
El reflejo levantó la mano antes que yo.
Fue apenas un instante.
Tan poco que, si hubiera estado pensando en otra cosa, probablemente no lo habría notado.
Yo estaba frente al espejo del baño, todavía medio dormida, tratando de recogerme el cabello. Tenía una liga negra entre los dedos y levanté el brazo derecho.
La mujer del espejo ya lo tenía arriba.
Me detuve.
Ella también.
Me quedé mirando mi propia cara.
Treinta años. Ojeras leves. El cabello desordenado. Una camiseta vieja.
Nada extraño.
Volví a bajar el brazo.
Esta vez nos movimos al mismo tiempo.
—Necesito dormir más —murmuré.
Mi reflejo movió los labios conmigo.
Salí del baño y olvidé el asunto antes del desayuno.
La segunda vez ocurrió esa misma tarde.
Estaba en el ascensor del edificio. Las paredes eran de acero pulido y devolvían una imagen oscura, algo deformada.
Yo miraba el teléfono.
En el reflejo vi que levantaba la cabeza.
Pero todavía estaba mirando la pantalla.
Sentí una corriente fría en el estómago.
Levanté la cabeza.
La puerta del ascensor se abrió.
Una vecina esperaba afuera.
—Hola, Mónica.
—Hola.
Salí sin responder mucho más.
Mientras caminaba hacia mi departamento pensé que quizá había visto el movimiento con la visión periférica y mi cerebro había mezclado el orden de las cosas.
No era imposible.
La mente hacía cosas raras.
Esa explicación me sirvió hasta la mañana siguiente.
Me estaba lavando los dientes cuando mi reflejo miró hacia la puerta del baño.
Yo seguía mirándome a los ojos.
Dos segundos después escuché un golpe en el pasillo.
Giré la cabeza.
Una caja que había dejado sobre una repisa se había caído.
Volví al espejo.
Mi reflejo me observaba.
Sentí vergüenza de mí misma.
Era mi cara.
Mis ojos.
Mi expresión.
No había nadie al otro lado.
Durante el desayuno decidí comprobar algo sencillo.
Me senté frente al pequeño espejo decorativo de la sala.
Levanté una mano.
El reflejo la levantó conmigo.
Moví la cabeza.
Igual.
Parpadeé varias veces.
Nada.
Me reí.
—Ya está.
Entonces extendí la mano hacia mi taza de café.
La mano del espejo llegó primero.
No por mucho.
Tal vez medio segundo.
Pero llegó primero.
Me quedé congelada.
La taza real seguía a unos centímetros de mis dedos.
En el espejo, mi mano ya rodeaba el asa.
Después mi mano real terminó el movimiento.
Solté la taza.
En el reflejo, yo ya había abierto los dedos.
La taza cayó.
Yo la vi caer dos veces.
Primero dentro del espejo.
Después frente a mí.
El café se derramó sobre la mesa.
Retrocedí tan rápido que golpeé la silla.
Pasé varios minutos limpiando.
No volví a mirar el espejo.
Aquella noche llamé a mi hermano Esteban.
No le conté exactamente lo que ocurría.
—¿Alguna vez has sentido que ves algo antes de que pase?
—¿Como un déjà vu?
—No.
—Entonces no sé qué quieres decir.
—Olvídalo.
—¿Estás bien?
—Sí.
Mentí.
Antes de dormir cubrí el espejo del dormitorio con una chaqueta.
No porque creyera que pudiera hacerme algo.
Simplemente no quería abrir los ojos durante la noche y comprobar si la mujer de enfrente ya estaba despierta.
Al día siguiente intenté seguir mi rutina.
Funcionó hasta que salí de casa.
Esperaba el ascensor cuando vi mi reflejo en el cristal de un cuadro colgado en el pasillo.
La superficie era oscura.
Apenas podía distinguirme.
Pero me vi dar un paso hacia atrás.
Yo todavía no me había movido.
Retrocedí.
Un segundo después las puertas del ascensor se abrieron.
Un hombre salió empujando un carrito cargado con cajas.
Si no hubiera dado aquel paso, me habría golpeado.
El hombre se disculpó.
Yo casi no lo escuché.
Miré el cristal del cuadro.
Mi reflejo permanecía quieto.
Por primera vez no sentí miedo.
Sentí otra cosa.
