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A mediodía, el cultivo empieza a inclinarse hacia mí

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
A mediodía, el cultivo empieza a inclinarse hacia mí

Gabriel notó por primera vez que las plantas lo estaban mirando un martes, mientras revisaba una línea de riego en medio del campo.

No lo pensó con esas palabras al principio.

Aquella parcela tenía varias hectáreas de maíz y, cuando soplaba viento desde el oeste, las plantas se inclinaban juntas durante unos segundos antes de recuperar su posición. Gabriel llevaba casi nueve años trabajando allí y conocía ese movimiento tan bien que muchas veces podía saber de dónde venía el viento sin levantar la cabeza.

Por eso se detuvo.

Las hojas a su alrededor estaban quietas.

No había brisa.

Sin embargo, una franja de maíz situada unos veinte metros más adelante se encontraba inclinada hacia él.

Gabriel dejó la llave inglesa sobre la tubería.

Observó las plantas.

Serían unas quince o veinte.

No estaban dobladas como después de una tormenta. Los tallos permanecían rectos desde el suelo hasta aproximadamente la mitad de su altura y solo la parte superior se curvaba en su dirección.

Parecía que alguien las hubiera empujado cuidadosamente para que apuntaran hacia donde él estaba.

Gabriel miró hacia el camino.

Dos trabajadores descargaban fertilizante cerca del almacén.

Más lejos, una camioneta avanzaba levantando polvo.

Todo era normal.

Volvió a mirar el maíz.

Seguía inclinado.

Dio un paso hacia la izquierda.

No ocurrió nada.

Dio otro.

Una de las plantas recuperó lentamente su posición.

Después otra.

Gabriel permaneció observando mientras toda la franja volvía a enderezarse.

Sonrió, incómodo.

Probablemente había sido una corriente de aire localizada.

Regresó a la tubería.

Entonces escuchó hojas rozándose detrás de él.

Giró.

Ahora las plantas que se inclinaban estaban al otro lado.

Hacia él.

Gabriel dejó de sonreír.

Caminó unos metros por el surco.

El roce comenzó nuevamente.

No era fuerte. Sonaba como el movimiento normal de un cultivo cuando corre una brisa suave.

Solo que el aire permanecía completamente quieto.

Gabriel avanzó.

Las plantas más cercanas recuperaron su posición mientras otras, varios metros más adelante, comenzaron a curvarse.

Siempre hacia donde él estaba.

—¿Qué estás mirando?

Gabriel se sobresaltó.

Rubén había llegado desde el camino con una botella de agua en la mano.

—Mira eso.

—¿Qué cosa?

Gabriel señaló las plantas.

—Están inclinadas.

Rubén observó durante unos segundos.

—Sí.

—No hay viento.

Rubén levantó la mirada hacia las hojas superiores.

—Debe haber un poco.

—Mira esta.

Gabriel caminó tres pasos hacia la derecha.

Una planta situada frente a él comenzó a doblarse.

Otra la siguió.

Rubén frunció el ceño.

Gabriel regresó al punto anterior.

Las dos se enderezaron.

No hizo falta repetirlo.

Rubén dejó de beber.

—Hazlo otra vez.

Gabriel avanzó por el surco.

Esta vez ambos pudieron ver cómo el movimiento se desplazaba con él.

Las plantas no se doblaban al mismo tiempo.

Primero se inclinaban las que estaban más próximas.

Cuando Gabriel las dejaba atrás, comenzaban a levantarse.

Unos metros más adelante, otras ocupaban su lugar.

Era como una onda que acompañaba su recorrido.

Rubén permaneció quieto en medio del campo.

Gabriel caminó alrededor de él.

Ninguna planta se inclinó hacia Rubén.

Todas continuaron siguiendo a Gabriel.

—Eso no es viento —dijo Rubén.

Gabriel regresó hasta la tubería.

—Ya sé.

Los dos permanecieron allí varios minutos.

Mientras Gabriel no se movía, las plantas tampoco cambiaban.

Seguían inclinadas hacia él.

Rubén arrancó una hoja de una de las más cercanas y examinó el tallo.

No encontró nada extraño.

La planta estaba sana.

—Quizá están buscando luz.

Gabriel miró el sol casi vertical sobre ellos.

—Entonces deberían estar mirando hacia arriba.

Rubén no respondió.

Continuaron trabajando.

Cerca de media hora después, Gabriel se trasladó a otra zona del cultivo.

