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El dolor empezaba cuando algo quedaba fuera de lugar

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
El dolor empezaba cuando algo quedaba fuera de lugar

Clara se mudó al apartamento del quinto piso un jueves de octubre. Era amplio, tenía techos altos y ventanas grandes que daban a una avenida ruidosa. El alquiler era razonable y el edificio quedaba a pocas cuadras de su casa anterior, algo práctico para una ilustradora freelance que trabajaba desde casa.

El administrador le advirtió que el apartamento había estado vacío casi un año. No explicó por qué. Clara no insistió. El lugar estaba limpio y tenía buena luz.

La distribución era sencilla: la puerta principal daba a un pasillo corto que desembocaba en la sala. El dormitorio quedaba a la izquierda; la cocina, a la derecha. Desde la entrada podía verse el centro de la sala y, al fondo, una ventana que daba a la avenida. Clara pensó que era una distribución equilibrada. No le dio más vueltas.

Durante los primeros días acomodó cajas, colgó ilustraciones y organizó los muebles. Puso un sofá frente a la ventana, una mesa baja sobre una alfombra rectangular y un escritorio junto a la pared del dormitorio. Para decorar, colgó un cuadro en el recibidor y dos más en la sala.

La primera anomalía ocurrió el martes siguiente.

Clara llevaba horas trabajando en una ilustración cuando sintió un pinchazo en la muñeca derecha. Dejó el lápiz óptico y se masajeó la articulación. El dolor cedió en unos segundos. Supuso que había pasado demasiado tiempo dibujando en la misma posición.

Esa noche, mientras cenaba frente al televisor, sintió un pinchazo en el codo izquierdo. El dolor la obligó a dejar el tenedor. No había inflamación ni golpe. Solo una punzada aguda, como si alguien hubiera presionado una aguja contra la articulación desde adentro.

Se levantó para servirse agua. Al pasar frente al espejo del recibidor, vio que el cuadro que había colgado esa mañana estaba torcido. Se inclinaba hacia la derecha.

Lo enderezó.

El dolor en el codo desapareció.

Clara se quedó con la mano sobre el marco. Miró el cuadro, luego el brazo. Abrió y cerró el codo. No dolía. Pensó que había sido casualidad, una punzada que se había ido sola.

Volvió al sofá.

Cinco minutos después, el dolor regresó.

Se levantó. El cuadro se inclinaba hacia la izquierda.

Esta vez no le pareció una casualidad. Ajustó el marco hasta dejarlo horizontal. El dolor desapareció otra vez.

Clara pasó el resto de la noche sentada frente al cuadro. Esperó a que se torciera. No lo hizo. Al final, apagó la luz y se fue a dormir.

Por la mañana, el marco estaba nivelado.

El dolor volvió al mediodía, ahora en ambas rodillas. Clara caminó apoyándose en los muebles hasta llegar a la sala. Miró los cuadros, el sofá y la mesa. Todo parecía en su lugar.

La mesa baja estaba dos dedos más a la derecha que el centro de la alfombra.

La empujó hasta alinearla con el sofá. El dolor en las rodillas cesó de inmediato.

Clara se quedó quieta, con las manos todavía sobre el borde de la mesa.

Miró el mueble desde la puerta del pasillo. La mesa quedaba justo frente al centro del sofá. Las patas coincidían con las líneas de la alfombra. No podía saber si ese era el punto exacto que había corregido o si el dolor había cedido por otra razón.

Para probarlo, movió la mesa un poco hacia la izquierda.

Las rodillas le punzaron.

La devolvió a su sitio.

El dolor se fue.

Esa tarde, Clara buscó un nivel de burbuja y una cinta métrica en la ferretería. También descargó una aplicación para medir ángulos. No se consideraba supersticiosa. Necesitaba comprobar que no estaba confundiendo movimientos pequeños con una regla que no existía.

Primero midió el cuadro del recibidor. Estaba horizontal.

Luego midió la distancia entre la mesa baja y los bordes del sofá. Los lados no eran idénticos: había una diferencia de dos centímetros. Movió el sofá, midió de nuevo y centró la mesa con la alfombra.

El dolor de sus rodillas no volvió.

Probó mover una silla de la cocina. En cuanto la dejó fuera de su posición, sintió un pinchazo en el tobillo. La colocó otra vez bajo la mesa y el dolor cedió.

