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Cada madrugada alguien devuelve a mi hija a su cama

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
Cada madrugada alguien devuelve a mi hija a su cama

La primera vez que encontraron a Sofía durmiendo en el sofá, Valeria pensó que la niña había caminado dormida.

Eran casi las cuatro de la madrugada.

Valeria se había levantado para beber agua cuando vio una pierna pequeña sobresaliendo de la manta de la sala. Se acercó pensando que Daniel se había quedado viendo televisión con la niña y la había dejado allí.

Pero Daniel dormía en el dormitorio.

Sofía tenía seis años y estaba profundamente dormida, abrazada a su conejo de peluche.

Valeria la tomó en brazos.

La niña abrió los ojos apenas un instante.

—Mamá.

—Estoy aquí.

Sofía apoyó la cabeza sobre su hombro.

—Otra vez no.

Valeria se detuvo.

—¿Qué cosa?

La niña ya se había dormido.

La llevó a su dormitorio, la acostó y regresó a la cama.

Daniel apenas abrió los ojos cuando ella entró.

—Sofía estaba en la sala.

—¿Otra pesadilla?

—Creo que caminó dormida.

Daniel se acomodó.

—Mañana hablamos con ella.

A la mañana siguiente, Sofía negó haber salido de su cuarto.

—Me dormí en mi cama.

Valeria le sirvió leche.

—Te encontré en el sofá.

La niña dejó de comer.

—¿Tú me llevaste?

—De la sala a tu cuarto, sí.

Sofía la miró con atención.

—¿Pero antes?

—¿Antes de qué?

La niña bajó la vista al cereal.

—Nada.

Valeria esperó, pero Sofía no quiso continuar.

La segunda vez ocurrió tres noches después.

Daniel despertó porque escuchó un pequeño golpe en el corredor.

Se levantó y encontró a Sofía acostada en el piso frente al baño.

Tenía una almohada bajo la cabeza.

Eso fue lo que lo inquietó.

No parecía haberse quedado dormida allí accidentalmente.

Alguien había colocado una almohada debajo de ella.

Daniel la despertó suavemente.

—Sofi.

La niña abrió los ojos y miró alrededor.

Su expresión cambió.

—No.

—Tranquila.

—No quiero dormir aquí.

—Ya sé. Vamos a tu cama.

Sofía empezó a llorar.

—A mi cama tampoco.

Daniel se agachó.

—¿Qué pasa?

La niña miró hacia el extremo oscuro del corredor.

—Ella se confunde.

Daniel sintió una pequeña incomodidad.

—¿Quién?

Sofía no respondió.

Valeria apareció detrás de él.

—¿Qué pasó?

Daniel señaló la almohada.

—La encontré así.

Valeria se agachó junto a su hija.

—Sofi, ¿quién te trajo?

La niña negó.

—No quiero decir.

—No te vamos a regañar.

—Ya sé.

—Entonces cuéntanos.

Sofía miró a su madre.

—La señora.

Daniel y Valeria se miraron.

—¿Qué señora? —preguntó él.

—La que me cambia de cama.

La voz de Sofía era tranquila. Eso fue peor que si hubiera gritado.

Valeria tomó sus manos.

—¿La has visto?

—A veces.

—¿Dónde?

—Cuando despierto mientras me lleva.

Daniel intentó mantener la voz calmada.

—¿Cómo entra a la casa?

Sofía frunció el ceño.

—No entra.

—¿Entonces dónde está?

La niña señaló hacia su dormitorio.

—Ahí.

Valeria se volvió.

La puerta del cuarto de Sofía estaba abierta.

No había nadie.

Aquella noche la niña durmió con ellos.

Daniel cerró la puerta del dormitorio principal.

Valeria dejó una lámpara encendida.

Sofía se acostó en medio.

Tardó casi una hora en dormirse.

Antes de cerrar los ojos preguntó:

—¿Si me despierto, me van a mirar primero?

Valeria le acarició el cabello.

—Claro.

—Los dos.

—Los dos.

La niña asintió.

—Bien.

Daniel esperó hasta que su respiración se hizo lenta.

Entonces preguntó en voz baja:

—¿Qué significa eso?

Valeria negó.

—No sé.

Durmieron.

A las cinco de la mañana, Valeria abrió los ojos.

Algo estaba mal.

Tardó un segundo en entenderlo.

Había demasiado espacio entre ella y Daniel.

Sofía ya no estaba.

