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Cada espejo recuerda una versión diferente de mí

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HISTOR(IA)S INQUIETANTES
Cada espejo recuerda una versión diferente de mí

La mujer del espejo del ascensor llevaba un anillo que Mariana nunca había visto.

No era llamativo.

Una banda delgada de plata en el dedo anular de la mano izquierda.

Mariana estaba sola dentro de la cabina.

Bajaba desde el piso doce hasta el estacionamiento.

Miró su propia mano.

No llevaba nada.

Volvió a mirar el reflejo.

La mujer seguía allí.

Misma blusa negra.

Mismo bolso.

Mismo cabello recogido de cualquier manera después de un día demasiado largo.

Mismo cansancio debajo de los ojos.

Y el anillo.

Mariana levantó la mano.

El reflejo hizo lo mismo.

La banda plateada brilló bajo la luz blanca del techo.

Mariana acercó los dedos al espejo.

La mujer del otro lado también.

Por un instante creyó distinguir algo más.

Una pequeña marca clara en su muñeca.

Mariana bajó la mano.

No tenía ninguna cicatriz.

Las puertas se abrieron.

El estacionamiento estaba vacío.

Mariana salió sin mirar atrás.

En el automóvil se revisó las manos otra vez.

Nada.

Pensó en luces malas.

Vidrio sucio.

Cansancio.

Las explicaciones habituales que uno utiliza cuando no quiere dedicarle importancia a algo absurdo.

Al llegar a casa se lavó la cara.

Cuando levantó la vista hacia el espejo del baño, el anillo no estaba.

Mariana sonrió.

—Claro.

Se sintió ridícula.

Entonces vio que su reflejo tenía el cabello suelto.

Mariana lo llevaba recogido.

No se movió.

La mujer del espejo tampoco.

La diferencia era pequeña.

Tan pequeña que durante unos segundos su mente intentó corregirla.

Se dijo que había soltado el cabello sin darse cuenta.

Que quizá la liga estaba floja.

Que la sombra de la lámpara hacía parecer otra cosa.

Se tocó la nuca.

La liga seguía allí.

En el espejo, la mujer se llevó una mano al cabello suelto.

Mariana retrocedió.

El reflejo retrocedió.

Ninguna de las dos parecía más asustada que la otra.

Mariana salió del baño.

No volvió a entrar hasta la mañana siguiente.

El espejo estaba normal.

El cabello recogido.

Sin anillo.

Sin cicatriz.

Mariana casi se convenció de que había imaginado todo.

Hasta que se vio en el espejo del dormitorio.

Allí llevaba una camisa blanca.

Mariana vestía una gris.

La diferencia duró menos de un segundo.

Parpadeó.

Gris.

Se quedó frente al espejo.

Nada más cambió.

No hizo pruebas.

No acercó objetos.

No grabó.

No quería convertir aquello en algo real.

Fue a trabajar.

En el baño de la oficina evitó mirarse directamente.

Se lavó las manos observando el grifo.

No funcionó.

El espejo estaba justo encima.

Cuando levantó la cabeza, su reflejo tenía el cabello más corto.

No mucho.

A la altura de los hombros.

Mariana lo llevaba por debajo del pecho.

La mujer reflejada parecía unos años mayor.

Tenía líneas finas junto a los ojos.

Y sonreía.

Mariana no.

La sonrisa no era amplia.

Era una de reconocimiento.

Como si aquella mujer hubiera estado esperando verla.

Mariana salió del baño.

No regresó en todo el día.

Esa noche llamó a su hermana.

—¿Alguna vez tuve el cabello corto?

Camila se rio.

—Claro.

—¿Cuándo?

—Como a los veinte.

—No.

—Sí.

Mariana cerró los ojos.

—Nunca me lo corté tan corto.

—Mari, yo estaba contigo.

—¿Dónde?

Camila tardó un momento.

—En el salón que estaba cerca de la casa de mamá.

Mariana intentó recordar.

No apareció ninguna imagen.

—¿Por qué me lo corté?

—Porque terminaste con...

Camila se quedó callada.

—¿Con quién?

—No sé.

—¿Cómo que no sabes?

—Espérate.

Mariana sintió un frío lento subirle por la espalda.

—Camila.

—Qué raro.

—¿Qué?

—Recuerdo verte llorando. Recuerdo el cabello en el suelo. Recuerdo decirte que te quedaba bien.

—¿Y con quién había terminado?

—No puedo acordarme.

Mariana miró hacia el espejo oscuro de la sala.

