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Hay alguien esperando donde termina la luz

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
Hay alguien esperando donde termina la luz

—No mires hacia el fondo.

Irene dejó de empujar el carrito.

Samuel estaba junto a la caja número cuatro, inmóvil, con una mano todavía apoyada sobre el mostrador.

—¿Qué pasa?

—Hay alguien ahí.

El supermercado llevaba cerrado casi una hora.

Las puertas automáticas estaban bloqueadas, las persianas metálicas cubrían la fachada y, salvo por ellos dos, no debía quedar nadie dentro.

Irene miró hacia el pasillo central.

—¿Dónde?

Samuel señaló sin extender del todo el brazo.

—Donde termina la luz.

A unos treinta metros, las lámparas de emergencia iluminaban las primeras secciones del supermercado. Más allá del área de productos de limpieza, la electricidad se había cortado por completo.

La frontera entre ambas zonas era extrañamente precisa.

Hasta cierto punto podían verse las baldosas, los estantes y los carteles de precios.

Después comenzaba una oscuridad compacta.

Y justo allí había un hombre.

Irene tardó unos segundos en distinguirlo.

No estaba dentro de la parte iluminada.

Tampoco parecía esconderse entre los estantes.

Permanecía exactamente en el límite, con los pies donde la claridad dejaba de alcanzar.

—¿Es el vigilante?

—Ramírez se fue antes del apagón.

—Tal vez entró alguien cuando cerramos.

Samuel negó.

—Llevo cinco minutos mirándolo.

—¿Y?

—No se ha movido.

Irene sacó el teléfono.

La pantalla mostraba que aún había cobertura.

—Voy a llamar a seguridad.

Samuel la sujetó del brazo.

—Espera.

Una de las lámparas de emergencia del techo parpadeó.

Se apagó.

La oscuridad avanzó aproximadamente seis metros.

El hombre ya no estaba donde lo habían visto.

Ahora estaba seis metros más cerca.

Ninguno lo había visto caminar.

Simplemente ocupaba el nuevo límite de la luz.

Irene sintió que el teléfono le resbalaba entre los dedos.

—¿Viste eso?

—Sí.

El hombre seguía inmóvil.

La luz era demasiado débil para distinguirle la cara.

Solo una silueta masculina, alta, con los brazos relajados a los costados.

Samuel retrocedió.

—No está caminando hacia nosotros.

Otra lámpara parpadeó.

Irene comprendió lo que quería decir antes de que se apagara.

La oscuridad ganó otro tramo.

El hombre apareció en el nuevo borde.

Más cerca.

—Es la luz la que está retrocediendo —dijo Samuel.

Irene llamó al número interno de seguridad.

Nadie respondió.

Probó con el administrador.

Luego con emergencias.

La llamada comenzó, pero se cortó antes de que pudiera explicar dónde estaban.

El temporal que había golpeado la zona esa noche había derribado media red eléctrica del distrito. Las luces del exterior se habían apagado poco después del cierre y el supermercado había pasado automáticamente al sistema de emergencia.

Hasta ese momento, el problema había sido una molestia.

Ahora las lámparas parecían estar muriendo una por una.

Irene observó al hombre.

—Tenemos que salir.

La salida principal estaba detrás de ellos y todavía permanecía iluminada por dos lámparas autónomas.

Samuel miró las persianas.

—La puerta peatonal tiene apertura manual.

—Entonces vamos.

Dieron tres pasos.

El hombre no reaccionó.

Irene siguió caminando hacia la entrada.

Samuel se quedó quieto.

—Espera.

—¿Qué?

—Mira.

Irene se volvió.

La figura había cambiado de lugar.

No estaba ya en el pasillo central.

Ahora se encontraba al fondo del corredor que conducía a las oficinas.

El límite de la iluminación de emergencia estaba allí más cerca que en el salón principal.

Quizás doce metros.

Samuel tragó saliva.

—No está esperando en un sitio concreto.