Valeria se incorporó.

—Daniel.

Él despertó.

—¿Qué?

—Sofía.

Miró el centro de la cama.

Vacío.

Los dos se levantaron al mismo tiempo.

—Sofi.

No hubo respuesta.

Daniel encendió la luz.

La puerta seguía cerrada.

Él la había cerrado.

Valeria abrió.

—Sofía.

Corrieron por la casa.

Sala.

Cocina.

Baño.

Nada.

Daniel entró al dormitorio de la niña.

Sofía estaba acostada en su cama.

Despierta.

Mirándolos.

Valeria sintió alivio y miedo al mismo tiempo.

—¿Cómo llegaste aquí?

Sofía levantó un dedo frente a los labios.

—No entren.

Daniel se detuvo en el umbral.

—¿Por qué?

La niña tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Todavía está aquí.

Valeria sintió frío.

—¿Quién?

Sofía no miró a sus padres.

Miró detrás de ella.

El lado de la cama pegado a la pared.

—La señora.

Daniel encendió la luz principal.

No había nadie.

Solo Sofía bajo la manta.

—No hay nadie, amor —dijo Valeria.

Sofía negó lentamente.

—Está acostada.

Daniel dio un paso.

La niña habló con más urgencia.

—Papá, no.

Él se detuvo.

Sofía seguía mirando hacia el espacio detrás de su espalda.

—¿Dónde está?

—Aquí.

—No veo nada.

—Porque está mirando para la pared.

Valeria sintió que la piel de los brazos se le erizaba.

La cama era individual.

Sofía ocupaba casi el centro.

No parecía haber espacio suficiente para otra persona.

Entonces la niña se movió un poco hacia adelante.

El colchón detrás de ella no subió.

Siguió hundido.

Daniel lo vio.

Valeria también.

Una depresión larga recorría el colchón desde la almohada hasta casi los pies.

Como si un cuerpo adulto estuviera acostado de lado junto a Sofía.

Ninguno habló.

La niña empezó a llorar.

—Me dijo que esta sí era mi cama.

Valeria avanzó.

Daniel la sujetó del brazo.

—Espera.

—No la voy a dejar ahí.

La depresión del colchón cambió.

Muy lentamente.

La almohada se hundió más.

Luego la sábana se tensó.

Algo invisible acababa de levantar la cabeza.

Sofía cerró los ojos.

Valeria contuvo un grito.

Daniel tomó a su hija de los brazos y la levantó de la cama.

En el mismo instante, el colchón recuperó su forma.

Vacío.

Los tres salieron del dormitorio.

Daniel cerró la puerta.

No durmieron más.

Al amanecer, todo parecía normal.

Eso hizo que la noche anterior resultara todavía más difícil de aceptar.

Valeria empezó a guardar ropa.

—Nos vamos con mi hermana.

Daniel no discutió.

Mientras preparaban las maletas, Sofía permaneció en la sala.

No quería acercarse a su cuarto.

Cuando terminaron, Valeria se sentó junto a ella.

—Necesito que me cuentes algo.

La niña miró a su madre.

—¿Qué?

—Cuando esa señora te lleva, ¿qué hace?

Sofía apretó al conejo de peluche.

—Me carga.

—¿Habla contigo?

—A veces.

—¿Qué dice?

La niña respondió después de pensarlo.

—Que me acostó mal.

Valeria sintió una presión en el pecho.

—¿Mal dónde?

—En la cama equivocada.

Daniel, que escuchaba desde la cocina, se acercó.

—¿Qué cama es la correcta?

Sofía señaló su dormitorio.

—Esa.

—Pero esa siempre ha sido tu cama.

La niña negó.

—Ella dice que no.

Valeria respiró hondo.

—¿Y cuál era tu cama antes?

Sofía miró hacia el corredor.

—La otra.

Daniel frunció el ceño.

—No tienes otra cama.

—Sí.

—¿Dónde?

Sofía señaló la pared de su habitación.

—Del otro lado.

Daniel y Valeria se miraron.

El dormitorio de Sofía daba al departamento vecino.

—¿La señora vive ahí?

La niña negó.

—No.

—Entonces, ¿qué hay del otro lado?

Sofía respondió:

—Mi cuarto.

Daniel dejó de preguntar.

Fueron a casa de Mariana, la hermana de Valeria.

Vivía en otro barrio, en un departamento moderno y pequeño.

Sofía durmió aquella noche en una habitación junto a la de sus padres.