Probó inclinar un libro en la estantería, dejando el lomo sobresalir apenas unos milímetros. Sintió un dolor punzante en el hombro. Enderezó el libro y volvió a respirar con normalidad.

Clara no encontró una explicación. Lo único que podía hacer era registrar qué cambiaba y dónde dolía. Anotó cada episodio en una libreta: objeto, posición, parte del cuerpo. Durante los primeros días, las coincidencias parecían absurdas, pero se repetían.

Un cuadro torcido le dolía en las muñecas. Una silla desplazada, en los tobillos. Un objeto dejado sobre un extremo de la mesa, en un hombro. Si la desviación era pequeña, el dolor también. Si tardaba en corregirla, la punzada aumentaba hasta hacerla llorar.

Con el tiempo, empezó a fijarse en un eje invisible que parecía atravesar el apartamento desde la puerta de entrada hasta la ventana del fondo. Los muebles debían quedar alineados a ambos lados. Un objeto en un lado necesitaba otro que equilibrara su peso visual en el lado opuesto.

Clara no sabía cómo medir esa simetría con exactitud. El nivel y la cinta le servían para los ángulos y las distancias, pero el apartamento no era perfecto. Las paredes tenían pequeñas diferencias, el piso se inclinaba levemente cerca de la cocina y la ventana no estaba centrada.

Aun así, cada vez que algo se apartaba de la disposición que había conseguido, las articulaciones le dolían.

Durante las semanas siguientes, su casa se convirtió en un trabajo de precisión que nunca terminaba. Alineó los cojines del sofá. Separó los cubiertos para que cada uno tuviera su lugar. Colocó los vasos a la misma distancia de los bordes de la repisa. Reacomodó los libros por altura y puso objetos de peso parecido en extremos opuestos de la estantería.

El dolor se volvió su única advertencia. A veces empezaba como una molestia leve, un tirón en una muñeca o una presión en un tobillo. Si Clara no encontraba qué estaba mal, se extendía por los brazos y las piernas.

Aprendió a caminar despacio, mirando la sala antes de sentarse y la cocina antes de preparar café. No quería descubrir una desalineación cuando ya tuviera las manos temblando.

Dejó de invitar a sus amigos. Una noche, una visita dejó un vaso sobre el lado izquierdo de la mesa. Clara sintió una punzada en el hombro derecho. Trató de seguir conversando, pero el dolor aumentó hasta que tuvo que pedir disculpas y mover el vaso.

Su amiga le preguntó si estaba bien.

—Estoy cansada —respondió Clara.

No le contó que, después de que su amiga se fue, pasó cuarenta minutos midiendo la mesa y moviendo las sillas hasta que el dolor desapareció.

También dejó de salir por gusto. Si pasaba demasiadas horas fuera, no sabía qué podía haberse movido en el apartamento. La primera vez que regresó de comprar alimentos, encontró un cajón de la cocina abierto. Sintió una punzada en los dedos antes de darse cuenta. Lo cerró. El dolor cesó.

A partir de entonces, revisaba los cajones antes de salir.

Comía sola, con el plato centrado y el vaso a la misma distancia de los dos bordes de la mesa. Si dejaba el tenedor atravesado sobre el plato, le dolía la muñeca. Si lo colocaba paralelo al borde, la molestia cedía.

A veces podía relajarse durante una hora. Luego empezaba a sentir un dolor que no sabía localizar. Recorría el apartamento hasta encontrar un libro salido unos milímetros, un cojín caído hacia un costado o un cuadro que ya no estaba perfectamente horizontal.

Cada reparación le daba alivio. Cada alivio duraba menos.

Una noche, el dolor apareció en el hombro izquierdo y no cedió. Clara revisó la sala. Los cuadros estaban nivelados. La mesa seguía centrada. Los cojines ocupaban posiciones simétricas. Revisó los estantes y los cajones, incluso el baño.

Todo estaba en orden.

El dolor aumentó.

Clara volvió al dormitorio. El cuadro sobre la cómoda estaba inclinado apenas hacia abajo por el lado derecho. El ángulo era tan pequeño que, sin la punzada en el hombro, tal vez no lo habría notado.

Lo enderezó.

El dolor desapareció.

Clara se quedó frente al cuadro, respirando despacio. En el espejo de la cómoda, vio su propio rostro pálido. Detrás, el dormitorio parecía quieto, equilibrado, perfectamente dispuesto.

