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El turno de madrugada

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
El turno de madrugada

La puerta de la sala de autopsias siempre se cerraba sola. El mecanismo estaba viejo y a veces fallaba, pero aquella noche se cerró con un golpe seco que hizo que Inés levantara la cabeza.

—¿Oíste eso? —me preguntó.

Yo estaba revisando las etiquetas de las muestras. El cadáver llevaba poco más de una hora sobre la mesa, cubierto hasta el pecho. Lo habían encontrado en una casa de campo, sin documentos. No tenía heridas visibles y todavía no sabíamos por qué había muerto.

—La puerta —dije—. El resorte vuelve a fallar.

Inés no contestó. Se había quedado mirando hacia la entrada.

La sala estaba iluminada por tubos blancos. El extractor zumbaba sobre nosotros y el agua corría por el desagüe del piso. Más allá de la puerta solo se veía un tramo corto del pasillo. No había nadie.

—¿Qué pasa?

Inés se quedó inmóvil. Tenía las manos a los lados, todavía enguantadas. Sus ojos no se apartaban del marco.

Luego vino hacia mí de golpe y me agarró del brazo.

—Había una cabra ahí.

Me quedé mirándola.

—¿Qué?

—En la puerta. Una cabra negra. Estaba parada ahí, mirándonos.

Miré hacia el marco. No vi nada, ni una sombra en el pasillo ni movimiento detrás de la puerta.

Inés respiraba rápido. Le temblaban los dedos dentro de los guantes.

—La vi claramente —dijo—. Tenía los cuernos hacia atrás. No hizo ruido.

—¿Entró al pasillo?

—No. Estaba en el marco. Mirándonos.

Le pedí que se sentara. Se quitó los guantes con torpeza y fue hasta el lavabo. Se lavó las manos aunque no había tocado nada fuera del instrumental. Mientras el agua corría, miró varias veces por encima del hombro.

Llamé a seguridad. El guardia revisó el pasillo y las dos salas contiguas. No encontró animales ni señales de que una puerta exterior estuviera abierta.

—Quizá alguien metió un perro y se escapó —dijo.

Inés negó con la cabeza.

—Era una cabra.

El guardia miró hacia mí, esperando que confirmara algo. Yo no podía hacerlo.

Cuando se marchó, Inés no quiso volver a acercarse a la puerta. Cambiamos de lado y retomamos el procedimiento. Ella se ocupó de registrar los instrumentos mientras yo continuaba con el examen.

Intentamos trabajar como siempre. Anotamos las medidas, guardamos las muestras y revisamos las manos del fallecido. La causa de muerte no quedó clara. No encontramos una herida que explicara su muerte ni señales de violencia.

Inés se equivocó dos veces al escribir el número de una muestra.

—Deberías ir a descansar —le dije.

—No quiero salir sola.

—Te acompaño.

—No. Quiero terminar.

Volvió a ponerse los guantes. Cada vez que la puerta se movía con el extractor, ella levantaba la vista. No vimos nada durante el resto del turno.

Al terminar, lavamos la mesa y guardamos los instrumentos. Inés esperó a que yo abriera la puerta. Salió pegada a mi hombro y no miró al pasillo hasta llegar al puesto de seguridad.

En el estacionamiento me pidió que la acompañara a su auto. Lo hice. Antes de subir, revisó el asiento trasero y el espacio bajo el vehículo.

—¿Sigues pensando que había una cabra? —le pregunté.

—No estaba mirando hacia el pasillo —respondió—. Estaba mirando al muerto.

Esa noche me costó dormir, aunque no había visto nada. La imagen de Inés mirando el marco se me había quedado en la cabeza: su cara quieta, los ojos fijos, la forma en que me apretó el brazo.

Al día siguiente le escribí. Contestó que estaba bien, pero pidió cambiar el siguiente turno. El supervisor aceptó. No preguntó por qué.

Pasaron dos días antes de que volviéramos a trabajar juntos. Esa vez, el cuerpo ya estaba en la cámara de conservación. La sala de autopsias estaba vacía cuando entramos.

Inés se detuvo apenas cruzó la puerta.

—¿La ves? —preguntó.

No seguí su mirada. Revisé el marco, el pasillo, las esquinas. No encontré nada.

—No.

Ella cerró la puerta y se quedó junto a mí mientras preparábamos el equipo. No volvió a mencionar la cabra. Durante el procedimiento apenas habló. Yo pensé que el miedo se le iría cuando comprobáramos que no había nada.

En los días siguientes, Inés empezó a evitar los turnos nocturnos. No quiso ir sola al depósito de material ni cruzar el pasillo cuando las luces automáticas se apagaban. Una vez la encontré esperando junto al ascensor, con la espalda pegada a la pared.

—No está aquí —le dije.

—Eso crees tú.

No supe qué responder.

El supervisor le recomendó que descansara. Ella pidió unos días libres. Cuando regresó, parecía más tranquila, pero ya no entraba a la sala sin que alguien la acompañara.

Una semana después, me asignaron el turno de noche. Inés debía cubrir la mañana, pero llegó antes de la hora.

—Necesito preguntarte algo —dijo.

—¿Qué pasó?

Me llevó hasta la sala de autopsias. La puerta estaba abierta. La mesa acababa de ser limpiada y todavía tenía gotas de agua en los bordes.

Inés señaló el piso, justo al lado del desagüe.

Había una marca oscura sobre las baldosas. Tenía la forma de una pezuña. No era una mancha de barro común: los bordes eran nítidos y el interior estaba húmedo.

Revisé mis zapatos y los de Inés. Ninguno tenía barro. El pasillo estaba seco.

—¿La viste? —pregunté.

—No. Solo encontré esto.

Llamé al supervisor. Dijo que podía ser una marca dejada por el carro de limpieza. Revisó el área y pidió que fotografiáramos el piso antes de desinfectarlo.

Mientras él buscaba la cámara, miré el marco de la puerta.

Inés también lo miró.

No había nadie allí.

El supervisor tomó varias fotografías y limpió la marca con desinfectante. Cuando volvimos a mirar, las baldosas estaban impecables.

Inés se fue a casa antes de terminar el turno. No volvió a trabajar en la morgue.

Yo sigo trabajando allí. Nunca he visto una cabra en el pasillo ni en la sala. Pero desde aquella noche, siempre reviso el marco de la puerta antes de cubrir un cuerpo.

Hace tres meses, durante una autopsia, Inés me envió un mensaje a las dos y diecisiete de la madrugada.

Solo decía:

«No está mirando al cadáver».

Le respondí que no entendía.

El mensaje quedó marcado como leído. Inés no contestó.

Al día siguiente, el supervisor me dijo que ella había renunciado. No me explicó por qué.

Esa noche, al terminar el turno, me quedé solo en la sala. La mesa estaba vacía. El extractor seguía encendido. Antes de salir, miré el piso junto al desagüe.

No había ninguna marca.

Apagué la luz y cerré la puerta.

Desde el pasillo, oí un golpe suave contra el metal.

Volví a abrir.

La sala estaba vacía. La mesa, limpia. El piso, seco.

En el centro de la entrada había una pezuña marcada sobre la baldosa, húmeda y negra, orientada hacia mí.

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