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El último pasajero no se baja

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
El último pasajero no se baja

A Luis le molestaba revisar el espejo retrovisor cuando el autobús iba vacío.

No porque esperara ver algo.

Justamente por lo contrario.

Después de las once de la noche, la ruta veintisiete perdía casi todos sus pasajeros. Las últimas paradas atravesaban avenidas industriales, barrios residenciales y una zona de talleres donde las calles quedaban completamente vacías.

Luis llevaba seis años haciendo ese recorrido.

Conocía los semáforos que tardaban demasiado, las esquinas donde siempre aparecía algún taxi y hasta los perros que dormían junto a determinados postes.

Lo que no conocía era al hombre de la última fila.

Lo vio un martes.

Eran las once y cuarenta y ocho.

Habían bajado los últimos dos pasajeros cinco minutos antes y Luis ya iba rumbo al terminal.

Miró el espejo.

Había alguien sentado al fondo.

Un hombre.

Chaqueta oscura.

Cabeza ligeramente inclinada.

Las manos sobre las piernas.

Luis frunció el ceño.

No recordaba haberlo visto subir.

Redujo la velocidad.

—Señor.

El hombre no reaccionó.

—Terminamos recorrido.

Nada.

Luis llegó a la última parada y abrió las puertas.

—Señor, aquí termina.

El hombre seguía sentado.

Luis esperó.

Nada.

Apagó el motor.

El silencio dentro del autobús cambió de inmediato.

Sin vibraciones.

Sin ventilación.

Sin ruido de puertas.

Solo él y aquel pasajero.

Luis se levantó.

—Señor.

Caminó por el pasillo.

Fila diez.

Nueve.

Ocho.

A medida que se acercaba, empezó a distinguir mejor la chaqueta.

Era gris, no negra.

El hombre parecía mayor.

Tenía el rostro inclinado hacia la ventana.

Luis llegó a la séptima fila.

—Tenemos que bajar.

Dio dos pasos más.

El asiento del fondo estaba vacío.

Luis se detuvo.

Miró debajo.

Nada.

Revisó los asientos laterales.

Nadie.

El hombre no podía haber bajado.

La puerta trasera estaba cerrada.

Luis volvió al volante pensando que quizá se había confundido con una chaqueta abandonada.

Pero no había ninguna chaqueta.

Revisó el autobús otra vez.

Vacío.

No comentó nada.

Al día siguiente olvidó el asunto.

Hasta las once y media.

Una señora subió cerca del hospital.

Pagó.

Se sentó en la mitad del autobús.

Luis condujo dos cuadras.

La mujer cambió de asiento.

Luego otra vez.

Finalmente se acercó al conductor.

—¿Falta mucho para la avenida Central?

—Unos diez minutos.

Ella miró hacia atrás.

—Me bajo antes.

Luis abrió en la siguiente parada.

La mujer descendió.

Antes de irse se inclinó hacia la ventana.

—No debería dejarlo viajar así.

Luis la miró.

—¿A quién?

La mujer ya se alejaba.

Luis miró el espejo.

El hombre estaba allí.

Última fila.

Misma posición.

Misma chaqueta.

Luis sintió un pequeño escalofrío.

Continuó conduciendo.

No volvió a mirar durante varias cuadras.

Cuando finalmente lo hizo, el hombre seguía.

Llegó al terminal.

Abrió las puertas.

—Señor.

Nada.

Esta vez no caminó hasta el fondo.

Se quedó junto al volante.

—Aquí termina.

Esperó.

El hombre no se movió.

Luis tomó el teléfono y llamó al supervisor nocturno.

—Tengo un pasajero que no quiere bajar.

—Despiértalo.

—No sé si está dormido.

—Pues ve a ver.

Luis miró el espejo.

El asiento estaba vacío.

Guardó silencio.

—¿Luis?

—Ya bajó.

—Entonces ¿para qué llamas?

—Nada.

