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El peso del aire

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
El peso del aire

La estación Aurora-7 llevaba once meses operando sin problemas en el círculo polar. Cuatro investigadores medían la composición de la atmósfera y enviaban los datos a una base situada a cientos de kilómetros.

Elena dirigía el equipo. Marcos era el mecánico. Sofía, la médica. Diego, el especialista en comunicaciones.

La primera señal apareció durante una tormenta.

Elena revisaba el barómetro exterior cuando sintió presión en los oídos. Tragó saliva. El zumbido se le fue.

Diez minutos después, al cruzar la cocina, tuvo que detenerse. Respirar le costaba más de lo normal. No era falta de aire: el pecho se le sentía pesado, como si tuviera una mano apoyada encima.

Marcos levantó la vista de su plato.

—¿También lo sientes?

Diego dejó de servir agua. El chorro caía lento desde el grifo. No goteaba. Parecía arrastrarse hacia el vaso.

Elena fue al panel de control. El barómetro interior marcaba mil veinte hectopascales, diez por encima del nivel habitual.

—El sistema de ventilación está metiendo demasiado aire —dijo—. Marcos, revísalo.

Marcos pasó las siguientes dos horas entre los conductos y los controles del módulo principal. Regresó con el rostro pálido y las mangas húmedas de sudor.

—Funciona bien. No hay una válvula abierta ni una fuga.

Elena volvió a mirar el indicador. Mil veinticuatro.

—Entonces apagamos el sistema y ventilamos.

Marcos cortó la alimentación. Los ventiladores se detuvieron. El aire quedó quieto, pero la lectura no bajó.

Mil veintiséis.

Esa noche, Elena despertó varias veces. Cada respiración requería un esfuerzo consciente. Se levantó, recorrió el módulo y comprobó los medidores. La presión seguía subiendo.

A la mañana siguiente, Sofía examinó a Diego. Tenía dolor de cabeza y náuseas. Marcos se sujetaba las orejas cada vez que tragaba.

—No voy a esperar a que se pongan peor —dijo Sofía—. Hay que evacuar.

Diego se sentó en la consola de comunicaciones. La tormenta había cesado y el cielo estaba despejado, pero la radio no lograba mantener una conexión con la base.

—La antena está bien —dijo—. La señal sale y rebota. No consigo establecer contacto.

—¿El vehículo? —preguntó Elena.

—Listo para arrancar.

La puerta principal no cedió.

Marcos giró la manija. La empujó con el hombro. La puerta vibró, pero el marco no se movió.

—No está trabada —dijo—. El panel indica que el seguro está liberado.

La presión había superado los mil treinta. Elena miró el grosor de la puerta y sintió otra punzada en los oídos.

—La salida de emergencia está en el módulo de almacenamiento —dijo Marcos—. Tiene una válvula manual para liberar presión.

Atravesaron el pasillo. Cada paso parecía exigirles más fuerza. Diego iba detrás, respirando con la boca abierta. Sofía le ajustó una mascarilla de oxígeno y le indicó que avanzara despacio.

La escotilla del módulo estaba en el techo. Marcos apiló dos cajas para alcanzar la rueda. Tuvo que estirarse hasta tocarla con la punta de los dedos.

La giró.

Un silbido agudo llenó el espacio. La válvula se había abierto y el aire salía por la escotilla. Marcos bajó de las cajas. Elena miró el barómetro portátil.

Mil treinta y dos.

Esperaron un minuto.

Mil treinta y cuatro.

—Ciérrala —dijo Elena.

Marcos volvió a subir. La rueda ofreció resistencia. La cerró con ambas manos. El silbido cesó.

El aire no había dejado de salir. Aun así, la presión había aumentado.

—Viene de afuera —dijo Sofía.

Elena miró las paredes de metal, las uniones, el suelo anclado a la roca.

Un golpe retumbó en algún punto de la estructura.

Todos se quedaron quietos.

El módulo crujió. La puerta del armario de suministros se hundió hacia dentro y una caja cayó al suelo.

—A la sala principal —ordenó Elena—. Nos preparamos para salir.

Marcos intentó cargar el equipo de emergencia. No logró levantar la caja. La presión parecía empujarla contra el suelo.

—Deja todo —dijo Elena—. Mascarillas, radio y botiquín. Nada más.

Regresaron a la sala principal. Diego caminaba inclinado, con una mano apretada contra el pecho. La presión había alcanzado mil treinta y siete. Las luces parpadearon una vez y quedaron encendidas.

—La puerta principal no va a abrir —dijo Marcos—. El marco está deformándose.

—¿La escotilla del techo?

