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El pasillo de mi apartamento se cerró a mi alrededor

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
El pasillo de mi apartamento se cerró a mi alrededor

El primer golpe fue contra el marco de la puerta del baño.

Renato salió con la toalla en las manos y cruzó el umbral como todas las mañanas. Su hombro derecho chocó contra la madera con tanta fuerza que el impacto le cortó la respiración. Se detuvo, apretando los dientes. El hombro le latía bajo la piel.

Miró el marco. Seguía pintado de blanco, con una muesca cerca de la cerradura que llevaba años allí. Renato vivía en ese apartamento desde hacía cinco años. Había cruzado esa puerta cientos de veces, incluso medio dormido. Nunca se había golpeado.

Se frotó la zona, molesto consigo mismo, y siguió hacia el dormitorio.

Al día siguiente se golpeó en la cocina.

Llevaba una bolsa de compras y trataba de abrir la puerta con el codo. El hombro pasó, pero la bolsa chocó contra el marco. Las latas cayeron y rodaron por el piso. Renato se agachó para recogerlas. Al incorporarse, se golpeó la coronilla contra el borde superior de la puerta.

Vio destellos blancos. Una lata se le cayó de la mano.

Se quedó agachado, con una palma apoyada en el suelo y la otra en la cabeza. El marco estaba a la misma altura de siempre. No había una viga nueva ni una moldura suelta. Se levantó despacio, esta vez de lado, y cruzó sin tocarlo.

No se detuvo a inspeccionar la puerta. Llevaba una semana durmiendo mal por las obras del edificio vecino y tenía trabajo acumulado. Recogió las latas, guardó la compra y se tomó un analgésico.

Esa noche el dolor lo despertó.

Estaba acostado boca arriba cuando sintió una presión contra el costado derecho. No era el colchón ni la sábana. Era como si algo empujara desde fuera de la cama, apretándolo hacia el centro.

Se giró hacia la izquierda.

La presión derecha cedió. Enseguida sintió otra contra el costado izquierdo.

Renato abrió los ojos. La habitación estaba oscura. La luz de la calle entraba por la ventana y dibujaba los muebles en tonos grises. La pared más cercana quedaba a un brazo de distancia. El borde de la cama, a la izquierda, seguía en su sitio.

Se incorporó.

La presión desapareció.

Renato encendió la lámpara. Se miró los brazos, apartó la sábana y comprobó que no hubiera nada entre el colchón y la pared. No encontró nada. Se sentó al borde de la cama y respiró hasta que el pulso se le calmó.

Apagó la lámpara y volvió a acostarse.

La presión regresó de inmediato, más firme que antes. Le apretó los dos costados y le impidió tomar una inhalación completa.

Renato se volvió hacia la derecha. El hombro chocó contra una superficie lisa, blanda al principio y luego dura. No era la pared. La pared estaba a medio metro. Aquello cedió unos milímetros bajo su hombro y después lo empujó de vuelta.

Se incorporó de golpe y encendió la luz.

La habitación parecía normal. La cama, la mesita, el armario, la puerta. Nada había cambiado de lugar.

Renato saltó de la cama y corrió hacia la puerta.

Se golpeó con el marco.

El impacto le sacó un gemido. Retrocedió, con los ojos llorosos. Se frotó el hombro, pero el dolor no cedía. Probó cruzar de lado. El marco le apretó el pecho y la espalda al mismo tiempo; durante un instante sintió que no cabía por el hueco. Luego la presión lo soltó y cayó de rodillas en el pasillo.

Renato se levantó y siguió.

A mitad del pasillo, sus brazos rozaron ambas paredes.

Se detuvo solo lo necesario para girar el cuerpo. Los antebrazos tocaron el yeso a ambos lados. Cuando intentó separarlos, encontró resistencia. Una superficie apretó desde un lado; la otra respondió desde el opuesto. Renato bajó los brazos y avanzó con pasos cortos.