La posibilidad de que aquello no quisiera dañarme.
Durante los siguientes días empecé a prestar atención.
No podía evitarlo.
Mi reflejo se adelantaba muy poco.
Uno o dos segundos.
Nunca más.
Antes de que sonara el teléfono, miraba hacia donde estaba.
Antes de que alguien entrara al ascensor, giraba la cabeza.
Antes de que una cuchara cayera de la encimera, extendía la mano.
Dos veces me ayudó.
Una mañana mi reflejo apartó la cara mientras yo preparaba café.
Hice lo mismo.
La tapa de la cafetera saltó y unas gotas calientes salpicaron donde había estado mi rostro.
Otra noche, mientras cruzaba una avenida, vi mi figura reflejada en la ventana de una tienda detenerse en seco.
Yo me detuve.
Una motocicleta pasó frente a mí con la luz roja.
El conductor ni siquiera frenó.
Regresé a casa temblando.
Esa noche dejé descubierto el espejo del dormitorio.
Me senté frente a él.
—¿Me estás ayudando?
Mi reflejo movió los labios al mismo tiempo.
Sonreí.
Ella sonrió.
Me sentí ridícula.
Pero también agradecida.
Durante casi una semana aprendí a convivir con el pequeño adelanto.
Hasta que dejó de ser pequeño.
Ocurrió un domingo.
Estaba arreglando el dormitorio cuando vi por el espejo que me sentaba en la cama.
Yo seguía de pie.
Observé.
Mi reflejo permaneció sentada unos tres segundos.
Después yo sentí ganas de descansar.
Me senté.
Exactamente en la misma posición.
Me levanté de inmediato.
El corazón empezó a golpearme.
Ya no eran segundos sueltos.
Había visto una decisión antes de tomarla.
Miré mi reflejo.
Parecía tan inquieta como yo.
Entonces giró la cabeza hacia la puerta.
Yo no.
Ella siguió mirando.
Cinco segundos.
Diez.
Mi cuerpo no quiso imitarla.
Eso nunca había ocurrido.
Me acerqué al espejo.
Mi reflejo levantó una mano.
Yo no.
La apoyó contra el cristal.
Sentí un escalofrío.
Levanté lentamente la mía.
Antes de tocar el espejo, ella retiró la mano.
Luego miró otra vez hacia la puerta.
Su expresión cambió.
No era curiosidad.
Era miedo.
Me giré.
La puerta estaba abierta.
El pasillo, vacío.
—¿Qué ves?
Cuando miré nuevamente el espejo, mi reflejo estaba de pie.
Yo seguía junto al vidrio.
Ella retrocedía.
Un paso.
Otro.
Sus ojos continuaban fijos en algo detrás de mí.
No quise mirar.
Me quedé observándola.
Mi reflejo abrió la boca.
No escuché nada.
Pero entendí perfectamente una palabra.
No.
Retrocedí.
Ella negó con la cabeza.
Más rápido.
No.
No.
La lámpara de mi dormitorio parpadeó.
Me giré.
No había nada.
Cuando volví al espejo, todo era normal.
Mi reflejo estaba exactamente donde debía.
Respiraba conmigo.
Tenía mi misma expresión.
Aquella noche dormí con la luz encendida.
A las dos de la madrugada me despertó un ruido.
Un clic.
Venía del pasillo.
La cerradura de la puerta principal.
Me incorporé.
Escuché otro clic.
Como si alguien estuviera intentando abrir desde afuera.
Vivía sola.
Me acerqué al dormitorio y miré hacia la entrada.
La puerta seguía cerrada.
El sonido se repitió.
Una llave entrando.
Girando.
Alguien tenía una llave.
Agarré el teléfono.
Entonces recordé el espejo.
Estaba a mi izquierda.
No quería mirar.
Lo hice.
Mi reflejo no estaba en la cama.
Estaba de pie junto a la puerta del dormitorio.
Yo seguía en medio de la habitación.
Ella tenía un dedo sobre los labios.
Me quedé inmóvil.
La cerradura de la entrada giró.
Esta vez por completo.
La puerta principal se abrió.
No escuché pasos.
Eso fue peor.
Mi reflejo miró hacia el pasillo.
Después volvió a mirarme.
Retrocedió.
Yo también.
Uno.
Dos pasos.
Ella levantó la mano.