—Podemos abrirla desde dentro. Pero si el cambio de presión nos golpea al salir…

—Nos golpeará igual si nos quedamos —dijo Sofía.

Elena miró por la ventana reforzada. El vehículo de emergencia estaba estacionado a unos cincuenta metros, cubierto de escarcha.

—Llegamos al vehículo y nos refugiamos allí. Tiene una cabina independiente.

—Si la estructura aguanta —dijo Marcos.

—Es nuestra única salida.

El equipo se colocó las mascarillas. Sofía revisó el pulso de Diego y le ajustó el suministro de oxígeno. Marcos tomó una palanca y un juego de llaves. Elena llevaba la radio.

Subieron al techo por la escotilla.

El frío los golpeó de inmediato. El aire exterior parecía más liviano, pero la presión seguía oprimiéndoles el pecho. Elena aspiró dos veces, sin conseguir llenar los pulmones.

Marcos bajó primero. Cayó sobre la nieve y levantó los brazos para recibir a los demás. Sofía saltó. Luego Diego, que aterrizó mal y se dobló sobre una rodilla.

Elena bajó al final. La estación crujió detrás de ella.

—¡Al vehículo! —gritó.

Corrieron como pudieron.

A los treinta metros, Diego tropezó. Sofía lo sostuvo por debajo del brazo. El hombre no podía enderezarse.

—No me entra aire —dijo.

—Sigue respirando con la mascarilla —le indicó ella.

Marcos llegó al vehículo y abrió la puerta del conductor. El metal se resistió. Tiró de la manija con las dos manos hasta que la puerta cedió de golpe.

Elena ayudó a Diego a entrar en la cabina. Sofía se acomodó a su lado. Marcos giró la llave.

El motor hizo un intento débil y se apagó.

—Otra vez —dijo Elena.

Marcos intentó de nuevo. Las luces del tablero encendieron, pero el motor no giró.

—La batería está bien —dijo—. Algo bloqueó el arranque.

Salió para abrir el compartimiento del motor. Al levantar la cubierta, vio que las mangueras estaban aplastadas. Una de las abrazaderas se había doblado contra el bloque. Marcos tocó el borde de la cubierta. El metal estaba combado hacia dentro.

—El vehículo también está recibiendo la presión —dijo.

Elena miró la cabina. Las puertas todavía cerraban y el aire interior era más fácil de respirar. Podían quedarse un momento, pero no llegarían a la base en un vehículo que no arrancaba.

—¿Puedes repararlo?

—No con la presión aumentando así.

Un crujido sonó sobre sus cabezas.

La estación se estaba hundiendo en varios puntos. Un panel del techo cedió unos centímetros. La escotilla por la que habían salido se inclinó bajo su propio marco.

—Tenemos que volver a entrar y activar el transmisor de emergencia —dijo Diego desde la cabina—. Si la radio exterior no funciona, quizá el equipo fijo sí.

—La estación va a colapsar —dijo Marcos.

—El transmisor está en el módulo principal. No tenemos otra opción.

Elena hizo que Diego se quedara en el vehículo con Sofía. Ella y Marcos regresarían por el transmisor y buscarían una vía para enviar una señal.

—No —dijo Sofía—. No voy a quedarme aquí esperando a que el vehículo se cierre sobre nosotros.

Elena no discutió. Los cuatro volvieron a la estación.

La puerta principal ya no tenía forma rectangular. El borde superior se había curvado hacia dentro, aplastando el sello. Marcos metió la palanca en la junta y empujó. El metal apenas cedió.

Lo intentó otra vez.

La palanca se dobló.

—La escotilla —dijo Elena.

Tuvieron que cruzar el exterior y subir de nuevo. El techo se hundía lentamente, como si algo enorme descansara sobre él. Marcos levantó la cubierta de la escotilla. El mecanismo estaba trabado.

Sofía se arrodilló para ayudarlo. Entre los tres empujaron la rueda. No se movió.

Diego respiraba con dificultad. Una alarma empezó a sonar en el interior de la estación: tres tonos breves, cada vez más bajos, hasta que el altavoz dejó de funcionar.

Marcos consiguió abrir la escotilla con la palanca doblada. La tapa se levantó apenas lo suficiente para que pasara una persona.

Elena bajó primero. El transmisor estaba al final del pasillo, en la sala de comunicaciones.

Atravesó el módulo con una mano sobre la pared. La presión le obligaba a inclinarse. Cada vez que intentaba enderezarse, le zumbaban los oídos.

La sala de comunicaciones tenía una grieta en el suelo. Nacía bajo la consola y llegaba hasta el panel de la puerta.

Elena se sentó frente al transmisor. Encendió la fuente de respaldo. El aparato inició su secuencia. Una luz verde parpadeó.

