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La puerta permanece abierta exactamente tres centímetros

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
La puerta permanece abierta exactamente tres centímetros

La puerta del cuarto de invitados nunca estaba cerrada cuando Inés despertaba.

No importaba cómo la hubiera dejado la noche anterior.

Siempre encontraba la misma línea oscura entre la madera y el marco.

Ni más ancha.

Ni más estrecha.

Al principio no le molestó.

El departamento era antiguo. Las puertas rozaban, las tuberías golpeaban durante la madrugada y una de las ventanas de la cocina había que levantarla ligeramente para poder cerrarla.

La casa tenía pequeñas maneras de demostrar su edad.

—Debe estar vencida —dijo Adrián.

Empujó la puerta.

El pestillo encajó.

La sacudió dos veces.

—Listo.

A la mañana siguiente estaba abierta.

Inés pasó frente a ella camino al baño y la cerró sin detenerse.

Aquella tarde volvió a encontrarla igual.

Abierta apenas lo suficiente para que el interior pareciera una franja negra.

—Tenemos un fantasma muy tímido —bromeó Adrián.

Inés le lanzó una almohada.

No volvieron a hablar del asunto hasta que vino el carpintero.

Habían llamado por un cajón de la cocina, pero Adrián aprovechó para enseñarle la puerta.

El hombre revisó las bisagras, el marco y la cerradura.

La cerró.

La abrió.

Volvió a cerrarla.

—No tiene nada.

—Se abre sola —dijo Inés.

—¿Hay corriente de aire?

—No.

El carpintero sacó una pequeña cinta métrica.

Abrió la puerta hasta la posición en la que ellos solían encontrarla.

—¿Así?

—Exactamente.

Midió el espacio.

—Tres centímetros.

Ajustó las bisagras de todas formas.

Después cambió la pieza metálica donde entraba el pestillo.

Antes de irse, cerró con fuerza.

—Ahora sí tendría que empujarla alguien.

Aquella noche permaneció cerrada.

Inés la comprobó antes de acostarse.

A la mañana siguiente había tres centímetros entre la puerta y el marco.

No llamó otra vez al carpintero.

Tampoco volvió a medir.

La cifra quedó simplemente instalada en su cabeza.

Tres centímetros.

Durante algunos días empezaron a dejarla abierta por completo.

Eso parecía resolverlo.

Si la puerta estaba apoyada contra la pared, permanecía así.

El problema aparecía únicamente cuando intentaban cerrarla.

Entonces, tarde o temprano, terminaba en aquella posición exacta.

Adrián dejó de prestarle atención.

Inés también.

Hasta que una noche vio luz dentro del cuarto.

Pasaba por el corredor cargando ropa limpia cuando distinguió una claridad amarillenta a través de la abertura.

Se detuvo.

La lámpara de aquella habitación estaba apagada.

Lo sabía porque casi nunca utilizaban el cuarto.

Aun así, una luz cálida cruzaba la pequeña rendija y dibujaba una línea sobre el piso del pasillo.

—Adrián.

Él respondió desde la sala.

—¿Qué?

—¿Entraste aquí?

—No.

Inés dejó la ropa sobre una silla.

Empujó la puerta.

La habitación estaba oscura.

Cama.

Armario.

Dos cajas todavía sin desempacar.

Las cortinas cerradas.

Nada más.

Encendió la lámpara.

Era blanca.

Mucho más fría que la luz que acababa de ver.

Miró hacia el pasillo.

Adrián apareció.

—¿Qué pasó?

—Había una luz.

—Quizá de la calle.

Inés señaló las cortinas.

Él las abrió.

Afuera solo estaba el muro lateral del edificio vecino.

—Entonces no sé.

Adrián revisó la lámpara.

No encontró nada.

Antes de salir dejó la puerta completamente abierta.

Inés no volvió a pensar en la luz durante varios días.

El jueves llegó su hermana Laura para cenar.

Estuvieron hablando hasta tarde.

Cuando Laura fue al baño tuvo que pasar frente al cuarto.

Se detuvo.

Inés estaba recogiendo vasos en la sala cuando la escuchó.

—¿Quién vino?

—Nadie.

—¿Y ese hombre?

Inés dejó un vaso sobre la mesa.

—¿Qué hombre?

Laura estaba mirando la rendija.

La puerta había vuelto a quedar casi cerrada.

—Hay alguien ahí.

Adrián apareció desde la cocina.

—¿Dónde?

Laura señaló.

—Sentado en la cama.

Inés sintió frío.

Desde donde estaba no veía nada.

Solo oscuridad.

Laura dio un paso hacia la puerta.

Inés llegó antes y la abrió.

La habitación estaba vacía.

—¿Dónde? —preguntó Adrián.

Laura no respondió.

Miró la cama.

Luego a Inés.

—No sé.

—¿Qué viste?

—Una persona.

—¿Cómo era?

Laura volvió a mirar la habitación.

—No sé.

Su seguridad había desaparecido.

