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El vecino que nunca sale de su departamento

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
El vecino que nunca sale de su departamento

Cuando Julián llegó al edificio, todos le hablaron del señor Varela.

La administradora lo mencionó mientras le entregaba las llaves.

—Si recibe un paquete por error, seguramente es para el 5B. El señor Varela compra muchas cosas.

La mujer del ascensor comentó que Varela regaba las plantas del vestíbulo cuando nadie más lo hacía.

El portero nocturno dijo que llevaba viviendo allí más tiempo que él.

Solo había un problema.

Julián nunca lo veía.

Su departamento, el 5A, estaba justo frente al 5B.

Durante el primer mes vio entrar y salir a todos sus vecinos.

Nunca a Varela.

Sin embargo, aparecían bolsas frente a su puerta.

Cartas.

Paquetes.

A veces una bandeja con comida.

La primera vez que preguntó, la señora del 5C se rio.

—Varela es muy suyo.

—¿Trabaja desde casa?

—Creo que sí.

—¿En qué?

La mujer tardó en responder.

—No recuerdo.

Aquella noche, a las 3:17, Julián despertó por unos pasos.

Venían del 5B.

La puerta se abrió.

No escuchó ninguna llave.

Solo el clic.

Después, pasos lentos por el corredor.

Julián miró por la mirilla.

No vio a nadie.

Pero los pasos continuaban.

Llegaron hasta el 5C.

Tres golpes.

Silencio.

Unos segundos después, desde dentro, la señora respondió:

—Buenas noches, señor Varela.

Los pasos regresaron.

La puerta del 5B se cerró.

A la mañana siguiente Julián preguntó:

—¿Varela fue a su casa anoche?

La mujer pareció sorprendida.

—No.

—La escuché hablar con él.

—Habrá sido un sueño.

—Dijo “Buenas noches, señor Varela”.

Ella sonrió.

—Bueno, puede ser. Nos conocemos desde hace años.

—¿Cuándo fue la última vez que lo vio?

La sonrisa desapareció lentamente.

—Ayer.

—¿Dónde?

—Aquí.

—¿A qué hora?

La mujer miró hacia el ascensor.

—No sé.

Julián empezó a prestar atención.

Cada madrugada, a las 3:17, la puerta del 5B se abría.

Los pasos salían.

Visitaban un departamento.

Tres golpes.

Luego regresaban.

Nunca podía ver a nadie por la mirilla.

El ascensor no se movía.

Las cámaras del pasillo mostraban el corredor vacío.

Pero los sonidos quedaban grabados.

Una semana después los pasos se detuvieron frente al 5A.

Julián se sentó en la cama.

Tres golpes.

No respondió.

Otra vez.

Tres golpes.

Permaneció en silencio.

Los pasos regresaron al 5B.

A la mañana siguiente encontró un paraguas negro apoyado junto a su puerta.

Sintió una incomodidad absurda.

Reconocía aquel paraguas.

Varela se lo había prestado el día de la mudanza.

Julián se quedó inmóvil.

Eso no había ocurrido.

El día de la mudanza no llovió.

Estaba seguro.

Tomó el paraguas.

En el mango había una pequeña placa.

J. VARELA.

Lo dejó frente al 5B.

Antes de entrar a su casa recordó otra cosa.

El señor Varela le había ayudado a subir una caja particularmente pesada.

Julián cerró los ojos.

No.

Había contratado a dos muchachos.

Tenía incluso el recibo.

Aquella tarde buscó las fotografías de la mudanza.

En una aparecía sosteniendo la caja.

Detrás, parcialmente oculto por el marco de la puerta, había un hombre alto con traje gris.

No recordaba haberlo visto.

Mostró la fotografía a su hermana.

—¿Quién es?

—El vecino.

—¿Qué vecino?

—Varela.

Julián sintió frío.

—Nunca te he hablado de él.

Su hermana frunció el ceño.

—Claro que sí.

—¿Cuándo?

—El día que te mudaste. Dijiste que parecía amable.

Julián negó.

—Nunca ocurrió.

—Julián, yo estaba allí.

—Entonces descríbelo.

Ella miró la foto.

—Alto.

—Eso lo estás viendo.

—Cabello...

Calló.

El rostro estaba oculto.

—¿De qué color tenía los ojos?

—No sé.

—¿Edad?

—Cincuenta.

—¿Lo viste?

Su hermana dejó de responder.

Esa noche Julián pegó una hoja sobre la pared.

Escribió:

NUNCA HE VISTO AL SEÑOR VARELA.