Señaló el armario.
Entendí.
Me escondí dentro.
Cerré casi por completo.
Desde allí podía ver una pequeña parte del dormitorio y el espejo.
Escuché un roce en el pasillo.
Algo había entrado.
No respiraba.
No caminaba.
Solo había un sonido ocasional, suave, como tela rozando una pared.
Miré el espejo desde la rendija.
Mi reflejo ya estaba escondida.
Pero no dentro del armario.
En el reflejo, la puerta del armario estaba abierta.
Ella estaba agachada al lado de la cama.
No entendí.
¿Por qué no estaba imitándome?
Entonces apareció una sombra en el espejo.
Pasó por la puerta del dormitorio.
Yo no veía nada en la habitación real.
Solo en el espejo.
Una forma alta.
Humana.
Demasiado oscura para distinguir ropa o rostro.
Entró.
Mi reflejo se tapó la boca.
La figura se detuvo.
Giró hacia el armario.
Hacia mí.
Sentí que el pecho me dolía por no respirar.
En la habitación real no había nadie.
Pero dentro del espejo la figura caminó hacia el armario.
Mi reflejo salió de su escondite.
Se puso de pie.
Golpeó algo contra la pared.
La figura se volvió hacia ella.
Mi reflejo corrió fuera del dormitorio.
La sombra la siguió.
Un segundo después escuché un golpe real en el pasillo.
Después la puerta principal se cerró.
Esperé varios minutos.
Salí del armario.
Revisé la casa.
No había nadie.
La cerradura no tenía marcas.
Nada faltaba.
Llamé a Esteban.
Esta vez le conté todo.
No se rio.
Tampoco me creyó del todo.
Pero vino.
Revisó puertas y ventanas.
—Quizá alguien tenía una copia de la llave.
—¿Y por qué no lo vi?
—Estabas asustada.
—Lo vi en el espejo.
Esteban suspiró.
—Mónica...
—No importa.
Se quedó a dormir en el sofá.
No ocurrió nada más.
Por la mañana revisó la cerradura otra vez y prometió ayudarme a cambiarla.
Antes de irse se detuvo frente al espejo del pasillo.
—Este es el que dices que hace cosas.
—No siempre.
Esteban me miró a través del espejo.
—Ahora parece normal.
Yo observé nuestros reflejos.
Él movió una mano.
Su reflejo hizo lo mismo.
Todo normal.
Entonces el reflejo de Esteban salió del cuadro.
Esteban real seguía junto a mí.
Parpadeé.
Su imagen había desaparecido del espejo.
Solo quedaba la mía.
—¿Qué pasa? —preguntó.
No respondí.
En el espejo yo estaba mirando hacia el lugar donde debería aparecer él.
Mi reflejo parecía confundida.
Después miró detrás de sí.
Algo cambió en su cara.
Retrocedió.
Yo no.
—Mónica.
Esteban me tocó el hombro.
Mi reflejo se giró de golpe.
Miró directamente hacia él.
Después hacia mí.
Negó con la cabeza.
No.
Sentí frío.
—Vete.
Esteban frunció el ceño.
—¿Qué?
—Vete de mi casa.
—¿Por qué?
—Por favor.
No discutió mucho.
Pensó que estaba teniendo una crisis de ansiedad.
Me hizo prometer que lo llamaría.
Cuando cerré la puerta, regresé al espejo.
Mi reflejo estaba sola.
Yo también.
Pero ella seguía mirando hacia el lugar donde Esteban había estado.
Como si allí todavía hubiera alguien.
Cubrir los espejos dejó de servir.
La televisión apagada reflejaba.
Las ventanas de noche reflejaban.
El vidrio del horno.
La pantalla del teléfono.
Cualquier superficie oscura podía mostrarme algo que aún no había ocurrido.
Y cada día la diferencia aumentaba.
Primero segundos.
Después minutos.
Una tarde vi mi reflejo llorando mientras yo preparaba comida.
No sabía por qué.
Veinte minutos después recibí una llamada.
Esteban había sufrido un accidente leve con el auto.
No le pasó nada grave.
Pero cuando escuché su voz, empecé a llorar.
Exactamente como ya había visto.
Otra noche mi reflejo apareció sentada en el suelo junto a la puerta.
Yo estaba en la cocina.