Las plantas dejaron de inclinarse.

Pensó que aquello había terminado.

Durante el almuerzo comentó lo ocurrido.

Los demás se rieron.

Uno dijo que el campo finalmente había encontrado a su supervisor.

Otro preguntó si Gabriel había comenzado a conversar con las plantas.

Rubén no participó en las bromas.

—Yo lo vi —dijo.

Las risas disminuyeron.

—¿Qué viste?

—Se movían con él.

Uno de los trabajadores señaló las copas de los árboles cercanos.

—Hay viento.

—No era viento.

Gabriel prefirió cambiar de tema.

Por la tarde no ocurrió nada más.

Al día siguiente llegó temprano.

La primera parte de la mañana transcurrió con normalidad.

A media mañana tuvo que revisar unos aspersores cerca de la zona donde había ocurrido aquello.

Mientras caminaba por uno de los surcos, recordó las plantas inclinándose.

Miró alrededor.

Todas estaban rectas.

Continuó.

Después de unos cincuenta metros escuchó el roce.

No necesitó girarse inmediatamente.

Ya sabía lo que iba a encontrar.

A ambos lados del surco, las plantas se estaban inclinando hacia él.

Esta vez eran muchas más.

No una franja pequeña.

Filas completas.

Gabriel caminó más rápido.

El movimiento avanzó con él.

Las hojas se rozaban unas contra otras mientras las plantas se curvaban.

Cuando se detuvo, el sonido disminuyó.

Miró hacia atrás.

Las que había dejado a sus espaldas estaban recuperando su posición.

Las que lo rodeaban continuaban inclinadas.

Sacó el teléfono.

No para investigar.

Solo quería que alguien más pudiera verlo si después aquello dejaba de ocurrir.

Grabó unos segundos.

Caminó lateralmente.

Las plantas lo siguieron.

Se detuvo.

Continuaron apuntando hacia él.

Gabriel guardó el teléfono.

Por alguna razón, haberlo visto a través de la pantalla no le dio tranquilidad.

Le produjo el efecto contrario.

No parecía una ilusión.

Era demasiado preciso.

Salió del cultivo y llegó al camino de tierra que dividía las parcelas.

Las plantas se enderezaron.

Gabriel esperó.

Nada ocurrió.

Avanzó por el camino.

A su izquierda se extendía el mismo maíz.

A la derecha había otra parcela sembrada semanas después. Las plantas eran mucho más pequeñas, apenas llegaban por encima de sus rodillas.

Gabriel caminó por el centro.

Primero se movió el maíz adulto.

Las plantas cercanas al camino comenzaron a inclinarse hacia él.

Después se movió el cultivo joven del otro lado.

Gabriel se detuvo.

Aquellas plantas todavía no tenían el peso suficiente para curvarse como las grandes.

Aun así, cada tallo se inclinó unos centímetros en su dirección.

Los dos campos apuntaban hacia el mismo lugar.

Gabriel.

Retrocedió.

Las plantas cambiaron de ángulo.

Avanzó.

Volvieron a hacerlo.

No importaba su tamaño.

No importaba de qué lado estuvieran.

Rubén apareció conduciendo el pequeño tractor que utilizaban para trasladar herramientas.

Gabriel levantó la mano.

—Detente.

Rubén apagó el motor.

—¿Otra vez?

Gabriel señaló ambos lados del camino.

Rubén observó.

No hizo ninguna broma.

—Ayer eran unas pocas.

—Ya sé.

—Ahora son todas las de esta zona.

Gabriel miró hacia la extensión del cultivo.

No podía saber hasta dónde llegaba el efecto.

Caminó unos metros más.

Las filas cercanas comenzaron a inclinarse.

Más allá, otras permanecían rectas.

Parecía haber una distancia.

Un límite.

—Quiero probar algo —dijo.

Rubén bajó del tractor.

—¿Qué?

—Qué tan lejos me sienten.

Gabriel caminó por el camino mientras Rubén permanecía observando desde atrás.

Después de unos cuarenta metros escuchó un silbido.

Rubén levantó el brazo.

—¡Ahí!

Gabriel se detuvo.

—¿Qué?

—Las de atrás se levantaron.

Gabriel miró a su alrededor.

Las plantas cercanas seguían inclinadas.

—Entonces solo ocurre cerca.

—Parece.

Gabriel continuó caminando.