NO ME AYUDÓ CON LA MUDANZA.

NO ME PRESTÓ NINGÚN PARAGUAS.

Luego fotografió la nota.

A las 3:17 los pasos volvieron.

No se detuvieron frente a su puerta.

Fueron hasta el 5D.

Tres golpes.

Una voz masculina respondió desde dentro:

—Pase cuando quiera, señor Varela.

A la mañana siguiente Julián encontró al vecino del 5D reparando una bicicleta.

—¿Varela estuvo en su casa?

—No anoche.

—Lo escuché hablarle.

—Ah, seguramente le dije algo desde la cama.

—¿Por qué?

El hombre sonrió.

—Porque somos amigos.

—¿Desde cuándo?

—Desde siempre.

—¿Qué hacen juntos?

El hombre siguió ajustando la rueda.

—Cosas.

—¿Qué cosas?

La llave dejó de moverse.

—No sé.

Julián regresó a su departamento.

La hoja continuaba en la pared.

Pero había cambiado.

NUNCA HE VISTO AL SEÑOR VARELA.

Debajo:

ME AYUDÓ CON LA MUDANZA.

ME PRESTÓ UN PARAGUAS.

Julián tomó la fotografía del día anterior.

En la foto, el texto seguía siendo el original.

El papel en la pared no.

A las 3:17 de la noche siguiente salió al corredor antes de que empezaran los pasos.

Se escondió en la escalera.

La puerta del 5B se abrió.

El interior estaba oscuro.

Algo salió.

Julián no pudo verlo con claridad.

No porque estuviera oculto.

Su mirada resbalaba sobre aquella parte del pasillo.

Veía el papel pintado.

La alfombra.

Las lámparas.

Pero el espacio entre ellos parecía imposible de enfocar.

Los pasos llegaron hasta el 5A.

Su puerta.

Tres golpes.

Julián observó desde la escalera.

Dentro de su departamento sonó su propia voz.

—Buenas noches, señor Varela.

Julián sintió que el corazón se detenía.

Él estaba afuera.

Volvió a escuchar su voz.

—Sí. Claro que me acuerdo.

La figura permaneció frente a la puerta.

Después regresó al 5B.

Julián esperó.

La puerta comenzó a cerrarse.

Corrió.

Metió el pie antes de que encajara.

El interior estaba completamente oscuro.

Encendió la linterna.

No había departamento.

Había un corredor.

Mucho más largo que el edificio.

A ambos lados había puertas.

5A.

5C.

5D.

4B.

2A.

Nombres.

Apellidos.

Julián abrió la puerta marcada 5A.

Encontró una copia de su sala.

En la mesa estaba el paraguas negro.

Había fotografías que no existían en su casa.

En una, Julián y un hombre sin rostro comían juntos.

En otra estaban sentados frente al televisor.

En otra celebraban un cumpleaños.

Julián miró el reverso.

«Julián y Varela. 2024».

Nunca había ocurrido.

En el sofá había una chaqueta gris.

Escuchó voces dentro de las paredes.

—Varela siempre fue muy amable.

—Nos ayudó cuando nació Lucía.

—Fue al entierro de mi marido.

—Conoce este edificio mejor que nadie.

Cada frase era pronunciada por uno de sus vecinos.

Julián siguió avanzando.

Encontró una sala enorme.

Las paredes estaban cubiertas de fotografías.

Varela estaba en todas.

Nunca se veía su rostro.

A veces aparecía de espaldas.

Otras detrás de alguien.

En reflejos.

Al final había una mesa con ocho sillas.

Siete llevaban nombres de vecinos.

La última decía:

JULIÁN ORTEGA.

Algo respiró detrás de él.

Julián no giró.

—¿Señor Varela?

La respiración se acercó.

Una voz habló junto a su oído.

Era la voz de su hermana.

—No seas maleducado. Salúdalo.

Julián corrió.

Las luces se apagaban a su espalda.

Llegó a la puerta del 5B y salió.

Cerró.

Eran las 3:24.

Siete minutos.

A la mañana siguiente fue a la oficina de la administradora.

—Quiero ver el contrato del 5B.

—No puedo mostrarle documentos privados.

—¿Quién vive ahí?

—El señor Varela.

—Nombre completo.

La mujer abrió el sistema.

Se quedó mirando.

—Eso es raro.

—¿Qué?

—No aparece.

Sacó los planos.

El quinto piso mostraba 5A, 5C y 5D.

