador, el tráfico distante, el crujido habitual del edificio.

Nada más.

Se relajó. Bajó los hombros. Se dijo que habría sido una tubería o una interferencia eléctrica. Se acercó a la ventana para correr la cortina.

En cuanto pensó en otra cosa, el zumbido regresó.

Mateo se volvió.

Silencio.

Esperó unos segundos y apartó la atención del sonido. Pensó en el grifo que no había terminado de cerrar.

El zumbido volvió.

Lo repitió varias veces. Si se concentraba en escucharlo, desaparecía. Si dejaba que su mente se ocupara de otra cosa, reaparecía.

Y cada vez parecía estar en un lugar distinto.

Primero, detrás de la ventana. Después, en la sala. Luego, en el pasillo. La cuarta vez, justo detrás de él.

Mateo se quedó quieto con el corazón acelerado. El sonido no avanzaba mientras lo escuchaba. Se acercaba cuando él se distraía.

Esa noche no durmió.

Se sentó en el sofá con los ojos abiertos y mantuvo la atención en el zumbido. A veces dejaba de oírlo y eso le daba alivio; luego pensaba en cualquier otra cosa, aunque fuera por un instante, y el sonido reaparecía más cerca.

Trató de no mirar el reloj. Cada vez que levantaba la vista, perdía el hilo de lo que estaba escuchando. El zumbido regresaba.

A las tres de la madrugada estaba en la sala. A las cuatro, le pareció que sonaba cerca del pasillo. A las cinco, sentía una presión sutil en los oídos, como si el aire se hubiese vuelto más denso.

Cuando amaneció, el zumbido estaba a pocos pasos.

Mateo se preparó café sin dejar de escucharlo. Se movía despacio, tratando de mantener una parte de su mente fija en aquella nota. Al servir el agua, perdió la concentración un instante.

El sonido volvió a su espalda.

Mateo se dio vuelta tan rápido que derramó café sobre la mesa.

Permaneció de pie, enfocándose de nuevo. El zumbido cesó. La taza temblaba entre sus dedos.

Necesitaba comprobar que aquello era real. Fue al dormitorio y sacó una grabadora digital que usaba para registrar notas de trabajo. La encendió y la dejó sobre el escritorio, apuntando hacia el centro del cuarto.

El zumbido desapareció.

Mateo miró la pantalla. El indicador de nivel estaba plano. No se registraba ningún sonido, ni siquiera el ruido ambiente del refrigerador.

Apagó la grabadora.

El zumbido regresó de inmediato, más cerca.

Volvió a encenderla.

Nada.

Probó con su teléfono y la aplicación de notas de voz. La misma línea plana. Se acercó a la grabadora, habló su nombre y dio una palmada. La grabación captó ambas cosas. En el espacio entre su voz y el aplauso no había zumbido.

Mateo apagó el aparato.

El sonido reapareció, pegado a su oído derecho.

Se puso unos audífonos y reprodujo ruido blanco a un volumen moderado. El zumbido desapareció. Por primera vez desde la noche anterior, Mateo pudo sentarse sin vigilar cada pensamiento.

Veinte minutos después, el ruido blanco cambió de textura.

Debajo del siseo apareció una frecuencia grave. Mateo abrió los ojos. El zumbido se distinguía cada vez mejor, como si atravesara capas de ruido desde el otro lado.

Subió el volumen de los audífonos.

La frecuencia se volvió más clara.

Se los quitó.

El sonido estaba a menos de un metro.

Mateo dejó caer los audífonos sobre el sofá. La cabeza le zumbaba con el ruido blanco, pero la nota grave había desaparecido mientras la escuchaba. No era una barrera. Solo le permitía distraerse, y en cuanto se distraía, el sonido avanzaba.

Pasó el día sin trabajar. No podía leer, mirar una pantalla ni preparar comida. Cualquier actividad le robaba la atención durante unos segundos.

Cada vez que ocurría, el zumbido regresaba.

Mateo empezó a contar los intervalos. Escuchaba. Esperaba a que el sonido desapareciera. Contaba hasta diez. Si mantenía el foco, el zumbido no volvía. Si intentaba pensar en otra cosa, reaparecía cerca.