Rubén volvió a llamarlo.

—Es como un círculo.

Aquella descripción le produjo una sensación desagradable.

Gabriel regresó.

Mientras se acercaba, el movimiento de las plantas regresó con él.

Rubén trazó con el pie una línea sobre el polvo.

—Más o menos desde aquí empiezan.

Gabriel se situó justo fuera de esa zona.

Las plantas permanecieron normales.

Extendió un brazo hacia delante.

Nada.

Dio un paso.

Las primeras hojas se movieron.

Retrocedió.

Se enderezaron.

Volvió a entrar.

Las plantas se inclinaron.

Rubén negó con la cabeza.

—No me gusta.

A Gabriel tampoco.

Decidieron dejarlo.

Durante los días siguientes el fenómeno continuó.

Siempre bajo el sol.

Nunca al amanecer.

Nunca al final de la tarde.

Comenzaba cuando el día estaba más caliente y la luz caía casi directamente sobre el campo.

Gabriel evitaba entrar al cultivo a esa hora.

Si permanecía cerca del almacén, nada sucedía.

Si tenía que atravesar una parcela, las plantas volvían a inclinarse hacia él.

Los demás dejaron de bromear después de verlo varias veces.

No todos reaccionaron con miedo.

Algunos sentían curiosidad.

Uno de ellos incluso caminó junto a Gabriel para comprobar si las plantas podían confundirse.

No lo hicieron.

Dos personas avanzaban lado a lado.

El maíz se inclinaba únicamente hacia Gabriel.

Después se separaron.

Las plantas corrigieron inmediatamente su dirección.

—Te reconocen —dijo el trabajador.

Gabriel se molestó.

—No digas eso.

—¿Cómo quieres que lo diga?

No tenía respuesta.

Al final de aquella semana ocurrió algo diferente.

Gabriel estaba cerca del centro del terreno revisando una válvula cuando escuchó el roce habitual.

No levantó la vista.

Ya se había acostumbrado lo suficiente como para intentar ignorarlo.

Entonces Rubén, que estaba unos metros detrás, dijo:

—Gabriel.

El tono hizo que se incorporara.

—¿Qué pasa?

Rubén señaló hacia delante.

Las plantas se inclinaban hacia él.

Eso era normal.

Lo extraño era que también se estaban inclinando plantas situadas mucho más lejos.

Gabriel miró hacia los costados.

La zona afectada había crecido.

Antes el fenómeno alcanzaba unas pocas filas.

Ahora se extendía decenas de metros.

—Sal —dijo Rubén.

Gabriel caminó hacia el camino.

El roce aumentó.

Miles de hojas comenzaron a moverse al mismo tiempo.

Sonaba como una ráfaga de viento atravesando el cultivo.

Pero las ramas de los árboles del perímetro seguían inmóviles.

Gabriel aceleró.

A medida que avanzaba, más plantas se inclinaban.

No esperaban a que estuviera cerca.

Las que estaban frente a él comenzaban a moverse antes de que llegara.

Gabriel se detuvo.

El sonido continuó.

Eso nunca había ocurrido.

Hasta entonces, cuando él se detenía, el campo también lo hacía.

Esta vez las plantas siguieron cambiando de posición.

No hacia donde estaba.

Hacia donde había estado caminando.

Gabriel sintió frío a pesar del calor.

—Rubén.

—Estoy viendo.

Las plantas situadas delante continuaron inclinándose una tras otra.

Formaban una especie de corredor.

Gabriel no se estaba moviendo.

El cultivo sí.

Era como si algo hubiera aprendido hacia dónde pensaba ir.

Gabriel retrocedió.

Durante varios segundos las plantas continuaron inclinándose en la dirección anterior.

Después se corrigieron.

El movimiento recorrió las filas hasta orientarse nuevamente hacia él.

Gabriel salió del campo.

Esa tarde pidió trabajar únicamente cerca de los almacenes.

No quiso regresar al cultivo.

Dos días después tuvo que hacerlo.

Una tubería principal había perdido presión y la válvula estaba casi en el centro de la parcela.

Intentaron enviar a otra persona.

No consiguió solucionar el problema.

Gabriel esperó hasta después del almuerzo, pensando que el fenómeno quizás tardaría en comenzar.

Rubén insistió en acompañarlo.

Entraron juntos.

Al principio todo permaneció inmóvil.

Llegaron hasta la tubería.

