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Todos conocen al hombre que vive conmigo menos yo

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
Todos conocen al hombre que vive conmigo menos yo

—Dile a Darío que su paquete sigue en recepción.

Emilio dejó de caminar.

El portero sostenía una caja pequeña sobre el mostrador y buscaba algo en una libreta.

—¿A quién?

—A Darío.

—¿Qué Darío?

El hombre levantó la vista.

—Tu compañero.

Emilio esperó una sonrisa.

No llegó.

—Vivo solo, Ernesto.

El portero frunció el ceño.

—No desde hace años.

Emilio soltó una risa breve, más por incomodidad que por humor.

—En serio. ¿De quién es el paquete?

Ernesto giró la caja.

DARÍO MENA.
DEPARTAMENTO 6C.

La dirección era correcta.

Emilio tomó una fotografía de la etiqueta.

—Debe ser un error del remitente.

—Si tú dices.

Ernesto volvió a la libreta, pero antes añadió:

—Aunque dile que baje. Ayer también preguntaron por él.

Emilio subió sin llevarse la caja.

Vivía en el 6C desde hacía cuatro años. Había alquilado el departamento después de separarse de Laura y precisamente lo eligió porque era pequeño: un dormitorio, sala, cocina y un estudio donde trabajaba algunas tardes.

Nunca había tenido compañero.

Abrió con su única llave.

Lo primero que vio fueron los zapatos.

Un par de zapatillas negras estaba junto al mueble de la entrada.

Emilio no las reconoció.

No eran de su talla.

Se quedó en el umbral.

—¿Hola?

Nada.

Revisó la sala.

La cocina.

El baño.

El estudio.

Finalmente el dormitorio.

Vacío.

Las ventanas estaban cerradas.

No había señales de entrada forzada.

Emilio volvió a las zapatillas.

Recordó a Ernesto.

Darío.

Las recogió y las dejó afuera.

Luego cambió la cerradura.

A la mañana siguiente las zapatillas estaban dentro otra vez.

Esta vez junto a ellas había un paraguas azul.

Emilio llamó a su hermana.

—¿Puedes venir?

Patricia llegó después del trabajo.

Entró hablando por teléfono, dejó el bolso en una silla y vio las zapatillas.

—Darío compró otras.

Emilio cerró la puerta.

—¿Tú también?

Patricia lo miró.

—¿También qué?

—¿Quién es Darío?

Su hermana se quedó inmóvil.

—Emilio, no empieces.

—No estoy bromeando.

—Tu compañero de departamento.

—Vivo solo.

Patricia sonrió, pero la expresión desapareció cuando vio la cara de su hermano.

—¿Qué te pasa?

—Quiero que me digas cuándo lo conociste.

—Aquí.

—¿Cuándo?

Ella abrió la boca.

No respondió de inmediato.

—Cuando te mudaste.

—Tú me ayudaste a mudarme.

—Sí.

—¿Estaba él?

Patricia frunció el ceño.

—Claro.

—Descríbelo.

—Alto. Delgado. Usa lentes.

—¿Color de ojos?

Patricia vaciló.

—Marrones.

—¿Cabello?

—Oscuro.

—¿Qué edad tiene?

Otra pausa.

—Más o menos la tuya.

Emilio caminó hacia el estudio.

—Ven.

Patricia lo siguió.

—¿Dónde duerme?

Ella señaló el final del corredor.

—Ahí.

Emilio miró.

Al fondo estaban el baño y una pared donde colgaba una fotografía en blanco y negro.

—¿Dónde?

Patricia perdió color.

—Su cuarto.

—No hay ningún cuarto.

Ella se acercó a la pared.

Tocó el yeso.

—Había una puerta.

—Nunca la hubo.

Patricia miró a su hermano.

Por primera vez, parecía asustada.

—Recuerdo haber entrado.

Emilio sacó el contrato de alquiler.

Un dormitorio.

Sesenta y dos metros cuadrados.

Un solo residente registrado.

