Imagen

La casa donde todas las habitaciones tienen tu voz

Lectura ~0 min
HISTOR(IA)S INQUIETANTES
La casa donde todas las habitaciones tienen tu voz

La casa repetía sonidos.

Eso fue lo primero que Sara y Esteban notaron.

Si cerraban una puerta en la cocina, veinte segundos después se escuchaba otra puerta cerrarse en el pasillo.

Si Esteban tosía en el dormitorio, el salón repetía la tos.

No era eco.

Las habitaciones estaban separadas por muros gruesos.

Además, nunca ocurría al instante.

Siempre había retraso.

Al principio les pareció divertido.

—Hola —dijo Sara desde la cocina.

Veintidós segundos después su voz respondió desde arriba.

—Hola.

Esteban rio.

—La casa está saludando.

Dos días después dejó de hacer gracia.

Sara estaba preparando café cuando escuchó su propia voz en el comedor.

—No quiero que abras esa puerta.

Sara se quedó inmóvil.

Nunca había dicho aquello.

Esteban entró.

—¿Qué pasa?

—Acabo de escucharme.

—Eso ya lo sabemos.

—Dije algo que nunca he dicho.

Esteban sonrió.

—Quizá hablaste y no te diste cuenta.

Sara negó.

La casa tenía una habitación cerrada al final del segundo piso.

El propietario había dicho que era un antiguo cuarto de almacenaje.

La llave no estaba incluida.

—¿Qué puerta? —preguntó Esteban.

Sara miró hacia el techo.

—No sé.

Esa noche escucharon otra frase.

La voz de Esteban salió del baño vacío.

—Todavía no.

Él estaba acostado junto a Sara.

—Yo tampoco dije eso.

Durante los siguientes días anotaron todo.

Las repeticiones normales continuaban.

Pero entre ellas aparecían frases nuevas.

Siempre con sus voces.

—Déjalo ahí.

—No enciendas la luz.

—¿Escuchaste eso?

—No abras.

—Sara, ven.

Algunas terminaban ocurriendo.

Sara escuchó:

—Cuidado con el vaso.

Una hora después Esteban golpeó un vaso con el codo.

Sara alcanzó a sujetarlo.

—Cuidado con el vaso —dijo sin pensar.

Ambos se miraron.

La casa había reproducido la frase antes de que ocurriera.

Esteban hizo una prueba.

—Mañana voy a decir “elefante verde” a las doce.

La casa guardó silencio.

Al día siguiente, a las once cincuenta y nueve, desde el dormitorio llegó su voz.

—Elefante verde.

Esteban miró el reloj.

A las doce en punto dijo:

—Elefante verde.

Sara negó.

—No deberías haberlo hecho.

—Solo quería comprobarlo.

—¿Y qué comprobaste?

Esteban no respondió.

Aquella noche escucharon una discusión desde la sala.

Sus propias voces.

—¡Te dije que no entraras!

—¡No había nadie!

—¡Cierra!

—¡Sara, corre!

Después un golpe.

Silencio.

Esteban bajó.

No había nadie.

—Eso no va a ocurrir.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque ya lo escuchamos.

Sara lo miró.

—Eso no lo impidió con el vaso.

A partir de entonces dejaron de repetir voluntariamente las frases.

Cuando una voz decía algo, evitaban usar esas palabras.

Funcionó dos días.

La tercera noche Sara escuchó desde la cocina:

—Me duele la cabeza.

Se negó a decirlo.

Horas después comenzó a sentir presión detrás de los ojos.

Esteban preguntó:

—¿Estás bien?

Sara respondió:

—Estoy cansada.

No dijo la frase.

El dolor aumentó.

A medianoche ya era insoportable.

Finalmente murmuró:

—Me duele la cabeza.

En ese instante desapareció.

Sara se quedó pálida.

—No predice lo que decimos.

Esteban la miró.

—¿Qué hace?

—Espera a que lo digamos.

La casa no estaba mostrando un futuro.

Parecía empujar las circunstancias hasta producir las frases que ya había pronunciado.

Decidieron marcharse.

Mientras preparaban las maletas escucharon desde el cuarto cerrado:

—No os vayáis.

Era la voz de Sara.

Luego la de Esteban.

—Todavía no hemos terminado.

Bajaron las escaleras.

La puerta principal no abrió.

Esteban tiró.

—Está atascada.

Desde el dormitorio su voz repitió:

—Está atascada.

Sara lo miró.

—No digas nada.

Intentaron una ventana.

Sellada.

Otra.

Igual.

La casa permanecía completamente quieta.

De alguna habitación llegó la voz de Sara.

—La llave.

Sara recordó el manojo del propietario.