Gabriel se arrodilló.

Trabajó durante varios minutos.

Cuando terminó de ajustar una conexión, notó que Rubén había dejado de hablar.

—¿Qué pasa?

Rubén miraba hacia atrás.

Gabriel siguió su mirada.

El maíz se había inclinado.

Pero no solamente a su alrededor.

La inclinación se extendía hasta donde podían ver.

Filas y más filas.

Todas hacia Gabriel.

—Vámonos —dijo Rubén.

Gabriel guardó las herramientas.

Entonces escucharon el primer chasquido.

Un tallo cercano se había doblado demasiado.

No llegó a romperse, pero quedó inclinado casi hasta tocar el suelo.

Después ocurrió con otro.

Y otro.

Las plantas ya no parecían limitarse a orientarse hacia él.

Estaban intentando acercarse.

Gabriel comenzó a caminar.

Las hojas le rozaban los brazos.

Antes nunca habían llegado tan lejos.

Ahora los tallos se curvaban hasta invadir el surco.

Rubén caminaba detrás.

—Más rápido.

Gabriel aceleró.

Las plantas de adelante comenzaron a inclinarse antes de que él llegara.

No formaban una barrera.

Hacían algo peor.

Se abrían.

Las filas se apartaban ligeramente en la dirección por la que Gabriel avanzaba.

Un camino se estaba formando delante de él.

Gabriel se detuvo.

El corredor continuó abriéndose.

Varios metros.

Después otros más.

Rubén observó hacia dónde conducía.

—Ese no es el camino de salida.

Gabriel lo sabía.

El corredor atravesaba el cultivo en diagonal.

Se dirigía hacia una zona que casi nunca utilizaban porque allí el terreno descendía y acumulaba demasiada humedad.

Gabriel dio un paso hacia el camino principal.

Las plantas cercanas se inclinaron atravesándolo.

No lo golpearon.

Simplemente ocuparon el espacio.

Cuando volvió hacia el corredor que se había abierto, se retiraron.

—Nos está llevando —dijo Rubén.

Gabriel no respondió.

Intentó avanzar nuevamente hacia el camino.

Los tallos se doblaron.

Retrocedió.

Se levantaron.

No había violencia en el movimiento.

Eso era lo que más miedo le produjo.

No parecía que el campo quisiera atraparlo.

Parecía que quería que fuera a un lugar determinado.

Gabriel tomó una decisión.

No seguiría el corredor.

Se metió entre las plantas.

Rubén lo siguió.

Las hojas golpeaban sus brazos y el maíz crujía mientras avanzaban a la fuerza entre las filas.

Apenas habían recorrido unos metros cuando el sonido cambió.

Todo el campo comenzó a moverse.

Miles de plantas inclinándose a la vez.

Gabriel dejó de pensar en conservar el cultivo.

Empujó los tallos, tropezó varias veces y continuó hasta ver el camino de tierra.

Rubén salió detrás de él.

Ambos cruzaron el límite de la parcela.

El movimiento se detuvo.

El campo permaneció inclinado durante varios segundos.

Después, lentamente, las plantas comenzaron a levantarse.

Primero las cercanas.

Luego las más lejanas.

Una onda recorrió el cultivo hasta que todo volvió a quedar recto.

Gabriel observó el lugar hacia donde aquel corredor había intentado conducirlo.

Desde el camino no se distinguía nada especial.

Solo plantas.

—No vuelvo a entrar —dijo.

Rubén asintió.

Al día siguiente llevaron maquinaria para revisar la zona húmeda sin enviar trabajadores a pie.

No encontraron nada extraño.

El terreno estaba firme.

Las raíces eran normales.

No había huecos.

No había animales atrapados ni ninguna razón visible para que las plantas hubieran intentado conducir a Gabriel hasta allí.

Gabriel sintió alivio.

Prefería no encontrar explicación.

La temporada continuó.

Por acuerdo de todos, Gabriel dejó de trabajar dentro de las parcelas durante las horas centrales del día.

El fenómeno casi desapareció.

A veces, desde el camino, veía una pequeña franja de maíz inclinarse hacia él.

No se acercaba.

Con el paso de las semanas las plantas maduraron.

Llegó la cosecha.

Gabriel pensó que aquello terminaría cuando desapareciera el cultivo.

Las máquinas comenzaron por la parte norte.

Filas enteras de maíz iban cayendo y dejando detrás un campo cubierto de tallos cortados.

