
El vagón del tren de las siete y diez estaba tan lleno como siempre.
Mateo se acomodó en su asiento habitual, junto a la ventana, y sacó el teléfono para ignorar al resto de los pasajeros. Era una rutina inamovible: mismo horario, misma ruta, mismo lugar. Durante tres años, aquel trayecto había sido su burbuja de anonimato antes de llegar a la oficina.
Pero esa mañana algo lo hizo levantar la vista.
Sentado dos filas más adelante, en el lado opuesto del pasillo, había un hombre vestido exactamente igual que él.
La misma chaqueta azul marino.
Los mismos pantalones grises.
Incluso los mismos zapatos negros, desgastados en la punta.
El cabello era idéntico, corto y peinado hacia atrás con la misma raya imperfecta.
Pero lo que dejó a Mateo sin respiración no fue la ropa.
Fue el rostro.
Era su propia cara.
No un parecido.
No alguien con rasgos similares.
Era él mismo, sentado dos filas más adelante y mirándolo fijamente con una expresión neutra.
Los ojos apenas parpadeaban.
La boca permanecía cerrada en una línea tensa.
Mateo sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
Parpadeó con fuerza, esperando que la imagen desapareciera.
Cuando volvió a mirar, el hombre seguía allí.
Ahora sonreía ligeramente.
Una sonrisa pequeña, casi educada, que no alcanzaba los ojos.
Mateo desvió la mirada hacia la ventana y fingió observar los edificios que pasaban borrosos al otro lado del cristal.
Su corazón latía con tanta fuerza que podía sentirlo en la garganta.
Intentó encontrar una explicación.
Un desconocido extraordinariamente parecido.
Una broma.
Algún tipo de coincidencia absurda.
Esperó casi un minuto antes de volver a mirar.
El asiento estaba vacío.
Mateo recorrió el vagón con la mirada.
No encontró la chaqueta azul.
Ni los pantalones grises.
Ni su propio rostro entre los pasajeros.
Cuando el tren llegó a su estación, bajó rápidamente y caminó hasta la oficina sin mirar atrás.
Durante el resto del día intentó convencerse de que había exagerado lo ocurrido.
Había dormido poco.
Llevaba semanas trabajando más horas de las normales.
Quizá el cansancio había completado un rostro desconocido con el suyo.
La explicación no era buena.
Pero era mejor que cualquiera de las otras.
Pasaron tres días sin que volviera a verlo.
El cuarto día, al regresar del trabajo, Mateo llegó al andén unos minutos antes de que apareciera el tren.
Había decenas de personas esperando.
Entonces reconoció una chaqueta azul marino entre la multitud.
El hombre estaba de espaldas.
Mateo sintió un vacío en el estómago.
No necesitó verle la cara.
Reconoció su manera de sostener los hombros.
La leve inclinación de la cabeza.
Incluso la costumbre de introducir primero la mano derecha en el bolsillo de la chaqueta.
Era exactamente como verse desde atrás.
Mateo cambió de dirección.
Caminó hasta el extremo opuesto del andén y subió a otro vagón cuando llegó el tren.
Durante todo el trayecto permaneció cerca de la puerta, vigilando a las personas que entraban en cada estación.
El otro hombre no apareció.
Aquella noche Mateo durmió poco.
No volvió a verlo durante varios días.
Hasta la semana siguiente.
El tren de las siete y diez entró en un túnel largo poco después de salir de una estación.
Mateo estaba sentado junto a la ventana.
El asiento de al lado permanecía vacío.
El tren redujo la velocidad.
Después se detuvo.
Las luces parpadearon.
Una voz anunció por los altavoces que se trataba de una interrupción temporal.
Los pasajeros comenzaron a murmurar.
Las luces volvieron a parpadear y finalmente se apagaron.
El vagón quedó iluminado únicamente por las pantallas de algunos teléfonos.
Alguien encendió una linterna varias filas más adelante.
El haz de luz pasó lentamente por los rostros.
Mateo miró hacia el asiento contiguo.
Había alguien sentado allí.
Tan cerca que sus hombros casi se tocaban.
La misma chaqueta.
Los mismos pantalones.
Los mismos zapatos.
Mateo permaneció inmóvil.
El hombre miraba hacia adelante.
La tenue luz de un teléfono iluminaba su rostro desde abajo.
Era Mateo.
Otra vez.
Pero esta vez podía verlo a menos de medio metro.
La misma pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda.
La misma barba que empezaba a crecer al final del día.
Incluso la pequeña mancha oscura del cuello de la camisa que Mateo había notado esa mañana frente al espejo.
El otro Mateo giró lentamente la cabeza.
Lo miró.
Sus labios se movieron.
—Te toca descansar.
Mateo sintió que todo su cuerpo se tensaba.
—¿Qué?
El otro hombre no respondió.
Las luces del vagón regresaron de golpe.
El asiento estaba vacío.
Mateo se levantó inmediatamente.
Varias personas lo miraron.
No le importó.
Cuando el tren volvió a ponerse en movimiento, permaneció junto a la puerta.
Bajó en la siguiente estación, aunque estaba lejos de casa.
Tomó un taxi.
Durante el trayecto miró varias veces por la ventana, esperando encontrar aquella misma cara entre los automóviles o en las paradas de autobús.
No volvió a verla.
Llegó a su edificio poco después de las nueve.
Subió rápidamente.
Entró en el apartamento y cerró con todos los seguros.
Por primera vez desde que había comenzado aquello, Mateo sintió verdadero miedo de encontrarse solo.
