
Mateo Salazar subió al autobús porque estaba lloviendo y porque llevaba cuarenta minutos esperando uno que nunca llegaba.
Eran las 2:13 de la madrugada.
La parada estaba vacía.
La pantalla del teléfono mostraba 4 % de batería y ningún vehículo disponible en las aplicaciones.
Entonces apareció el autobús.
No tenía número.
Tampoco nombre de ruta.
Solo un letrero blanco que decía:
REGRESO.
Mateo levantó la mano.
El autobús se detuvo.
La puerta se abrió.
El conductor era un hombre mayor con uniforme gris y gorra.
—¿Recuerda dónde debería estar?
Mateo frunció el ceño.
—En mi casa.
—Eso no fue lo que pregunté.
Mateo miró la lluvia.
—¿Este autobús va hacia San Martín?
—Suba si todavía recuerda por qué alguien lo espera.
Aquella frase debería haber bastado para marcharse.
Pero Mateo estaba cansado, mojado y sin batería.
Subió.
Había siete pasajeros.
Una mujer de unos sesenta años abrazaba un bolso.
Un adolescente dormía junto a la ventana.
Un hombre con traje sostenía un ramo de flores marchitas.
También había una niña con una mochila amarilla.
Mateo se sentó cerca de la puerta.
—¿Cuánto cuesta?
El conductor señaló una máquina antigua.
—Nada.
—¿Dónde baja en San Martín?
—No elijo las paradas.
La puerta se cerró.
El autobús arrancó.
Mateo miró por la ventana.
Conocía aquella avenida.
Después de dos cuadras debería aparecer una gasolinera.
No apareció.
En su lugar había casas viejas que nunca había visto.
Sacó el teléfono.
Sin señal.
La mujer del bolso lo observó.
—Es su primera vez.
—¿Qué quiere decir?
—Todavía pregunta por calles.
—¿Dónde estamos?
—Eso deja de importar rápido.
Mateo se levantó.
—Quiero bajar.
El conductor respondió sin girarse.
—Todavía no es su parada.
—Pare igual.
—No puedo.
—Claro que puede.
El hombre del ramo intervino.
—Siéntese.
—¿Por qué?
—Porque abrir la puerta donde nadie pertenece es peor que seguir viajando.
Mateo miró a los demás.
—¿Qué clase de broma es esta?
Nadie respondió.
A las 2:24 el autobús frenó.
No había una parada.
Solo una casa iluminada en medio de la oscuridad.
El conductor habló por primera vez en voz alta.
—Carmen Aguirre.
La mujer del bolso se puso de pie.
Sus manos temblaban.
—No sé.
El conductor miró el espejo.
—¿Recuerda por qué alguien la espera?
Carmen cerró los ojos.
—Mi hermana.
—¿Nombre?
—Raquel.
—¿Qué recuerda?
Carmen apretó el bolso.
—Cuando éramos niñas rompimos una ventana jugando con una pelota. Yo mentí y dije que había sido ella.
El conductor abrió la puerta.
Afuera, una anciana esperaba bajo el techo de la casa.
—Carmen.
La pasajera comenzó a llorar.
—Raquel.
Bajó.
En cuanto puso ambos pies en la calle, la casa y las dos mujeres desaparecieron detrás de la lluvia.
El autobús continuó.
Mateo se quedó mirando.
—¿Qué pasó?
El hombre del ramo respondió.
—Encontró dónde debía estar.
—¿Eso era su casa?
—Tal vez.
—¿Cómo que tal vez?
—Una casa es solo una dirección. Aquí no sirve.
Mateo miró al conductor.
—¿Qué es este autobús?
—Transporte nocturno.
—No me tome el pelo.
El conductor suspiró.
—Recoge a personas que han perdido la relación entre un lugar y la razón para volver a él.
Mateo negó.
—Yo no estoy perdido.
—Entonces bajará rápido.
Mateo intentó recordar su dirección.
Calle San Martín 428.
Cuarto piso.
Puerta blanca.
Lo sabía perfectamente.
—Vivo en San Martín 428.
