
El departamento 1 seguía oliendo a sopa cuando Lucía entró y descubrió que Elena ya no estaba.
La olla hervía a fuego bajo.
El televisor mostraba un concurso nocturno.
Sobre el sofá había una manta arrugada y, junto a la mesa, una pantufla.
La otra seguía puesta en el pie que Elena había levantado unos minutos antes para que Lucía viera que estaba bien.
Todo estaba allí.
Excepto ella.
—No puede haberse ido —dijo Mauro desde la puerta.
Lucía apagó la cocina.
—La vimos entrar.
—Tal vez bajó por la escalera.
Camila negó.
—Estábamos todos en el pasillo.
Nadie había visto salir a Elena.
Tampoco habían escuchado su puerta.
Los cinco vecinos se miraron sin saber qué hacer.
Entonces, desde algún lugar de la escalera, una voz infantil dijo:
—Dos.
Mauro palideció.
Lucía giró.
La voz no parecía venir de un piso concreto.
Había sonado arriba.
Y abajo.
Como si el hueco completo de la escalera hubiera pronunciado la palabra.
—Otra vez —susurró Camila.
El edificio Valdivia tenía cuatro pisos y ocho departamentos.
Dos por nivel.
Las puertas no llevaban números de tres cifras ni referencias al piso.
Eran simplemente:
1.
2.
3.
4.
5.
6.
7.
8.
Lucía vivía en el 7.
Su padre, Esteban, ocupaba el 8 desde que había quedado solo años atrás.
Elena vivía en el 1.
Mauro, en el 2.
La voz había comenzado unos minutos antes.
Ninguno sabía de dónde había salido.
Había dicho:
—Uno.
Después se escuchó el clic de una cerradura.
Elena abrió su puerta.
—¿Quién está jugando?
Todos los vecinos que todavía estaban despiertos habían salido al corredor.
No había niños en el edificio.
Elena había regresado a su departamento molesta.
Menos de un minuto después, Lucía llamó para preguntarle si seguía escuchando la voz.
Elena contestó.
—Sí, hija. Estoy aquí.
Luego la llamada se cortó.
Cuando fueron a verla, había desaparecido.
Ahora la voz acababa de decir dos.
Mauro retrocedió.
—No.
Lucía lo miró.
—¿Qué pasa?
Mauro señaló su puerta.
Sobre la madera había un número 2 de bronce.
—Uno.
Nadie respondió.
—Dijo uno y Elena desapareció.
Camila miró hacia el departamento vacío.
Después hacia Mauro.
—Ahora dijo dos.
Mauro corrió hacia la escalera.
—Me voy.
Los demás lo siguieron.
Bajaron al vestíbulo.
Mauro llegó primero a la puerta principal.
Giró la cerradura.
Abrió.
No estaba la calle.
Al otro lado había una escalera.
Lucía dejó de correr.
Era la misma escalera del edificio.
Pero no la estaban viendo desde abajo.
La puerta principal se abría hacia el descanso del tercer piso.
Lucía reconoció la maceta rota de la señora del 6.
Mauro cerró.
Volvió a abrir.
El tercer piso seguía allí.
—No puede ser.
Camila corrió hasta la salida de servicio.
La abrió.
Detrás estaba el vestíbulo.
El mismo lugar donde todos estaban de pie.
Camila cerró de golpe.
Esteban bajó lentamente los últimos escalones.
—No podemos salir.
Mauro empezó a respirar con dificultad.
—Entonces rompemos una ventana.
Las ventanas del vestíbulo tenían rejas.
La puerta de vidrio también.
El edificio era antiguo y la seguridad había sido reforzada años atrás después de varios robos.
Lucía sacó el celular.
Sin señal.
Intentó llamar a emergencias utilizando la red inalámbrica del edificio.
La llamada no salió.
Mauro caminó hacia la escalera.
—Voy a mi departamento.
Lucía lo sujetó.
—No.
—Necesito las llaves del auto.
—¿Para qué?
Mauro la miró.
No tenía respuesta.
Entonces la luz del vestíbulo parpadeó.
Una vez.
Dos.
La voz volvió.