Desde donde estaba solo veía una parte.

Suficiente para distinguir su propia silueta.

—¿Tú recuerdas que yo haya estado casada?

Camila se rio.

—¿Qué?

—Respóndeme.

—No.

Mariana miró su mano izquierda.

—¿Segura?

La risa desapareció.

—Sí.

—¿Completamente?

—Mariana, ¿qué pasa?

—Nada.

Colgó.

Esa noche cubrió los dos espejos grandes del departamento con sábanas.

No sabía qué estaba evitando.

Solo necesitaba dejar de encontrarse con otras versiones de sí misma.

El espejo del ascensor era imposible de evitar.

Al día siguiente esperó a que llegara alguien más antes de subir.

Entró junto a un hombre del piso nueve y una mujer que hablaba por teléfono.

Mariana mantuvo la mirada en los números.

12.

13.

14.

En el espejo, algo llamó su atención.

La mujer del teléfono aparecía correctamente.

El hombre también.

Mariana no.

Había otra Mariana.

La misma de la noche anterior.

Anillo de plata.

Cabello recogido.

Cicatriz en la muñeca.

Pero ahora no llevaba bolso.

Sostenía la mano de alguien.

No había nadie junto a ella.

Mariana miró el espacio vacío a su derecha.

El reflejo tenía los dedos entrelazados con una mano que surgía desde fuera del borde del espejo.

El hombre del piso nueve notó que Mariana estaba mirando.

—¿Todo bien?

Ella apartó la vista.

—Sí.

Cuando volvió a mirar, su reflejo estaba sola.

Esa tarde evitó cualquier superficie brillante.

Pantallas apagadas.

Ventanas de noche.

Cristales.

Incluso la cuchara de metal de la cafetería.

Pero cuanto más evitaba verse, más consciente era de dónde podía aparecer.

En la pantalla negra de una computadora.

En una puerta de vidrio.

En la ventana de un automóvil.

En una vitrina.

Y ninguna parecía recordar exactamente a la misma Mariana.

Una tenía una pequeña quemadura en el cuello.

Otra llevaba lentes.

Una era mucho más delgada.

Otra tenía una cicatriz sobre la ceja.

En el reflejo de una tienda, Mariana vio por primera vez algo verdaderamente difícil de ignorar.

Estaba embarazada.

No mucho.

Quizá cinco meses.

La mujer reflejada caminó junto a ella detrás del cristal.

Mariana se detuvo.

El reflejo también.

Se llevó ambas manos al vientre.

Mariana no hizo lo mismo.

Aquella mujer la miró.

No sonrió.

Parecía agotada.

Luego volvió la cabeza hacia alguien que caminaba a su lado.

Una niña.

De unos seis años.

La niña no existía en la calle real.

Solo en el vidrio.

Mariana sintió que le faltaba el aire.

La niña levantó la cara hacia la mujer reflejada.

Dijo algo que Mariana no pudo escuchar.

La mujer respondió.

La vitrina tembló levemente cuando pasó un autobús.

La imagen desapareció.

Mariana se encontró sola frente al cristal.

Entró a una cafetería y se sentó lejos de las ventanas.

No lloró.

No sabía por qué tendría que hacerlo.

Aquello no era su hija.

Nunca había estado embarazada.

Nunca había querido tener hijos con suficiente claridad como para pensar en uno.

Pero durante el resto de la tarde tuvo una sensación insoportable.

No de haber visto algo imposible.

De haber olvidado algo importante.

Esa noche soñó con una niña que no mostraba nunca la cara.

Al despertar, encontró un dibujo sobre la mesa de la cocina.

Una casa.

Tres personas.

Una mujer.

Un hombre.

Una niña.

Mariana se quedó mirándolo durante casi un minuto.

No lo tocó.

La hoja era de su propio cuaderno de trabajo.

El lápiz estaba junto a ella.

Pensó en llamar a Camila.

No lo hizo.

Temía que su hermana recordara el dibujo.

Lo guardó dentro de un cajón.

En la oficina las cosas comenzaron a empeorar.

No con los espejos.

Con las personas.

Su compañero Esteban se acercó a su escritorio y señaló su muñeca.

—Te quedó bien.

Mariana bajó la mirada.

—¿Qué cosa?

—El tatuaje.

—No tengo tatuaje.

Esteban frunció el ceño.

—Ya.

Mariana apartó la manga.

Piel limpia.

Él la miró confundido.

—Qué raro.

—¿Qué viste?