Había una llave pequeña que nunca habían usado.

Esteban la miró.

—No.

—Puede abrir la puerta cerrada.

—Eso es lo que quiere.

—O la salida.

Desde arriba sonó otra frase.

La voz de Esteban.

—No había nadie.

Era parte de la discusión que habían escuchado días atrás.

Sara sintió que el estómago se contraía.

La escena estaba acercándose.

Subieron.

No porque quisieran.

Porque todas las demás salidas seguían cerradas.

El cuarto estaba al final del pasillo.

La llave encajó.

Sara sostuvo el brazo de Esteban.

—Si abrimos y vemos algo, no entres.

—No pienso entrar.

Él giró.

La puerta se abrió.

El cuarto estaba vacío.

No había muebles.

No había ventanas.

Solo paredes blancas.

—No había nadie —dijo Esteban.

Sara lo miró con horror.

—Te dije que no entraras.

Él todavía estaba fuera.

—No he entrado.

Entonces escucharon un golpe dentro.

La puerta comenzó a cerrarse.

—¡Cierra! —gritó Sara.

Esteban tiró.

Desde el interior llegó la voz de Sara.

—¡Sara, corre!

Las mismas frases.

El mismo orden.

La discusión que habían escuchado ya estaba ocurriendo.

Sara retrocedió.

—No.

Esteban cerró la puerta antes del último golpe.

Silencio.

La escena no se completó.

Esperaron.

Nada.

—La cambiamos —susurró Esteban.

Sara se llevó un dedo a los labios.

No quería regalar otra frase.

Bajaron.

La puerta principal se abrió.

Salieron sin equipaje.

Durmieron en un hotel.

A la mañana siguiente contrataron a un cerrajero para recuperar sus cosas.

Entraron con él a plena luz del día.

La casa parecía normal.

El cuarto del segundo piso estaba cerrado.

El cerrajero miró la llave.

—No entiendo.

—¿Qué?

—Esto no es una cerradura.

Sacó el cilindro.

Detrás había madera maciza.

No existía hueco para una habitación.

Esteban golpeó la pared.

Sonó sólida.

—Estuvimos ahí.

El hombre lo miró.

—Aquí no cabe nada. Del otro lado está el exterior.

Salieron al jardín.

La pared era continua.

Sara sintió náuseas.

En el dormitorio encontraron una grabadora que Esteban había dejado funcionando varias noches.

Escucharon los archivos en el hotel.

Puertas.

Tos.

Sus voces.

Luego frases que aún no habían ocurrido.

La mayoría ya las reconocían.

Hasta llegar al último archivo.

Grabado la noche en que huyeron.

A las 3:08 se escuchó la discusión.

Después la puerta.

El golpe.

La frase:

—¡Sara, corre!

Silencio.

Pero la grabación continuaba.

A las 3:09 apareció una voz que ellos nunca habían escuchado.

Era Sara.

—Ya se fueron.

Después Esteban:

—¿Cuánto tardarán en volver?

Sara:

—No importa.

Esteban:

—Ya sabemos suficiente.

La grabación terminó.

Sara apagó el aparato.

—Eso no lo dijimos.

—No.

—¿Entonces quién?

Esteban miró hacia la puerta del hotel.

Ninguno quiso responder.

No regresaron a la casa.

El propietario aceptó cancelar el contrato sin discutir.

Demasiado rápido.

Sara preguntó:

—¿Sabía lo que pasaba?

El hombre negó.

—La casa es vieja.

—Eso no responde.

—No tengo otra respuesta.

—¿Quién vivió allí antes?

—Una pareja.

—¿Qué pasó?

—Se fueron.

—¿Por qué?

El propietario evitó mirarla.

—Escuchaban voces.

Sara sintió frío.

—¿Dónde están ahora?

—No lo sé.

—¿Cómo se llamaban?

El hombre abrió una carpeta.

Los nombres estaban borrados por humedad.

Solo quedaban iniciales.

S. y E.

Sara miró a Esteban.

—¿Qué apellidos?

El propietario no pudo leerlos.

Ellos abandonaron la ciudad durante varias semanas.

Las voces no aparecieron.

Regresaron.

Alquilaron un apartamento moderno.

Paredes delgadas.

Vecinos ruidosos.

Nada extraño.

Pasaron seis meses.

Sara comenzó a creer que la casa había quedado atrás.

Una tarde discutió con Esteban por algo insignificante.

Él dejó una taza sobre la mesa.

Sara dijo:

—No la dejes ahí.

Desde el dormitorio vacío llegó su propia voz.

—No la dejes ahí.

Ambos se quedaron inmóviles.

Esta vez el retraso había sido de apenas dos segundos.