—Estaba sentado ahí.

Señaló el borde de la cama.

—¿Un hombre?

Laura tardó.

—Creo.

—¿Lo viste bien?

—No.

Inés cerró la puerta.

El pestillo sonó.

Laura dio un paso atrás.

—No la cierres.

Los tres se quedaron en silencio.

—¿Por qué? —preguntó Adrián.

Laura parecía avergonzada.

—No sé.

Abrieron la puerta por completo.

Así quedó durante el resto de la noche.

Laura no quiso dormir allí.

Pidió un taxi y se fue.

Antes de entrar al ascensor le dijo algo a Inés.

—Cuando abriste la puerta, pensé que iba a estar en otro sitio.

—¿Qué quieres decir?

—No sé.

Las puertas del ascensor comenzaron a cerrarse.

Laura añadió:

—La habitación que vi por la rendija no tenía esas cortinas.

Inés no durmió bien.

A la mañana siguiente la puerta continuaba abierta por completo.

Sintió alivio.

No quería reconocer cuánto.

Dos noches después, Adrián fue quien la encontró casi cerrada.

Inés estaba en la cocina.

Lo escuchó llamarla.

No respondió de inmediato porque estaba lavando un plato.

—Inés.

Había algo distinto en su voz.

Se secó las manos.

Adrián estaba frente a la puerta.

No la tocaba.

—¿Qué pasa?

Él señaló la abertura.

—Escucha.

Inés se acercó.

Al principio oyó únicamente el ruido del refrigerador desde la cocina.

Después algo dentro del cuarto.

Una cuchara chocando contra una taza.

Una silla moviéndose.

Agua corriendo.

Sonidos domésticos.

Normales.

Pero aquella habitación no tenía fregadero.

Ni mesa.

Ni sillas.

Adrián la miró.

La cuchara volvió a sonar.

Luego una mujer dijo algo.

Demasiado bajo para entenderlo.

Un hombre respondió.

Inés sintió que Adrián le tomaba la mano.

Ella no apartó la vista de la rendija.

Del otro lado no veía el cuarto de invitados.

Veía una pared color verde.

Solo una franja.

Tres centímetros de otra habitación.

Sobre aquella pared colgaba la mitad de un cuadro que ellos no tenían.

Una persona pasó frente a la abertura.

Inés retrocedió.

Adrián empujó la puerta.

El cuarto de invitados apareció.

Vacío.

Oscuro.

Cortinas beige.

Cajas.

Silencio.

Adrián dejó la puerta completamente abierta.

—Nos vamos a dormir.

Inés lo miró.

—¿Eso es todo?

—No sé qué más hacer.

No intentaron grabarlo.

No volvieron a llamar a nadie.

No colocaron cámaras.

Inés no quería descubrir una regla.

Quería que dejara de pasar.

Durante los días siguientes evitaron cerrar aquella puerta.

Pero vivir pendiente de una puerta resultó más difícil de lo que parecía.

La empujaban accidentalmente al pasar.

El aire la movía.

Una mochila quedaba apoyada contra ella.

Cada vez que terminaba cerca del marco, horas después aparecían los mismos tres centímetros.

Y algunas veces había algo al otro lado.

Una noche fue música.

Muy suave.

Una melodía antigua que ninguno reconoció.

Otra tarde Inés vio pasar por la rendija a una mujer con un vestido azul.

Solo alcanzó a ver parte del brazo y la cadera.

Abrió.

Nada.

Después comenzaron a aparecer detalles familiares.

Eso fue peor.

Una lámpara que se parecía a la que tenían en la sala.

El borde de su propia alfombra.

Una bolsa del supermercado que Adrián había dejado aquella mañana sobre la mesa.

Cosas suyas.

Pero colocadas en una habitación que no era la suya.

Inés dejó de mirar.

Si encontraba la puerta entreabierta, la abría inmediatamente sin acercar el rostro.

Adrián empezó a hacer lo mismo.

Ninguno lo había propuesto.

Una madrugada Inés despertó porque alguien estaba hablando.

Pensó que Adrián tenía el televisor encendido.

Extendió la mano.

Él dormía a su lado.

La voz volvió.

Venía del corredor.

Inés se incorporó.

La puerta del dormitorio estaba abierta.

Al fondo podía ver el cuarto de invitados.

Tres centímetros.

Alguien hablaba dentro.

Era Adrián.

—No creo que ella pueda vernos.

Inés miró al hombre dormido junto a ella.

La voz volvió a salir del cuarto.

—No te acerques tanto.

Después respondió una mujer.

Inés no entendió la frase.

Pero reconoció la voz.

Era la suya.

Despertó a Adrián.

Él abrió los ojos confundido.

Inés le puso un dedo sobre los labios.

Escucharon.

Del cuarto llegó el sonido de alguien caminando.

Luego la voz de Inés, otra vez.

—Está abierta.

Adrián se sentó.

Ninguno se movió.

—¿Qué está abierta? —susurró él.