Irene miró la oscuridad del corredor.

—Busca el borde más cercano.

Como si la frase hubiera provocado algo, una de las luces sobre las cajas perdió intensidad.

La figura desapareció del corredor.

Apareció entre dos góndolas, siete metros más cerca.

Irene tomó una linterna del cajón de mantenimiento.

La encendió.

El haz blanco alcanzó directamente la figura.

Durante una fracción de segundo creyó que finalmente iba a verle el rostro.

No ocurrió.

Cuando la luz llegó al lugar donde debía estar, el hombre ya no estaba allí.

Irene movió la linterna.

Lo encontró al final del haz.

Exactamente donde la claridad se debilitaba hasta confundirse con la oscuridad.

Giró hacia la izquierda.

La figura apareció al nuevo extremo.

Giró a la derecha.

Otra vez.

Nunca la vio desplazarse.

—No lo estamos alejando —susurró Samuel.

Irene bajó lentamente la linterna.

La silueta regresó al borde de las luces del techo.

—No.

Lo entendió.

—Le estamos diciendo dónde esperar.

Samuel la miró.

Irene iluminó el suelo entre ellos.

—No parece poder quedarse dentro de una zona iluminada.

—Eso no significa que no pueda entrar.

—Hasta ahora no lo ha hecho.

La siguiente lámpara comenzó a parpadear.

Samuel señaló la puerta principal.

—Nos vamos ahora.

Corrieron hasta el acceso.

La persiana metálica permanecía abajo, pero al costado había una puerta estrecha para empleados.

Samuel sacó la llave.

La introdujo.

No giró.

—Está trabada.

—Muévela.

—La estoy moviendo.

La luz situada sobre ellos parpadeó.

Irene miró hacia atrás.

El hombre estaba junto al primer arco detector.

Cinco metros.

—Samuel.

—Ya sé.

Forzó nuevamente la cerradura.

Nada.

—La puerta quedó presionada cuando bajaron la persiana.

—¿Qué hacemos?

—Hay otra salida en recepción de mercadería.

Irene miró hacia el interior del supermercado.

El acceso al depósito estaba al otro extremo.

Para llegar tendrían que atravesar parte del salón donde ya no había luz.

—No.

Samuel vio la linterna que llevaba.

—Podemos iluminar el camino.

—La linterna solo mueve el borde.

—Entonces mantenemos el borde lejos.

La lámpara sobre la entrada se apagó.

La única que quedó en aquella zona estaba situada detrás de las cajas.

El hombre apareció a menos de tres metros.

Irene distinguió por primera vez detalles.

Camisa oscura.

Pantalón.

Cabello corto.

La cabeza ligeramente inclinada.

No podía verle los ojos.

—Vamos.

Samuel tomó una lámpara portátil de emergencia de debajo de una caja.

La encendió.

Era diferente a la linterna. Proyectaba luz en todas direcciones y formaba un pequeño círculo alrededor de ellos.

La figura desapareció.

Irene giró.

Estaba ahora en el límite exterior de aquel círculo.

A unos cuatro metros.

Samuel levantó la lámpara.

—Quédate cerca.

Avanzaron.

La silueta retrocedía sin dar un solo paso.

No era exactamente que se alejara.

Cada vez que el círculo iluminado avanzaba sobre el lugar donde estaba, el hombre aparecía nuevamente en el punto donde la luz terminaba.

Siempre frente a ellos.

Siempre esperando.

Atravesaron la sección de bebidas.

Después congelados.

La lámpara portátil emitió un pitido.

Samuel la miró.

—Batería baja.

Irene sintió un vacío en el estómago.

—¿Cuánto queda?

—No lo sé.

—Tiene indicador.

—Una barra.

El depósito estaba todavía lejos.

Irene señaló una segunda lámpara de mantenimiento colgada cerca de una columna.

—Esa.

Samuel caminó hacia ella sin abandonar el círculo de luz.

La alcanzó y pulsó el botón.