Esa noche movió la cómoda unos centímetros para centrarla con la cama. Después ajustó las patas, midió la distancia hasta cada pared y volvió a colgar el cuadro.

A las tres de la madrugada, despertó con un dolor que le atravesaba todo el cuerpo.

No era una punzada aislada. Sentía presión en las muñecas, los codos, las rodillas y los tobillos, como si cada articulación estuviera siendo empujada hacia una posición determinada.

Intentó girarse.

No pudo.

Sus músculos se habían quedado rígidos. Clara trató de doblar los dedos, pero la mano no respondió. Apenas consiguió mover los ojos.

La luz de la calle entraba por la ventana y dejaba una franja pálida sobre la cama. Con esfuerzo, Clara dirigió la mirada hacia su cuerpo.

Tenía los brazos extendidos a los lados, perpendiculares al torso. Las piernas estaban rectas, juntas y alineadas con el centro del colchón. Sus pies apuntaban hacia arriba.

Su cuerpo formaba una cruz.

La cama estaba centrada con el dormitorio. Ella yacía en el punto medio exacto, con los brazos y las piernas estirados a ambos lados como si fueran los extremos de una figura dibujada sobre las sábanas.

Clara intentó doblar un codo.

El dolor la hizo ver manchas blancas.

Su cuerpo no solo estaba dispuesto en una posición simétrica. Estaba siendo obligado a mantenerla. Cada músculo reaccionaba cuando intentaba salirse de la forma.

Pasó horas inmóvil, respirando con dificultad. No podía pedir ayuda sin voz y no podía alcanzar el teléfono de la mesa de noche. Cuando la luz del amanecer entró por la ventana, la presión empezó a ceder.

Primero pudo mover los dedos. Luego las muñecas. Al final, logró doblar una rodilla y girarse de lado.

Se cayó de la cama al intentar levantarse.

No tenía marcas ni moretones. Pero sus brazos temblaban y le dolía el cuerpo como después de una caída larga.

Fue al baño apoyándose en la pared. Al dar el primer paso, sintió una nueva punzada en los pies.

Miró hacia abajo.

Estaban alineados con el borde de la alfombra. Sus talones y dedos formaban un ángulo recto con sus piernas.

Trató de caminar como siempre. El dolor le atravesó las rodillas. Se detuvo, respiró y volvió a mover los pies en una línea rígida, manteniendo los ángulos. La punzada disminuyó.

No desapareció del todo, pero le permitió avanzar.

Durante el día, Clara comprobó que el apartamento seguía exigiendo simetría en cada objeto. Sin embargo, ahora también le dolía cuando su cuerpo se apartaba de ciertas posiciones. Tenía que sentarse con la espalda recta y los pies paralelos. Para caminar, debía mantener pasos medidos y hombros nivelados. Si cruzaba una pierna o se inclinaba para alcanzar algo, los músculos le daban un tirón.

No podía vivir así. Tampoco podía esperar a que la regla se endureciera más.

Llamó al administrador. Le dijo que tenía un problema de salud y necesitaba abandonar el apartamento. Él contestó que podía recoger sus cosas al día siguiente. Clara no le explicó lo que ocurría.

Preparó una mochila con ropa, documentos y el cargador del teléfono. No intentó empacar muebles ni cuadros. Solo quería llegar a la calle.

Esperó hasta la noche, cuando el dolor se había reducido. Dejó las luces encendidas para ver cada objeto y salir sin tropezar. Caminó hacia la puerta de entrada siguiendo una línea recta por el centro del pasillo.

En el recibidor, la punzada volvió a sus tobillos.

El cuadro estaba torcido.

Clara lo enderezó. El dolor cedió.

Puso la mochila sobre un hombro. La correa inclinó su cuerpo. El hombro contrario empezó a doler. Cambió la mochila de lado. La molestia se trasladó.

La dejó en el suelo y la arrastró con una mano, manteniendo el torso recto.

Abrió la puerta.

El pasillo del edificio estaba vacío. Clara cruzó el umbral con pasos lentos. Durante unos segundos no sintió nada. Bajó las escaleras aferrada al pasamanos. Cada peldaño le obligaba a doblar las rodillas de forma distinta, y cada vez que se salía del ángulo que el cuerpo parecía exigir, sentía un pinchazo.