EMILIO CÁRDENAS.

Patricia leyó.

—Eso no prueba que Darío no viva aquí.

—Entonces dime su apellido.

Su hermana respondió demasiado rápido.

—Mena.

Emilio recordó la caja de recepción.

—¿Cómo lo sabes?

Patricia abrió la boca.

Después miró hacia la entrada.

—No sé.

Aquel fue el primer detalle que realmente le dio miedo.

Patricia no había visto el paquete.

Emilio no había mencionado el apellido.

Ella simplemente lo sabía.

Antes de irse, Patricia pidió usar el baño.

Cuando salió, se detuvo frente a la pared del corredor.

—Hay algo raro.

—¿Qué?

—La foto está más a la izquierda.

Emilio observó.

No podía asegurarlo.

La fotografía había estado allí desde que llegó.

Esa noche tomó medidas.

Desde la puerta del baño hasta la esquina del corredor: un metro con doce centímetros.

Pegó una cinta en el piso.

Fotografió la pared.

No buscaba demostrar nada sobrenatural.

Solo quería saber si estaba empezando a recordar mal su propia casa.

A la mañana siguiente había una percha apoyada contra la pared.

Abrigos que no eran suyos colgaban de ella.

La distancia hasta la esquina era de un metro con treinta y seis.

Veinticuatro centímetros más.

El departamento, según el resto de las mediciones, seguía teniendo las mismas dimensiones.

El espacio nuevo no había desplazado la sala ni el baño.

Simplemente existía.

Emilio salió.

No tocó los abrigos.

Durante el día llamó al propietario.

—¿Alguna vez vivieron dos personas en el 6C?

—Antes de ti, una pareja.

—¿Algún Darío Mena?

—No recuerdo.

—¿El departamento tenía dos dormitorios?

—Uno.

Emilio sintió alivio.

—Gracias.

—¿Por qué preguntas?

—Nada. Un problema con una entrega.

Colgó.

A las seis, el propietario volvió a llamar.

—Emilio, ya me acordé de Darío.

Emilio no respondió.

—Me lo presentaste tú. Buen tipo.

—Nunca lo conociste.

—Claro que sí.

—¿Has entrado al departamento desde que vivo aquí?

—Varias veces.

Emilio cerró los ojos.

Todas las personas que recordaban a Darío tenían algo en común.

Habían cruzado la puerta del 6C.

Ernesto había entrado una vez durante una fuga de agua.

Patricia había estado allí decenas de veces.

El propietario también.

Emilio llamó a Laura.

Su expareja nunca había visitado el departamento.

Se habían separado antes de la mudanza y solo se veían en lugares públicos cuando necesitaban hablar.

—Necesito preguntarte algo extraño.

—Eso suena prometedor.

—¿Conoces a alguien llamado Darío Mena?

—No.

Emilio se sentó.

—¿Seguro?

—¿Debería?

—No.

—Entonces no.

No le contó más.

Esa noche decidió no permitir que nadie volviera a entrar.

Cuando llegó al edificio, la caja ya no estaba en recepción.

—¿Quién la recogió? —preguntó.

Ernesto señaló el ascensor.

—Darío.

Emilio sintió que el estómago se le cerraba.

—¿Lo viste?

—Hace diez minutos.

—Descríbelo.

Ernesto pareció molesto.

—¿Otra vez con eso?

—Descríbelo.

El portero pensó.

—Alto.

—¿Lentes?

—Sí.

—¿Cabello oscuro?

—Sí.

Era exactamente la descripción de Patricia.

Una descripción genérica.

Construida con pocas piezas.

Emilio subió por las escaleras.

No quería quedar encerrado en el ascensor con nadie.

La puerta del 6C estaba cerrada.

Su nueva llave abrió.

Dentro había una segunda taza en el fregadero.

Dos platos sobre la mesa.

El paraguas azul.

Los abrigos.

Y al final del corredor, una línea vertical en la pared.

Emilio no se acercó.

Durmió en un hotel.