No porque pensara que alguien hubiera entrado.
Sino porque ya no estaba seguro de que la persona del tren necesitara una puerta para hacerlo.
Recorrió el apartamento.
Dormitorio.
Sala.
Cocina.
Baño.
No había nadie.
Mateo cerró la puerta del baño y permaneció allí durante unos minutos, intentando controlar la respiración.
Entonces escuchó pasos en el pasillo.
Se quedó inmóvil.
Los reconoció inmediatamente.
Era su forma de caminar.
Tres pasos relativamente rápidos.
Una pequeña pausa.
Después otros dos.
Mateo caminaba así cuando regresaba cansado del trabajo porque tenía la costumbre de detenerse un instante frente al mueble de la entrada para dejar las llaves.
Los pasos llegaron exactamente hasta ese punto.
Se escuchó un ligero tintineo metálico.
Como unas llaves cayendo sobre madera.
Mateo miró hacia la puerta del baño.
Los pasos continuaron.
Llegaron hasta la cocina.
Escuchó cómo se abría un armario.
Después la puerta del refrigerador.
Mateo sintió que el miedo cambiaba.
Aquello no estaba buscando dónde se encontraba.
Se estaba comportando como él.
Repitiendo su rutina.
Los pasos regresaron por el pasillo.
Se detuvieron frente al baño.
Mateo se alejó de la puerta.
—Abre —dijo su propia voz desde afuera.
Mateo no respondió.
La voz sonaba tranquila.
Cansada.
Exactamente como él después de una jornada larga.
—Ya terminé mi turno.
Mateo sintió un escalofrío.
Recordó las palabras del tren.
Te toca descansar.
El pomo empezó a girar.
Mateo retrocedió hasta tocar la bañera.
Había metido una silla pequeña del dormitorio y la había trabado bajo el pomo antes de encerrarse. La madera crujió cuando alguien intentó abrir desde el pasillo.
—Vete —dijo Mateo.
La presión se detuvo.
Durante unos segundos nadie habló.
Entonces su propia voz respondió:
—Mañana entro yo.
Mateo sintió que se le cerraba la garganta.
—¿Qué quieres?
No obtuvo respuesta.
Los pasos se alejaron.
Mateo los escuchó recorrer el pasillo.
Llegaron hasta la entrada.
Se oyó el tintineo de las llaves.
Después, el clic del seguro.
La puerta principal se abrió.
Un momento más tarde volvió a cerrarse.
Mateo permaneció dentro del baño durante horas.
No salió hasta que comenzó a entrar luz por la pequeña abertura inferior de la puerta.
Retiró la silla.
Abrió con cuidado.
El apartamento estaba vacío.
Las llaves seguían sobre el mueble de la entrada.
Nada parecía fuera de lugar.
Mateo no fue a trabajar.
Llamó diciendo que estaba enfermo.
Tampoco tomó el tren.
Pasó el día fuera del apartamento, caminando por zonas concurridas, entrando en cafeterías y centros comerciales donde siempre hubiera gente alrededor.
Al caer la tarde regresó.
Durmió apenas unas horas.
A la mañana siguiente decidió cambiar completamente su rutina.
No tomaría el tren de las siete y diez.
Ni el de las siete veinte.
Ni ningún tren.
Pediría un taxi y explicaría en la oficina que su automóvil estaba en reparación.
A las siete menos cuarto salió del edificio.
Había dormido poco, pero por primera vez desde el encuentro en el túnel sentía que estaba haciendo algo distinto.
Algo que el otro no podía anticipar.
Caminó hasta la avenida principal.
Sacó el teléfono para pedir el taxi.
Entonces recibió una notificación.
Era del sistema interno de su trabajo.
Su tarjeta de empleado acababa de registrar ingreso en el edificio.
Mateo miró la pantalla.
Hora de acceso:
7:02.
Se quedó quieto en medio de la acera.
Su oficina estaba a casi cuarenta minutos de distancia.
Abrió la aplicación.
La notificación seguía allí.
Acceso autorizado.
MATEO RIVAS.
Puerta principal.
7:02.
Mateo llamó inmediatamente a seguridad.
Contestó uno de los vigilantes que conocía desde hacía años.
—Soy Mateo —dijo—. Necesito que me digas algo. ¿Acabo de entrar al edificio?
Hubo una breve pausa.
—Sí.
Mateo dejó de caminar.
—¿Me viste?
—Claro.
—¿Estás seguro de que era yo?
El vigilante soltó una pequeña risa.
—Mateo, me saludaste hace dos minutos.
La llamada permaneció abierta.
Mateo no dijo nada.
—¿Todo bien? —preguntó el hombre.
Mateo miró hacia la entrada de la estación.
En la pantalla exterior apareció el horario habitual.
TREN 7:10.
A pocos metros, entre la gente que bajaba las escaleras hacia el andén, vio una chaqueta azul marino.
La figura se detuvo.
Giró la cabeza.
Su propio rostro lo observó desde la distancia.
Esta vez no sonrió.
Solo levantó una mano como si se despidiera.
Después continuó bajando hacia el tren.
Mateo permaneció inmóvil mientras sostenía el teléfono junto al oído.
Desde la oficina, el vigilante volvió a hablar.
—Mateo, ¿sigues ahí?
Antes de que pudiera responder, escuchó otra voz al fondo de la llamada.
Su propia voz.
Lejana, pero perfectamente reconocible.
—Déjalo. Hoy le toca descansar.
Comentarios
Publicar un comentario