Nada.

—Está descargada.

Detrás de ellos se oyó un golpe.

Los dos se volvieron.

Una caja había caído de un estante.

No habían pasado cerca.

Irene enfocó con la linterna.

La figura apareció al final del haz.

Seguía sin moverse.

—¿Fue él?

Samuel negó lentamente.

—No lo sé.

La lámpara portátil volvió a pitar.

Continuaron.

El sonido del temporal era apenas perceptible bajo el techo.

Las gotas golpeaban las claraboyas.

Los refrigeradores estaban apagados.

Sin motores, música ambiental ni clientes, el supermercado parecía mucho más grande.

Irene comenzó a notar algo peor.

Cuando caminaban, la figura no siempre estaba delante.

A veces aparecía a la derecha.

O detrás.

Siempre donde terminaba la luz.

Pero cada vez un poco más cerca.

—El círculo está disminuyendo —dijo.

Samuel miró la lámpara.

La batería debilitada producía menos claridad.

El borde se contraía.

Y el hombre avanzaba con él.

Llegaron a la puerta del depósito.

Samuel la abrió.

Dentro estaba oscuro.

—No entres todavía.

Irene mantuvo la linterna hacia el interior.

El haz atravesó estantes, cajas y una carretilla.

Al fondo apareció la silueta.

Samuel levantó la lámpara portátil.

La luz del depósito se amplió un poco.

El hombre desapareció y reapareció más lejos.

—La salida está detrás de esas estanterías —dijo Samuel.

Entraron.

La puerta se cerró lentamente tras ellos.

Irene la sujetó.

—Déjala abierta.

—¿Por qué?

Ella señaló la luz de emergencia del supermercado.

Aunque débil, todavía se filtraba desde afuera.

—No quiero cortar ninguna fuente de luz.

Samuel asintió.

Avanzaron entre cajas.

La lámpara volvió a pitar.

El hombre apareció a la izquierda.

Después al frente.

Después detrás.

Irene ya no necesitaba buscarlo.

Podía sentir cuándo cambiaba de sitio porque Samuel se tensaba al mismo tiempo.

—No está intentando alcanzarnos —dijo él.

—¿Cómo puedes decir eso?

—Porque podría quedarse justo al borde.

Irene lo miró.

—Eso está haciendo.

Samuel negó.

—No. Mira la distancia.

El círculo apenas alcanzaba dos metros.

La figura estaba justo afuera.

—Cada vez que la luz disminuye, aparece donde termina. Nunca atraviesa ni un centímetro iluminado.

—Eso ya lo sabemos.

—Entonces no tenemos que ser más rápidos que él.

Samuel levantó la lámpara.

—Solo tenemos que llegar antes de quedarnos sin luz.

Al fondo apareció la puerta de carga.

Encima tenía un letrero verde de salida alimentado por una batería propia.

La luz que emitía era débil, pero suficiente para iluminar una pequeña zona.

—Ahí.

Se apresuraron.

La lámpara portátil pitó otra vez.

Y se apagó.

Irene encendió la linterna al mismo tiempo.

Durante un instante el depósito desapareció salvo por el estrecho cono blanco.

La figura estaba al final.

Mucho más cerca de lo que esperaba.

Apenas tres metros.

Samuel se colocó detrás de Irene.

—No muevas la linterna demasiado rápido.

—¿Por qué?

—Porque no sabemos de qué lado aparecerá.

La mano de Irene temblaba.

Dirigió el haz hacia la puerta.

La figura apareció frente a ella.

Movió la luz sobre el cuerpo.

Desapareció.

Reapareció junto al marco.

Samuel avanzó hasta la pequeña zona iluminada por el letrero verde.

—Ven.

Irene caminó hacia él.

Al acercarse, la linterna parpadeó.

—No.

La golpeó con la palma.

Volvió.

El hombre estaba ahora a menos de dos metros.

Irene pudo ver la forma del rostro.