Al día siguiente regresó de mañana.

La línea se había convertido en un marco.

Todavía no había puerta.

El corredor ahora tenía un metro con ochenta y nueve centímetros adicionales.

Sobre el suelo había una franja de madera nueva que continuaba exactamente el patrón del piso existente.

Emilio llamó a Patricia desde afuera.

—No entres.

—¿Dónde estás?

—Frente a mi departamento.

—¿Darío está ahí?

—No digas su nombre.

Silencio.

—¿Qué está pasando?

—Cada persona que entra recuerda más cosas sobre él.

—Eso no tiene sentido.

—Ya sé.

—Emilio, yo recuerdo cenar con ustedes.

—¿Qué cenamos?

Patricia tardó.

—Pizza.

—¿Cuándo?

—No sé.

—¿Qué hablamos?

No respondió.

Los recuerdos tenían forma, pero poco contenido.

Como habitaciones vistas desde una puerta sin haber entrado realmente.

Emilio le pidió otra cosa.

—Busca las fotografías del día de mi mudanza.

Patricia las tenía guardadas en la nube.

Le envió once.

En todas aparecía Emilio.

Cajas.

Muebles.

Patricia.

Dos amigos.

Ningún Darío.

En una imagen, sin embargo, había algo extraño.

Todos miraban hacia la derecha.

Hacia una persona fuera del encuadre.

Patricia escribió:

«Estaba hablando con él.»

Emilio llamó.

—No aparece.

—Estaba ahí.

—¿Quién tomó la foto?

—Darío.

—Entonces, si estaba tomando la foto, ¿cómo estabas hablando con él a la derecha?

Patricia guardó silencio.

—No sé.

Emilio entró solo.

No miró hacia el nuevo marco.

Recogió documentos, ropa y su computadora.

Mientras guardaba cosas escuchó una llave en la cerradura.

Se quedó inmóvil.

La puerta principal se abrió.

Un hombre entró.

Alto.

Delgado.

Lentes.

Cabello oscuro.

Llevaba la caja que había estado en recepción.

Ninguno habló.

El desconocido cerró detrás de sí.

—Emilio.

Él retrocedió.

—No te acerques.

El hombre miró las maletas.

—¿Qué haces?

—¿Quién eres?

Su expresión cambió.

No parecía amenazante.

Parecía herido.

—Soy Darío.

—No vives aquí.

Darío dejó la caja sobre la mesa.

—Llevo tres años viviendo aquí.

—Yo llevo cuatro.

—Lo sé.

—Este departamento tiene un dormitorio.

Darío miró hacia el corredor.

El marco nuevo ya tenía puerta.

Emilio sintió un golpe de miedo.

No la había visto aparecer.

La puerta estaba cerrada.

—Mi cuarto está ahí.

—Ayer no existía.

Darío lo observó durante varios segundos.

—Emilio, esa puerta siempre estuvo ahí.

—No.

—Patricia me ayudó a pintar ese cuarto.

—Patricia también recuerda cosas que no ocurrieron.

Darío bajó la mirada.

—Eso mismo dijiste la última vez.

Emilio dejó de respirar.

—¿Qué última vez?

Darío no respondió.

—¿Qué última vez?

—Cuando apareció Sergio.

El nombre no significaba nada.

Darío señaló el estudio.

—Tú tampoco lo recordabas.

—No sé de qué hablas.

—Yo sí.

Darío se quitó los lentes.

Por primera vez Emilio vio miedo en su rostro.

—Todos conocían a Sergio menos tú. Después empezaste a recordarlo. Una semana más tarde desapareció.

Emilio negó.

—Eso no pasó.

—Ahora me está pasando a mí.

La frase cambió todo.

—¿Qué?

Darío miró la puerta nueva.

—Hace cuatro días dejaste de recordarme.

Emilio no sabía qué decir.

—La puerta comenzó a desaparecer primero.

—Apareció.

—Para ti.

Darío señaló el corredor.

—Para mí, se está haciendo más estrecho.

