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La mujer que llama desde mi antiguo número

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
La mujer que llama desde mi antiguo número

Andrés Molina cambió de número porque perdió el teléfono en el metro.

No había nada misterioso en eso.

El aparato desapareció un viernes por la noche. Bloqueó la tarjeta, cambió contraseñas y compró otro teléfono el lunes.

Su compañía le ofreció recuperar el mismo número, pero Andrés prefirió cambiarlo.

Tres días después recibió una llamada.

La pantalla mostró:

ANDRÉS — NÚMERO ANTERIOR.

Pensó que era un error.

Contestó.

—¿Hola?

Una mujer respondió.

—¿Andrés Molina?

—Sí.

La mujer guardó silencio.

—¿Quién habla?

—Me llamo Valeria.

—¿De dónde sacó este número?

—De tu teléfono.

Andrés se incorporó.

—¿Encontró mi celular?

—Creo que sí.

—¿Dónde?

—En mi cocina.

—¿Cómo llegó ahí?

La mujer respiró lentamente.

—Ese es el problema. Este teléfono nunca fue tuyo.

Andrés estuvo a punto de colgar.

—Tiene mi número antiguo.

—Y fotografías tuyas.

—Entonces es mío.

—También tiene fotografías conmigo.

Andrés no respondió.

—No conozco a ninguna Valeria.

Ella comenzó a llorar.

—Ya lo sé.

La llamada se cortó.

Andrés intentó devolverla.

Una grabación informó que el número no estaba disponible.

A la madrugada siguiente volvió a sonar.

1:17.

El mismo número.

Andrés contestó.

—Valeria.

—No sabía si volvería a funcionar.

—Quiero una explicación.

—Primero dime qué fecha es.

Andrés se la dijo.

La mujer permaneció en silencio.

—Aquí es jueves.

—Aquí todavía es miércoles.

—Entonces sigue igual.

—¿Qué sigue igual?

—Estamos separados por un día.

Andrés sintió que estaba perdiendo el tiempo.

—Voy a colgar.

—Mañana a las ocho cuarenta vas a desayunar en el Café Roma.

Andrés frunció el ceño.

—No voy allí desde hace meses.

—Pedirás café sin azúcar y una tostada. Después irás a la Clínica San Marcos a la una y quince.

—No tengo ninguna cita.

—Y a las seis veinte estarás en el puente de Aranda.

—¿Cómo sabe eso?

—Porque mi Andrés hizo exactamente lo mismo ayer.

La llamada se cortó a la 1:21.

Habían pasado cuatro minutos.

A la mañana siguiente Andrés evitó el Café Roma.

O lo intentó.

Una avería cerró la cafetería donde acostumbraba desayunar. La reunión de trabajo comenzaba en veinte minutos y el único local cercano era Roma.

Entró.

Pidió café sin azúcar.

Cuando la camarera preguntó si quería algo más, estuvo a punto de decir que no.

Después vio una tostada en la mesa vecina.

La pidió.

A las 12:47 su hermana llamó.

—Andrés, estoy en San Marcos con mamá.

—¿Qué ocurrió?

—Se mareó en el mercado. Está bien, pero ven.

Andrés llegó a la clínica a la 1:15.

A las seis de la tarde volvió a casa.

La avenida principal estaba cerrada por obras.

El taxi tomó un desvío.

A las 6:20 cruzó el puente de Aranda.

Andrés miró la hora.

Esa noche esperó despierto.

A la 1:17 sonó el teléfono.

—¿Quién es usted?

—Valeria Montes.

—¿Quién es el otro Andrés?

Silencio.

—Mi esposo.

Andrés se levantó.

—Yo no estoy casado.

—Él sí.

—¿Con usted?

—Desde hace cuatro años.

—Nunca la he visto.

—Nos conocimos en Arequipa.

Andrés sintió un escalofrío.

Seis años atrás había recibido una oferta de trabajo en Arequipa.

La rechazó.

—Yo nunca fui.

—Él sí.

Andrés entendió la primera diferencia.

—¿Qué pasó después?