—Nada. Pensé que...

No terminó.

Más tarde, una mujer de recursos humanos le preguntó si seguía viviendo en San Borja.

Mariana vivía en Jesús María.

Nunca había vivido en San Borja.

—Perdón —dijo la mujer—. Te confundí con otra persona.

Pero la miró demasiado tiempo antes de irse.

Al final del día, Camila llamó.

—Mamá pregunta si vas a ir el domingo.

—Sí.

—Dice que lleves a Julián.

Mariana dejó de escribir.

—¿A quién?

Silencio.

—No sé.

—Camila.

—No sé por qué dije eso.

Mariana sintió que algo dentro de ella se hundía.

—¿Quién es Julián?

—No conozco a ningún Julián.

—¿Estás segura?

Camila tardó demasiado.

—Sí.

—No intentes recordarlo.

—¿Qué?

—No lo hagas.

Colgó.

Aquella noche Mariana llegó a su departamento y encontró una de las sábanas en el suelo.

El espejo del dormitorio estaba descubierto.

No entró.

Desde el pasillo podía verlo.

Su reflejo estaba sentado sobre la cama.

Mariana permanecía de pie.

La mujer del espejo tenía el cabello corto.

Llevaba el anillo de plata.

Y sostenía una fotografía.

Mariana no podía distinguirla desde lejos.

El reflejo levantó la mirada.

Después colocó la fotografía boca arriba sobre la cama.

Mariana dio un paso hacia atrás.

La mujer reflejada se levantó.

No imitó el movimiento.

Caminó hacia el espejo.

Mariana sintió verdadero miedo por primera vez.

No era porque la imagen se moviera sola.

Era la expresión.

La mujer no parecía querer salir.

Parecía estar viendo a Mariana como alguien imposible.

Se acercó al vidrio.

Apoyó una mano.

Mariana permaneció en el corredor.

La mujer movió los labios.

Una frase corta.

Mariana no escuchó nada.

Pero creyó entenderla.

¿Dónde está?

El espejo se oscureció cuando la lámpara del dormitorio parpadeó.

La imagen volvió a coincidir con ella.

Mariana cerró la puerta.

Durmió en el sofá.

A la mañana siguiente había una fotografía sobre la cama.

No era la misma del espejo.

O quizá sí.

No podía saberlo.

Mostraba a Mariana en una playa.

Cabello corto.

Anillo en la mano izquierda.

Un hombre junto a ella.

Julián.

Mariana supo su nombre antes de pensar en él.

La sensación fue instantánea.

Como recordar una palabra olvidada.

Julián.

No reconocía su cara.

Pero sabía que era Julián.

Dio vuelta la fotografía.

No había fecha.

Ni escritura.

Mariana salió del departamento con la foto dentro de un sobre.

Durante todo el día evitó mirarla.

A las cinco, ya no estaba segura de por qué la llevaba.

Tuvo que abrir el sobre para recordarlo.

Julián.

El nombre seguía allí.

Pero menos.

Como si perteneciera a un sueño de la noche anterior.

Fue a casa de Camila.

No quería estar sola.

Su hermana la dejó entrar y, al verla, se quedó inmóvil.

—¿Qué?

Camila negó.

—Nada.

—Dime.

—Pensé que venías con alguien.

Mariana sintió frío.

—¿Con quién?

—No sé.

—No intentes recordar.

Camila la miró.

—Otra vez con eso.

Mariana le enseñó la fotografía.

Su hermana palideció.

—Ese es Julián.

—¿Lo conoces?

—Sí.

—¿De dónde?

Camila tomó la foto.

—Fue tu...

Se quedó mirando.

—Tu...

Mariana esperó.

Camila comenzó a llorar.

—No puedo.

—¿Qué recuerdas?

—Que me caía bien.

—¿Cuándo lo conociste?

—No sé.

—¿Dónde?

—No sé.

—¿Qué era para mí?

Camila apretó la fotografía.

—Creo que te quería mucho.

Mariana sintió algo cercano al dolor.

No por el hombre de la foto.

Por la manera en que Camila lo dijo.

Como si estuvieran hablando de alguien muerto.

—¿Está muerto?

Camila la miró.

—No sé.

La madre de ambas llegó mientras discutían.

Vio la foto.

Se sentó.

No preguntó quién era.

—Hace tiempo que no veía una de ustedes dos.

Mariana no pudo hablar.

Camila sí.

—Mamá.

La mujer observó a sus hijas.

—¿Qué?

—Mariana nunca estuvo con él.