Valeria dejó la puerta abierta.

Daniel también.

A las dos de la madrugada, Sofía apareció junto a su cama.

—Mamá.

Valeria despertó.

—¿Qué pasó?

—Ella está aquí.

Daniel se sentó inmediatamente.

—¿Dónde?

La niña señaló el corredor.

—No quiere entrar porque esta no es mi casa.

Valeria sintió un alivio absurdo.

—Entonces quédate aquí.

Sofía negó.

—Está esperando que volvamos.

Daniel salió al pasillo.

—No hay nadie.

Sofía agarró a su madre.

—Dile que vuelva.

—¿A quién?

—A papá.

Valeria miró el corredor.

Daniel estaba a pocos metros.

—Está ahí.

Sofía comenzó a temblar.

—No.

—Sofi, míralo.

La niña escondió la cara contra su madre.

—Papá no sale cuando ella viene.

Daniel se quedó quieto.

Valeria lo miró.

—¿Qué quiere decir?

Sofía respondió sin levantar la cabeza.

—Él siempre se queda dormido.

Daniel sintió que algo le cambiaba en el rostro.

—Sofía, mírame.

La niña no quiso.

—Soy yo.

Ella empezó a llorar.

—Eso dice.

Daniel regresó despacio.

No intentó tocarla.

Se sentó en el suelo, lejos de la cama.

—Está bien. No tienes que venir conmigo.

Permanecieron así hasta el amanecer.

La noche siguiente fue tranquila.

También la siguiente.

Al tercer día, Daniel volvió solo al departamento para buscar unos documentos.

Entró cerca del mediodía.

La casa estaba silenciosa.

No encendió luces.

Fue directamente al escritorio.

Encontró los papeles.

Cuando estaba saliendo escuchó un ruido dentro del cuarto de Sofía.

Una canción.

Muy baja.

Alguien tarareaba.

Daniel se quedó inmóvil.

La puerta estaba cerrada.

El sonido continuó.

No era una melodía conocida.

Parecía una mujer intentando recordar una canción infantil.

Daniel no abrió.

Retrocedió.

Entonces la voz dejó de cantar.

Desde el dormitorio, una mujer preguntó:

—¿Dónde la llevaste?

Daniel sintió que el cuerpo entero se le tensaba.

No respondió.

La mujer volvió a preguntar:

—¿Dónde está?

Daniel caminó hacia la entrada.

La voz cambió.

Más fuerte.

—Devuélvela.

Él abrió la puerta principal.

Antes de salir escuchó un golpe en el dormitorio.

Después otro.

La mujer ya no parecía estar cantando.

Estaba golpeando la puerta desde dentro.

Daniel cerró el departamento y bajó por las escaleras.

No le contó a Sofía.

Sí se lo contó a Valeria.

—No volvemos.

—No.

—Mandamos a alguien por las cosas.

—Sí.

Sofía escuchó parte de la conversación.

Aquella noche preguntó:

—¿Ella estaba en casa?

Valeria no quiso mentir.

—Creo que sí.

La niña abrazó su conejo.

—Está enojada.

—No importa.

—Sí importa.

—No vamos a regresar.

Sofía levantó la vista.

—Entonces va a cambiar la casa.

Valeria sintió miedo.

—¿Qué significa eso?

La niña no respondió.

A la mañana siguiente, Mariana encontró una puerta nueva en el corredor.

Al principio pensó que era una broma.

La llamó desde la cocina.

—Vale, ven un momento.

Valeria salió.

La puerta estaba entre el dormitorio de invitados y el baño.

Una puerta blanca.

Pequeña.

Exactamente del mismo color que las demás.

Pero la noche anterior allí había una pared.

Daniel se quedó inmóvil.

—Eso no estaba.

Mariana lo miró.

—Claro que no.

Sofía apareció detrás de ellos.

Cuando vio la puerta, empezó a llorar.

—No la abran.

Nadie se movió.

Desde el otro lado se escuchó un golpe suave.

Después una voz de mujer.

—Sofía.

Valeria abrazó a su hija.

La voz continuó:

—Ven a dormir.

Daniel retrocedió.

Mariana parecía incapaz de entender lo que estaba viendo.

La manija empezó a girar.

Sofía gritó:

—Mamá, vámonos.

Salieron del departamento sin recoger nada.

Mariana también.

Cuando llegaron al ascensor, la puerta blanca se abrió detrás.

Nadie miró.