Colgó.

La tercera noche intentó prestar atención a cada persona que subía.

Miró rostros.

Ropa.

Paradas.

El hombre no apareció al inicio del recorrido.

Tampoco a mitad.

A las once y treinta y dos había seis pasajeros.

A las once y cuarenta quedaron tres.

A las once y cuarenta y cinco, uno.

Una joven con audífonos.

Luis miró el espejo.

Detrás de ella, al fondo, estaba el hombre.

Esta vez estaba sentado una fila más adelante.

Luis lo notó inmediatamente.

Fila once.

No doce.

Misma postura.

Misma chaqueta gris.

La joven también lo miró.

Se quitó un audífono.

Volvió la cabeza.

Después caminó rápidamente hacia adelante.

—¿Puede dejarme aquí?

—No hay parada.

—Por favor.

Luis observó el espejo.

—¿Pasa algo?

La joven no quiso mirar atrás.

—Ábrame.

Luis frenó.

Ella bajó.

Antes de que las puertas se cerraran dijo:

—No le hable.

Luis sintió frío.

—¿Lo conoce?

La muchacha negó.

—No.

Las puertas se cerraron.

Luis arrancó.

Durante el resto del trayecto no miró el espejo.

Sabía que el hombre seguía atrás.

Lo sentía.

Al llegar al terminal, dejó las puertas abiertas.

Esperó.

Nada.

No se levantó.

Cinco minutos después, el supervisor apareció caminando desde la oficina.

—¿No estacionas?

Luis señaló hacia atrás.

—Revisa tú.

El hombre subió.

—¿Qué?

—Hay alguien.

El supervisor recorrió el pasillo.

Llegó al fondo.

Volvió.

—No hay nadie.

Luis miró el espejo.

Vacío.

—Lo vi durante todo el camino.

—Estás cansado.

—Otros también lo ven.

—¿Quiénes?

Luis no respondió.

No tenía nombres.

La noche siguiente pidió otro autobús.

Dijo que el suyo tenía una vibración extraña.

Le dieron otra unidad.

Luis sintió alivio.

Eso duró hasta las once y cincuenta.

El hombre apareció en el espejo.

Fila diez.

Luis apretó el volante.

No era el autobús.

Era la ruta.

O era él.

A partir de entonces empezó a fijarse en la posición.

Primera noche: última fila.

Segunda: última.

Tercera: una más adelante.

Cuarta: fila diez.

Quinta: fila nueve.

Cada noche estaba más cerca.

Nunca lo veía subir.

Nunca lo veía caminar.

Simplemente aparecía cuando el autobús empezaba a vaciarse.

Luis dejó de caminar hacia el fondo.

No le hablaba.

No quería confirmar nada.

La sexta noche, un hombre borracho se sentó cerca del pasajero.

Luis lo observó por el espejo.

El borracho hablaba solo.

Movía las manos.

De pronto se quedó callado.

Giró lentamente hacia el asiento vecino.

El hombre gris estaba dos filas detrás.

El borracho se puso de pie.

Caminó hasta adelante.

—Chofer.

—Sí.

—Déjame en cualquier parte.

—Faltan dos paradas.

—No importa.

Luis abrió.

El hombre bajó.

Después golpeó la puerta desde afuera.

Luis abrió nuevamente.

—¿Qué pasa?

El borracho señaló hacia atrás.

—Ese señor me dijo que hoy no me toca.

Luis sintió que el estómago se le cerraba.

—¿Le habló?

—Sí.

—¿Qué más dijo?

El hombre negó.

—No quiero saber.

Se alejó.

Luis cerró las puertas.

Miró el espejo.

El pasajero gris tenía la cabeza levantada.

Por primera vez Luis veía parte de su rostro.

No distinguía bien los rasgos.

Solo los ojos.

Mirándolo.

Luis apartó la vista.

Condujo demasiado rápido hasta el terminal.

Esa noche no revisó el autobús.