Una hora después se fue la luz del edificio y terminé allí, esperando que regresara mientras hablaba con la administración.
Cada vez me resultaba más difícil saber si hacía las cosas porque quería hacerlas o porque ya me había visto haciéndolas.
Dejé de mirar.
Eso fue lo único que se me ocurrió.
Tapé el espejo del dormitorio.
El del baño.
El del pasillo.
Apagué la televisión desde el interruptor.
Dejé el teléfono boca abajo.
Durante dos días funcionó.
El tercero llegué a casa y encontré la sábana del espejo del dormitorio en el suelo.
No recordaba haberla quitado.
El espejo estaba descubierto.
Mi reflejo no aparecía.
Me acerqué.
La habitación se veía perfectamente.
La cama.
El armario.
La puerta.
Pero yo no estaba.
Levanté una mano frente al cristal.
Nada.
Sentí que me faltaba aire.
—No.
Me moví a un lado.
El espejo continuaba mostrando el dormitorio vacío.
Entonces algo apareció en el reflejo.
Yo.
Entré por la puerta reflejada.
Caminé hacia el espejo.
La versión que veía llevaba la misma ropa.
El mismo cabello.
Todo.
Excepto una cosa.
Parecía agotada.
Mucho más que yo.
Se acercó hasta quedar frente al cristal.
Nos miramos.
Yo levanté una mano.
Ella no.
Ella miró por encima de su hombro.
Después volvió a mirarme.
Movió los labios.
Esta vez entendí dos palabras.
Ya viene.
La puerta de mi dormitorio real crujió.
No miré.
En el espejo, mi reflejo cerró los ojos.
La figura oscura apareció detrás de ella.
Ya no estaba lejos.
Estaba dentro del dormitorio reflejado.
A pocos pasos.
Mi reflejo abrió los ojos.
No parecía asustada.
Parecía resignada.
Entonces hizo algo que jamás había hecho.
Extendió la mano hacia mí.
No contra el vidrio.
Hacia mí.
Sus dedos parecieron atravesar la superficie.
Retrocedí.
La mano salió un poco más.
El espejo onduló como agua oscura.
Tropecé con la cama.
La figura se acercó por detrás de mi reflejo.
Ella miró hacia atrás.
Después me miró.
Y entendí.
No quería salir.
Quería que yo entrara.
Negué con la cabeza.
—No.
La mano permaneció extendida.
La puerta de mi habitación volvió a crujir.
Esta vez detrás de mí.
Muy cerca.
No sabía qué era peor.
Mirar.
O no mirar.
Mi reflejo empezó a llorar.
La figura ya estaba justo detrás de ella.
Y entonces comprendí otra cosa.
Durante semanas yo había pensado que el espejo me mostraba el futuro.
No era así.
Me mostraba un lugar donde las cosas ocurrían antes.
Un lugar donde otra Mónica había tenido unos segundos, luego minutos y finalmente horas para aprender qué venía.
Ella no estaba prediciendo nada.
Lo estaba viviendo primero.
Y aquello que la perseguía había pasado todo ese tiempo acercándose.
La mano seguía esperándome.
No la tomé.
Cerré los ojos.
Escuché un golpe seco.
Después otro.
El espejo vibró.
Algo cayó al suelo.
No abrí los ojos hasta que todo quedó en silencio.
El espejo estaba roto.
No hecho pedazos.
Solo una grieta vertical desde arriba hasta abajo.
Mi reflejo había regresado.
Estaba frente a mí.
Exactamente donde debía.
Levanté la mano.
Ella levantó la suya.
Moví la cabeza.
Igual.
Lloré de alivio.
Durante tres días todo volvió a ser normal.
No hubo adelantos.
No hubo advertencias.
No hubo figuras.
Empecé a pensar que había terminado.
Esta mañana me estaba cepillando el cabello cuando noté algo.
Mi reflejo sonrió.
Yo no.
La sonrisa fue pequeña.
Cansada.
Casi triste.
Después levantó una mano y la apoyó sobre el cristal.
Yo permanecí inmóvil.
Entonces comprendí que no era mi reflejo.
Era ella.
La otra Mónica.
Y por primera vez desde que todo comenzó, no iba delante de mí.
Estaba esperando.
Detrás de su hombro, al fondo del baño reflejado, la puerta empezó a abrirse.
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