El conductor no reaccionó.
—¿Y?
—¿Cómo que “y”?
—Una dirección no espera a nadie.
Mateo se quedó callado.
Pensó en su apartamento.
Oscuro.
Vacío.
Su madre había muerto tres años antes.
Su relación con su hermano era casi inexistente.
No tenía pareja.
Vivía solo.
Aquella noche había salido de trabajar tarde porque prefería quedarse en la oficina.
La niña de la mochila lo miraba.
—A veces pasa.
—¿Qué cosa?
—Creer que ir a casa y volver a algún sitio son lo mismo.
Mateo se sentó.
—¿Tú cuánto llevas aquí?
—No sé.
—¿Cómo te llamas?
—Sofía.
—¿Dónde vives?
La niña pensó.
—Antes sabía.
Mateo miró la mochila amarilla.
—¿Y nadie te está buscando?
Sofía bajó la mirada.
—Creo que sí.
El autobús tomó una curva.
Por la ventana apareció una ciudad diferente.
Mateo reconoció algunos edificios, pero estaban en lugares incorrectos.
Una iglesia junto a una fábrica.
Una escuela frente al mar.
Calles que terminaban en habitaciones iluminadas.
—¿Qué estamos viendo?
El hombre del ramo contestó.
—Lugares recordados mal.
Mateo miró sus flores.
—¿Y usted?
—Esteban.
—¿A quién espera?
—Yo no espero a nadie.
—El conductor dice que alguien tiene que esperarnos.
—No necesariamente.
Esteban acarició el ramo.
—También puedes bajar si recuerdas a quién deberías estar esperando tú.
Mateo no había considerado eso.
—¿Funciona en ambos sentidos?
—Siempre.
A las 2:41 el autobús frenó otra vez.
—Luis Herrera.
El adolescente despertó.
Afuera había una cancha de fútbol vacía.
El conductor preguntó:
—¿Recuerda por qué alguien lo espera?
Luis palideció.
—Mi padre.
—¿Qué recuerda?
—Me prometió que iríamos al partido.
Nada ocurrió.
El conductor no abrió.
Luis tragó saliva.
—Eso es verdad.
—Pero no es suficiente.
—¿Qué quiere?
—Un recuerdo que todavía pertenezca a ambos.
Luis comenzó a llorar.
—Murió hace dos años.
El conductor negó.
—Entonces no es él quien espera.
Luis miró por la ventana.
La cancha desapareció.
En su lugar apareció una pequeña tienda.
Una mujer estaba en la puerta.
Luis la reconoció.
—Mi tía.
—¿Qué recuerda?
—Cuando papá murió, yo no quería comer. Ella hacía sopa y fingía que era para ella.
La puerta se abrió.
La mujer llamó:
—Luis.
El muchacho bajó corriendo.
El autobús siguió.
Mateo entendió una segunda regla.
No bastaba con desear volver.
El recuerdo debía seguir conectado con alguien que aún perteneciera al destino.
—¿Qué pasa si nadie nos espera?
El conductor respondió.
—Entonces hay que recordar a quién espera usted.
Mateo miró a Sofía.
—¿Y si tampoco hay nadie?
El conductor tardó en contestar.
—Entonces el viaje se hace largo.
A las 3:06 Esteban pidió hablar con Mateo.
—Creo que mi parada se acerca.
—¿Cómo lo sabe?
—Las flores.
El ramo estaba recuperando color.
Los pétalos ya no parecían marchitos.
—¿Para quién son?
Esteban sonrió.
—Mi esposa.
—Entonces ella lo espera.
—No.
La sonrisa desapareció.
—Murió hace seis meses.
—Lo siento.
—Yo también.
A las 3:11 el autobús frenó frente a un cementerio.
El conductor dijo:
—Esteban Morales.
Esteban se levantó.
—¿Recuerda por qué alguien lo espera?
—Nadie me espera aquí.
El conductor asintió.
—Entonces ¿a quién espera usted?
Esteban miró las flores.
—A mi hija.
La escena cambió.
El cementerio desapareció.
Afuera apareció una estación de tren.
