
Adriana comenzó a observar la casa de enfrente porque una mujer levantó una taza exactamente una hora después que ella.
Fue una coincidencia insignificante.
Eso pensó.
Adriana trabajaba desde casa y había convertido el comedor en una oficina improvisada. Desde su silla podía ver, al otro lado de una calle angosta, la fachada de una vivienda casi idéntica a la suya.
Ambas casas habían sido construidas en la misma época.
Dos pisos.
Ventanas altas.
Un pequeño jardín delantero.
Incluso los dormitorios parecían ocupar las mismas posiciones.
Adriana llevaba seis meses viviendo allí con Sofía, su hija de diez años. Se habían mudado después de separarse de Mauricio, el padre de la niña, y todavía había cajas sin abrir en el depósito.
Aquella tarde, a las 5:12, Adriana terminó una videollamada, tomó su taza roja y se quedó mirando por la ventana.
La mujer de enfrente estaba sentada frente a su propio comedor.
Adriana no distinguía bien su rostro por el reflejo del vidrio.
Solo veía una silueta.
Cabello oscuro.
Ropa clara.
La mujer levantó una taza.
Adriana sonrió.
Las casas eran tan parecidas que la escena parecía un espejo mal colocado.
Luego miró el reloj.
6:12.
Había pasado exactamente una hora.
No pensó más en ello.
Hasta la noche.
Sofía hacía una tarea junto a la ventana cuando dejó caer un lápiz.
Se agachó.
Lo recogió.
Después se puso de pie y dio dos pequeños saltos porque la pierna se le había dormido.
Adriana se rio.
—Te dije que no te sientes sobre el pie.
—Es más cómodo.
—Hasta que dejas de sentirlo.
A las 8:34 Sofía ya estaba en su dormitorio.
Adriana pasó nuevamente frente al comedor.
Una niña acababa de aparecer en la casa de enfrente.
Se sentó junto a la ventana.
Dejó caer algo.
Se agachó.
Lo recogió.
Luego dio dos pequeños saltos.
Adriana se quedó inmóvil.
Miró el reloj.
8:34.
Recordaba la hora porque a las 7:34 había recibido un mensaje de Mauricio mientras ayudaba a Sofía con la tarea.
Una hora.
Exactamente.
Se acercó al vidrio.
La niña del otro lado desapareció del campo de visión.
Adriana apagó la luz del comedor.
Ahora podía ver mejor.
La casa de enfrente parecía habitada.
Había lámparas encendidas en la sala y en un dormitorio del segundo piso.
Nunca había hablado con sus vecinos.
De hecho, no recordaba haberlos visto entrar o salir.
Eso tampoco significaba nada.
Llevaban horarios diferentes.
A la mañana siguiente se encontró con la señora Teresa, que vivía dos casas más abajo.
—¿Quién vive enfrente de mí?
Teresa miró la vivienda.
—¿La número treinta y ocho?
—Sí.
—Nadie.
Adriana creyó que había escuchado mal.
—Anoche había gente.
—La casa está vacía desde antes de que ustedes llegaran.
—Vi luces.
Teresa encogió los hombros.
—Tal vez los dueños fueron a revisar algo.
—¿Tienen una niña?
—No que yo sepa.
Adriana miró nuevamente la casa.
Las cortinas estaban cerradas.
—¿Hace cuánto está vacía?
—Dos años, quizá tres.
Teresa siguió caminando.
La explicación racional seguía existiendo.
Los propietarios podían haber ido esa noche.
Podían tener una hija.
Adriana decidió comprobarlo de la manera más sencilla posible.
A las 4:03 de la tarde se paró frente a la ventana.
Levantó ambos brazos.
Se tocó la cabeza.
Giró sobre sí misma.
Luego colocó tres cojines del sofá en el alféizar.
Anotó la hora en el teléfono.
4:03.
Sofía la observaba desde la puerta.
—¿Qué haces?
—Una tontería.
—¿Puedo ayudar?