Dejó las puertas abiertas y se marchó.

A la mañana siguiente pidió cambio de ruta.

No se lo concedieron.

—No hay personal —dijo el supervisor.

—Entonces dame el turno de tarde.

—La próxima semana vemos.

Luis estuvo a punto de renunciar.

No podía.

Tenía cuentas.

Una hija en la universidad.

Una madre que dependía de él.

Así que volvió a conducir.

La séptima noche, el asiento del hombre estaba en la fila ocho.

La octava, siete.

La novena, seis.

Luis dejó de contar pasajeros.

Solo contaba filas.

Cada vez que miraba el espejo, comprobaba cuánto faltaba.

Cinco.

Cuatro.

Tres.

¿Qué ocurriría cuando llegara a la primera?

No quería saberlo.

La décima noche subió una anciana cerca del cementerio.

Pagó con monedas.

Se sentó detrás del conductor.

Luis la reconocía.

Usaba la ruta varias veces por semana.

Condujeron en silencio.

Cuando el autobús quedó casi vacío, la mujer habló:

—Hoy está cerca.

Luis sintió un escalofrío.

—¿Quién?

La anciana miró el espejo.

—El que no baja.

Luis frenó un poco.

—¿Usted lo ve?

—Sí.

—¿Sabe quién es?

—No.

—¿Hace cuánto aparece?

La mujer lo miró.

—A mí no me aparece.

—Entonces…

—Te aparece a ti.

Luis apretó el volante.

—¿Por qué?

La anciana negó.

—No sé.

—¿Qué quiere?

—Tampoco.

Luis miró el espejo.

Fila cinco.

El hombre gris estaba sentado.

La anciana continuó:

—No deberías mirar tanto.

—Necesito saber dónde está.

—Él también sabe dónde estás tú.

Luis tragó saliva.

—¿Qué hago?

La mujer pulsó el botón de parada.

—Yo me bajo aquí.

—Todavía falta.

—Lo sé.

El autobús se detuvo.

Antes de bajar, la anciana dijo:

—Si alguna noche lo ves en el asiento detrás de ti, no mires otra vez.

Luis sintió frío.

—¿Por qué?

La mujer descendió.

No respondió.

Aquella frase lo acompañó toda la noche.

Fila cuatro.

Eso indicaba el espejo cuando llegó al terminal.

Luis se marchó sin comprobar nada.

Al día siguiente faltó al trabajo.

Dijo que tenía fiebre.

La noche siguiente también.

El supervisor llamó.

—Si mañana no vienes, tendré que reportarte.

Luis aceptó volver.

Pasó el día intentando convencerse de que estaba agotado.

Que el hombre era un pasajero cualquiera.

Que las posiciones eran coincidencia.

Que los demás reaccionaban porque él mismo estaba transmitiendo miedo.

A las nueve comenzó el turno.

Todo parecía normal.

A las once y veinte el autobús seguía lleno.

Luis se sintió mejor.

A las once y treinta y cinco quedaban ocho pasajeros.

Miró el espejo.

No estaba.

A las once y cuarenta y dos quedaban cuatro.

Nada.

A las once y cuarenta y siete bajó una pareja.

Quedó una mujer con bolsas.

Nada.

Luis respiró.

Tal vez se había terminado.

La mujer bajó.

El autobús quedó vacío.

Luis miró.

Fila tres.

El hombre estaba allí.

Luis sintió un golpe de miedo tan fuerte que casi frenó.

—No.

El hombre permanecía inmóvil.

Fila tres.

Eso significaba que, si seguía avanzando una por noche, al día siguiente estaría en la dos.

Luego en la uno.

Y después…

Luis no quiso completar la idea.

Llegó al terminal.

Apagó el motor.

No abrió la puerta trasera.

Solo la delantera.

—Baja.

El hombre no respondió.

Luis recordó la advertencia de la joven.

No le hable.