Una mujer joven corría hacia el autobús.
—¡Papá!
Esteban sonrió.
—Hace meses que no le contesto.
—¿Por qué?
—Después de morir su madre, dejé de hablar con todos. Ella siguió llamando.
El conductor abrió la puerta.
—¿Qué recuerda?
Esteban miró a su hija.
—Cuando tenía ocho años perdió un tren porque quiso volver a buscarme un regalo que había olvidado en una banca.
La joven golpeó la puerta desde afuera.
—¡Papá, baja!
Esteban salió.
Mateo observó hasta que desaparecieron.
Pensó en su teléfono.
Había llamadas que no contestaba.
Su hermano, Daniel, llevaba semanas escribiéndole.
Nada urgente.
Memes.
Fotos.
Preguntas tontas.
Mateo respondía tarde o no respondía.
Sacó el teléfono.
3 %.
Abrió el último mensaje.
«Mamá habría cumplido años hoy. ¿Quieres que mañana cenemos algo?»
Mateo lo había leído esa tarde.
No contestó.
La hora era 3:17.
El autobús frenó.
—Mateo Salazar.
Su corazón se aceleró.
Afuera apareció su edificio.
San Martín 428.
La puerta blanca.
El vestíbulo.
El conductor preguntó:
—¿Recuerda por qué alguien lo espera?
Mateo pensó en Daniel.
—Mi hermano.
La puerta permaneció cerrada.
—¿Qué recuerda?
Mateo buscó algo.
—Cuando éramos niños dormíamos en la sala durante los apagones.
Nada.
—¿Sigue perteneciendo a ambos?
Mateo comprendió.
Era un recuerdo verdadero, pero nunca lo habían mencionado en años.
No sabía si Daniel todavía lo conservaba.
—No sé.
El edificio comenzó a desvanecerse.
—¡Espere!
El conductor negó.
—No puedo fabricar el vínculo.
La escena desapareció.
Mateo se dejó caer en el asiento.
—Entonces estoy atrapado.
Sofía negó.
—Todavía tienes teléfono.
—Sin señal.
—No necesitas señal para recordar.
Mateo abrió las fotografías.
Daniel aparecía en pocas.
Encontró una de hacía cuatro años.
Los dos estaban en una cocina.
Su madre sostenía un pastel.
Mateo recordó aquella noche.
Después de la foto, su madre había salido a comprar hielo.
Daniel y él se quedaron solos.
Daniel había quemado la cena.
Mateo se burló durante media hora.
Luego comieron igual para que su madre no se sintiera mal.
Sonrió.
Ese recuerdo sí seguía vivo.
Daniel lo había mencionado el año anterior.
—La cena quemada.
El conductor miró el espejo.
El autobús frenó.
El edificio reapareció.
Esta vez una figura estaba junto a la entrada.
Daniel.
Llevaba pijama y una chaqueta encima.
—Mateo.
—¿Cómo puede estar ahí?
El conductor respondió.
—No está físicamente ahí todavía.
—Entonces ¿qué veo?
—El lugar al que el recuerdo conduce.
Mateo se levantó.
—¿Recuerda por qué alguien lo espera?
—Sí.
—¿Qué recuerda?
—Mi hermano quemó la cena el cumpleaños de nuestra madre. Nos la comimos para que ella creyera que había salido bien.
Daniel sonrió desde la entrada.
La puerta del autobús se abrió.
Mateo avanzó.
Sofía le sujetó la manga.
—No te vayas.
Él se giró.
—¿Qué pasa?
—Tengo miedo.
Mateo miró al conductor.
—¿Puedo llevármela?
—No.
—Es una niña.
—No puede bajar en una parada que no le pertenece.
—Entonces dígame dónde vive.
—Ella debe recordarlo.
Mateo volvió a sentarse.
La puerta comenzó a cerrarse.
—¡Espere!
El conductor lo miró.
—Si no baja ahora, su parada puede tardar en regresar.
Mateo miró a Daniel.
Después a Sofía.
—Volverá.
La puerta se cerró.
Daniel desapareció.
