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El ascensor de la torre corporativa bajaba piso por piso a las tres de la madrugada

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
El ascensor de la torre corporativa bajaba piso por piso a las tres de la madrugada

A las tres y catorce de la madrugada, Javier notó que el ascensor principal estaba bajando.

La pantalla sobre las puertas marcaba el piso doce.

No debería haber nadie allí.

La Torre Centenario tenía quince pisos de oficinas y, después de las ocho de la noche, solo quedaban encendidas algunas luces de emergencia. Javier llevaba casi seis horas solo en la sala de seguridad, rodeado por doce monitores que mostraban los pasillos, las entradas y los dos ascensores del edificio.

Miró el monitor correspondiente al piso doce.

El pasillo estaba vacío.

La pantalla del ascensor cambió a once.

Javier dejó la taza de café sobre el escritorio.

Esperó.

Diez.

Nueve.

El ascensor se detenía exactamente un minuto en cada piso antes de continuar.

Javier revisó las cámaras una por una.

El piso once estaba vacío.

El diez también.

Lo mismo ocurría con el nueve, el ocho y el siete.

No aparecía nadie entrando ni saliendo. Ninguna puerta de oficina se abría. Ninguna luz se encendía.

Javier tomó el intercomunicador.

—Central a todos los pisos. ¿Hay alguien trabajando todavía? Confirmen su ubicación.

Los altavoces devolvieron un ruido de estática.

Nadie respondió.

La pantalla marcó seis.

Javier se inclinó hacia los monitores.

Había algo que no entendía.

Si nadie estaba utilizando el ascensor, ¿quién estaba deteniéndolo?

Cinco.

Cuatro.

Tres.

Cada minuto, exactamente.

Cuando llegó al segundo piso, Javier comprobó el registro del sistema. El programa mostraba una llamada desde el ascensor.

No decía quién la había realizado.

Solo aparecía una línea:

**DESTINO: 0**

Javier frunció el ceño.

La Torre Centenario no tenía piso cero.

El edificio tenía planta baja, quince pisos y dos niveles subterráneos.

Miró de nuevo la pantalla.

Dos.

Uno.

La luz sobre el ascensor de la planta baja se encendió.

Javier cambió al monitor del vestíbulo principal.

Las puertas se abrieron.

No salió nadie.

Permanecieron abiertas durante varios segundos.

Javier esperó que apareciera un trabajador, un empleado de limpieza, cualquier persona que explicara aquello.

Nada.

Las puertas comenzaron a cerrarse.

Entonces la pantalla sobre el ascensor se apagó.

Javier soltó el aire.

Seguramente era una falla.

Algún error del sistema nocturno.

Se levantó para comprobar el registro cuando escuchó el timbre del ascensor.

No en el vestíbulo.

En su propio pasillo.

Javier giró hacia la puerta de la sala de seguridad.

La pantalla del monitor mostraba el corredor vacío.

El timbre volvió a sonar.

Esta vez más cerca.

Javier miró el indicador del ascensor de la planta baja.

Seguía apagado.

Pero un nuevo número apareció en la pantalla.

**1**

Javier sintió un pequeño nudo en el estómago.

El ascensor había comenzado a subir.

Primero al uno.

Luego al dos.

Tres.

Cuatro.

El mismo ritmo.

Un minuto por piso.

Javier cambió las cámaras conforme avanzaba.

En cada planta, las puertas del ascensor se abrían y el pasillo seguía vacío.

No aparecía nadie.

En el quinto piso, las puertas se abrieron.

Javier miró la imagen durante casi un minuto.

Nada.

Cuando el ascensor cerró, el indicador pasó al seis.

Entonces Javier escuchó otro sonido.

Un golpe.

Venía de la escalera de emergencia, justo al otro lado del pasillo.

Toc.

Después otro.

Los golpes bajaron un nivel.

Javier miró el monitor de la escalera.

La puerta permanecía cerrada.

Escuchó otro golpe.

Más abajo.

Después otro.

Los sonidos continuaron desplazándose por la escalera, como si alguien descendiera lentamente desde los pisos superiores.

Javier volvió la vista al monitor del ascensor.

Siete.

Ocho.

Nueve.

Los golpes seguían avanzando.

Diez.

Once.

Doce.

Javier comprendió lo que estaba ocurriendo.

El ascensor y aquella cosa estaban llegando al mismo lugar por dos caminos diferentes.

Caminó hacia la puerta de la sala y comprobó la cerradura manual.

Estaba asegurada.

Luego regresó frente a los monitores.

El ascensor marcaba trece.

Los golpes ya estaban en el piso de abajo.

Uno.

Después otro.

Cada vez más cerca.

Javier sintió que el aire de la habitación parecía haberse enfriado.

El indicador del ascensor cambió a catorce.

Los golpes llegaron al pasillo de la planta baja.

Javier miró el monitor del vestíbulo.

La imagen estaba vacía.

El ascensor seguía arriba.

Entonces oyó el sonido de unas puertas abriéndose.