Esta vez más cerca.
—Dos.
Mauro desapareció.
No hubo destello.
No hubo grito.
No cayó.
En un instante estaba delante de Lucía.
En el siguiente, su chaqueta quedó suspendida una fracción de segundo y cayó al suelo.
Las llaves golpearon las baldosas.
Camila gritó.
Lucía retrocedió hasta chocar con su padre.
Esteban la sostuvo.
—No mires.
Pero ya había visto.
Mauro no estaba.
La puerta del departamento 2 seguía arriba.
Sus cosas también.
Solo él había desaparecido.
Camila comenzó a llorar.
—Nos está contando.
Nadie discutió.
La voz guardó silencio durante unos segundos.
Después inhaló.
No como un niño.
Como alguien que llevaba demasiado tiempo sin respirar.
—Tre...
Camila gritó.
—¡Cállate!
La voz se detuvo.
Silencio.
Todos miraron a Camila.
Ella vivía en el departamento 3.
—No terminó —dijo Lucía.
Camila levantó las manos.
—Yo no hice nada.
Esperaron.
Diez segundos.
Veinte.
Nada.
Camila soltó el aire.
Entonces la voz comenzó otra vez.
—Tres.
Todos se quedaron inmóviles.
Lucía miró a Camila.
Ella seguía allí.
Pasaron varios segundos.
Nada ocurrió.
Camila se tocó el pecho.
—No desaparecí.
Esteban levantó la mirada hacia los pisos superiores.
—¿Tu puerta tiene número?
Camila tardó en comprender.
—Claro que...
Se detuvo.
Dos días antes, un pintor había reparado la madera de su puerta.
Había retirado el número de bronce y todavía no lo había vuelto a colocar.
Camila lo tenía dentro de un cajón.
Lucía sintió que algo encajaba.
Elena.
Puerta 1.
Mauro.
Puerta 2.
Camila.
Sin número en la puerta.
La voz había dicho tres.
Y no había ocurrido nada.
—Tenemos que subir —dijo Lucía.
—¿Para qué? —preguntó Camila.
—Para quitar los números.
Esteban fue el primero en moverse.
Subieron.
Al llegar al segundo piso, la voz comenzó:
—Cua...
Lucía miró las puertas.
El departamento 4 pertenecía a Andrés y Gabriela.
Ambos estaban dentro.
Lucía golpeó.
—¡Abran!
Andrés apareció.
—¿Qué pasa?
—Salgan.
—¿Qué?
—¡Salgan ahora!
Gabriela llegó detrás.
La voz continuó.
—...tro.
Ambos desaparecieron.
La puerta quedó abierta.
Gabriela había estado sujetando un vaso.
Cayó y se rompió.
Andrés llevaba el teléfono en la mano.
Golpeó el suelo y siguió reproduciendo música.
Camila se tapó la boca.
Lucía ya no tenía dudas.
—Cinco.
La voz aún no había empezado.
Pero el departamento 5 estaba frente a ellos.
Allí vivía Raúl, que acababa de bajar desde el piso superior atraído por los gritos.
Lucía señaló su puerta.
—Quita el número.
Raúl tardó en reaccionar.
—¿Qué?
Esteban agarró el pequeño 5 de bronce.
Estaba sujeto con dos tornillos.
—Herramientas.
—Tengo un destornillador adentro.
Raúl corrió.
La voz respiró.
Lucía miró hacia la escalera.
—Rápido.
Raúl regresó.
Esteban comenzó a girar el primer tornillo.
La voz dijo:
—Cin...
—¡Más rápido!
El tornillo cayó.
Esteban atacó el segundo.
Estaba oxidado.
No giraba.
—Dámelo.
Raúl tomó el destornillador.
La voz prolongó la primera sílaba.
—Cin...
Raúl hizo fuerza.
El tornillo cedió.
El número cayó al piso.
La voz completó:
—...co.
Todos miraron a Raúl.
Seguía allí.
Nadie habló durante varios segundos.
Raúl soltó una risa nerviosa.
—Funciona.
Lucía recogió el número del suelo.
No sabía si aquella palabra era suficiente.