Sofía comenzó a llorar.
—No tenías que hacer eso.
—Tú tampoco deberías estar aquí sola.
El conductor continuó conduciendo.
—No puede rescatarla inventando un destino.
—No pienso inventarlo.
Mateo se sentó frente a Sofía.
—Cuéntame todo lo que recuerdes.
—No sé nada.
—Empieza por la mochila.
Era amarilla, con un parche de una estrella.
—¿Quién te la compró?
Sofía cerró los ojos.
—Una mujer.
—¿Quién?
—No sé.
—¿Qué recuerdas de ella?
—Olía a jabón.
—Algo más.
—Cantaba mal.
Mateo sonrió.
—Bien.
—Siempre decía que yo tardaba demasiado en ponerme los zapatos.
—¿Mamá?
Sofía abrió los ojos.
—Sí.
—¿Nombre?
—Carolina.
El autobús redujo la velocidad.
Mateo lo notó.
—Sigue.
—Vivíamos cerca de una plaza.
—¿Qué había?
—Un caballo.
—¿De verdad?
—Una estatua.
—Bien.
Sofía empezó a hablar más rápido.
Una panadería azul.
Un balcón con plantas.
Un perro llamado Nilo.
Una taza con un dibujo de conejo.
Su madre cantando mientras lavaba platos.
A las 3:44 el autobús frenó.
Afuera apareció una plaza con una estatua ecuestre.
Sofía se levantó.
El conductor preguntó:
—¿Recuerda por qué alguien la espera?
—Mi mamá.
—¿Qué recuerda?
Sofía comenzó a llorar.
—Cuando me enfermaba hacía sopa y decía que la receta era secreta, pero yo sabía que era de una lata.
La puerta se abrió.
Una mujer corría por la plaza.
—¡Sofía!
La niña abrazó a Mateo.
—Gracias.
—Baja.
Sofía corrió.
La mujer la recibió llorando.
El autobús continuó.
Ahora solo quedaban Mateo, el conductor y una mujer que no había hablado en todo el viaje.
Mateo se acercó.
—¿Cuánto lleva aquí?
La mujer miró sus manos.
—No sé.
—¿Recuerda su nombre?
—Elena.
—¿Algo más?
—No.
Mateo miró al conductor.
—Ayúdela.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Yo conduzco. No recuerdo por los pasajeros.
Mateo se sentó junto a Elena.
Pasaron horas.
O quizá minutos.
El reloj del teléfono dejó de avanzar a las 3:52.
Mateo preguntó por olores, canciones, comidas, objetos.
Nada.
Elena solo recordaba una puerta verde.
—Eso es algo.
—No sé dónde estaba.
—¿Quién estaba detrás?
Elena cerró los ojos.
—Un hombre.
—¿Quién?
—No recuerdo.
—¿Qué hacía?
—Esperaba sentado en las escaleras.
—¿Por qué?
Elena comenzó a llorar.
—Porque yo siempre llegaba tarde.
El autobús vibró.
El conductor miró el espejo.
—Siga.
Mateo comprendió que la memoria estaba cerca.
—¿Qué decía cuando llegabas?
Elena respiró.
—Decía...
Se quedó en silencio.
Luego sonrió.
—Decía: “Algún día voy a dejar de esperarte”.
Afuera apareció una puerta verde.
Un hombre mayor estaba sentado en los escalones.
Elena se puso de pie.
—Julián.
El conductor preguntó:
—¿Recuerda por qué alguien la espera?
—Porque nunca aprendí a llegar a tiempo.
El hombre afuera sonrió.
—Elena.
La puerta se abrió.
Ella bajó.
Mateo quedó solo.
—Ahora sí.
El conductor habló.
—¿Ahora sí qué?
—Su parada.
San Martín apareció otra vez.
Daniel estaba afuera.
Esta vez sostenía el teléfono.
Mateo vio la pantalla iluminarse en su propio bolsillo.
Una llamada entrante.
Daniel.
Tenía 1 % de batería.
Contestó.
—¿Mateo?
—Sí.
—¿Dónde estás? Son casi las cinco.