La madre frunció el ceño.

—Claro que sí.

—¿Cuándo?

—Antes de...

Se detuvo.

Miró la fotografía.

Su expresión cambió.

—Qué raro.

Mariana sintió ganas de irse.

—¿Qué recuerdas?

Su madre se llevó una mano a la boca.

—La boda.

Camila soltó un sonido pequeño.

—No hubo boda.

—Sí hubo.

—Mamá.

—Yo compré el vestido contigo.

Mariana dio un paso atrás.

—¿Dónde fue?

Su madre intentó responder.

No pudo.

—¿Quién fue?

Silencio.

—¿Dónde están las fotos?

Nada.

La mujer comenzó a llorar.

—No sé.

Mariana tomó la fotografía y salió.

No quería escuchar más.

En el ascensor del edificio de su madre evitó el espejo.

No lo consiguió.

Allí estaba otra versión.

No llevaba anillo.

No tenía cabello corto.

Era casi exactamente ella.

Pero lloraba.

Mariana no.

La mujer reflejada apretaba algo contra el pecho.

Un pequeño suéter infantil.

Mariana cerró los ojos.

No los abrió hasta llegar a planta baja.

Durante los días siguientes dejó de preguntar.

Fue la única decisión que le dio algo de calma.

No preguntó por Julián.

No preguntó por la boda.

No preguntó por la niña.

No preguntó por el tatuaje inexistente ni por el departamento en San Borja.

Las versiones continuaron apareciendo.

Pero Mariana dejó de intentar decidir cuál era más real.

Una mañana vio en el espejo del baño a una Mariana mucho mayor.

Cabello gris.

Rostro sereno.

Sola.

Otra tarde, una ventana mostró una versión joven, quizá de diecinueve años, que llevaba una mochila universitaria distinta a la que Mariana recordaba.

En una puerta de vidrio apareció con un brazo enyesado.

En el espejo de un restaurante tenía una mesa reservada para dos.

Cada reflejo parecía recordar una vida completa.

Una vida que Mariana no tenía.

Eso habría sido soportable si los reflejos hubieran permanecido separados.

No lo hicieron.

El primero que cambió fue el espejo del baño.

Una mañana mostró el anillo.

Dos días después también la cicatriz.

Luego el cabello corto.

Características que hasta entonces pertenecían a espejos diferentes comenzaron a aparecer juntas.

El espejo del dormitorio hizo lo mismo.

Luego el del ascensor.

Poco a poco, las versiones dejaron de ser distintas.

Empezaron a ponerse de acuerdo.

Mariana no sabía sobre qué.

Eso la aterraba más que cualquier aparición.

Una noche entró al baño y encontró a la misma mujer que había visto meses atrás en la vitrina.

Cabello corto.

Anillo.

Cicatriz.

Un poco mayor.

No estaba embarazada.

Detrás de ella, reflejado en una puerta que no existía en el baño real, había un dormitorio infantil.

Mariana se quedó inmóvil.

La mujer del espejo también.

Por primera vez en semanas se movieron exactamente al mismo tiempo.

Mariana levantó una mano.

Ella también.

Tocó su cabello.

Ella también.

Se acercó al espejo.

Lo mismo.

Parecía completamente normal.

Hasta que Mariana miró hacia abajo.

La mujer del espejo llevaba una llave colgada del cuello.

Mariana no.

La reflejada tomó la llave.

La sostuvo frente al vidrio.

Luego señaló hacia la puerta inexistente del fondo.

Mariana retrocedió.

El reflejo no.

Se quedó junto al espejo.

Esperando.

Mariana salió del baño.

No volvió a mirarse esa noche.

Al día siguiente, la llave estaba sobre el lavamanos.

Pequeña.

De bronce.

Vieja.

Mariana no la tocó.

Fue a trabajar sin maquillarse.

Durante la mañana Esteban la miró varias veces.

Finalmente se acercó.

—¿Te encuentras bien?

—Sí.

—Te ves diferente.

Mariana dejó de escribir.

—¿Cómo?

Él la observó.

—No sé.

Entonces sonrió con incomodidad.

—Olvídalo.

A la hora del almuerzo, Camila envió un mensaje.

“¿Encontraste la llave?”

Mariana sintió que el ruido de la oficina desaparecía.

No respondió.

Otro mensaje.

“Perdón. No sé por qué pregunté eso.”

Mariana cerró el teléfono.

Esa tarde volvió a casa.

La llave seguía en el baño.

No había ninguna puerta nueva.