Al principio podía distraerse por tres o cuatro segundos sin sentir diferencia. Después, bastaba un instante. Cuando su mente se desviaba, la frecuencia reaparecía más intensa, como si hubiera cruzado el espacio que Mateo no vigilaba.

A las tres de la tarde, la presión le vibraba en los dientes. Se sentó en el piso, con la espalda contra la pared, y apoyó las manos sobre las rodillas.

No podía seguir así. Necesitaba comer, dormir y pedir ayuda. Llamó a su jefe.

—No voy a poder ir a la oficina mañana —dijo.

—¿Estás enfermo?

Mateo intentó responder. Mientras buscaba una explicación, dejó de prestar atención al sonido.

El zumbido apareció justo al lado de su cabeza.

Mateo se interrumpió y se concentró en él. El sonido se apagó.

—Mateo, ¿sigues ahí?

—Sí. Estoy enfermo. Te llamo después.

Terminó la llamada sin despedirse.

El teléfono seguía en su mano. Mateo se dio cuenta de que no recordaba las últimas palabras de su jefe. Había tenido que elegir entre escuchar la llamada y escuchar el zumbido. No podía hacer ambas cosas al mismo tiempo.

Probó comer. Preparó un sándwich y se sentó en la cocina. Cada vez que masticaba, el ruido de sus propios dientes captaba su atención. El zumbido reaparecía. Una vez le pareció vibrar dentro del plato. Otra vez, a la altura del fregadero.

Dejó de comer.

Probó ducharse. El agua golpeaba la cortina y la bañera con tanto ruido que no podía mantener la atención en el zumbido. Debajo del agua, la nota grave avanzó. Mateo cerró el grifo y salió de la ducha con champú en el pelo, temblando y con los oídos tapados.

A las ocho de la noche el zumbido estaba dentro de su cabeza.

No podía señalar una dirección. Cada vez que intentaba localizarlo, parecía venir de todas partes. Cada vez que se concentraba en la frecuencia, le daba la impresión de que se había detenido justo en el centro del cráneo.

Mateo se sentó en el borde de la cama. Tenía los ojos irritados y las sienes doloridas. Intentó escuchar el sonido con más atención, pero ya no había nada que seguir. No percibía distancia. No percibía movimiento.

No podía enfocarse más de lo que ya lo estaba.

Y tampoco podía dejar de escucharlo: lo llevaba dentro.

Se tapó las orejas. La vibración continuó. Se presionó los dedos contra las sienes. El zumbido siguió ahí, sin subir ni bajar.

A ratos perdía la concentración por agotamiento. Entonces la frecuencia crecía dentro de su cabeza, ocupando el pequeño espacio que quedaba entre un pensamiento y el siguiente.

Mateo no durmió. Cada vez que cerraba los ojos, sus pensamientos se volvían confusos. El zumbido aumentaba durante esos segundos y lo obligaba a despertar sobresaltado.

A las cuatro de la madrugada decidió salir. Quizá el fenómeno estaba ligado al apartamento. Si caminaba lo suficiente, tal vez podría dejarlo atrás.

Se vistió despacio, concentrándose en el sonido mientras se abrochaba la camisa. Atarse los zapatos le tomó varios minutos. Cada movimiento exigía atención; cada descuido acercaba el zumbido.

Tomó las llaves y abrió la puerta.

El sonido lo siguió al pasillo.

Bajó las escaleras con una mano en el pasamanos. Al llegar al segundo piso, oyó una puerta abrirse. No se volvió. El zumbido estaba cerca y no se atrevía a distraerse.

Salió a la calle.

El aire frío de la madrugada le golpeó la cara. El tráfico era escaso. Mateo intentó caminar sin mirar los autos, las luces ni las ventanas. Necesitaba conservar toda la atención que le quedaba en la frecuencia.

Pero las luces de un semáforo cambiaron. Un auto dobló en la esquina. Alguien cerró una puerta a sus espaldas.

Su mente saltó hacia cada sonido.

El zumbido avanzó.