—Regresamos a Lima hace dos años.

—¿Por qué estamos haciendo cosas parecidas ahora?

—No lo sé. Él también decía eso. Aunque nuestras vidas fueran distintas, ciertos días coincidían.

—¿Él sabía de mí?

—Desde hace tres semanas.

Andrés miró su antiguo número en la pantalla.

—¿Cómo?

—Empezó a recibir llamadas.

—¿De quién?

—De ti.

Andrés negó.

—Nunca llamé a mi antiguo número.

—Eso decía él.

La comunicación se llenó de estática.

—Valeria, ¿dónde está su esposo?

Ella tardó en responder.

—Desapareció ayer.

La llamada terminó.

Andrés no durmió.

Al día siguiente buscó a Valeria Montes.

Encontró varias personas con ese nombre, pero ninguna fotografía coincidía con la voz que obviamente no podía reconocer.

Buscó registros laborales.

Nada.

Después buscó una empresa que Valeria había mencionado durante la llamada.

No existía.

A la 1:17 volvió a sonar.

—Necesito pruebas.

—Pregunta.

—¿Qué sabe de mí?

—Tienes una cicatriz debajo de la rodilla derecha.

Andrés la miró.

—Eso podría estar en una foto.

—Te la hiciste a los nueve años intentando saltar desde el techo del cobertizo de tu tío Raúl.

Andrés dejó de respirar.

Nunca había publicado aquello.

—Continúe.

—Tu padre te llamaba Nano cuando estaba de buen humor.

—¿Cómo sabe eso?

—Porque me lo contaste.

—Yo no.

—Mi Andrés.

Valeria comenzó a llorar.

—Entiéndelo. No eres exactamente él. Pero tampoco eres un desconocido.

Andrés se sentó.

—Cuénteme cómo desapareció.

—Su teléfono comenzó a recibir llamadas desde un número que él había tenido antes de mudarse a Arequipa.

—¿Mi número?

—El número que tú acabas de perder.

Andrés comprendió.

En ambas vidas había conservado la misma línea telefónica durante años.

En su realidad la había perdido hacía tres semanas.

En la otra, Andrés todavía la usaba.

—¿Qué escuchaba?

—Tu voz.

—Pero yo nunca llamé.

—Tal vez todavía no lo has hecho.

—No pienso hacerlo.

—Él dijo lo mismo.

La frase dejó a Andrés inquieto.

Valeria continuó.

—Las llamadas siempre llegaban a la 1:17 y duraban cuatro minutos. Al principio tu voz hablaba de cosas que él haría al día siguiente.

—Como usted conmigo.

—Sí.

—¿Por qué hay un día de diferencia?

—Nunca lo descubrimos.

—¿Y qué pasó ayer?

—Su teléfono mostró una ubicación.

—¿Cuál?

—Pasaje Arce 17.

Andrés conocía el lugar.

Era una antigua central telefónica abandonada.

—Fue hasta allí.

—Intenté detenerlo.

—¿Por qué fue?

—Porque encontró otro teléfono.

Andrés guardó silencio.

—Era idéntico al suyo. Mismo modelo. Misma funda. Mismo número.

—Eso es imposible.

—Lo sé.

La estática aumentó.

—Valeria.

—Escúchame. Si tu teléfono perdido aparece en ese lugar, no vayas.

—¿Qué ocurrió cuando él encontró el otro?

—Sonó.

—¿Quién llamaba?

—Él mismo.

La conexión terminó.

Aquella tarde Andrés revisó la cuenta asociada a su antiguo teléfono.

El dispositivo llevaba tres semanas desconectado.

A las 22:06 apareció en línea.

Ubicación encontrada.

PASAJE ARCE 17.

Andrés sintió que se le secaba la boca.

No fue.

Apagó la computadora.

Desactivó las notificaciones.

Se encerró en casa.

A las 23:40 alguien llamó a la puerta.

Era su hermana, Laura.

—¿Qué haces aquí?

—Tú me escribiste.

—No.

Laura le mostró el teléfono.