Durante los primeros dos días no ocurrió nada.

El tercero llegaron a la zona donde había empezado todo.

Gabriel permaneció cerca del almacén.

Rubén estaba con los operadores.

A media tarde lo llamó.

—Ven hasta el camino.

—¿Qué pasó?

—No entres. Solo ven.

Gabriel caminó hasta el límite del terreno.

La cosechadora estaba detenida.

Varios trabajadores observaban la parcela.

Quedaban todavía unas cincuenta filas sin cortar.

Todas las plantas estaban inclinadas hacia Gabriel.

No hacia la máquina.

No hacia los hombres que estaban dentro.

Hacia él.

Gabriel permaneció inmóvil.

—Terminen —dijo.

La cosechadora volvió a arrancar.

Las filas desaparecieron una después de otra.

Las plantas continuaron inclinadas hasta el instante en que fueron cortadas.

Cuando la última cayó, Gabriel respiró con alivio.

Frente a él solo quedaba tierra seca y restos vegetales.

Había terminado.

Entonces Rubén señaló el suelo.

—Mira.

Los tallos cortados que sobresalían de la tierra estaban torcidos.

Miles de pequeños restos, de apenas unos centímetros de altura, apuntaban en la misma dirección.

Hacia Gabriel.

Nadie habló.

La cosechadora había eliminado hojas, tallos y mazorcas.

Ya no quedaba ninguna planta capaz de inclinarse.

Aun así, el campo seguía orientado hacia él.

Gabriel dio un paso hacia la izquierda.

Durante unos segundos no ocurrió nada.

Después escuchó un sonido bajo sus pies.

No provenía del terreno donde estaba parado.

Venía de la parcela.

Un crujido seco recorrió las filas cosechadas.

Los pequeños tallos comenzaron a girar.

No se movieron todos a la vez.

La orientación cambió progresivamente desde los más cercanos hasta los más lejanos, como aquella primera vez en que unas pocas plantas lo habían seguido por el surco.

Cuando terminó, todos volvían a apuntar hacia Gabriel.

Él dio un paso hacia la derecha.

El campo corrigió su dirección.

Nadie necesitó pedirle que repitiera la prueba.

Gabriel se alejó.

No regresó durante la preparación del terreno para la siguiente temporada.

Semanas después arrancaron las raíces y araron toda la parcela.

Durante varios días no quedó una sola planta en pie.

Gabriel pidió que no le contaran si ocurría algo.

Rubén respetó su decisión.

Hasta una mañana en que fue a buscarlo al almacén.

—Tienes que venir.

Gabriel negó.

—No.

—No tienes que entrar.

—Entonces no necesito verlo.

Rubén permaneció callado.

Gabriel continuó ordenando herramientas.

—¿Qué pasó?

—Ya sembraron otra vez.

Gabriel levantó la mirada.

—Lo sé.

—Todavía no ha brotado nada.

—¿Entonces?

Rubén miró hacia el campo.

—Ven.

Gabriel terminó siguiéndolo hasta el camino.

La parcela parecía vacía.

Tierra oscura recién trabajada.

Surcos rectos extendiéndose bajo el sol.

No había maíz.

No había hojas.

No había tallos.

No había nada que pudiera inclinarse.

Gabriel estuvo a punto de preguntarle a Rubén qué debía mirar.

Entonces lo vio.

En cada surco, la tierra estaba ligeramente levantada sobre las semillas.

Eso era normal.

Lo que no era normal era la dirección.

Miles de pequeñas líneas en la superficie, producidas por algo que todavía no había germinado, se curvaban hacia el borde del campo.

Hacia el lugar donde Gabriel estaba parado.

Él permaneció allí apenas unos segundos.

Después se marchó.

Nunca volvió a trabajar dentro de esa parcela.

No descubrieron qué hacía que las plantas lo reconocieran.

Tampoco supieron por qué, durante aquellos días, el cultivo había intentado conducirlo hacia una parte determinada del terreno.

Gabriel prefirió no averiguarlo.

Porque después de ver la tierra recién sembrada, comprendió algo que le pareció mucho peor que cualquier explicación.

Durante meses había pensado que las plantas se inclinaban hacia él.

Pero aquel campo ya no tenía plantas.

Las semillas todavía no habían abierto.

Y aun así, debajo de varios centímetros de tierra, algo ya sabía exactamente dónde estaba.

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