No los rasgos.

Era como intentar reconocer a alguien detrás de un vidrio demasiado oscuro.

Pero vio algo que le produjo un miedo distinto.

El hombre estaba sonriendo.

No de una manera exagerada.

Solo una leve curva en la boca.

Como alguien que lleva mucho tiempo esperando y acaba de darse cuenta de que ya falta poco.

Irene entró en la zona iluminada por el letrero.

Samuel intentó abrir la puerta.

Cerrada.

—No.

—¿También?

—Tiene una barra interior.

—Entonces ábrela.

—Está bloqueada por fuera.

El edificio utilizaba cierres de seguridad durante la noche. La salida podía liberarse desde el panel del muelle, situado detrás de ellos.

A unos ocho metros.

La linterna volvió a parpadear.

Samuel miró el panel.

Después al hombre.

—Voy.

—Ni hablar.

—No tenemos opción.

Irene observó el espacio.

Entre la pequeña luz verde y el panel había oscuridad completa.

El haz de la linterna podía atravesarla.

Pero la figura aparecería al final.

Samuel señaló algo en la pared.

Una hilera de interruptores.

—Las luces del muelle.

Irene pulsó uno.

Nada.

Otro.

Nada.

En el tercero, una lámpara exterior se encendió al otro lado de la puerta.

La luz entró por una pequeña ventana rectangular.

Un rectángulo pálido apareció sobre el suelo del depósito.

El hombre desapareció.

Irene lo buscó.

No estaba frente a ellos.

Ni al final del haz.

Samuel señaló la ventana.

—Afuera.

La figura se encontraba ahora en el estacionamiento de carga.

Justo donde terminaba la luz exterior.

Mucho más lejos.

Irene entendió.

—Toda la zona iluminada está conectada.

El rectángulo que entraba por la ventana tocaba la luz verde del letrero.

Una estrecha franja continua.

Samuel recorrió con la vista el suelo hasta el panel.

—Si conseguimos conectar el panel con nosotros...

Irene dirigió la linterna hacia allí.

El haz tocó el rectángulo de luz.

No había oscuridad entre ambos.

Samuel avanzó por esa franja improvisada.

La figura seguía afuera.

Por primera vez desde que había comenzado todo, no apareció dentro del edificio.

Samuel llegó al panel.

Liberó la puerta.

El seguro emitió un clic.

—Listo.

Volvió sin abandonar la zona iluminada.

Abrieron.

La lluvia entró de inmediato.

El muelle exterior estaba vacío.

La lámpara sobre la puerta iluminaba unos quince metros de concreto.

Al final de esa claridad, bajo la lluvia, esperaba el hombre.

Irene no quiso mirarlo demasiado.

—¿El auto?

—Al otro lado.

El estacionamiento de empleados estaba sumido en oscuridad.

No podían alcanzarlo sin abandonar la luz.

Samuel sacó el teléfono.

—Pedimos ayuda desde aquí.

No hubo señal.

El temporal continuaba bloqueando las comunicaciones.

Irene observó el cielo.

No podían quedarse toda la noche bajo aquella lámpara.

Y entonces recordó algo.

—El generador.

Samuel señaló hacia el supermercado.

—Está apagado.

—No. El general sí. Pero el muelle tiene uno pequeño para las puertas frigoríficas.

—Está detrás del edificio.

Más allá de la zona iluminada.

Irene miró al hombre.

Seguía inmóvil.

—No vamos.

Samuel no discutió.

Regresaron al interior y cerraron la puerta.

La lámpara exterior continuó encendida.

Esperaron.

No intentaron vencer a aquello.

No intentaron averiguar qué era.

Simplemente se sentaron dentro de la pequeña intersección de luces y vigilaron las baterías.

Pasaron veinte minutos.

Luego cuarenta.

La linterna dejó de ser necesaria.

El hombre permanecía afuera, en el límite del foco del muelle.

Samuel se sentó contra la pared.