Ya era tarde.

—Baja.

La cabeza del hombre se levantó.

Luis sintió que había cometido un error.

La voz llegó desde el fondo.

Era baja.

Normal.

—Todavía no.

Luis se quedó helado.

—¿Qué quieres?

Silencio.

—¿Qué quieres de mí?

El hombre volvió a hablar.

—Llegar.

Luis no entendió.

—¿A dónde?

El pasajero inclinó ligeramente la cabeza.

—A mi parada.

Luis miró el letrero luminoso.

TERMINAL.

—Esta es la última.

El hombre respondió:

—Para ti.

Luis apagó las luces internas.

Salió.

No miró atrás.

La noche siguiente pidió a otro conductor que hiciera su último recorrido.

Le pagó.

El hombre aceptó sin preguntar demasiado.

Luis esperó en el terminal.

A las doce y diez llegó el autobús.

El conductor bajó.

—Todo normal.

Luis sintió alivio.

—¿No viste a nadie raro?

—No.

—¿Al final?

—Vacío.

Luis miró dentro.

No había nadie.

Pensó que había encontrado la solución.

No conducir.

Al día siguiente hizo lo mismo.

Otro compañero tomó la última vuelta.

Nada ocurrió.

La tercera noche no consiguió reemplazo.

Tuvo que conducir.

Luis intentó tranquilizarse.

Quizá dos noches habían roto la secuencia.

Llegó a la última parte del recorrido.

Miró el espejo.

El hombre estaba en la fila dos.

No había avanzado una posición.

Había esperado.

Luis sintió que las manos se le enfriaban.

Quedaban tres pasajeros.

Una pareja joven y un hombre con uniforme de cocina.

Los tres miraban hacia atrás de vez en cuando.

Nadie hablaba.

La pareja bajó varias paradas antes.

El cocinero se quedó.

Luis quería que siguiera hasta el terminal.

Necesitaba a alguien dentro.

El hombre pulsó el botón.

—¿Puede dejarme aquí?

—Falta una parada.

—Aquí está bien.

Luis dudó.

—¿Está seguro?

El pasajero lo miró.

Después miró hacia atrás.

—Sí.

Luis abrió.

El cocinero bajó.

Antes de irse se acercó a la ventana.

—No cierre las puertas cuando quede solo.

Luis sintió miedo.

—¿Por qué?

El hombre ya se alejaba.

Luis continuó.

El autobús estaba vacío.

Excepto por el pasajero gris.

Fila dos.

Luis mantuvo las puertas abiertas en cada semáforo donde podía hacerlo.

No sabía para qué.

Llegó al terminal.

No apagó el motor.

No se levantó.

El pasajero habló:

—Mañana.

Luis sintió frío.

—¿Qué?

—Mañana llegamos.

El hombre seguía sentado.

Fila dos.

Luis salió del autobús.

Renunció al día siguiente.

No esperó cambio de turno.

No negoció.

Entregó uniforme.

Credencial.

Llaves.

El supervisor intentó convencerlo.

—Llevas seis años.

—Ya no quiero conducir de noche.

—Te cambio a otra ruta.

—No.

Luis pensó que aquello terminaría.

Durante una semana durmió bien.

Consiguió trabajo manejando una pequeña furgoneta de reparto durante el día.

No utilizaba autobuses.

No hacía rutas nocturnas.

No volvía al terminal.

El hombre gris desapareció de su vida.

Hasta un viernes.

Luis salió del supermercado cerca de las ocho.

Había llovido.

Esperó un taxi bajo un techo.

Un autobús pasó por la avenida.

Ruta veintisiete.

Luis evitó mirar.

No pudo.

Miró las ventanas.

El vehículo llevaba pocos pasajeros.

En la segunda fila vio al hombre gris.

Sentado junto a la ventana.

Luis se quedó inmóvil.

El autobús continuó.

El hombre no lo miró.

Luis sintió alivio.