Pero era lo único parecido a una regla que tenían.
Corrieron al departamento 6.
La señora Amalia estaba parada frente a su puerta.
—Escuché todo.
Ya tenía unas pinzas en la mano.
El 6 salió sin dificultad.
La voz lo dijo.
—Seis.
Amalia permaneció.
Lucía sintió una oleada de alivio.
Después levantó la vista.
Tercer piso.
Su puerta.
7.
Y la de su padre.
8.
Subieron.
Lucía llegó primero.
Tomó el destornillador.
El número 7 tenía dos tornillos grandes.
El primero salió.
El segundo no se movió.
—No.
Esteban tomó la herramienta.
—Déjame.
Giró.
Nada.
La voz respiró en el hueco de la escalera.
Esta vez parecía estar en el mismo piso.
—Sie...
Lucía sintió que las manos empezaban a temblar.
Raúl apareció con las pinzas.
Intentaron arrancar el número.
No cedió.
—Está metido en la madera —dijo.
Esteban miró alrededor.
—Martillo.
Lucía corrió al departamento.
Entró.
El interior parecía normal.
La chaqueta que había dejado sobre una silla.
Los platos sin lavar.
Una fotografía de ella con su padre.
Todo aquello podía quedar sin dueño en cuestión de segundos.
Abrió el cajón de herramientas.
Encontró un martillo.
La voz continuaba.
—Sie...
Salió.
Esteban levantó la herramienta.
Golpeó el número.
Una vez.
El bronce se dobló.
Otra.
La madera se astilló.
El 7 seguía sujeto por una esquina.
Lucía escuchó la siguiente sílaba.
—...te.
Esteban golpeó por tercera vez.
El número cayó.
La palabra terminó.
Lucía cerró los ojos.
Esperó.
Seguía sintiendo la mano de su padre sobre el brazo.
Abrió los ojos.
Raúl.
Camila.
Amalia.
Esteban.
Todos allí.
Lucía comenzó a reír.
No por alivio.
Por puro miedo.
—Falta uno.
Todos miraron la puerta de Esteban.
El número 8 no era de bronce.
Cuando el edificio había renovado las puertas muchos años atrás, Esteban había conservado una placa de cerámica azul que el anterior propietario había incrustado en la madera.
Un ocho blanco estaba esmaltado en el centro.
No había tornillos.
No había nada que desenroscar.
Esteban golpeó la placa con el mango del martillo.
No se rompió.
—Más fuerte —dijo Lucía.
Su padre levantó la herramienta.
La voz respiró.
Esta vez sonó justo detrás de ellos.
Lucía giró.
No había nadie.
—O...
Esteban golpeó.
La cerámica se agrietó.
Otro golpe.
Una pequeña esquina cayó.
El ocho seguía perfectamente legible.
—Papá.
Esteban golpeó con toda su fuerza.
La placa se partió por el centro.
El número quedó dividido, pero todavía podía reconocerse.
La voz continuó.
—O...
Raúl tomó una maceta del pasillo.
—Quítate.
La lanzó contra la puerta.
La cerámica estalló.
Fragmentos azules cayeron sobre el piso.
Lucía miró.
Quedaba una curva blanca adherida a la madera.
Parecía parte de un número.
Podía ser cualquier cosa.
La voz intentó continuar.
—O...
Nada.
Un sonido seco salió del hueco de la escalera.
Como una lengua golpeando el paladar.
Después:
—O...
Otra vez silencio.
Esteban no había desaparecido.
Lucía lo abrazó.
Él permaneció rígido.
—Todavía no terminó.
Todos escucharon.
La voz intentó de nuevo.
No consiguió completar la palabra.
—O...
Luego se calló.
Durante un minuto no ocurrió nada.
Dos.
Tres.
Camila se acercó a la escalera.
—¿Se fue?
Lucía la tomó del brazo.
—No lo averigües.
Esperaron en el tercer piso.
Nadie quiso volver a sus departamentos.
Las luces permanecieron encendidas.
La puerta principal seguía abriendo hacia el descanso equivocado.
La salida de servicio continuaba regresándolos al vestíbulo.
