
Llevaban tres días caminando. Mara iba al frente, con el mapa en la cabeza y el bastón golpeando la piedra. Julio la seguía, con el radio colgado del pecho y la mirada siempre al suelo. Andrés cerraba, cargando la mochila más pesada: los frascos de vacuna que el pueblo de La Esperanza necesitaba antes de que terminara la semana.
La meseta era ancha, despejada, sin un árbol que diera sombra. El sol pegaba con fuerza y el viento, hasta entonces, había sido una bendición.
—Falta una hora para el refugio —dijo Mara, sin girarse—. Llegamos antes de que se ponga el sol.
Asintieron sin hablar. El aire estaba seco. Julio se pasó el dorso de la mano por la frente y sintió un ardor. Miró la mano: un corte fino, rojo, como si una hoja de afeitar le hubiera rozado la piel.
—Me corté —dijo.
Mara se detuvo y lo miró. No había nada en el aire que pudiera cortar. No había rocas afiladas a su altura, ni ramas, nada.
—¿Con qué? —preguntó.
—No sé. Sentí como un picor y ahora me arde.
Andrés se acercó. También él se tocó el cuello. Tenía una marca roja, larga, que cruzaba de un lado al otro.
—A mí también —dijo, con la voz tensa—. En el cuello.
Mara miró sus propias manos. Tenía tres cortes finos en el dorso, paralelos, que no habían estado ahí un minuto antes.
El viento sopló más fuerte. Sintió el ardor en las mejillas, como si algo diminuto y afilado rozara su piel al pasar. Levantó la mano para protegerse la cara y vio, a contraluz, partículas finísimas, brillantes, que flotaban en el aire como polvo de diamante. No eran polvo. Se movían con el viento, rectas, veloces, y donde tocaban, cortaban.
—Tápense —gritó Mara—. Todo. La cara, las manos. Todo lo que quede descubierto.
Se agacharon. Julio se cubrió la cabeza con la capucha y se envolvió la cara con el pañuelo. Andrés quitó la chaqueta y se la echó encima, protegiendo la mochila de las vacunas. Mara se cubrió con el poncho, dejando solo los ojos al descubierto, y sintió cómo una partícula le rozaba el párpado, dejando una línea de fuego.
—Tenemos que seguir —dijo, con la voz amortiguada por la tela—. No podemos quedarnos aquí parados. El refugio está cerca.
Caminaron agachados, paso a paso, contra el viento. Las partículas golpeaban la tela con un sonido suave, constante, como lluvia fina. Pero no eran lluvia. Eran navajas microscópicas que atravesaban lo más delgado.
Julio gritó de repente. Se había quitado el pañuelo para toser y una ráfaga le había llenado la boca. Escupía sangre. Se tocaba la garganta, con los ojos desencajados.
—No te quites nada —le ordenó Mara, sujetándole la mano—. Respira por la nariz, despacio. No abras la boca.
Julio asintió, temblando. Se volvió a cubrir.
Andrés iba peor. Cargaba la mochila y no podía cubrirse bien la nuca. Cuando Mara lo miró, vio que tenía la piel del cuello llena de líneas rojas, algunas más profundas, que goteaban sangre fina.
—Andrés —dijo ella—. Suéltala. La mochila.
—No —respondió él, firme—. Estas vacunas son lo único que le queda al pueblo. No la suelto.
—Te estás desangrando.
—Llego.
Caminaron así durante cuarenta minutos que parecieron horas. El viento no amainaba. Las partículas cortaban a través de la ropa más delgada. Julio tenía los brazos cruzados sobre el pecho, encogido, y cada paso le costaba. Mara sentía el ardor en los labios, en los párpados, en el cuello. Sabía que si seguían así, no llegarían completos.
—Allí —gritó Andrés, señalando con la cabeza.
Entre dos rocas, el refugio. Una construcción baja, de piedra, con una puerta de madera reforzada. La meta.
Corrieron lo que pudieron. Mara abrió la puerta de un empujón, los tres entraron, y la cerraron tras de sí con el cerrojo.