—Aurora-7 a base sur. Emergencia. Respondan.

La voz salió de los altavoces con un sonido deformado. La luz cambió a rojo.

Elena intentó otra frecuencia.

La presión apretaba su cabeza. El pecho apenas se le movía bajo el traje. Golpeó el botón de transmisión y volvió a llamar.

—Aurora-7. Necesitamos evacuación.

La consola vibró. Una pantalla se desprendió de la pared y cayó sobre el escritorio. La grieta del suelo se extendió hasta la pata de su silla.

Elena se levantó.

El techo bajó varios centímetros.

Corrió por el pasillo. En la sala principal, Marcos sostenía la escotilla abierta. Sofía y Diego estaban junto a él.

—¿Enviaste la señal? —preguntó Marcos.

—No lo sé.

—Hay que salir.

Elena miró a Diego. Apenas podía mantenerse sentado. Sofía lo tenía sujeto por los hombros.

—Lo sacamos entre todos.

Volvieron a subir por la escotilla. Marcos y Elena tiraron de Diego desde arriba; Sofía lo empujó desde abajo. El borde metálico le raspó el traje y el hombre soltó un quejido. Lograron subirlo al techo.

La estación crujió detrás de ellos.

Bajaron por el lado opuesto. El vehículo seguía a cincuenta metros. Corrieron hacia él, sosteniendo a Diego entre los tres.

Al llegar, Marcos volvió a probar el motor.

Nada.

El techo del vehículo se había hundido. La puerta del pasajero no cerraba. Sofía metió a Diego en la cabina y se quedó a su lado. Elena miró el horizonte. No se distinguían edificios ni luces. Solo nieve, roca y el cielo pálido.

—La señal pudo haber salido —dijo Marcos—. Si la recibieron, vendrán.

Elena miró la estación. Su estructura metálica se doblaba en silencio. La escotilla sobresalía del techo, atrapada bajo un panel que se había hundido.

Un nuevo crujido sacudió el vehículo.

Marcos empujó a Elena hacia dentro.

—Agáchate.

Los cuatro se metieron en la cabina y cerraron la puerta como pudieron. El interior todavía estaba tibio. Diego respiraba con la mascarilla. Sofía le sostenía una mano.

Elena se inclinó sobre la radio de emergencia del tablero. Encendió el canal de largo alcance.

—Aurora-7 a base sur. ¿Alguien recibe?

La estática llenó la cabina.

Marcos apoyó las manos contra el techo, que comenzaba a hundirse.

—No va a aguantar mucho.

Elena probó de nuevo.

—Aurora-7 a base sur. Estamos en el vehículo. Necesitamos ayuda inmediata.

Una luz parpadeó en el panel.

La estática se interrumpió.

—…Aurora… —se oyó desde el altavoz.

Elena apretó el botón.

—Aquí Aurora-7. ¿Me reciben?

La respuesta llegó rota, pero clara.

—…recibimos… equipo de rescate en camino…

Sofía apretó la mano de Diego. Marcos dejó de empujar el techo.

Elena quiso preguntar cuánto tardarían. Antes de que pudiera hacerlo, el metal crujió sobre ellos.

El techo descendió hasta rozar el casco de Marcos.

—¿Cuánto? —gritó Elena.

La radio devolvió un pitido largo. La señal se perdió.

El vehículo se sacudió. El parabrisas se curvó hacia el interior, aunque no se quebró. Marcos protegió a Sofía y a Diego con su cuerpo. Elena se encogió sobre el tablero.

Otro crujido.

El techo bajó hasta tocar el casco de Marcos. Él intentó sostenerlo, pero sus brazos cedieron. El panel descendió sobre sus hombros y lo obligó a arrodillarse.

—¡Marcos! —gritó Sofía.

Elena buscó la manija de la puerta. La puerta estaba torcida en el marco. Tiró una vez, luego otra. No se abrió.

El techo volvió a hundirse. Sofía quedó doblada sobre Diego. La mascarilla de él se desprendió y cayó entre los asientos. Ella intentó recuperarla, pero no tenía espacio para extender el brazo.

Elena mantuvo una mano sobre la manija. Con la otra, golpeó la ventana.

El cristal no se rompió.

La radio soltó una última ráfaga de estática. Después se apagó.

Elena sintió el techo contra la parte alta del casco. Ya no podía levantar la cabeza. Marcos dejó de empujar. La mano que tenía sobre el hombro de Sofía se deslizó hasta quedar atrapada entre los dos asientos.

La presión siguió aumentando.

La cabina se cerró alrededor de ellos, centímetro a centímetro, hasta que ya no quedó espacio para moverse ni para respirar hondo.

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