Esteban entró al dormitorio.

No había nadie.

—No puede ser.

La frase volvió desde la cocina.

—No puede ser.

Un segundo.

Sara comprendió.

—Está más rápido.

Desde el baño:

—Está más rápido.

Medio segundo.

Se miraron.

No hablaron.

Durante varios minutos la casa permaneció muda.

Entonces la voz de Sara llegó desde el pasillo.

—Esteban.

Ella no había abierto la boca.

Él no respondió.

—Esteban.

La voz estaba más cerca.

Luego su propia voz.

—Sara.

El apartamento entero quedó en silencio.

A la mañana siguiente se marcharon.

No volvieron a alquilar juntos.

No porque dejaran de quererse.

Porque descubrieron que las voces nunca aparecían cuando dormían en lugares distintos.

Separados, estaban a salvo.

Juntos, tarde o temprano, comenzaban las repeticiones.

Mantuvieron la relación durante meses viviendo cada uno en una casa.

Se veían en restaurantes.

Parques.

Hoteles distintos.

Nunca permanecían una noche completa bajo el mismo techo.

Un año después decidieron terminar.

No hubo discusión.

Simplemente estaban cansados.

Sara se mudó al norte.

Esteban permaneció en la ciudad.

No volvieron a hablar.

Tres años después, Sara recibió una llamada.

Era una agente inmobiliaria.

—Disculpe. ¿Usted es Sara Méndez?

—Sí.

—Encontramos su número en una casa que estamos preparando para vender.

Sara sintió frío.

—¿Qué casa?

La dirección era la antigua vivienda.

—¿Dónde estaba mi número?

—Escrito detrás de una pared del segundo piso.

Sara cerró los ojos.

—¿Hay una habitación allí?

—Sí.

—¿Una habitación cerrada?

La mujer pareció confundida.

—No. Es un dormitorio normal.

—No entre.

Silencio.

—Perdone.

—Salga de la casa.

—Señora, llevo aquí toda la mañana.

Desde el teléfono llegó una voz lejana.

La voz de Esteban.

—Sara.

Ella apretó el móvil.

—¿Quién está con usted?

—Nadie.

Otra vez.

—Sara.

La agente bajó la voz.

—Eso ha venido de arriba.

—Salga.

Pasos.

Una puerta.

Luego la mujer gritó.

—Hay alguien en el dormitorio.

Sara se levantó.

—No hable con él.

—Es un hombre.

—Salga.

La agente respiraba rápido.

—Dice que la conoce.

Sara cerró los ojos.

—¿Qué aspecto tiene?

Silencio.

La respuesta llegó muy baja.

—Como en la fotografía.

—¿Qué fotografía?

—La que está en la pared.

La llamada se cortó.

Sara intentó comunicarse de nuevo.

Nada.

Llamó a la policía.

Cuando llegaron, la casa estaba vacía.

La agente esperaba afuera.

Aseguraba que nunca había entrado al segundo piso.

No recordaba haber llamado a Sara.

La fotografía seguía en la pared.

Mostraba a una pareja frente a la casa.

Sara.

Esteban.

No recordaban haberla tomado.

Detrás de ellos se veía una ventana en el segundo piso.

Había dos personas mirando desde dentro.

También eran Sara y Esteban.

Sara nunca volvió a la propiedad.

No sabe si las voces copiaban el futuro, si lo construían o si eran algo que necesitaba practicar a las personas antes de ocupar su lugar.

Solo conserva aquella fotografía.

La guarda boca abajo.

Hace unos meses Esteban murió por una enfermedad.

Sara asistió al funeral.

Regresó sola a su apartamento.

Se acostó.

A las 2:41 escuchó una voz desde el dormitorio de invitados.

La voz de Esteban.

No decía su nombre.

No pedía ayuda.

Solo conversaba tranquilamente con alguien.

Sara se acercó a la puerta.

La segunda voz era la suya.

—¿Crees que ya está lista?

Esteban respondió:

—Todavía no.

Sara retrocedió.

Su propia voz añadió:

—Entonces seguiremos practicando.

Desde la cocina llegó otra conversación.

Luego desde el baño.

Después desde el salón.

Toda la casa comenzó a llenarse con versiones de su voz, hablando al mismo tiempo sobre cosas que Sara nunca había dicho.

Y en medio de todas ellas escuchó una sola frase repetida habitación por habitación, cada vez más cerca.

—Ahora sí.

¿Te gustó esta historia?

El final no tiene por qué ser el final

¿Te atreves con otra?

Sigue con una historia relacionada o deja que el azar elija tu próxima inquietud.

0

Comentarios

Publicar un comentario