Quizá ya no era asunto suyo.

Dos días después recibió una llamada de su antiguo supervisor.

—Luis.

—¿Qué pasó?

—Necesito preguntarte algo.

—Dime.

—¿Tú conocías a un pasajero que se quedaba hasta el final?

Luis no respondió.

—Chaqueta gris.

Silencio.

—¿Quién está haciendo la ruta?

—Mario.

Luis cerró los ojos.

—Dile que no la haga mañana.

—¿Por qué?

—Solo dile.

—Luis.

—¿Dónde estaba sentado?

El supervisor tardó.

—Primera fila.

Luis dejó de respirar.

—¿Detrás del conductor?

—Sí.

La anciana había dicho:

Si alguna noche lo ves en el asiento detrás de ti, no mires otra vez.

Luis preguntó:

—¿Mario está bien?

—Dice que sí.

—¿Dónde está?

—Terminando recorrido.

Luis miró la hora.

Once y cincuenta y dos.

—Llámalo.

—Ya intenté.

—¿No responde?

—No.

Luis tomó las llaves.

No sabía por qué salió.

Tal vez porque sentía que había dejado algo incompleto.

Tal vez porque Mario no tenía idea.

Llegó al terminal veinte minutos después.

La ruta veintisiete no estaba.

El supervisor esperaba afuera.

—No llegó.

Luis sintió frío.

—¿Cuánto lleva?

—Casi cuarenta minutos.

—Llama a la policía.

—Ya llamé.

A medianoche y treinta y siete, las luces del autobús aparecieron al final de la avenida.

Avanzaba despacio.

Demasiado despacio.

Se detuvo frente al terminal.

Las puertas delanteras se abrieron.

Nadie bajó.

Luis y el supervisor se acercaron.

Mario estaba sentado al volante.

Mirando hacia adelante.

—Mario.

No respondió.

Luis subió un escalón.

—Mario.

El conductor giró lentamente la cabeza.

Estaba pálido.

—No mires atrás.

Luis se quedó quieto.

—¿Qué pasó?

Mario habló sin mover casi los labios.

—No se bajó.

Luis sintió frío.

—¿Dónde está?

—No mires.

El supervisor permanecía afuera.

—¿Qué ocurre?

Luis no respondió.

Mario tenía las manos clavadas al volante.

—Lo vi detrás.

—¿Te habló?

—Sí.

—¿Qué dijo?

Mario respiró.

—Que esta no era su parada.

Luis sintió un escalofrío.

Desde el fondo del autobús llegó un sonido.

Un asiento plegándose.

Después otro.

Más cerca.

Mario cerró los ojos.

—No mires.

Luis miró el espejo.

No pudo evitarlo.

El autobús parecía vacío.

Fila doce.

Once.

Diez.

Nada.

Luego vio al hombre.

No estaba sentado detrás de Mario.

Estaba en el asiento del conductor.

En el reflejo.

Luis miró directamente a Mario.

Seguía allí.

Volvió al espejo.

El hombre gris ocupaba su lugar.

Las manos sobre el volante.

La cabeza ligeramente inclinada.

Luis retrocedió.

Mario susurró:

—¿Lo viste?

—Sí.

—Entonces ya sabe que viniste.

Luis bajó del autobús.

—Sal.

Mario negó.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque todavía estoy conduciendo.

Luis miró hacia adelante.

El autobús estaba detenido.

Motor encendido.

Freno puesto.

—No estamos en movimiento.

Mario comenzó a llorar en silencio.

—Para ti no.

Entonces Luis vio las ventanas.

A través de ellas no se veía el terminal.

Se veía carretera.

Oscura.

Postes pasando lentamente.

Una avenida que Luis conocía.

La última parte de la ruta.

Pero el autobús seguía estacionado frente a ellos.

Luis bajó de golpe.

El supervisor también retrocedió.

Desde afuera las ventanas volvieron a mostrar el terminal.

