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La última ventana siempre tiene a alguien mirando

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
La última ventana siempre tiene a alguien mirando
El día que tapiaron la última ventana del edificio de enfrente, alguien siguió mirando desde ella.

Andrea lo vio desde la cocina.

Los obreros habían pasado toda la mañana colocando planchas de madera sobre los huecos del viejo edificio Marconi, una construcción de seis pisos que llevaba años vacía y que finalmente sería demolida.

A las cinco de la tarde solo quedaba una ventana sin cubrir.

Sexto piso.

Extremo derecho.

Andrea preparaba café cuando distinguió una figura detrás del vidrio.

Una persona.

No podía saber si era hombre o mujer.

Estaba demasiado lejos.

Solo veía una cabeza oscura y unos hombros inmóviles.

Parecía estar mirando directamente hacia su departamento.

Andrea dejó la taza.

Se acercó a la ventana.

La figura no se movió.

El Marconi estaba oficialmente desocupado.

La entrada llevaba meses cerrada con una reja metálica y desde que comenzaron los trabajos había vigilancia durante el día.

Tal vez era un obrero.

Eso pensó hasta que vio salir a los últimos trabajadores.

Cuatro hombres atravesaron la puerta lateral, arrastraron la reja y se marcharon en una camioneta.

La figura continuó arriba.

Andrea esperó.

Cinco minutos.

Diez.

La luz del atardecer se apagó poco a poco sobre la fachada.

La persona seguía allí.

No encendió ninguna lámpara.

No caminó.

No levantó una mano.

Simplemente permaneció detrás del vidrio.

Andrea cerró la cortina.

Media hora después volvió a mirar.

La ventana estaba vacía.

A la mañana siguiente, los obreros cubrieron también aquella abertura.

Andrea los vio trabajar mientras desayunaba.

Atornillaron una plancha gruesa.

Después pintaron encima un número con aerosol.

34.

Cuando terminó la jornada, toda la fachada del Marconi era una superficie ciega.

Andrea sintió alivio.

No se había dado cuenta de cuánto le había molestado aquella figura hasta que dejó de existir un lugar desde donde pudiera observarla.

Esa noche llegó tarde.

Dejó el bolso en el sofá y encendió la cocina.

Mientras llenaba un vaso de agua vio algo en el edificio.

No una ventana.

Una franja vertical de oscuridad.

Andrea se acercó.

Una de las planchas del quinto piso estaba abierta.

No desprendida.

Abierta.

Como una puerta.

Detrás había una ventana que juraría que no había estado allí esa mañana.

Y alguien miraba desde ella.

Esta vez Andrea retrocedió.

La distancia era menor.

Quinto piso.

La figura seguía sin detalles.

Pero podía distinguir la cara.

No los ojos.

Solo la forma pálida del rostro dentro de la oscuridad.

Tomó el teléfono y amplió con la cámara.

La imagen se volvió granulada.

Fachada.

Tablas.

Ventana.

Nada.

Andrea bajó el teléfono.

La persona seguía allí.

Volvió a mirar la pantalla.

Vacío.

Sin figura.

No tomó ninguna fotografía.

Cerró la cortina y llamó a su hermano.

—¿Estás ocupado?

—Depende. ¿Qué rompiste?

—Nada.

—Entonces estoy ocupado.

Andrea no se rio.

—Hay alguien dentro del Marconi.

Hubo una pausa.

—¿El edificio abandonado?

—Sí.

—Llama a seguridad.

—No sé si es alguien.

Su hermano guardó silencio.

—Andrea.

—Sé cómo suena.

—Entonces no mires.

La respuesta la irritó.

—Gracias.

—¿Qué quieres que te diga? Si hay una persona, que la saque la policía. Si no hay una persona, menos razón para que tú vayas a comprobarlo.

Andrea miró la cortina cerrada.

—No voy a ir.

—Bien.

Colgó.

Durmió mal.

A la mañana siguiente, la abertura del quinto piso había desaparecido.

La plancha estaba otra vez en su lugar.

Andrea buscó el número.

27.

No recordaba cuál había estado abierta.

Durante el desayuno vio a los obreros retirar madera del extremo izquierdo de la fachada.

La demolición comenzaría desde ese lado.

A media mañana ya habían abierto varios huecos.

No eran habitaciones.

Solo interiores destruidos.

Paredes arrancadas.

Tuberías.

