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Alguien intenta abrir la ventana de mi habitación desde afuera

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
Alguien intenta abrir la ventana de mi habitación desde afuera

Verónica despertó porque alguien estaba intentando abrir la ventana.

No escuchó un golpe.

Fue el pequeño sonido metálico del seguro moviéndose.

Clac.

Abrió los ojos.

La habitación del hotel estaba casi completamente oscura. Una línea de luz amarilla entraba por debajo de la puerta del baño y el reloj digital sobre la mesa marcaba poco después de las dos de la madrugada.

Verónica permaneció acostada.

Esperó.

Nada.

Pensó que quizá el sonido había venido del aire acondicionado.

Entonces la manija de la ventana giró lentamente hacia abajo.

Verónica se incorporó.

La ventana ocupaba buena parte de la pared frente a la cama. Era uno de esos ventanales altos que podían abrirse unos centímetros para ventilar.

Estaba en el piso doce.

No había balcón.

No había escalera exterior.

Tampoco existía otro edificio lo bastante cerca como para que alguien pudiera alcanzar el vidrio.

La manija volvió a su posición.

Verónica encendió la lámpara.

La ventana estaba cerrada.

Se levantó con cuidado.

Afuera solo había oscuridad, luces lejanas de edificios y la avenida muchos pisos abajo.

Se acercó.

Revisó el seguro.

Seguía colocado.

Lo presionó con fuerza hasta escuchar el clic.

—Perfecto.

Su propia voz le resultó demasiado alta.

Volvió a la cama.

No apagó la lámpara.

Durante varios minutos observó la ventana.

Nada ocurrió.

Terminó convenciéndose de que el mecanismo estaba flojo.

Cerró los ojos.

Clac.

Los abrió inmediatamente.

La manija estaba otra vez abajo.

Verónica sintió un escalofrío.

Esta vez la vio moverse.

Muy despacio, la manija comenzó a subir.

No de golpe.

Con la suavidad de una mano que intenta no hacer ruido.

Verónica salió de la cama.

—¿Qué demonios...?

La manija regresó a su posición.

Se acercó al ventanal.

Miró afuera.

No había nada adherido al edificio.

La fachada descendía directamente hasta la calle.

Apoyó una mano contra el vidrio.

Frío.

Entonces escuchó un roce.

Al otro lado.

Verónica retiró la mano.

Algo recorrió el cristal desde arriba hacia abajo.

No dejó marca.

Solo produjo un sonido leve, parecido al de unos dedos deslizándose sobre una superficie húmeda.

Verónica retrocedió.

El roce se detuvo justo frente a ella.

No vio nada.

Agarró el teléfono y llamó a recepción.

—Buenas noches. Tengo un problema con la ventana.

El empleado respondió con voz cansada.

—¿No cierra bien?

—Se mueve la manija.

—¿Está entrando aire?

Verónica miró el seguro.

—No.

—Puede ser presión por el viento.

—La manija gira.

Hubo una pequeña pausa.

—¿Quiere que enviemos a alguien?

Verónica miró el reloj.

—Sí.

Cinco minutos después llamaron a la puerta.

Era un empleado de mantenimiento llamado Saúl.

Revisó la ventana.

Empujó el marco.

Movió la manija varias veces.

—Está firme.

—Se bajó sola dos veces.

Saúl examinó el seguro.

—Puede haberse movido por tensión del marco.

—¿Dos veces?

Él no respondió directamente.

Sacó una pequeña llave y ajustó un tornillo.

Después cerró la ventana con más fuerza.

—Ahora no debería moverse.

Verónica miró hacia afuera.

—¿Hay alguna plataforma de mantenimiento aquí?

Saúl negó.

—No en esta fachada.

—¿Una cornisa?

—No.

—¿Entonces nadie podría estar afuera?

Saúl sonrió ligeramente.

—En el piso doce, no.

Aquello era exactamente lo que Verónica quería escuchar.

Saúl se marchó.

Ella dejó encendida la lámpara.

La ventana permaneció inmóvil durante casi media hora.

Verónica empezó a relajarse.

Se acostó otra vez.

Entonces la cortina se movió.

Solo unos centímetros.

Verónica abrió los ojos.

No había aire entrando.

La cortina era gruesa y pesada.

Volvió a moverse.

Esta vez hacia dentro de la habitación.

Como si alguien hubiera empujado la tela desde el espacio entre la cortina y el vidrio.

Verónica se levantó.

La tela quedó quieta.

No quería acercarse.

Lo hizo de todos modos.

Tomó uno de los bordes y apartó la cortina de golpe.

No había nadie.

La ventana seguía cerrada.

Verónica miró el vidrio.

Su reflejo apareció oscuro sobre las luces de la ciudad.

Detrás de ella estaba la cama.

La mesa.

La puerta.

Nada más.

Entonces el seguro vibró.

Verónica lo vio.

La pequeña pestaña metálica comenzó a levantarse.

No desde el lado de la habitación.

Parecía recibir presión desde el interior del marco.

Subió un milímetro.

Después otro.

Verónica puso el dedo encima.

El seguro se detuvo.

Sintió una presión bajo la yema.

Algo intentaba levantarlo.

Verónica retiró la mano.

La pestaña subió inmediatamente.

Clac.

El seguro quedó abierto.

Verónica retrocedió.

La manija empezó a bajar.

Corrió y la sujetó con ambas manos.

El mecanismo empujó contra ella.

No era una vibración.

No era viento.

Había fuerza al otro lado.

Verónica apretó los dientes y mantuvo la manija arriba.

La presión aumentó.

Durante unos segundos sintió que estaba forcejeando con alguien a través del vidrio.

Entonces se detuvo.