Emilio sintió vértigo.

Dos versiones opuestas.

Para él, el departamento estaba creando espacio para Darío.

Para Darío, ese espacio estaba desapareciendo.

—¿Por qué nadie me habló de ti antes?

—Lo hicieron.

—No.

—Ernesto te pregunta por mí todo el tiempo.

—Nunca.

Darío se acercó un paso.

Emilio retrocedió.

—No.

El hombre se detuvo.

—No quiero que me creas. Quiero que salgas.

—¿Qué?

—Los dos.

Darío tomó una mochila que Emilio no había visto junto al sofá.

—La última vez intentaste demostrar quién tenía razón. Sergio desapareció.

—¿Y tú lo recuerdas?

—Sí.

—¿Dónde dormía?

Darío miró el estudio.

—Ahí.

Emilio sintió frío.

El estudio era la única habitación que él siempre había considerado suya.

—Ese nunca fue un dormitorio.

—Para mí sí.

Ninguno podía demostrar su versión sin usar el propio departamento como prueba.

Y el departamento era precisamente lo único que no parecía confiable.

Emilio tomó sus documentos.

—Sal tú primero.

Darío asintió.

No discutió.

Abrió la puerta principal y salió al corredor.

Emilio lo siguió.

Cerró.

Por primera vez, vio al portero desde arriba levantar la mano hacia ambos.

—¿Todo bien?

Emilio no respondió.

Bajaron por las escaleras.

Darío tenía una motocicleta estacionada a media cuadra.

Emilio tenía su automóvil.

—¿Adónde vas? —preguntó Darío.

—A un hotel.

—Yo también.

—No al mismo.

Darío casi sonrió.

—Me parece justo.

Durante tres días ninguno volvió al 6C.

Emilio se encontró con Patricia únicamente en cafeterías.

Ella seguía recordando a Darío.

Pero los recuerdos empezaron a debilitarse.

—Sé que cenamos juntos —dijo—, pero ya no recuerdo cuándo.

Al cuarto día olvidó qué trabajo tenía.

Al quinto, preguntó:

—¿Cómo se llamaba?

Emilio no respondió.

No quería darle nuevamente el nombre.

El propietario llamó esa tarde.

—¿Ya decidiste qué hacer con el departamento?

—Quiero terminar el contrato.

—¿Y tu compañero?

Emilio sintió tensión.

—¿Cuál compañero?

Silencio.

—No sé por qué dije eso.

Firmó la rescisión dos días después.

No entró.

Una empresa de mudanzas retiró sus cosas con instrucciones precisas. Emilio no estuvo presente.

Cuando terminaron, el encargado le entregó un inventario.

—Había cosas de otra persona.

—Déjenlas.

—¿Seguro?

—Sí.

El hombre revisó la hoja.

—Aunque es raro.

—¿Qué?

—Solo había un dormitorio.

Emilio lo miró.

—¿Y el cuarto al final del pasillo?

—Ahí está el baño.

Emilio no hizo más preguntas.

Nunca volvió a ver a Darío.

No sabía si había sido una persona, un recuerdo construido por el departamento o alguien real a quien él había comenzado a olvidar.

Había evidencias para cada posibilidad y ninguna era suficiente.

Patricia terminó olvidándolo por completo.

Ernesto también.

Meses después, Emilio pasó frente al antiguo edificio en un taxi.

No pensaba detenerse.

Al levantar la vista vio las ventanas del sexto piso.

Conocía bien la fachada.

Durante cuatro años había visto esas mismas ventanas desde la calle.

Sala.

Dormitorio.

Estudio.

Contó.

Una.

Dos.

Tres.

Después una cuarta.

Estaba entre su antiguo dormitorio y el estudio.

Una ventana estrecha que nunca había estado allí.

Tenía las cortinas abiertas.

No había nadie detrás.

El taxi avanzó.

Emilio no pidió que regresara.

Por una vez, prefirió conservar una duda antes que entrar a buscar una respuesta.

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