—¿Crees que sabe que estamos aquí?

Irene miró la silueta.

—Está mirando hacia nosotros.

—Eso no responde.

—Es lo único que sé.

Una hora después, la tormenta disminuyó.

A través de la ventana comenzó a entrar una claridad gris.

No fue repentina.

La noche simplemente empezó a perder fuerza.

El borde de la lámpara exterior se hizo menos evidente.

El estacionamiento apareció poco a poco.

Las líneas pintadas.

Los contenedores.

La reja.

El muro del fondo.

Y el hombre.

Seguía allí.

Pero ahora había algo diferente.

Irene se levantó.

—Samuel.

Él miró.

La claridad del amanecer estaba alcanzando la figura.

Primero los zapatos.

Después las piernas.

El torso.

El rostro continuaba oscuro.

No porque estuviera en sombra.

La luz simplemente no parecía quedarse sobre él.

El día siguió avanzando.

La silueta comenzó a perder definición.

No se volvió transparente.

No huyó.

No retrocedió.

El límite que necesitaba para existir estaba desapareciendo.

Y con él, desaparecía también la forma humana.

Cuando el sol terminó de aclarar el estacionamiento, ya no había nadie.

Samuel abrió la puerta.

Irene lo detuvo.

Esperaron otros diez minutos.

Después salieron.

En el lugar donde el hombre había permanecido durante horas no había huellas.

Ni marcas.

Ni objeto alguno.

Solo concreto mojado.

La electricidad regresó poco después.

El supermercado abrió esa tarde.

La empresa atribuyó el apagón a una falla en la red y reemplazó seis lámparas de emergencia cuyas baterías ya estaban deterioradas.

Irene y Samuel contaron lo ocurrido únicamente una vez.

El administrador revisó las cámaras.

Durante el apagón, la mayoría había dejado de grabar.

Una sobrevivió gracias a su batería interna.

Mostraba el área de cajas.

En la grabación se veía a Irene y Samuel observando el fondo del supermercado.

Se los veía retroceder cuando cada lámpara se apagaba.

También se veía a Irene apuntar con la linterna.

Pero nunca aparecía ningún hombre.

Samuel reprodujo el video varias veces.

—Entonces no estaba ahí.

Irene no respondió.

Adelantó hasta el momento en que la lámpara portátil se había encendido.

En la imagen, ambos quedaban rodeados por un círculo de claridad.

Fuera de él, todo era negro.

—Deténlo.

Samuel pausó.

—¿Qué?

Irene señaló la pantalla.

En el suelo del supermercado había dos sombras.

La de Samuel.

La de Irene.

Ambas proyectadas hacia la oscuridad.

Samuel acercó la imagen.

Las sombras terminaban justo en el borde de la luz.

Allí se unían.

No podían ver con qué.

Solo que dejaban de parecer dos formas separadas.

Samuel avanzó un fotograma.

Después otro.

En cada uno, mientras ellos caminaban, las sombras continuaban tocando aquel mismo punto negro en el límite.

Como si algo, desde afuera de la luz, hubiera mantenido una mano sobre ambas durante todo el recorrido.

Irene cerró el video.

Nunca volvió a verlo.

Tampoco renunció.

Durante meses siguió trabajando en el supermercado y terminó convencida de que aquello no había regresado.

Pero cambió una costumbre.

Antes del apagón, cuando cerraba una habitación, acostumbraba apagar la luz antes de salir.

Ahora hacía lo contrario.

Abría primero la puerta.

Encendía la siguiente lámpara.

Esperaba a que ambas zonas de claridad se tocaran.

Solo entonces apagaba la que dejaba atrás.

No porque creyera que aquello continuaba siguiéndola.

Nunca volvió a verlo.

Lo hacía porque había aprendido algo aquella noche.

La oscuridad no había traído al hombre.

La oscuridad había estado allí desde el principio.

Lo único que había hecho la luz era mostrarles exactamente dónde estaba esperando.

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