Pisos cubiertos de polvo.

A Andrea le pareció tranquilizador.

El edificio era lo que debía ser.

Una carcasa vacía.

Hasta la tarde.

Cuando terminaron los trabajos, quedaban siete ventanas visibles.

En la última había alguien.

Andrea no necesitó acercarse para saberlo.

Mismo cuerpo.

Misma postura.

Misma quietud.

La última ventana de la fila.

Cerró la cortina de inmediato.

Al día siguiente demolieron parte de aquel extremo.

Quedaron seis ventanas.

Al anochecer, la figura estaba en la sexta.

Después cinco.

En la quinta.

Andrea dejó de mirar durante tres días.

No fue una decisión heroica.

Simplemente empezó a vivir con las cortinas cerradas.

Desayunaba con luz artificial.

Trabajaba en el dormitorio.

Por las tardes evitaba la cocina.

No quería saber cuántas ventanas quedaban.

El viernes, mientras estaba en una videollamada, su compañera Valeria dijo:

—¿Qué pasa con tu cámara?

Andrea miró la pantalla.

—Nada.

—Hay alguien atrás.

Andrea se quedó quieta.

La cámara mostraba parte de la sala.

La cortina.

Una biblioteca.

Nada más.

—¿Dónde?

Valeria se acercó a su monitor.

—Junto a la ventana.

Andrea giró lentamente.

No había nadie.

—No veo nada.

—Ya se movió.

—¿Cómo era?

Valeria se encogió de hombros.

—No sé. Una sombra.

—¿Dentro de mi casa?

—Parecía detrás de la cortina.

Andrea terminó la llamada antes de tiempo.

Se acercó a la ventana.

No quería abrir.

Lo hizo.

El Marconi había perdido casi toda la mitad izquierda.

Solo quedaban tres ventanas intactas en el piso superior.

En la última estaba la figura.

Pero no miraba hacia Andrea.

Tenía la cabeza girada.

Miraba hacia otra ventana.

La de un departamento dos pisos debajo del suyo.

Andrea siguió la dirección.

Una mujer mayor regaba plantas en un balcón.

La figura permaneció orientada hacia ella durante varios segundos.

Después, lentamente, volvió el rostro hacia Andrea.

Cerró la cortina.

Esa noche escuchó golpes en el piso inferior.

Muebles.

Voces.

Pasos rápidos por la escalera.

A la mañana siguiente encontró a la mujer de las plantas hablando con el portero.

Tenía dos maletas.

—¿Se va de viaje? —preguntó Andrea.

La mujer la miró.

—Voy a dormir donde mi hija.

—¿Pasó algo?

Pareció a punto de responder.

Después negó.

—Problemas con una ventana.

Andrea sintió que se le enfriaban las manos.

—¿Qué problema?

La mujer observó hacia el edificio Marconi.

—Anoche pensé que había alguien afuera.

Andrea miró su balcón.

Estaba en el cuarto piso.

—¿Afuera dónde?

La mujer no respondió.

El portero intentó bromear.

—Se asustó con su propio reflejo.

—No era mi reflejo —dijo ella.

Tomó las maletas.

Antes de irse miró a Andrea de una forma extraña.

—Tú también cierras las cortinas temprano.

No era una pregunta.

Andrea no contestó.

Aquella tarde volvió a casa antes de que terminaran los obreros.

Se obligó a mirar.

Solo quedaban dos ventanas.

En la última no había nadie.

Esperó.

Cinco minutos.

Diez.

Nada.

Los trabajadores bajaron.

Uno fumó junto a la entrada.

Otro cerró una caja de herramientas.

La camioneta se alejó.

Andrea siguió frente a la ventana.

El cielo comenzó a oscurecer.

La figura apareció.

No entró.

No se acercó desde un costado.

Un instante la ventana estaba vacía.

Al siguiente, estaba allí.

Andrea dio un paso atrás.

La figura levantó la cabeza.

Fue el primer movimiento que le vio hacer.

Después levantó una mano.

No saludó.

Apoyó la palma contra el vidrio.

Andrea sintió la necesidad absurda de mirar su propia ventana.

Su reflejo apenas se veía.

Estaba demasiado claro dentro del departamento.

Apagó la luz de la cocina.

El vidrio se volvió oscuro.

Y entonces vio que su propio reflejo también tenía la mano levantada.

Andrea no.