Afuera no podían escuchar automóviles.
Ni viento.
Ni siquiera perros.
El edificio parecía haberse quedado solo en algún lugar que no necesitaba una calle alrededor.
A las cuatro de la madrugada, la voz regresó.
Todos se pusieron de pie.
No comenzó con ocho.
Dijo:
—Nueve.
Lucía sintió que Esteban apretaba su mano.
No existía ningún departamento 9.
Esperaron.
Nada ocurrió.
La voz repitió:
—Nueve.
Después:
—Nueve.
Cada vez sonaba desde un lugar diferente.
La planta baja.
El cuarto piso.
Detrás de la puerta de Lucía.
Dentro del departamento vacío de Mauro.
Pero no pasó nada.
Al poco tiempo dejó de insistir.
Nadie durmió.
Cuando comenzó a entrar luz por las ventanas, Amalia bajó hasta el vestíbulo.
Lucía la siguió.
La puerta principal estaba cerrada.
Amalia puso la mano sobre la cerradura.
—¿La abrimos?
Lucía pensó en Elena.
En Mauro.
En Andrés.
En Gabriela.
—Sí.
Abrió.
La calle estaba allí.
Un autobús pasó frente al edificio.
Un hombre paseaba a un perro.
Desde una panadería cercana llegaba olor a pan recién hecho.
Lucía nunca había sentido tanto alivio al escuchar tráfico.
Llamaron a la policía.
Las cámaras del edificio mostraron algo imposible de interpretar.
Durante casi cinco horas no habían grabado movimiento en las escaleras.
Según las imágenes, nadie había salido de sus departamentos.
Ni Lucía.
Ni Esteban.
Ni los desaparecidos.
Las grabaciones de los teléfonos tomadas durante la noche contenían sus conversaciones.
Pero cada vez que la voz había contado, el audio se convertía en una franja de silencio.
Elena, Mauro, Andrés y Gabriela nunca fueron encontrados.
Sus pertenencias permanecieron intactas.
Sus documentos también.
No existía explicación razonable para que cuatro personas hubieran desaparecido la misma noche de un edificio cerrado.
La policía trató el caso como una investigación conjunta.
Los sobrevivientes contaron lo ocurrido.
Nadie supo qué hacer con esa versión.
Camila mostró su puerta sin número.
Raúl mostró el 5 que había arrancado.
Lucía enseñó las marcas del martillo donde estuvo el 7.
Esteban entregó los fragmentos de cerámica azul.
Nada de eso demostraba nada.
Durante la investigación, ningún residente volvió a colocar los números.
Ni siquiera después de que la administración exigiera hacerlo.
La correspondencia comenzó a acumularse.
Los repartidores se confundían.
Los técnicos protestaban.
A nadie le importó.
Tres meses después, Lucía y Esteban se mudaron.
Raúl hizo lo mismo.
Amalia fue la última en abandonar el edificio.
El inmueble terminó vacío.
Nadie volvió a escuchar la voz.
O al menos nadie estuvo allí para admitirlo.
Lucía conservó el número 7 durante algún tiempo.
Lo guardó en una caja junto con otras cosas de la mudanza.
Un día lo encontró y decidió tirarlo.
No quería objetos convertidos en recuerdos de aquella noche.
Su padre fue menos drástico.
Cuando alquiló un pequeño departamento cerca de ella, el administrador le indicó que colocara el número de la unidad sobre la puerta.
Era el 204.
Esteban se negó.
—Es necesario para las entregas.
—Ponga mi apellido.
—Los departamentos se identifican con números.
Esteban miró la puerta durante unos segundos.
—El mío no.
Finalmente aceptaron colocar una pequeña placa.
No decía 204.
Decía:
ESTEBAN SALAS.
Lucía la vio cuando fue a visitarlo.
—Te van a perder todas las cartas.
Su padre sonrió.
—Puedo vivir con eso.
Entraron.
Esteban cerró la puerta.
En el corredor quedaron nombres, letras y flechas indicando salidas.
Pero sobre aquella madera no había un solo número.
Y desde la noche del edificio Valdivia, ninguno de los dos volvió a considerar eso una superstición.
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