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Cada noche despertaba con tierra bajo las uñas

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
Cada noche despertaba con tierra bajo las uñas

El primer día, Lucía creyó que se había quedado dormida en el sofá.

Despertó en su cama, todavía vestida y con los zapatos puestos. El reloj marcaba las once y cuarenta y siete de la noche. Recordaba haber llegado del trabajo a las once, preparado algo de cenar y sentado a ver televisión. Después, nada. Como si alguien hubiera apagado su conciencia y la hubiera encendido cuarenta y siete minutos más tarde.

Al día siguiente volvió a perder el mismo tiempo.

Esta vez se encontró de pie en la cocina, con un cuchillo en la mano y la mirada fija en la pared. No recordaba haber entrado allí ni haber abierto el cajón. Dejó el cuchillo sobre la encimera y permaneció un rato sin moverse, tratando de entender qué había ocurrido.

La tercera noche instaló una cámara web vieja sobre la repisa de la sala. La apuntó al sofá, la conectó a la computadora y empezó a grabar antes de sentarse.

A las once, su cuerpo se levantó.

Lucía vio la grabación varias veces. En el video caminaba con una fluidez mecánica, sin mirar a los lados ni detenerse. Cruzaba la sala, abría la puerta principal y salía al pasillo. La puerta se cerraba detrás de ella.

El archivo terminaba a las once y cuarenta y siete. En el último fragmento, Lucía regresaba al apartamento, iba al dormitorio y se acostaba con la ropa puesta.

No parecía sonámbula. Se movía con un propósito, como si conociera el camino de memoria.

Al cuarto día decidió seguirse.

Se sentó en el sofá a las diez y media, sin apagar las luces. A las once sintió un tirón detrás de los ojos. No le dolió, pero su visión se volvió borrosa y dejó de controlar los músculos.

Esta vez permaneció consciente.

Veía a través de sus propios ojos y oía sus pasos, pero no podía mover los dedos ni cambiar de dirección. Era como estar encerrada dentro de un cuerpo que alguien más conducía.

Su cuerpo salió del apartamento y bajó las escaleras. Caminó cuatro cuadras hacia el este y luego dos hacia el norte, hasta una zona industrial abandonada. Lucía reconoció las fábricas cerradas y los lotes cubiertos de maleza.

Se detuvo frente a un terreno vacío, cercado con alambre oxidado. Su cuerpo apartó unas hierbas altas y se agachó. Después empezó a cavar con las manos.

La tierra estaba fría. Las piedras le raspaban las palmas y se le metían bajo las uñas. Sus manos avanzaban con un ritmo constante, sin que Lucía pudiera detenerlas.

Cuando el reloj interno de su cuerpo llegó a las once y cuarenta y siete, dejó de cavar. Se levantó, se sacudió la tierra de las manos y regresó al apartamento. Se acostó en la cama.

Lucía recuperó el control.

Se sentó de golpe. Tenía tierra bajo las uñas y las palmas enrojecidas. Miró el reloj: las once y cuarenta y siete.

A la mañana siguiente fue al terreno. Encontró el lugar exacto por las marcas frescas en la tierra. Había un hoyo de unos treinta centímetros. En el fondo, clavada en el suelo, había una estaca de madera.

Atado a la estaca con un hilo rojo encontró un objeto metálico. Era una llave pequeña de latón, con el número 214 grabado en el mango.

Lucía la sostuvo unos segundos. No sabía qué abría, pero sintió una resistencia inmediata a sacarla de allí. Aun así, la guardó en el bolsillo. No iba a dejar que una sensación inexplicable decidiera por ella.

Esa noche, a las once, el tirón volvió.

Lucía no pudo impedir que su cuerpo saliera del apartamento. Al llegar al terreno, se agachó frente al hoyo y siguió cavando. Ella concentró toda su atención en la mano derecha. No consiguió detener el cuerpo, pero pudo frenar esa mano.

La izquierda continuó apartando tierra. La derecha se quedó suspendida, temblando, con los dedos abiertos hacia el cielo.

Pasaron los cuarenta y siete minutos. Su cuerpo dejó de cavar y emprendió el camino de regreso.