El pasillo no parecía más angosto. La lámpara del techo seguía en el mismo lugar. El perchero estaba contra la pared. El espejo del recibidor reflejaba el espacio conocido.

Pero Renato ya no cabía como antes.

Llegó a la sala. Era la habitación más grande del apartamento, con un ventanal amplio y una mesa baja frente al sofá. Renato atravesó el centro sin tocar muebles y corrió hacia la puerta principal.

La presión en el pecho disminuyó.

Tiró de la manija. La puerta abrió unos centímetros. El pasillo del edificio apareció al otro lado, vacío y bien iluminado.

Renato metió un hombro en el hueco.

El marco le aplastó el brazo.

Retrocedió, jadeando. Intentó abrir más la puerta. La hoja chocó con algo que no podía ver. Empujó con las dos manos. El hueco no cedió.

Renato trató de sacar un brazo al pasillo y mover la manija desde fuera. Los dedos llegaron a tocar el borde de la puerta, pero no alcanzaron el picaporte. El marco volvió a cerrarse sobre su hombro. Tuvo que tirar hacia atrás para liberarlo.

Cayó sentado contra la pared.

Desde el pasillo del edificio llegó el sonido del ascensor. Alguien salía en su piso. Renato se levantó de golpe y golpeó la puerta con la palma.

—¡Ayuda!

Oyó pasos que se acercaban.

—¿Renato? —preguntó una voz al otro lado.

—¡No puedo abrir!

Agarró la manija y tiró. La puerta se movió un poco más, pero algo volvió a detenerla. Los pasos se quedaron quietos. Renato golpeó la madera otra vez.

—Voy a llamar al administrador —dijo el vecino.

Los pasos se alejaron hacia el ascensor.

Renato se quedó con la mano en la manija. No podía seguir esperando a que alguien entendiera lo que pasaba. Se apartó de la puerta y buscó el teléfono fijo de la sala.

La mesita estaba a dos pasos. Al acercarse, la presión aumentó y sus rodillas se doblaron. Se agarró del borde. El aparato quedó a pocos centímetros de su mano.

Estiró el brazo.

El codo chocó contra una superficie invisible. Empujó. El brazo apenas avanzó. Sus dedos rozaron el auricular, pero no consiguieron sujetarlo.

Renato golpeó la mesita con la palma. El teléfono se deslizó y cayó al piso.

Se arrodilló para alcanzarlo. La presión bajó sobre su espalda y lo empujó contra la alfombra. Apoyó las manos, intentó incorporarse. Una fuerza le presionó la coronilla. Renato volvió a caer.

Se arrastró hacia el teléfono.

El piso estaba a centímetros de su cara, pero avanzar costaba como empujar un mueble pesado. Sus codos se doblaban a la fuerza; las rodillas raspaban la alfombra. El teléfono quedó a un palmo de sus dedos.

Renato estiró la mano.

El espacio se cerró alrededor de su brazo. Sintió presión desde arriba y desde los lados. Sus uñas alcanzaron el plástico, pero no pudo arrastrar el aparato hacia sí.

Lo intentó de nuevo. El antebrazo se le tensó y el hombro le ardió. El teléfono se movió un poco, pero la presión lo empujó hacia el otro lado.

Renato dejó de alcanzarlo.

Se volvió hacia el centro de la sala y avanzó arrastrándose. El ventanal estaba cerca. Si conseguía abrirlo, podría pedir ayuda a los vecinos del edificio de enfrente. Se impulsó con los pies y avanzó medio metro.

La presión le cayó sobre la espalda. Renato bajó la cabeza hasta casi tocar la alfombra. Trató de seguir arrastrándose, pero la camisa se le enganchó debajo del pecho. Tiró de la tela y sintió que algo lo apretaba con más fuerza.

Soltó la camisa.

El ventanal seguía allí, al otro lado de la sala. El pestillo quedaba fuera de su alcance.

Renato golpeó el suelo con la mano.

Una vez.

Dos.

La tercera, la presión le aplastó la palma contra la alfombra.