Inés negó.

No quería hablar.

Del otro lado del pasillo, la rendija seguía negra.

Algo apareció dentro.

No pudieron distinguir qué era.

Solo que parte de aquella oscuridad acababa de quedar cubierta.

Como si alguien se hubiera colocado frente a los tres centímetros.

Inés sintió a Adrián agarrarle la muñeca.

No respiraban con normalidad.

Pasaron varios segundos.

Entonces apareció un ojo.

Humano.

Nada extraño en él.

Pestañas.

Iris oscuro.

Piel.

Estaba pegado a la abertura.

Mirándolos.

Inés sintió que se le cerraba el estómago.

El ojo también pareció reaccionar.

Se abrió más.

Como si la persona del otro lado acabara de ver algo que tampoco esperaba encontrar.

Desapareció.

Inés oyó una respiración ahogada.

Luego su propia voz, desde dentro del cuarto:

—Adrián.

El hombre sentado junto a ella no respondió.

—Adrián.

Esta vez sonó más cerca.

—No.

Inés apenas pudo pronunciarlo.

La puerta comenzó a moverse.

Muy despacio.

No hacia afuera.

Hacia el marco.

Como si alguien desde dentro intentara cerrarla.

Dos centímetros.

Uno.

El pestillo estaba a punto de entrar.

La puerta se detuvo.

Después retrocedió.

Tres centímetros.

Exactos.

Del cuarto llegó un golpe seco.

Otro.

La persona del otro lado estaba empujando.

La puerta no se movió.

—Nos vamos —dijo Adrián.

Se vistieron sin encender más luces.

No recogieron nada salvo teléfonos y llaves.

Para llegar a la entrada tenían que pasar frente al cuarto.

Inés caminó primero.

No miró la rendija.

Cuando estaba a su altura escuchó una voz.

Muy baja.

—No la abras.

Inés continuó.

Adrián también.

Salieron.

Pasaron la noche en casa de Laura.

No regresaron solos.

Al día siguiente fueron con el propietario y dos personas de una empresa de mudanzas.

A plena luz, la historia parecía absurda.

El propietario abrió todas las ventanas.

El cuarto estaba normal.

La puerta también.

—Si quieren, la saco —dijo.

Inés negó.

—Solo quiero nuestras cosas.

Empacaron durante horas.

Nadie escuchó voces.

Nadie vio luces.

La puerta permaneció completamente abierta.

Inés comenzó a sentirse avergonzada.

Quizá aquella noche había sido el punto final de algo que nunca comprenderían.

Cuando solo quedaban unas cajas en la sala, Adrián bajó con los trabajadores.

Inés se quedó arriba recogiendo los últimos documentos.

Pasó frente al cuarto.

La puerta estaba entreabierta.

Se detuvo.

No quería mirar.

Lo hizo.

Al otro lado había una sala.

Su sala.

No la vacía que tenía detrás.

La de hacía unas semanas.

Sofá.

Mesa.

Lámpara.

Las fotografías todavía sobre el mueble.

La televisión apagada.

Durante unos segundos Inés no comprendió lo que estaba viendo.

Entonces una mujer cruzó aquella estrecha franja.

Se detuvo.

Retrocedió.

Inés vio un ojo acercarse desde el otro lado.

Era el suyo.

La otra Inés también la vio.

Ambas retrocedieron al mismo tiempo.

La mujer del otro lado dijo algo.

Esta vez Inés pudo escucharlo.

—Adrián.

Una voz masculina respondió desde aquella casa.

—¿Qué pasa?

—Hay alguien.

Inés sintió un vacío en el pecho.

No esperó más.

Abrió la puerta de golpe.

Habitación vacía.

Cajas.

Cama sin sábanas.

La otra casa desapareció.

Cerró los ojos.

Después dejó la puerta completamente abierta.

Tomó sus documentos y salió.

Nunca volvió.

Meses después, Inés y Adrián vivían en otro departamento.

Era más pequeño.

Más moderno.

Todas las puertas cerraban perfectamente.

No hablaban mucho de lo ocurrido.

Laura tampoco preguntaba.

Una noche Inés se despertó para beber agua.

Al regresar al dormitorio encontró a Adrián dormido.

La puerta estaba completamente abierta.

Inés se quedó mirándola.

Recordó que ella la había dejado así.

Desde que se mudaron, ninguno de los dos cerraba por completo las puertas interiores.

Baño.

Dormitorio.

Estudio.

Todas permanecían abiertas.

Nunca habían hablado de ello.

Inés volvió a la cama.

Antes de apagar la lámpara miró hacia el corredor.

No había rendijas.

No había nadie observando.

Solo habitaciones abiertas unas hacia otras.

Aquella noche entendió por qué eso le resultaba tranquilizador.

Una puerta abierta permite ver lo que hay detrás.

Una puerta cerrada también.

Lo único que ya no soportaba eran esos pocos centímetros donde podía caber una vida entera sin que nadie supiera de qué lado estaba.

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