A la mañana siguiente, el hoyo era más profundo. Cerca del fondo, entre la tierra húmeda, Lucía encontró un hueso pequeño y delgado. Podía ser de un animal. También podía pertenecer a un niño.

No lo tocó.

La llave seguía en su bolsillo. El número 214 le parecía cada vez menos casual, aunque todavía no sabía qué significaba.

Esa noche preparó el teléfono para grabar. Lo sostuvo con fuerza mientras esperaba en el sofá. Cuando el trance comenzó y su cuerpo se levantó, Lucía forzó la mano derecha a soltarlo.

El teléfono cayó al suelo y quedó apuntando al techo. La cámara no alcanzaría a mostrar nada, pero el micrófono seguiría grabando.

Su cuerpo salió, caminó hasta el terreno y se detuvo junto al hoyo. Esta vez no cavó. Se quedó inmóvil mirando hacia el fondo.

Durante cuarenta y siete minutos no hizo más que permanecer allí.

Al día siguiente, Lucía revisó la grabación. Casi todo era silencio: el ruido lejano de los autos, su respiración y, al final, el roce de sus zapatos al volver a casa.

Justo antes de que terminara el video, oyó una voz grave salir de su garganta:

—Aún no es suficiente.

Lucía pausó la grabación.

Miró sus manos. Tenía tierra bajo las uñas. También vio una mancha oscura cerca de la muñeca. Se frotó la piel con un paño húmedo. La mancha no era tierra. Era sangre.

No quiso volver al terreno, pero tampoco podía seguir esperando a que su cuerpo tomara todas las decisiones. A las diez de la noche siguiente, tomó la llave y salió del apartamento por voluntad propia.

Llegó al lote antes de las once. La tierra del hoyo estaba removida. Lucía se arrodilló y empezó a cavar con las manos.

Durante una hora apartó tierra, raíces y piedras. Después de otra hora, el hoyo tenía casi un metro de profundidad. Sus dedos tocaron algo duro.

Era una caja de madera, del tamaño de una caja de zapatos. Tenía un candado de latón. En el arco estaba grabado el número 214.

Lucía sacó la llave del bolsillo y abrió el candado.

Dentro había una fotografía. Mostraba a una Lucía más joven junto a un hombre que ella no reconocía. En la imagen, él le apoyaba una mano en el hombro. Ella sonreía a la cámara, como si estuviera acostumbrada a que él la tocara.

Al reverso, alguien había escrito una fecha de diez años atrás.

Lucía no recordaba al hombre. Sin embargo, al mirar la fotografía, sintió una presión en el pecho y un temblor involuntario en los dedos. Su cuerpo reaccionaba al rostro antes de que su memoria pudiera hacerlo.

Debajo de la fotografía encontró un cuchillo.

Lo reconoció enseguida por la muesca en el mango: era el mismo que había sostenido en la cocina la segunda noche. La hoja tenía manchas oscuras y secas.

Lucía no sabía quién era aquel hombre ni qué había ocurrido entre ellos. Tampoco sabía cómo el cuchillo había terminado dentro de una caja enterrada en un terreno baldío. Pero la llave, la fotografía y la sangre formaban una historia que su memoria se negaba a contar.

Cerró la caja y regresó al apartamento. La dejó en el suelo de la sala, junto al sofá. No durmió. Cada pocos minutos miraba el reloj y después la caja.

A las once sintió el tirón detrás de los ojos.

Esta vez, no luchó contra él.

Su cuerpo se levantó y salió del apartamento. Lucía permaneció consciente, atrapada detrás de sus propios ojos. Caminó hasta el terreno baldío, se arrodilló junto al hoyo vacío y empezó a cavar.

Entonces Lucía entendió la frase de la grabación. Su cuerpo no estaba tratando de encontrar algo. Intentaba preparar el lugar para ocultarlo otra vez.

Al llegar las once y cuarenta y siete, se levantó y volvió al apartamento. La caja seguía en el suelo, pero el candado estaba abierto.

Lucía miró sus manos. Tenía tierra bajo las uñas y sangre en la palma.

El cuchillo había desaparecido.

A partir de esa noche, el cuerpo volvería a salir a las once. Y cada vez que Lucía desenterrara la caja, tendría que decidir si quería saber qué había ocurrido, aunque su cuerpo hiciera todo lo posible por enterrarlo de nuevo.

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