No en los monitores.

En el pasillo frente a él.

Javier giró.

La puerta de la escalera de emergencia se había abierto.

No había nadie detrás.

La luz del corredor permanecía encendida.

El último golpe sonó muy cerca.

Javier retrocedió.

El indicador del ascensor cambió a quince.

Se quedó allí.

Durante unos segundos, nada ocurrió.

Después, todas las pantallas de la sala mostraron la misma imagen.

El interior del ascensor.

Puertas abiertas.

Cabina vacía.

Javier miró los doce monitores.

La misma cabina aparecía desde doce cámaras diferentes.

Y entonces descubrió algo que le hizo dejar de respirar por un instante.

En todas las imágenes, el ascensor estaba vacío.

Excepto en una.

La cámara del piso quince mostraba la cabina con las puertas abiertas.

Y en el suelo había una sombra.

Una sombra alargada que no pertenecía a nadie.

Javier se acercó a la pantalla.

La sombra parecía extenderse desde el fondo del ascensor hacia el corredor.

Como si alguien estuviera parado allí, aunque el resto de la figura fuera invisible.

La imagen parpadeó.

La sombra desapareció.

Javier se apartó del monitor.

Entonces escuchó su propia voz.

—Javier.

Venía del altavoz interno de la sala de seguridad.

Javier se quedó mirando el pequeño micrófono sobre el escritorio.

No lo había encendido.

La voz volvió a hablar.

—Javier está mirando las cámaras.

Él dio un paso hacia atrás.

—Javier cerró la puerta.

La voz utilizaba exactamente su tono, su forma de respirar y hasta la pequeña pausa que solía hacer antes de terminar una frase.

Pero aquella voz no estaba hablando con él.

Parecía estar describiéndolo para alguien más.

—Javier cree que el ascensor estaba vacío.

Javier arrancó el cable del micrófono.

La voz desapareció.

Los monitores seguían encendidos.

Quince.

El indicador del ascensor no cambiaba.

Javier tomó su teléfono y comenzó a marcar a su supervisor.

No había señal.

Volvió a intentarlo.

Nada.

Entonces escuchó el timbre del ascensor.

Una vez.

Javier levantó la cabeza.

El sonido provenía del pasillo.

La pantalla sobre las puertas de la sala de seguridad, visible a través del pequeño vidrio de la puerta blindada, acababa de encenderse.

No mostraba el piso quince.

Mostraba:

**1**

Javier sintió que se le aflojaban las piernas.

Las puertas del ascensor estaban demasiado lejos para que pudiera verlas directamente desde su posición.

Pero podía escuchar su funcionamiento.

El motor comenzó a moverse.

Descendía otra vez.

Javier miró los monitores.

Catorce.

Trece.

Doce.

El ascensor estaba bajando.

Esta vez no se detenía.

Pasó del doce al once, del once al diez, del diez al nueve.

La cifra descendía rápidamente.

Javier comprendió que iba directo hacia él.

Ocho.

Siete.

Seis.

Cinco.

La sala de seguridad estaba en la planta baja.

No existía ninguna razón para que el ascensor volviera a subir o bajar después de haber terminado su recorrido.

Cuatro.

Tres.

Dos.

Uno.

Javier retrocedió hasta tocar la pared.

El indicador llegó a planta baja.

El motor se detuvo.

Javier esperó escuchar las puertas abrirse.

No ocurrió.

Entonces el sistema del edificio emitió un pequeño sonido.

Como si alguien hubiera pulsado un botón.

En el monitor del vestíbulo, el ascensor seguía vacío.

Las puertas comenzaron a abrirse.

Javier miró fijamente.

La cabina estaba vacía.

Pero el suelo del ascensor se hundió ligeramente.

Como si alguien acabara de entrar.

Javier dio un paso atrás.

El peso invisible avanzó.

La puerta de la sala de seguridad estaba a pocos metros.

Otro pequeño hundimiento apareció en el suelo de la cabina.

Después otro.

Algo estaba caminando hacia él.

El indicador del ascensor cambió.

Ya no mostraba un número.

Mostraba una palabra.

**SEGURIDAD**

Javier miró la puerta blindada.

El seguro manual seguía colocado.

El teclado electrónico comenzó a encenderse.

Un número.

Después otro.

La misma secuencia que solo él y el gerente conocían.

Tres.

Ocho.

Uno.

Nueve.

Cuatro.

Dos.

Javier sintió que alguien se detenía al otro lado de la puerta.

No podía verlo.

No escuchaba respiración.

Solo escuchó el timbre del ascensor una última vez.

Y entonces su propia voz habló desde el pasillo:

—Javier ya no tiene que vigilar las cámaras.

Una pausa breve.

—Ahora alguien más puede hacerlo por él.

Javier miró los doce monitores.

En todos aparecía la sala de seguridad.

Desde doce ángulos diferentes.

Y en ninguno aparecía Javier.

Solo se veía una silla vacía frente a los monitores.

La puerta blindada comenzó a abrirse hacia adentro.

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