Mario seguía sentado al volante.

—Baja —gritó Luis.

Mario abrió la puerta del conductor.

Intentó levantarse.

Un timbre sonó.

El botón de parada.

Una sola vez.

Mario se quedó inmóvil.

El timbre volvió a sonar.

Luis recordó algo.

El pasajero había dicho:

Llegar.

A mi parada.

El panel luminoso del autobús cambió.

TERMINAL desapareció.

Apareció otro texto.

PRÓXIMA PARADA.

Nada más.

Mario soltó el volante.

Saltó fuera.

Los tres retrocedieron.

Las puertas se cerraron.

El autobús permaneció quieto durante varios segundos.

Después arrancó.

No había nadie conduciendo.

Avanzó lentamente hacia la salida.

Luis vio al hombre gris sentado al volante.

Esta vez no en el espejo.

Real.

Mirando al frente.

El autobús dobló la esquina.

Desapareció.

Lo buscaron durante toda la noche.

No apareció.

La policía revisó cámaras.

En las grabaciones, el autobús nunca había llegado al terminal.

Mario aparecía caminando desde la avenida.

Solo.

Luis también.

Los dos parecían esperar frente a un espacio vacío.

El vehículo fue encontrado al amanecer.

Estacionado en la última parada de la ruta.

Puertas abiertas.

Motor frío.

Sin daños.

Dentro no había nadie.

Mario renunció.

Luis nunca volvió a verlo.

La empresa cambió el autobús de ruta.

Durante un tiempo no ocurrió nada.

Meses después, Luis tomó un taxi cerca de su casa.

Iba en el asiento trasero.

El conductor hablaba por teléfono mediante manos libres.

Luis miraba por la ventana.

El vehículo se detuvo en un semáforo.

Delante había un autobús.

Ruta distinta.

Luis vio el número.

No importaba.

Lo que importaba era la última ventana.

Había un hombre sentado.

Chaqueta gris.

Luis sintió miedo.

El hombre no estaba mirando hacia él.

Miraba al frente.

El semáforo cambió.

El autobús arrancó.

El taxi lo siguió.

Una parada.

Dos.

Tres.

En cada una bajaban pasajeros.

Luis sintió una idea desagradable.

—¿Puede tomar otra calle?

El taxista miró el espejo.

—¿Por qué?

—Solo dé vuelta aquí.

—Estamos a cinco minutos.

—No importa.

El conductor giró.

El autobús continuó recto.

Luis respiró.

Un minuto después se detuvieron en otro semáforo.

Luis levantó la vista.

El mismo autobús estaba delante.

No podía haber llegado por esa calle.

Esta vez el hombre gris estaba una fila más adelante.

Luis sintió que se le cerraba el pecho.

—Déjeme aquí.

—Pero…

—Aquí.

Pagó.

Bajó.

El autobús arrancó.

Luis permaneció en la acera.

Mientras se alejaba, vio al pasajero cambiar de asiento.

No se levantó.

No caminó.

Un instante estaba en una fila.

Al siguiente estaba en la anterior.

Más cerca del conductor.

Luis entendió entonces que nunca había estado avanzando hacia él.

Él solo había sido el conductor de turno.

La verdadera distancia siempre había sido otra.

Fila por fila.

Noche por noche.

El hombre no estaba buscando a Luis.

Estaba buscando llegar al frente.

Y cada conductor solo lo acercaba un poco más.

El autobús desapareció detrás de una esquina.

Luis se quedó allí hasta que dejó de escucharlo.

Desde entonces evita sentarse cerca del conductor cuando utiliza transporte público.

No importa la hora.

No importa la ruta.

Siempre mira primero el fondo.

Porque algunas noches todavía ve una chaqueta gris entre los pasajeros.

Y cuando la encuentra, nunca intenta averiguar en qué fila está.

Solo se baja.

Antes de que avance otra.

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El final no tiene por qué ser el final

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