La manija quedó inmóvil.

Verónica no la soltó.

Miró hacia afuera.

Nada.

Solo su reflejo.

Respiró lentamente.

Fue entonces cuando vio una pequeña mancha aparecer sobre el vidrio.

A la altura de su cara.

Una marca tenue.

Como si algo húmedo hubiera tocado la superficie exterior.

Después surgió otra más abajo.

Y otra.

No tenían forma clara.

Verónica retrocedió hasta chocar con la cama.

La ventana crujió.

No el vidrio.

El marco.

Un sonido corto.

Como cuando alguien tira de una ventana que no consigue abrir.

Verónica agarró el teléfono.

No volvió a llamar a recepción.

Marcó directamente y dijo:

—Quiero cambiar de habitación.

No explicó nada más.

El empleado intentó hacer preguntas.

Verónica insistió.

Diez minutos después estaba en otro piso.

Habitación 804.

Mucho más abajo.

La recepción había enviado a alguien para acompañarla porque no quiso quedarse sola mientras recogía sus cosas.

Cuando entró en la nueva habitación, lo primero que hizo fue mirar la ventana.

Era más pequeña.

También sin balcón.

También cerrada.

Verónica pidió comprobar el seguro antes de que el empleado se marchara.

Él lo hizo.

—Está bien.

—¿Puede cerrarla con llave?

—Ese modelo no tiene llave adicional.

Verónica asintió.

No quería parecer más extraña.

Esperó a que el hombre saliera.

Después colocó una silla frente a la ventana.

No porque la silla pudiera impedir que alguien entrara desde doce o ocho pisos de altura.

La colocó porque necesitaba hacer algo.

Se acostó vestida.

No apagó la luz.

Pasó casi una hora.

Nada ocurrió.

Verónica comenzó a pensar que realmente había sido un problema de la habitación anterior.

Quizá una falla del marco.

Una combinación extraña de presión y viento.

Cerró los ojos.

No llegó a dormirse.

Escuchó un sonido mínimo.

Clac.

Abrió los ojos.

La manija seguía arriba.

Verónica se incorporó.

La silla continuaba delante de la ventana.

Otro clac.

Esta vez vio el origen.

No era la manija.

Era el seguro.

Estaba comenzando a levantarse.

Verónica sintió que la garganta se le cerraba.

No se acercó.

El seguro subió lentamente hasta liberarse.

La manija bajó.

La ventana se abrió apenas un centímetro.

La silla no se movió.

Por la rendija entró aire frío.

Verónica retrocedió hacia la puerta.

La ventana se abrió otro poco.

Dos centímetros.

Tres.

La cortina comenzó a inflarse hacia dentro.

Entonces se detuvo.

Verónica agarró la manija de la puerta de la habitación.

No quería mirar.

Algo hizo un pequeño ruido contra el vidrio.

Tac.

Esperó.

Otro.

Tac.

El tercer toque llegó más arriba.

Tac.

Como unos nudillos.

Verónica abrió la puerta y salió al pasillo.

No recogió la maleta.

Bajó directamente a recepción.

Pasó el resto de la madrugada sentada cerca del mostrador.

No aceptó otra habitación.

Por la mañana regresó acompañada por dos empleados.

La ventana de la 804 estaba cerrada.

La silla seguía delante.

El seguro estaba colocado.

La maleta permanecía sobre la cama.

Nadie encontró ninguna señal de que la ventana hubiera sido abierta.

Verónica no discutió.

Pagó.

Se marchó.

Durante varias semanas durmió mal.

En su departamento vivía en un tercer piso y la ventana del dormitorio sí daba a un pequeño balcón.

Eso debería haber sido peor.

Curiosamente, la tranquilizaba.

Si alguien intentaba abrir desde afuera, al menos existía un lugar donde pudiera estar.

Puso un cerrojo adicional.

Durante casi un mes no ocurrió nada.

Una noche despertó por un ruido conocido.

Clac.

Verónica abrió los ojos.

La habitación estaba oscura.

Miró hacia la ventana.

El seguro no se movía.

La manija tampoco.

Se quedó escuchando.

Otro clac.

No venía de allí.

Verónica giró lentamente la cabeza.

La puerta de vidrio que daba al balcón estaba a su derecha.

El cerrojo adicional seguía colocado.

No era eso.

Entonces escuchó un roce.

Muy cerca.

La cortina de la ventana comenzó a levantarse desde abajo.

No hacia dentro.

Hacia arriba.

Como si algo que ya estuviera en la habitación estuviera pasando por debajo.

Verónica dejó de respirar.

La tela subió unos centímetros.

Después un poco más.

Ella podía ver la oscuridad debajo.

No había pies.

No había sombra.

Solo espacio vacío.

La cortina siguió elevándose.

Verónica salió de la cama.

Encendió la lámpara.

La tela cayó inmediatamente.

El dormitorio quedó inmóvil.

La ventana continuaba cerrada.

El balcón vacío.

Verónica no durmió allí esa noche.

Dos días después retiró las cortinas.

Desde entonces deja completamente despejado el vidrio.

Dice que prefiere ver lo que haya afuera.

Pero esa no es la verdadera razón.

La verdadera razón es que hace tres noches volvió a escuchar la manija.

No se movió.

El seguro tampoco.

Verónica estaba mirando directamente la ventana cuando ocurrió.

El sonido vino desde detrás de ella.

Desde la puerta del dormitorio.

Clac.

La manija empezó a bajar.

Muy lentamente.

Verónica vive sola.

Y desde entonces ya no está segura de que aquello haya estado intentando entrar por la ventana.

Tal vez durante todo ese tiempo solo estuvo practicando cómo abrir desde el otro lado.

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