—No.
Adriana cerró la aplicación del reloj.
—Y no quiero que hagas pruebas tú tampoco.
—¿Pruebas de qué?
—De nada.
A las 5:03 ambas estaban esperando.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Después apareció la mujer.
Adriana dejó de respirar.
La silueta levantó ambos brazos.
Se tocó la cabeza.
Giró.
Luego colocó tres objetos rectangulares junto a la ventana.
Sofía abrió la boca.
—Mamá.
—Lo sé.
—Está haciendo lo que hiciste.
Adriana grabó la escena.
La mujer terminó.
Después permaneció quieta frente al vidrio.
Sofía susurró:
—Nos está mirando.
Adriana cerró la cortina.
—No vuelvas a acercarte a esta ventana.
Revisó el video varias veces.
No había duda.
La secuencia era idéntica.
No parecida.
Idéntica.
Aquella noche llamó a Mauricio.
No quería asustar a Sofía, así que habló desde la cocina.
—Necesito que vengas mañana.
—¿Pasó algo?
—Quiero enseñarte una cosa.
—¿Tiene que ver con Sofía?
—No.
Adriana miró hacia el corredor.
—Bueno... no sé.
Mauricio llegó a las nueve de la mañana.
Vio los videos.
Primero dijo montaje.
Después reflejo.
Luego pensó que alguien estaba jugando con ellas.
Adriana esperaba esas respuestas.
Ella misma había pasado por todas.
—Hagamos una prueba que no puedan anticipar —dijo él.
—No quiero seguir.
—Si alguien las observa, necesitamos saberlo.
Eso tenía sentido.
Eligieron la ventana del dormitorio de Adriana.
A las 10:21, Mauricio apareció frente a ella sosteniendo una sombrilla abierta dentro de la habitación.
Adriana levantó una lámpara.
Sofía no participó.
A las 11:21 miraron desde el comedor con unos binoculares.
Nada.
11:22.
La mujer apareció.
Adriana sintió alivio.
—Se retrasó.
Mauricio miró el teléfono.
—Un minuto.
En la casa de enfrente, la mujer levantó una lámpara.
Un hombre apareció detrás.
Abrió una sombrilla.
Adriana miró a Mauricio.
—No fue una hora.
—Cincuenta y nueve minutos.
—Ayer fue exacta.
—Quizá anotaste mal.
—No.
Mauricio continuó mirando.
—Otra prueba.
Adriana no quería.
Aceptó porque necesitaba saber si aquello estaba cambiando.
A las 12:00 colocaron una silla de espaldas a la ventana.
Mauricio dejó un zapato encima.
Adriana encendió y apagó la lámpara cuatro veces.
Esperaron.
La escena apareció enfrente a las 12:57.
Cincuenta y siete minutos.
Mauricio ya no buscó una explicación.
—Está acortando el tiempo.
Adriana sintió una presión desagradable en el pecho.
—Porque seguimos mirando.
Mauricio bajó los binoculares.
—No sabemos eso.
—Entonces no averigüemos.
Cerraron todas las cortinas que daban hacia la calle.
En el dormitorio de Sofía colocaron además una manta sobre el vidrio.
Adriana apagó la cámara que había dejado grabando.
—Nadie mira hacia esa casa —dijo.
Sofía asintió.
—¿Ni un poquito?
—Ni un poquito.
Mauricio se quedó aquella noche.
A las 10:46 escucharon pasos en la vereda.
Adriana estuvo a punto de acercarse a la ventana.
No lo hizo.
Los pasos se detuvieron frente a la casa.
Luego continuaron.
Nada más ocurrió.
A la mañana siguiente las cortinas seguían cerradas.
Mauricio salió por la puerta trasera y rodeó la manzana para llegar a su automóvil sin pasar frente a la vivienda.
Adriana se burló de él.
—Pensé que no creías.
—Ya no sé qué creo.
Antes de marcharse miró a Sofía.