Silencio. El viento quedaba fuera. Se quitaron las capas, respirando hondo, temblando. Julio se sentó en el suelo, con la cabeza entre las rodillas. Andrés se quitó la mochila con cuidado y se tocó el cuello: la sangre se había secado, pero las heridas eran profundas. Mara miró por la ventana pequeña, protegida por un cristal grueso.
El viento amainaba. Poco a poco, las ráfagas se hicieron más suaves. Pero las partículas no cayeron. Se quedaron suspendidas en el aire, densas, brillando a la luz del atardecer como una niebla hecha de millones de puntos afilados. Cubrían toda la meseta, de punta a punta. No se movían. Esperaban.
—No se caen —susurró Julio.
Mara no respondió. Miró hacia abajo, hacia el valle. Allí estaba La Esperanza, con sus casitas de adobe y el humo de las cocinas. La nube de partículas empezaba a descender, lentamente, como si la gravedad la llamara pero no terminara de decidirse.
—Se mueve hacia el pueblo —dijo Andrés, con la voz ronca. Se había acercado a la ventana y miraba con ella. Tenía la mano apoyada en el cristal, y la sangre de sus cortes dejaba una marca roja—. Tenemos que advertirles.
—El radio —dijo Julio, agarrándolo del pecho. Lo encendió. Solo estática. Lo golpeó. Nada. Las partículas habían entrado por los orificios del altavoz y del micrófono, rayando los componentes. El radio no servía.
—Tenemos que bajar —dijo Mara—. A pie. Ahora.
Andrés se tocó el pecho y tosió. Una mancha roja apareció en su mano. Había respirado partículas. Los pulmones le ardían. Sabía que no podría correr cuesta abajo.
—Vayan ustedes —dijo, con calma—. Yo los alcanzo.
Mara lo miró. Sabía que mentía. Sabía que Andrés no podía ni caminar rápido, y mucho menos correr. Y sabía que si se quedaban con él, los tres morirían cortados en la meseta, y el pueblo nunca recibiría la advertencia.
—Andrés —empezó ella.
—No —la cortó él—. Llévense las vacunas. Baja al pueblo. Diles que cierren puertas y ventanas, que se cubran, que no salgan. Corran. No se detengan por mí.
Julio lloraba en silencio. No podía mirarlo.
Mara tomó la mochila de las vacunas. La puso sobre sus propios hombros. Miró a Andrés a los ojos. Él sonrió, con los labios agrietados por los cortes.
—Ve —dijo.
Mara y Julio salieron del refugio. La nube de partículas los recibió de inmediato. Se cubrieron hasta los ojos y empezaron a correr cuesta abajo, por la senda que llevaba al pueblo. Las partículas cortaban la tela, la piel, los labios. Julio tropezó y se levantó sin mirar atrás. Mara sentía la sangre resbalando por su cuello, pero no se detenía.
Corrieron durante veinte minutos. Cuando llegaron a la primera casa del pueblo, quitarse las capas no sirvió de nada: las partículas estaban ya en su ropa, en su pelo, en su piel.
—¡Cierren todo! —gritó Mara, con la voz rota—. ¡No salgan! ¡Cierren puertas y ventanas!
La gente salió de las casas, confundida. Una mujer se acercó a ellos, con un niño de la mano, preguntando qué pasaba.
Y entonces Mara lo vio: una línea roja, fina, apareció en la mejilla de la mujer. Luego otra en la frente del niño. El niño se tocó la cara, confundido, y empezó a llorar.
Mara levantó la mirada. La nube brillante descendía sobre el pueblo, suave, silenciosa, cubriendo los tejados, entrando por las calles. No había viento que la empujara. Simplemente bajaba.
Julio se hundió en el suelo, agotado. Mara se quedó de pie, con la mochila de las vacunas aún en los hombros, mirando cómo las primeras cortaduras aparecían en los brazos de la gente que los rodeaba.
Habían llegado. Habían corrido. Habian advertido.
Y no había servido de nada.
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