Al llegar al vestíbulo, apoyó la mochila en el suelo. La puerta de la calle tenía dos hojas de vidrio separadas por un marco metálico. Clara se colocó en medio y empujó ambas.

El aire frío de octubre le golpeó la cara.

Salió a la acera.

No sintió dolor.

Dio un paso. Luego otro. El alivio le aflojó las piernas. Estaba afuera. El ruido de los autos, las conversaciones y el aire de la avenida le pareció inmenso después de tantas semanas encerrada.

Clara caminó hacia la esquina.

La punzada volvió en ambas rodillas.

Se detuvo. Sus piernas quedaron rígidas. Los pies se habían alineado con el borde de la acera y las rodillas no podían flexionarse.

Trató de cambiar de dirección. Un dolor agudo le subió por el muslo. Bajó la vista. Su cuerpo había quedado orientado en ángulo recto con la línea de la vereda.

Clara miró alrededor. La calle empezaba a llenarse de personas que iban al trabajo. Un hombre cruzó frente a ella con un café. Una mujer empujaba un cochecito. Nadie parecía notar que Clara estaba detenida, con los brazos tiesos junto al cuerpo.

Entonces se abrió la puerta del edificio.

La vecina del cuarto piso salió a la acera.

Clara la había visto varias veces en el ascensor. Vivía sola y casi nunca hablaba. Esa mañana caminaba con los brazos extendidos a los lados, formando una cruz con el torso. Sus piernas avanzaban con pasos cortos y rígidos, sin doblarse del todo.

La mujer llegó a la acera y se detuvo.

Clara intentó llamarla. La garganta le dejó escapar un sonido pequeño.

La vecina no miró en su dirección. Tenía los ojos fijos en el edificio. Lentamente, levantó el brazo derecho.

El hombro de Clara se tensó.

Ella apretó los dientes y trató de mantenerlo abajo.

La vecina levantó el brazo izquierdo.

Clara sintió un tirón en el otro hombro. Sus dos brazos empezaron a separarse del cuerpo.

La mujer bajó uno. Clara consiguió detener el suyo a medias. El dolor le llenó los codos.

En las ventanas del edificio, varias cortinas se movieron. Un hombre apareció detrás del vidrio del segundo piso. Tenía los brazos extendidos en cruz. Más arriba, alguien estaba de pie en el centro de una habitación, con las manos pegadas a los costados y las piernas juntas.

La vecina dio un paso hacia la esquina.

Clara sintió que su cuerpo daba otro en dirección contraria.

La mujer volvió a avanzar. Clara fue arrastrada por una punzada en las rodillas hasta que sus pies quedaron alineados con el borde de la calle. La vecina se detuvo en el límite de la acera. Clara también.

Por la ventana del quinto piso, a la altura de su apartamento, se veía la sala vacía. El sofá estaba centrado con la alfombra. La mesa, la estantería y los cuadros mantenían la disposición exacta que ella había dejado.

Entonces el cuadro del recibidor, visible desde la calle a través de la puerta de vidrio, se inclinó hacia un lado.

Clara sintió el dolor en la muñeca.

La vecina bajó los brazos.

Los de Clara empezaron a subir.

La mujer se quedó inmóvil, mirando hacia el quinto piso. Clara intentó gritarle, pero sus hombros se abrieron hasta formar una cruz.

A su alrededor, las personas seguían caminando.

En el edificio, las figuras de las ventanas permanecían en sus posiciones.

La vecina dobló el codo derecho.

El dolor se clavó en el brazo de Clara, obligándola a doblarlo en el mismo ángulo.

La mujer dio otro paso.

Clara también avanzó.

Ya no estaba dentro del apartamento, pero la vecina y su cuerpo seguían obedeciendo la misma figura. Cuando Clara consiguió mirar hacia abajo, vio que sus pies estaban colocados exactamente frente a los de la mujer, a la misma distancia que dos objetos sobre una repisa.

La vecina levantó la mano y la apoyó contra el vidrio de la puerta del edificio.

Clara sintió que su brazo se elevaba hacia el aire.

Los dedos se le abrieron y la palma quedó suspendida frente a la mano de la mujer, separada de ella por varios metros.

La vecina empezó a cerrar los dedos.

Los de Clara comenzaron a cerrarse también.

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