Se apartó de golpe.

La imagen desapareció.

Pasó la noche en casa de su hermano.

No le contó el motivo completo.

Dijo que estaban fumigando el edificio.

Él no le creyó, pero no insistió.

A la mañana siguiente Andrea regresó por ropa.

Los obreros habían retirado otra sección del Marconi.

Quedaba una sola ventana.

La última.

Estaba cerrada.

Vacía.

Andrea sintió que podía respirar.

Entró a su departamento.

Abrió el armario.

Metió ropa en una mochila.

Mientras buscaba unos documentos escuchó un golpe suave.

No en la puerta.

En el vidrio.

Uno.

Andrea dejó de moverse.

Segundo golpe.

Venía de la sala.

Su departamento estaba en el octavo piso.

No había balcón.

Tercer golpe.

Andrea no salió del dormitorio.

Sacó el teléfono.

Llamó a su hermano.

No contestó.

Otro golpe.

Más suave.

Como una uña.

Andrea se acercó al pasillo.

Desde allí podía ver una parte de la ventana de la sala.

Vacía.

Otro golpe.

La cortina se movió.

No por viento.

La ventana estaba cerrada.

Andrea retrocedió.

Entonces alguien habló desde la sala.

—Andrea.

Su propia voz.

No gritaba.

No suplicaba.

La llamó como uno se llama a sí mismo al intentar recordar algo.

Andrea cerró la puerta del dormitorio.

No respondió.

Pasaron varios minutos.

No volvió a escuchar nada.

Cuando finalmente salió, la sala estaba vacía.

No abrió la cortina.

Tomó la mochila y se fue.

Pasó el fin de semana fuera.

El lunes, desde la calle, vio que el Marconi ya no tenía ventanas.

La fachada superior había sido derribada.

Solo quedaban concreto partido y vigas.

Andrea volvió a su departamento.

Abrió las cortinas por primera vez en días.

Nada.

El cielo.

Las máquinas.

Los restos del edificio.

Ninguna persona mirando.

El alivio fue tan intenso que se sintió tonta.

Durante la semana siguiente durmió mejor.

La mujer del cuarto piso regresó.

Los obreros continuaron trabajando.

El Marconi fue reduciéndose hasta quedar convertido en montones de escombros.

Andrea dejó de pensar en ello.

Hasta el domingo.

Su hermano fue a almorzar.

Mientras ella cocinaba, él caminó por el departamento mirando alrededor.

—Te falta una cortina.

Andrea se volvió.

—¿Qué?

—En el pasillo.

—No hay ventanas en el pasillo.

Él señaló.

Andrea siguió su mano.

Al final del corredor había una ventana estrecha.

No estaba abierta.

No era nueva.

Eso fue lo peor.

La pintura alrededor del marco tenía las mismas manchas que el resto de la pared.

La madera estaba gastada.

El vidrio tenía una pequeña raya en una esquina.

Parecía haber estado allí durante años.

Andrea no podía recordar haberla visto jamás.

—¿Qué pasa? —preguntó su hermano.

Ella no respondió.

La ventana daba hacia un muro lateral.

No hacia el Marconi.

No debería haber luz suficiente.

Sin embargo, el vidrio estaba iluminado.

—Esa ventana no estaba ahí.

Su hermano se rio.

—Vives aquí desde hace tres años.

—Precisamente.

Él se acercó.

Andrea lo sujetó del brazo.

—No.

—¿Qué?

—No mires.

Su hermano la observó.

Algo en su cara debió convencerlo.

Regresó a la cocina.

Andrea cerró la puerta del pasillo.

El resto del almuerzo transcurrió sin mencionarlo.

Cuando su hermano se fue, Andrea colocó una silla contra aquella puerta.

No servía de nada.

Lo sabía.

Pero necesitaba hacer algo.

A medianoche se despertó.

La casa estaba en silencio.

Se levantó para beber agua.

Al pasar por la sala vio que la puerta del pasillo estaba abierta.

La silla seguía exactamente donde la había dejado.

No caída.

No movida.

La puerta simplemente estaba abierta detrás de ella.

Andrea se quedó inmóvil.

Al fondo, la ventana estrecha brillaba.

Había alguien mirando.

No desde afuera.

Desde el vidrio.

Un rostro pálido.

Muy cerca.

Andrea no distinguía quién era.

Solo sabía que la figura ya no parecía estar al otro lado de una calle.