—Hazle caso a tu mamá.
La niña prometió hacerlo.
Adriana trabajó toda la mañana con las cortinas cerradas.
A las 2:15 recibió un mensaje de Sofía desde el colegio.
«Hoy salgo 4:30».
Adriana respondió.
«Voy por ti».
A las cuatro comenzó a guardar sus cosas.
Entonces notó una línea de luz sobre el piso.
La cortina del comedor estaba separada unos centímetros.
El viento, pensó.
Se levantó para cerrarla.
No miró afuera.
Cuando tomó la tela escuchó un golpe en el vidrio.
Retrocedió.
Otro golpe.
Después otro.
Adriana sintió la tentación de mirar.
No lo hizo.
Cerró completamente la cortina.
El teléfono sonó.
Era Sofía.
—Mamá.
La voz estaba agitada.
—¿Qué pasó?
—No vas a creerme.
—Dime.
—Hay una niña frente al colegio.
Adriana sintió frío.
—¿Qué niña?
—La de la casa.
—¿Cómo sabes?
—Tiene mi casaca.
Adriana tomó las llaves.
—Entra de nuevo al colegio.
—Pero ya cerraron el salón.
—Ve a portería. Dile al vigilante que espere contigo.
—Mamá...
—Ahora.
Adriana salió por la puerta trasera.
Recogió a Sofía veinte minutos después.
No había ninguna niña.
El vigilante confirmó que Sofía había señalado a alguien en la vereda.
Él no alcanzó a verla.
En el automóvil, Adriana no preguntó demasiado.
—¿Qué estaba haciendo?
Sofía miró sus manos.
—Esperándote.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque estaba donde yo siempre espero.
Adriana decidió que esa noche dormirían en casa de Mauricio.
Volvieron solo para recoger ropa.
Entraron por atrás.
No abrieron ninguna cortina.
Sofía preparó una mochila.
Adriana guardó documentos.
A las 6:02 estaban listas.
Entonces Sofía se detuvo en el corredor.
—Mamá.
—¿Qué?
La niña señalaba el piso.
Había una franja de luz debajo de la puerta del comedor.
La cortina se había abierto.
Adriana estaba segura de haberla dejado cerrada.
—Quédate aquí.
Entró.
El viento no podía haber sido.
La ventana estaba cerrada.
La cortina había sido apartada unos veinte centímetros.
Adriana evitó mirar.
Estiró la mano.
Entonces vio movimiento.
Solo fue un instante.
La mujer de enfrente estaba frente a su ventana.
No copiaba nada.
Tenía ambas manos apoyadas sobre el vidrio.
Adriana cerró la cortina.
Miró el reloj.
6:04.
—Nos vamos.
No esperaron.
Pasaron tres noches en casa de Mauricio.
Nada ocurrió.
Adriana comenzó a pensar que bastaba con alejarse.
El viernes regresó acompañada por él para recoger el resto de sus cosas.
Era mediodía.
La casa de enfrente estaba oscura.
Mauricio decidió cruzar la calle.
Adriana lo sujetó.
—No.
—Está vacía.
—Precisamente.
—Quiero saber quién entra.
—Yo no.
Mauricio la miró durante unos segundos.
Finalmente cedió.
Mientras cargaban cajas, Adriana mantuvo las cortinas cerradas.
Hasta que escuchó a Sofía gritar.
Corrió hacia el segundo piso.
La niña estaba en su dormitorio.
La manta había caído.
Miraba hacia la casa de enfrente.
—Aléjate.
Sofía no reaccionó.
Adriana la tomó del hombro.
—Sofía.
La niña señaló.
En el dormitorio opuesto estaba la otra niña.
Pero no imitaba a Sofía.
Estaba sentada en el piso.
Tenía una maleta junto a ella.
Adriana miró el reloj.
12:38.
La niña se levantó.
Tomó la maleta.
Salió de la habitación.
Unos segundos después, la mujer apareció.
También llevaba una maleta.