Mateo cruzó la calle casi corriendo. Al llegar a la otra acera, sintió la presión dentro de la cabeza. El sonido ya no parecía estar detrás de él ni a su lado. Estaba en el centro, más cerca que nunca.

Entonces, de pronto, se detuvo.

Mateo se quedó inmóvil.

Escuchó.

No oyó nada. Ni el tráfico, ni el viento, ni el edificio a su espalda. Solo el silencio propio de una calle vacía antes del amanecer.

El zumbido había desaparecido.

Se llevó las manos a las orejas. Se tocó el cuello y las sienes. No encontró nada. El silencio no era una pausa breve, ni la ausencia que aparecía cuando enfocaba la atención. Algo había cambiado.

Mateo soltó una risa temblorosa y apoyó la espalda contra la pared de un edificio.

Había salido. Había cruzado la calle. Tal vez el sonido no podía pasar de una acera a otra. Tal vez había un límite que acababa de atravesar.

No quiso probarlo. Solo pensó en alejarse.

Sacó el teléfono para llamar a alguien. La pantalla se iluminó. El nombre de su hermana apareció entre sus contactos. Mateo se detuvo antes de marcar. Para hacer la llamada tendría que escuchar el tono, atender a su voz, pensar en qué decir. Tendría que distraerse.

Guardó el teléfono.

Se enderezó y dio un paso hacia la esquina.

El zumbido no volvió.

Dio otro paso.

Seguía sin oírlo.

Mateo empezó a caminar más rápido. El alivio le aflojó los hombros y las manos dejaron de temblarle. Llevaba más de un día sin dormir. Podía buscar un hotel, llamar a su hermana desde allí y regresar por sus cosas cuando fuera de día.

Entonces tropezó con un desnivel de la acera.

El golpe lo obligó a mirar el suelo.

Por un instante dejó de escuchar.

El zumbido volvió dentro de su cabeza.

Mateo se detuvo. Se concentró en él y la frecuencia se apagó. Alzó la mirada hacia la calle y respiró despacio.

No lo había dejado atrás.

La distancia ya no servía.

Mateo apoyó la mano en la pared. Cerró los ojos. Escuchó el tráfico lejano, un motor que arrancaba, el roce de sus propios zapatos sobre la vereda.

El zumbido no estaba.

Abrió la boca para llamar a su hermana.

—Necesito… —dijo.

Debajo de su voz apareció la frecuencia grave.

Mateo cerró la boca.

El zumbido se detuvo.

Volvió a intentarlo.

—Necesito ayuda.

La vibración se mezcló con las palabras. Mateo sintió que le resonaba en la garganta, en el pecho y detrás de los dientes. Dejó de hablar y se concentró en escucharla. La frecuencia se apagó otra vez.

Un auto pasó por la esquina. Mateo apartó la vista para seguirlo.

El zumbido regresó, vibrando en su voz incluso sin que él hablara.

Se tapó la boca con ambas manos.

Entonces entendió por qué el silencio se había detenido al cruzar la calle: había llegado tan cerca que ya no necesitaba avanzar hacia él.

Mateo retiró lentamente las manos de la cara. Tenía que pedir ayuda. Marcó el número de emergencias y acercó el teléfono a su oído. Al otro lado, la operadora respondió.

—Emergencias. ¿Cuál es su situación?

Mateo intentó decir su nombre.

La primera sílaba salió clara. La segunda quedó cubierta por el zumbido.

—Señor, no le escucho bien. ¿Puede repetir?

Mateo apretó el teléfono. Enfocó toda su atención en la voz de la operadora.

El zumbido desapareció.

—¿Me oye? —preguntó ella.

—Sí —dijo Mateo.

La frecuencia se mezcló con la respuesta. Mateo dejó de hablar. Volvió a escucharla y el zumbido se apagó.

—Señor, necesito que me diga dónde está.

Mateo miró las placas de la calle. Para leerlas tendría que apartar la atención de la llamada. El zumbido esperaba dentro de su garganta, listo para ocupar cualquier palabra.

La operadora repitió la pregunta.

Mateo abrió la boca.

De su voz salió una sola sílaba. Después, el zumbido llenó el auricular, grave y constante, mientras la línea seguía abierta.

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