Ni dentro de un edificio abandonado.

Estaba a unos seis metros.

La persona levantó una mano.

La apoyó contra el vidrio.

Andrea retrocedió.

La figura inclinó la cabeza.

Por primera vez, creyó reconocer algo.

El cabello.

La forma del rostro.

No era ella.

Pero se parecía.

Lo suficiente para sentir una familiaridad que no quería examinar.

Andrea apagó la luz.

La ventana desapareció en la oscuridad.

No escuchó golpes.

No oyó su nombre.

Permaneció así hasta el amanecer.

Cuando salió el sol, el pasillo terminaba en una pared.

No había ventana.

Ni marco.

Ni pintura diferente.

Nada.

Andrea llamó a su hermano.

—Necesito preguntarte algo.

—¿Qué pasó?

—La ventana del pasillo.

Silencio.

—¿Cuál ventana?

Andrea cerró los ojos.

—La que viste ayer.

—No recuerdo ninguna ventana.

No insistió.

Colgó.

Aquella tarde bajó al cuarto piso.

La mujer de las plantas abrió después de varios golpes.

Cuando vio a Andrea, perdió un poco el color.

—¿Puedo preguntarle algo?

La mujer quiso cerrar.

Andrea puso una mano sobre la puerta.

—Solo una cosa.

La mujer esperó.

—La noche que se fue a casa de su hija... ¿qué vio?

Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas.

—Una ventana.

Andrea sintió un frío profundo.

—¿Dónde?

—En mi dormitorio.

—¿Antes no estaba?

La mujer negó.

—¿Había alguien?

Otra vez negó.

Pero esta vez demasiado rápido.

—¿Quién era?

La mujer cerró los ojos.

—No sé.

Andrea esperó.

La mujer finalmente susurró:

—Mi esposo murió hace once años.

Andrea no necesitó preguntar más.

Retiró la mano.

La puerta se cerró.

Durante semanas no volvió a aparecer ninguna ventana extraña.

Andrea siguió viviendo allí.

No porque hubiera dejado de tener miedo.

Porque irse ya no parecía una solución.

La mujer del cuarto piso también se quedó.

Nunca volvieron a hablar del tema.

El terreno del Marconi quedó vacío.

Desde la cocina de Andrea ahora podía verse una franja de cielo que antes ocultaba el edificio.

A veces se sorprendía mirando ese espacio.

Esperando encontrar una ventana suspendida donde ya no había pared.

Nunca apareció.

Meses después comenzaron a construir un nuevo edificio.

Las obras avanzaron lentamente.

Primero columnas.

Luego pisos.

Después paredes.

Andrea procuró no prestar atención.

Una tarde regresó del trabajo y vio que habían instalado las primeras ventanas.

Cuatro en el segundo piso.

Todavía sin habitaciones terminadas detrás.

Solo vidrio colocado sobre una estructura de concreto.

Andrea miró la primera.

Vacía.

La segunda.

Vacía.

La tercera.

Vacía.

No quiso mirar la cuarta.

Entró a su departamento y cerró la cortina.

Aquella noche soñó con el Marconi intacto.

Todas sus ventanas estaban iluminadas.

Detrás de cada una había alguien.

Personas que no reconocía.

Personas que tal vez alguna vez habían tenido una casa, una familia, un nombre.

Todas miraban hacia el mismo lugar.

No hacia ella.

Hacia la última ventana.

Andrea despertó antes de descubrir quién estaba allí.

No intentó volver a dormir.

Por la mañana abrió la cortina.

El edificio nuevo seguía en construcción.

Las cuatro ventanas reflejaban el cielo.

No había nadie detrás.

Andrea se preparó para trabajar.

Antes de salir pasó por el espejo del recibidor.

Se detuvo.

No por su reflejo.

Por lo que aparecía detrás.

En el espejo podía verse la ventana de la cocina.

Luego la sala.

Luego otra abertura, muy al fondo.

Una ventana estrecha que no existía en ningún lugar del departamento.

Andrea mantuvo la vista al frente.

No se volvió.

En el reflejo, aquella era la última ventana visible de la casa.

Y estaba vacía.

Andrea tomó las llaves.

Abrió la puerta.

Salió sin comprobarlo.

Ya había aprendido que algunas cosas resultaban mucho más soportables mientras uno no sabía quién estaba a punto de asomarse.

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