—Mamá...
—Cierra.
—Espera.
El hombre apareció detrás de ellas.
Los tres bajaron.
Adriana podía seguirlos por las ventanas de la escalera.
Llegaron a la planta baja.
La puerta de la casa de enfrente se abrió.
La familia salió.
Por primera vez Adriana pudo verlos sin vidrio de por medio.
La mujer tenía su altura.
Su cabello.
Su forma de caminar.
El hombre se parecía a Mauricio.
La niña era Sofía.
No copias aproximadas.
Eran ellos.
La otra Adriana tomó a la niña de la mano.
Cruzaron hacia un automóvil estacionado.
Mauricio apareció detrás de Adriana.
—¿Qué pasa?
Ella señaló.
Él alcanzó a ver el vehículo alejándose.
—¿Eran...?
—Sí.
Sofía comenzó a llorar.
Adriana cerró la cortina.
—Nos vamos ahora.
Mauricio tomó una caja.
—Eso estaban haciendo.
Adriana se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Irse.
Miraron el reloj.
12:41.
No sabían cuánto se había reducido el intervalo.
Ni siquiera sabían si todavía existía.
Adriana dejó las cajas.
—No hacemos nada de lo que acabamos de ver.
—Pero precisamente veníamos a mudarnos.
—Entonces no.
Era la primera decisión verdaderamente segura que podían tomar.
Si la casa de enfrente había comenzado a actuar antes, no iban a completar la secuencia.
Se quedaron.
A la una.
A las dos.
A las tres.
No prepararon maletas.
No salieron.
Mauricio pidió comida.
Comieron en la cocina, lejos de las ventanas.
A las 4:16 Sofía dejó caer el tenedor.
Adriana la miró.
—¿Lo viste enfrente?
—No.
—Entonces está bien.
A las seis comenzaron a tranquilizarse.
Quizá habían roto el patrón.
A las 8:07 escucharon un automóvil estacionarse frente a la casa.
Nadie se movió.
Tres puertas se cerraron.
Adriana sintió que el cuerpo se le tensaba.
Alguien caminó por el jardín.
Luego una llave entró en la cerradura principal.
Mauricio se levantó.
—¿Tienes otra copia?
—Tú tienes una. Yo otra.
—¿Sofía?
—No.
La llave giró.
La puerta no abrió porque Adriana había colocado el cerrojo interior.
Alguien volvió a intentarlo.
Después tocaron.
Tres golpes tranquilos.
Sofía tomó la mano de su madre.
—Mamá.
Desde afuera llegó una voz.
La voz de Adriana.
—Ábreme.
Nadie respondió.
—Sé que estás ahí.
Mauricio sacó su teléfono.
—Voy a llamar a la policía.
La otra Adriana habló nuevamente.
—No llames.
Mauricio se quedó inmóvil.
Todavía no había marcado.
—¿Cómo sabía?
Adriana recordó la casa.
Al principio iba detrás.
Luego había comenzado a adelantarse.
—No hagas nada.
La voz exterior continuó.
—Mauricio va a intentar salir por atrás.
Él miró hacia la cocina.
—No iba a hacerlo.
La cerradura volvió a moverse.
—Sofía va a llorar.
La niña se tapó la boca.
—Mamá...
—No pasa nada.
Pero Sofía ya estaba llorando.
Adriana sintió que el miedo cambiaba de forma.
No era solo que aquella familia supiera qué harían.
Cada frase hacía más difícil no hacerlo.
—No escuchen.
La voz de afuera dijo:
—Adriana va a apagar la luz.
Ella miró el interruptor.
No lo tocó.
Pasaron diez segundos.
Veinte.
La luz permaneció encendida.
Adriana sintió alivio.
—No puede obligarnos.
Mauricio asintió.
Entonces todas las luces se apagaron.
No porque Adriana hubiera tocado el interruptor.
La casa quedó a oscuras.
Sofía gritó.