Eso fue lo que acordaron después.

Ninguno había mirado.

Sin embargo, durante el descenso Sofía comenzó a llorar con más fuerza.

Valeria se agachó.

—No pasa nada.

La niña negó.

—Sí.

—Estamos juntos.

—Ella no salió.

—Entonces estamos bien.

Sofía miró a su madre.

—No salió porque ya estaba abajo.

El ascensor se detuvo en la planta baja.

Las puertas se abrieron.

El vestíbulo estaba vacío.

Daniel salió primero.

Valeria tomó la mano de Sofía.

La niña no quiso avanzar.

—¿Qué pasa?

Sofía miraba hacia la salida.

Una mujer estaba de pie en la acera.

De espaldas.

Llevaba un vestido oscuro.

Cabello largo.

No hacía nada.

Solo esperaba.

Sofía apretó los dedos de su madre.

—Esa es.

Daniel miró.

La mujer comenzó a caminar.

No hacia ellos.

Se alejó.

Sofía respiró.

La familia salió por otra puerta.

Pasaron una semana en un hotel.

Luego alquilaron una casa pequeña.

Sofía eligió el dormitorio más cercano al de sus padres.

Durante meses no ocurrió nada.

La niña volvió a dormir sola.

Dejó de hablar de la señora.

Valeria empezó a convencerse de que todo había terminado.

Una noche entró al cuarto de Sofía para cubrirla.

La niña dormía.

Su conejo estaba en el suelo.

Valeria lo recogió.

Cuando se inclinó para dejarlo junto a ella, notó que la cama estaba separada unos centímetros de la pared.

Pensó que Sofía la habría movido jugando.

Empujó.

La cama no avanzó.

Algo la detenía.

Valeria se agachó.

Entre la cama y la pared había una almohada.

Una almohada que no pertenecía a aquella casa.

La reconoció.

Era la del antiguo dormitorio de Sofía.

Valeria retrocedió.

La niña abrió los ojos.

—Mamá.

—Estoy aquí.

Sofía miró hacia la pared.

—Volvió.

Valeria tomó a su hija.

—Nos vamos con papá.

Sofía la sujetó.

—Espera.

—¿Qué?

La niña escuchaba algo.

Valeria también empezó a oírlo.

Una respiración.

Detrás de la pared.

Lenta.

Muy cerca.

Sofía susurró:

—Está buscando la puerta.

Valeria salió con ella.

Daniel despertó cuando entraron.

No hizo preguntas.

Vio sus caras y se levantó.

Fueron a la sala.

Los tres permanecieron juntos.

Durante varios minutos no ocurrió nada.

Entonces, desde el dormitorio de Sofía, se escuchó cómo una puerta se abría.

No la puerta normal.

Otra.

Más pesada.

Una que no debía existir.

Después llegaron pasos.

Lentos.

Por el corredor.

Daniel sostuvo a Sofía.

Valeria miró hacia la entrada.

—Nos vamos.

No alcanzaron a moverse.

Una mujer apareció al final del pasillo.

Valeria sintió que no podía respirar.

No parecía monstruosa.

Eso era peor.

Era una mujer común.

Delgada.

Cabello oscuro.

Rostro cansado.

Vestido sencillo.

Miraba a Sofía.

Nada más.

Daniel retrocedió.

—No te acerques.

La mujer no respondió.

Sofía escondió la cara contra el pecho de su padre.

La mujer dio un paso.

Después otro.

Valeria se interpuso.

—Déjala.

La mujer se detuvo.

Durante varios segundos solo se escuchó la respiración de todos.

Entonces habló.

—La siguen poniendo en la cama equivocada.

Valeria sintió que las piernas le temblaban.

—Ella vive aquí.

La mujer miró a Valeria.

—No.

—Es nuestra hija.

La expresión de la mujer cambió.

Parecía confundida.

—No.

Daniel habló con firmeza.

—Sal de nuestra casa.

La mujer lo miró.

Por primera vez, mostró miedo.

No hacia Daniel.

Hacia algo detrás de ellos.

Sofía levantó la cabeza.

La mujer retrocedió.

Valeria siguió su mirada.

No vio nada.

—¿Qué pasa?

La mujer susurró:

—Otra vez no.

Sofía comenzó a llorar.

—Mamá.

Valeria la abrazó.

La mujer dio otro paso hacia atrás.

—No la dejen dormir.

Daniel sintió miedo.

—¿Por qué?