Se quedó de rodillas, temblando. El cuerpo le pedía que huyera, pero cada movimiento le dejaba menos espacio. No había llegado al teléfono ni a la ventana. La puerta seguía cerrada al otro lado del pasillo.

Renato intentó ponerse de pie.

Apoyó las manos en el suelo y empujó. Consiguió elevar el torso unos centímetros. La cabeza encontró una resistencia invisible. El cuello se le tensó. Renato volvió a caer, primero sobre las manos y luego sobre el pecho.

El impacto le sacó el aire.

Intentó inhalar. Las costillas se expandieron apenas. El aire entró en una bocanada corta que no le alcanzó.

Renato avanzó a cuatro patas hacia el centro de la sala. Cada movimiento le exigía empujar con las piernas y arrastrar el torso. Las rodillas le dolían contra la alfombra. El sudor le corría por la frente y le entraba en los ojos.

Llegó al centro y se detuvo.

Allí la presión disminuyó un poco. Pudo llenar el pecho a medias. Se quedó inmóvil, jadeando, con los brazos abiertos y la cabeza baja.

El piso seguía igual. La lámpara seguía encendida. Las paredes no se habían movido. La mesa, el sofá y el ventanal continuaban en sus lugares.

Renato trató de levantarse una vez más.

La presión descendió sobre su espalda.

Sus codos cedieron y el pecho quedó a pocos centímetros de la alfombra. Intentó gatear hacia el ventanal, pero el peso invisible aumentó. Los brazos le temblaron. La cara tocó el suelo.

Se impulsó con un talón.

El cuerpo avanzó unos centímetros hacia la izquierda. La presión cambió con él y lo empujó de vuelta al centro.

Renato dejó escapar un gemido. Trató de rodar sobre el costado para quedar boca arriba. Un hombro se movió, el otro quedó trabado. Empujó con una pierna y logró girar a medias.

El pecho quedó de lado.

Una inhalación corta entró entre sus costillas.

La presión aumentó y lo obligó a girarse por completo. Terminó boca arriba, plano sobre la alfombra.

El peso cayó sobre su torso.

Renato levantó las manos para empujar. Las palmas encontraron una superficie firme, invisible, a pocos centímetros del pecho. Hizo fuerza con los brazos. La superficie no cedió.

Intentó doblar las rodillas. No pudo.

Trató de girar la cabeza hacia el teléfono. El cuello se movió unos grados y chocó contra la presión. El aparato seguía en el suelo, fuera de su alcance.

Renato aspiró con fuerza. El aire entró como por una pajilla aplastada. Sus costillas avanzaron unos milímetros antes de detenerse contra algo sólido.

A través del ventanal podía ver la avenida. Un autobús pasó frente al edificio. Dos personas cruzaron la calle. Una luz cambió de color en la esquina.

Renato levantó la mano derecha.

El brazo no subió. Apenas pudo despegar el índice de la alfombra.

Golpeó el piso con la uña.

Una vez.

No oyó respuesta.

Volvió a intentarlo. El dedo recorrió un centímetro y encontró resistencia. Renato lo dejó inmóvil. El peso sobre su cuerpo aumentaba cada vez que luchaba. Ya no tenía fuerza para volver a intentarlo.

La lámpara del techo seguía encendida. Podía ver su luz reflejada en el marco de la ventana y en la superficie lisa de la mesa. Todo permanecía en su sitio.

Renato intentó mover el índice de la mano derecha. El dedo se movió un centímetro y encontró resistencia. Dejó de moverlo. Se quedó quieto, boca arriba, con los ojos abiertos. El aire entraba en hilos delgados. Sus párpados se volvieron pesados. La visión se oscureció en los bordes. Intentó inhalar de nuevo, pero el diafragma no respondió. El pecho se quedó quieto. Los ojos se cerraron. El apartamento permaneció en silencio, con la lámpara encendida y el cuerpo de Renato inmóvil en el centro de la sala, perfectamente encajado en el espacio que le quedaba.

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