Desde afuera, la otra Adriana dijo:
—Ahora sí.
Mauricio encendió la linterna del teléfono.
La puerta principal crujió.
El cerrojo seguía puesto.
No podían entrar.
—Atrás —dijo Adriana.
Los tres caminaron hacia la cocina.
Se detuvo.
La voz había dicho que Mauricio intentaría salir por allí.
—No.
—¿Qué?
—No vamos por atrás.
—¿Entonces?
Adriana miró hacia la escalera.
—Nos quedamos donde no puedan vernos.
Subieron al baño del segundo piso.
Era la única habitación sin ventana hacia la calle.
Cerraron.
Mauricio llamó a la policía.
Esta vez nadie anticipó la acción.
La llamada salió.
Mientras esperaban, escucharon pasos dentro de la casa.
No podían saber cómo habían entrado.
Sofía enterró la cara contra el pecho de su madre.
Los pasos llegaron al segundo piso.
Se detuvieron frente al baño.
No tocaron.
No hablaron.
Adriana miró la parte inferior de la puerta.
Había tres sombras.
Una grande.
Otra grande.
Una pequeña.
Permanecieron allí varios minutos.
Luego se alejaron.
La policía llegó a las 8:29.
Encontró la puerta principal cerrada.
El cerrojo seguía puesto desde dentro.
No había nadie más en la casa.
Revisaron cada habitación.
Nada.
Un agente cruzó después a la vivienda de enfrente.
La puerta estaba sin llave.
No había muebles.
No había electricidad.
El polvo cubría el suelo.
La empresa de agua había retirado el medidor casi tres años antes.
En el comedor encontraron marcas rectangulares sobre el polvo, como si tres cojines hubieran permanecido apoyados junto a la ventana.
En el dormitorio del segundo piso había una marca circular en el piso.
Del tamaño aproximado de una sombrilla abierta.
Adriana no entró.
No necesitaba ver nada más.
Esa misma noche se mudaron definitivamente.
Pero no usaron maletas.
Metieron la ropa en bolsas de basura.
Sacaron las cosas por la puerta trasera.
No siguieron ningún orden.
Mauricio condujo el automóvil de Adriana.
Adriana condujo el suyo.
Sofía viajó con Teresa, la vecina.
Se aseguraron de no repetir nada que hubieran visto hacer a la otra familia.
Antes de irse, Adriana cubrió todas las ventanas que daban hacia la calle con cartón.
La última fue la del comedor.
Mientras pegaba el borde inferior, vio algo a través de una abertura.
La casa de enfrente seguía vacía.
No había mujer.
No había hombre.
No había niña.
Solo tres ventanas oscuras.
Adriana terminó de cubrirla.
Nunca volvió a mirar.
Semanas después, Sofía le preguntó algo mientras desayunaban en el nuevo departamento.
—Mamá, ¿ellos copiaban lo que hacíamos nosotros?
Adriana tardó en contestar.
—Eso parecía.
—Entonces no entiendo una cosa.
—¿Cuál?
Sofía dejó la cuchara.
—La primera vez que vi a la niña no fue cuando yo dejé caer el lápiz.
Adriana la miró.
—¿Cuándo fue?
—Antes.
—¿Cuánto antes?
Sofía pensó.
—El primer día que llegamos a esa casa.
Adriana sintió un escalofrío.
—Nunca me dijiste eso.
—Pensé que vivía ahí.
—¿Qué estaba haciendo?
Sofía respondió sin darle importancia.
—Nos miraba bajar las cajas del auto.
Adriana permaneció en silencio.
Eso había ocurrido seis meses antes de la primera imitación.
Mucho antes de que ellas comenzaran a mirar.
Mucho antes de que la casa pareciera copiar cualquier cosa.
Sofía volvió a desayunar.
Adriana no hizo más preguntas.
Porque acababa de comprender que habían estado equivocadas desde el principio.
La casa de enfrente no había comenzado imitándolas.
Primero había aprendido a esperar.
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