La mujer no respondió.

En el dormitorio principal, algo cayó al suelo.

Todos miraron.

Después sonaron pasos.

Pequeños.

Descalzos.

Venían hacia ellos.

Sofía seguía en brazos de Daniel.

Los pasos continuaron.

La mujer del corredor cerró los ojos.

—Esa no es su cama.

Daniel gritó con desesperación:

—¿De quién hablas?

Una niña apareció en la puerta del dormitorio principal.

Valeria sintió que el corazón se le detenía.

Era Sofía.

Mismo pijama.

Mismo cabello.

Mismo conejo de peluche.

Daniel miró a la niña que sostenía entre sus brazos.

Luego a la que estaba frente al dormitorio.

Las dos comenzaron a llorar.

La mujer retrocedió hasta la pared.

La Sofía que estaba junto al dormitorio miró a Daniel.

—Papá.

La niña en sus brazos se aferró a él.

—No.

Valeria sintió que el mundo se volvía imposible.

—Sofía.

Las dos respondieron:

—Mamá.

Daniel no se movió.

La mujer del corredor parecía aterrorizada.

Valeria la miró.

—¿Cuál es mi hija?

La mujer no respondió.

—Dímelo.

Ella negó.

—Yo tampoco sé.

Los pasos volvieron a sonar dentro del dormitorio.

Otro par.

La mujer miró hacia allí.

Su rostro perdió el poco color que tenía.

—Ahora son tres.

Valeria agarró el brazo de Daniel.

—Sal.

No esperaron.

Daniel cargó a la niña que ya tenía en brazos.

Valeria corrió hacia la entrada.

La otra Sofía empezó a seguirlos.

—Mamá.

Valeria se detuvo.

No pudo evitarlo.

La niña lloraba.

—No me dejes.

Daniel gritó desde la puerta:

—Valeria.

Ella miró a las dos.

Una junto a Daniel.

Otra en el corredor.

La mujer estaba detrás.

Y más allá, desde la oscuridad del dormitorio, otra voz infantil llamó:

—Mamá.

Valeria cerró los ojos.

Tomó a la niña del corredor de la mano.

—Las dos.

Salieron.

La mujer no los siguió.

Durmieron aquella noche en el auto.

Con dos niñas.

Dos Sofías.

Las dos tenían los mismos recuerdos.

Las dos conocían las mismas canciones.

Las dos llamaban a Daniel papá y a Valeria mamá.

Ninguna sabía cuál había aparecido primero.

A la mañana siguiente, una de ellas comenzó a olvidar cosas.

El nombre de su maestra.

Dónde guardaban los vasos.

La dirección de la casa anterior.

La otra recordaba todo.

Valeria creyó que eso resolvería algo.

No fue así.

Porque tres días después, fue la otra quien empezó a olvidar.

Las dos cambiaban.

A veces una parecía más parecida a la Sofía que ellos conocían.

Horas después era la otra.

Dejaron de hacer preguntas.

Nunca volvieron a separarlas.

Compraron dos camas.

Una junto a la otra.

Cada noche, Valeria entraba al dormitorio.

Arropaba a ambas.

Daniel revisaba la ventana.

Luego salían.

Durante meses, todo estuvo en calma.

Hasta una madrugada.

Valeria despertó con una sensación conocida.

Daniel dormía a su lado.

Desde el corredor llegó el sonido de unos pasos.

Después otros.

Valeria se incorporó.

Dos niñas aparecieron en la puerta.

Las dos lloraban.

—Mamá.

Valeria encendió la lámpara.

—¿Qué pasa?

Una de ellas señaló hacia su dormitorio.

—Hay alguien en nuestra cama.

Daniel despertó.

—¿Quién?

Las niñas se miraron.

Ninguna quiso responder.

Valeria salió al corredor.

La puerta del dormitorio infantil estaba abierta.

Las dos camas eran visibles desde allí.

En la primera había una niña acostada.

En la segunda también.

Valeria dejó de caminar.

Miró detrás.

Las dos Sofías seguían junto a Daniel.

Volvió a mirar el dormitorio.

Las otras dos niñas dormían.

Cuatro.

Entonces una de las que estaba acostada abrió los ojos.

Miró directamente a Valeria.

Y con una voz somnolienta preguntó:

—Mamá, ¿por qué nos trajiste a las equivocadas?

¿Te gustó esta historia?

El final no tiene por qué ser el final

¿Te atreves con otra?

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