Mateo miró el reloj del autobús.
Marcaba 3:52.
—En camino.
—Llevo llamándote horas.
—Lo siento.
Hubo silencio.
—¿Estás bien?
Mateo miró al conductor.
—Sí.
—Ven a casa.
—¿A la mía?
Daniel rió.
—No. A la mía. Tengo comida.
Mateo sonrió.
—¿La vas a quemar?
Daniel guardó silencio.
Después comenzó a reír.
—Idiota. Mamá nunca se enteró de aquello.
La puerta se abrió.
Mateo bajó.
Estaba frente al edificio de Daniel, no el suyo.
El autobús arrancó.
Mateo se giró.
—¡Espere!
El conductor frenó.
—¿Qué pasa?
—¿Por qué me recogió?
El hombre lo miró.
—Porque sabía dónde vivía, pero había olvidado dónde quería volver.
—¿Y los demás?
—Lo mismo, de distintas formas.
Mateo pensó en Sofía.
—¿Qué pasa con quienes no recuerdan nunca?
El conductor miró los asientos vacíos.
—Siguen viajando.
—¿Para siempre?
—Hasta que recuerden. O hasta que dejen de querer hacerlo.
—¿Y entonces?
El conductor cerró la puerta.
—Entonces dejan de ser pasajeros.
El autobús desapareció bajo la lluvia.
Daniel abrió la puerta del edificio.
—¿Con quién hablabas?
Mateo miró la calle.
No había ningún vehículo.
—Con nadie.
Subieron.
A la mañana siguiente Mateo buscó información sobre la ruta.
No encontró nada.
Pero sí una noticia.
Una niña llamada Sofía Herrera había sido encontrada de madrugada en una plaza después de llevar desaparecida nueve horas.
La fotografía mostraba una mochila amarilla.
Mateo sonrió.
Buscó a Elena.
No encontró nada.
Tal vez había llegado.
Tal vez todavía estaba viajando en alguna versión del trayecto que él ya había abandonado.
Durante meses, Mateo cambió algunas cosas.
Respondía los mensajes de Daniel.
Visitaba más a sus amigos.
Dejó de pasar noches enteras en la oficina solo para evitar regresar a un apartamento vacío.
No porque tuviera miedo de volver a ver el autobús.
Porque finalmente había entendido la pregunta del conductor.
Una madrugada, casi un año después, salía de un restaurante cuando comenzó a llover.
En la parada había un hombre joven.
Miraba el teléfono desesperado.
Un autobús sin número apareció.
El letrero decía:
REGRESO.
Mateo sintió un escalofrío.
La puerta se abrió.
El conductor seguía siendo el mismo.
El joven preguntó:
—¿Va hacia el centro?
El conductor respondió:
—¿Recuerda dónde debería estar?
El muchacho se quedó confundido.
Mateo quiso advertirle.
Entonces el conductor lo miró desde el espejo.
Negó lentamente con la cabeza.
Mateo comprendió.
No podía responder por otro.
El joven subió.
El autobús se marchó.
Mateo esperó bajo la lluvia.
Sacó el teléfono.
Escribió a Daniel.
«¿Estás despierto?»
La respuesta llegó enseguida.
«Sí. ¿Qué quieres?»
Mateo sonrió.
«Nada. Solo quería saber».
Porque ahora sabe que estar perdido no siempre significa desconocer una dirección.
Puedes conocer perfectamente el número de tu casa.
La estación.
La calle.
El piso.
Y aun así no recordar por qué deberías regresar.
Por eso, si una madrugada aparece un autobús sin número y el conductor te pregunta dónde debería estar, no respondas con una dirección.
Piensa en una persona.
En una historia.
En algo que todavía exista entre ambos.
Y si no se te ocurre nada, quizá debas subir.
Pero procura recordar durante el viaje.
Porque el autobús siempre termina encontrando una parada para quien todavía pertenece a algún lugar.
Lo verdaderamente peligroso es descubrir que sabes perfectamente dónde vives...
y que ya no recuerdas por qué alguien allí debería esperar que vuelvas.
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