El mensaje provenía de su antiguo número.

«Necesito ayuda. Pasaje Arce 17. Ven sola».

Andrés sintió frío.

—No vayas.

—Obviamente no fui. Por eso vine a buscarte.

El teléfono de Laura vibró.

Otro mensaje.

«Ya está aquí».

Andrés miró por la ventana.

Abajo, frente al edificio, había un hombre.

Llevaba la misma chaqueta que él.

Laura se acercó al cristal.

—¿Quién es?

El hombre levantó la cabeza.

Andrés vio su propio rostro.

Luego las luces de un automóvil pasaron frente al edificio.

La figura desapareció.

Laura retrocedió.

—¿Era tú?

—No.

A la 1:17 Valeria llamó.

Andrés contestó inmediatamente.

—Lo vi.

—Entonces las realidades están acercándose.

—Explíqueme qué significa.

—Antes de desaparecer, Andrés dejó notas.

Se oyó pasar papel.

—Escribió que cada llamada hacía coincidir cosas pequeñas. Lugares. Horas. Decisiones.

—¿Las llamadas provocan eso?

—No estaba seguro. Pensaba que ocurría al revés. Cuanto más parecidas se volvían las dos vidas, mejor funcionaba la comunicación.

—¿Y el segundo teléfono?

—Era el punto donde coincidían por completo.

Andrés comprendió.

—El mismo objeto en el mismo lugar.

—En dos realidades.

—¿Qué hizo él?

—Contestó.

—¿Desde cuál teléfono?

—Desde el que encontró.

Valeria respiró con dificultad.

—Mientras sostenía su teléfono habitual en la otra mano.

—Dos teléfonos con el mismo número.

—Cuando respondió, ambos comenzaron a sonar.

—¿Y después?

—Las luces se apagaron.

—¿Qué vio?

—Dos Andrés.

Ella comenzó a llorar.

—Durante unos segundos había dos. Después solo quedó uno.

—¿Su esposo?

—No lo sé.

Andrés sintió miedo de preguntar.

—¿Qué hizo?

—Me miró como si no me conociera.

—¿Qué pasó después?

—Salió corriendo.

—¿Y desapareció?

—Sí.

La llamada se cortó.

Andrés revisó las notas que había hecho.

Por primera vez comprendió algo importante.

Las realidades no se estaban reemplazando.

Se estaban confundiendo.

El viejo número era un vínculo porque había pertenecido a ambos Andrés durante años.

Al desaparecer de una vida y continuar activo en la otra, quedó incompleto.

Una dirección sin el mismo dueño en ambos lados.

A la mañana siguiente recibió otra ubicación.

Pasaje Arce 17.

La ignoró.

Después recibió una fotografía.

No debería haber sido posible. Hasta entonces, ningún mensaje había cruzado directamente entre Valeria y él.

La imagen mostraba el interior de la central.

Había un teléfono sobre una mesa.

Era el suyo.

Debajo apareció un texto:

«Si no vienes, irá a buscarte».

Andrés comprendió que el mensaje no era de Valeria.

Bloqueó el número.

El teléfono sonó igualmente.

1:17.

Contestó.

—Valeria.

La voz que respondió era masculina.

Su propia voz.

—No vengas.

Andrés no pudo hablar.

—¿Quién eres?

—No lo sé.

—¿Eres el otro Andrés?

—Creo que sí.

La respiración sonaba desesperada.

—Cuando contesté el segundo teléfono vi tu apartamento. Vi tu vida. Durante unos segundos recordé las dos.

—¿Dónde estás?

—Entre ambas.

—¿Qué significa eso?

—No hay un lugar.

La voz se distorsionó.

—Escucha. Valeria cree que desaparecí. No puede verme, pero yo todavía la escucho.

—¿Cómo salgo de esto?

—No contestes desde el teléfono perdido.

—No pienso hacerlo.

—Eso dije yo.

Andrés recordó la frase de Valeria.

—¿Por qué cambiaste de opinión?

—Porque escuché a mi padre.

Andrés cerró los ojos.

Su padre llevaba ocho años muerto.