Entre 5A y 5C había un cuarto técnico.

No existía ningún 5B.

Subieron.

La puerta estaba allí.

La administradora la miró.

—Claro. El departamento de Varela.

Julián puso el plano delante de ella.

La mujer alternó la mirada.

—Debe ser un plano viejo.

—Lo acaba de sacar del archivo.

—Entonces lo reformaron.

—¿Cuándo?

Ella abrió la boca.

No respondió.

Julián comprendió.

La contradicción no importaba.

Mientras alguien recordara a Varela, la puerta parecía normal.

Esa tarde convenció a varios vecinos para reunirse.

Les pidió una sola cosa.

—Cuéntenme algo que recuerden haber hecho con Varela.

La señora del 5C habló de una Navidad.

El hombre del 5D mencionó un viaje.

La administradora recordó que Varela la había ayudado después de una caída.

—¿Alguno tiene fotografías donde se le vea la cara?

Nadie.

—¿Mensajes?

Nada.

—¿Su número?

Nadie lo tenía.

—¿Alguna conversación que él haya iniciado durante el día?

Silencio.

—Entonces ¿por qué están seguros de que existe?

La señora del 5C se enfadó.

—Porque lo conocemos.

—Descríbalo sin contarme un recuerdo.

No pudieron.

Aquella noche siete personas esperaron despiertas.

A las 3:17 la puerta se abrió.

Los pasos salieron.

Se dirigieron hacia el 5D.

Tres golpes.

El vecino mantuvo silencio.

Otra vez.

Tres golpes.

No respondió.

Los pasos fueron al 5C.

Después al 4A.

Después al 3B.

Como si algo estuviera probando puertas.

Nadie respondió.

A las 3:29 los pasos regresaron al 5B.

La puerta se cerró.

A la mañana siguiente nadie recordaba el viaje.

Ni la Navidad.

Ni la caída.

Los recuerdos falsos habían desaparecido.

Julián sintió alivio.

Duró poco.

La señora del 5C preguntó:

—¿Qué hacemos todos aquí?

—Por Varela.

Ella frunció el ceño.

—¿Quién?

La puerta del 5B había desaparecido.

Solo quedaba una pared.

Durante dos semanas no ocurrió nada.

Luego el vecino del 5D se mudó.

Llegó una pareja joven.

Mientras Julián los ayudaba con una caja, la mujer señaló el espacio entre 5A y 5C.

—¿Quién vive ahí?

Julián miró.

Había una puerta.

5B.

Sintió un nudo en el estómago.

—Nadie.

Ella sonrió.

—Qué raro. Acabo de ver entrar a un señor.

Julián dejó la caja.

—¿Cómo era?

—Alto. Traje gris.

—¿Le vio la cara?

La mujer pensó.

—Claro.

Julián esperó.

—¿Y?

Ella perdió la sonrisa.

—No recuerdo.

A las 3:17 de aquella madrugada los pasos salieron otra vez.

Pero no visitaron ningún departamento.

Fueron directamente al ascensor.

Julián los escuchó bajar.

A las 3:21 el portero nocturno llamó por el intercomunicador.

—Señor Julián.

—¿Qué pasa?

—Su vecino está aquí.

Julián cerró los ojos.

—¿Qué vecino?

—El señor Varela.

Silencio.

—Dice que usted dejó algo en su casa.

—No tengo nada suyo.

—Dice que sí.

—¿Qué?

El portero tardó en responder.

—Su silla.

Julián recordó la habitación dentro del 5B.

La mesa.

Ocho sillas.

La última con su nombre.

Miró hacia la pared donde había pegado aquella primera nota semanas atrás.

Ya no estaba.

En su lugar había una fotografía enmarcada.

Julián aparecía sentado junto a un hombre alto de traje gris.

Esta vez el rostro del hombre no estaba oculto.

Julián se acercó.

Lo observó durante varios segundos.

No reconoció a Varela.

Reconoció su propia cara.

El intercomunicador volvió a sonar.

El portero habló nervioso.

—Señor Julián...

—¿Sí?

—Perdone. Me confundí.

—¿Con qué?

—No era su vecino.

Julián no respiró.

—Entonces ¿quién era?

Hubo un silencio largo.

—Usted.

Las luces del corredor se apagaron.

A las 3:23 alguien introdujo una llave en la cerradura del 5A.

Julián no se movió.

La llave giró una vez.

Dos.

Después su propia voz habló desde el pasillo.

—Qué raro.

Pausa.

—Juraría que esta es mi casa.

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