—No era él.

—Lo sé ahora.

La llamada comenzaba a fallar.

—El teléfono utiliza aquello que ambas vidas comparten. Personas. Recuerdos. Voces.

—¿Qué tengo que hacer?

—Romper la coincidencia.

—¿Cómo?

—Haz algo que yo nunca hice.

La comunicación terminó.

Andrés pensó durante horas.

No bastaba con evitar Pasaje Arce.

La otra vida había comenzado a repetir la suya y la suya la otra.

Necesitaba una decisión que no existiera en ninguna de las dos.

Llamó a su hermana.

—Laura, necesito irme.

—¿Adónde?

—No lo sé.

—Eso no tiene sentido.

—Precisamente.

Compró el primer boleto disponible en una estación de autobuses sin mirar el destino.

Solo después de subir descubrió que iba hacia Huancayo.

Apagó el teléfono.

No utilizó tarjetas.

No revisó mapas.

Durante nueve horas hizo cosas que no había planeado.

Comió en un restaurante elegido al azar.

Caminó por calles desconocidas.

Compró un libro sin leer la portada.

A la 1:17 de la madrugada siguiente encendió el teléfono.

No sonó.

Esperó.

1:18.

1:19.

1:21.

Nada.

Por primera vez en semanas sintió alivio.

Regresó a Lima dos días después.

La ubicación de su antiguo teléfono había desaparecido.

Pasaje Arce 17 estaba cerrado.

Andrés pidió ayuda a un amigo que trabajaba para la municipalidad.

Entraron durante el día.

No había teléfonos.

Solo cables cortados y equipos cubiertos de polvo.

En una pared encontró una frase escrita con marcador:

NO CONTESTES DOS VECES LA MISMA VIDA.

No sabía quién la había escrito.

Nunca volvió a recibir una llamada de Valeria.

Durante meses buscó su nombre.

No apareció.

Tampoco encontró pruebas de una empresa donde ella decía trabajar.

Aceptó que probablemente solo existía en la otra realidad.

Un año después ocurrió algo.

Andrés estaba comprando un regalo en una librería cuando una mujer pasó a su lado.

Se detuvo.

Él también.

Nunca había visto su rostro.

Pero supo quién era.

—Valeria.

La mujer lo miró sorprendida.

—¿Nos conocemos?

Andrés sintió que el corazón se aceleraba.

—No.

Ella sonrió con educación.

—Entonces me confundió con alguien.

—Sí.

Valeria continuó caminando.

En aquella realidad era una desconocida.

Tal vez siempre lo había sido.

Andrés no la siguió.

Comprendió que romper la coincidencia no había borrado las posibilidades.

Solo había vuelto a separarlas.

Esa noche, mientras cargaba el teléfono, recibió una notificación.

NÚMERO DISPONIBLE PARA RECUPERAR.

Su compañía le ofrecía nuevamente su antigua línea.

Andrés rechazó la opción.

Un minuto después apareció otra notificación.

SOLICITUD CANCELADA.

Luego una tercera.

LLAMADA PERDIDA.

El número era el antiguo.

La hora:

1:17.

Andrés no llamó.

Tampoco escuchó el mensaje de voz que apareció después.

Lo borró sin reproducirlo.

Porque ahora sabe que algunas llamadas no vienen del futuro.

Tampoco vienen de los muertos.

A veces provienen de una vida que pudo haber sido tuya.

Una vida donde aceptaste aquel trabajo.

Tomaste aquel tren.

Entraste por aquella puerta.

Conociste a otra persona.

Y quizá, en alguna parte, exista alguien con tu rostro preguntándose exactamente lo mismo.

Qué habría ocurrido si hubiera elegido como tú.

Por eso, si cambias de teléfono y una madrugada recibes una llamada desde tu antiguo número, piensa antes de contestar.

Sobre todo si la persona al otro lado parece conocerte mejor que tú mismo.

Porque puede que nadie haya robado tu teléfono.

Puede que todavía lo tengas.

Solo que en una vida donde tomaste otra decisión.

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