Nada parecía cambiado.

Se quedó frente al espejo.

Su reflejo tenía la llave colgada del cuello.

Mariana no.

La mujer la miró.

Detrás de ella estaba el dormitorio infantil.

Esta vez la puerta estaba abierta.

En el interior había una cama pequeña.

Una lámpara.

Dibujos pegados en la pared.

Y alguien sentado en el suelo.

Una niña.

Mariana no podía verle el rostro.

La niña levantó la cabeza.

La mujer del espejo se volvió hacia ella.

Mariana no.

La reflejada dijo algo.

La niña respondió.

Luego la mujer miró otra vez a Mariana.

No parecía asustada.

Parecía cansada.

Y entonces hizo algo que ninguna otra versión había hecho.

Se quitó el anillo.

Lo dejó junto al lavamanos del reflejo.

En el baño real apareció un pequeño sonido metálico.

Mariana miró.

El anillo de plata estaba junto a la llave.

No se acercó.

La mujer del espejo comenzó a llorar.

Mariana no sabía por qué.

No quería saber.

Salió del departamento.

No empacó.

No tomó ropa.

Solo salió.

Pasó la noche en casa de Camila.

A la mañana siguiente su hermana le preguntó si quería volver acompañada.

Mariana negó.

—No todavía.

—¿Qué vas a hacer?

—No sé.

Camila se quedó callada.

Luego dijo algo que Mariana recordaría durante mucho tiempo.

—Anoche soñé con tu hija.

Mariana la miró.

Camila se llevó una mano a la boca.

—Perdón.

—¿Cómo era?

—No sé.

Mariana sintió el impulso de insistir.

Nombre.

Edad.

Cabello.

Voz.

Qué había dicho.

Dónde estaba.

No preguntó nada.

Camila tampoco añadió nada.

Una semana después Mariana volvió al departamento acompañada por el propietario para recoger sus cosas.

El hombre caminó por las habitaciones sin notar nada extraño.

Los espejos mostraban una única Mariana.

Ella.

Cabello largo.

Sin cicatriz.

Sin anillo.

Sin llave.

El lavamanos estaba vacío.

La fotografía de Julián había desaparecido.

También el dibujo de las tres personas.

Mariana sintió alivio.

Hasta que el propietario entró al dormitorio.

—¿Vas a llevarte también las cosas del cuarto pequeño?

Mariana se quedó quieta.

—¿Qué cuarto?

El hombre señaló el pasillo.

—El otro.

No había otro.

Mariana miró hacia donde señalaba.

Había una puerta.

Pequeña.

Blanca.

Había estado allí tantas veces en sus reflejos que la reconoció de inmediato.

El propietario puso la mano en la manija.

—¿Lo abro?

Mariana miró el espejo del dormitorio.

Su reflejo estaba de pie exactamente donde ella.

Pero detrás de la mujer reflejada no había ninguna puerta.

Solo pared.

Mariana volvió a mirar la puerta real.

El propietario esperaba.

—No —dijo.

—¿No quieres revisar?

—No.

—Puede haber cosas tuyas.

Mariana sintió que algo en su memoria intentaba abrirse.

Una habitación.

Una lámpara.

Una niña riéndose.

Julián llamándola desde otra parte de la casa.

El peso de un cuerpo pequeño dormido contra su pecho.

Una voz diciendo mamá.

Cerró los ojos.

La imagen se deshizo antes de terminar de formarse.

—No hay nada mío ahí.

El propietario la miró con extrañeza.

Mariana recogió únicamente las cajas que reconocía.

Se fue.

Nunca volvió al edificio.

Con el tiempo, dejó de temer a los espejos.

No porque estuviera segura de que todo hubiera terminado.

Porque dejaron de mostrar diferencias.

Todos reflejaban lo mismo.

La misma ropa.

El mismo rostro.

Las mismas manos.

La misma vida.

Eso debería haberla tranquilizado.

No lo hizo.

A veces, mientras se lavaba los dientes o esperaba un ascensor, Mariana se encontraba mirando su reflejo y tratando de recordar cuál de las dos había sido la primera.

La mujer con el anillo.

La mujer sin él.

La que tuvo una hija.

La que nunca la tuvo.

La que vivió en San Borja.

La que estaba segura de no haberlo hecho.

Durante mucho tiempo pensó que los espejos le mostraban vidas que nunca habían ocurrido.

Después dejó de estar segura.

Porque una noche, muchos meses más tarde, Camila encontró una fotografía vieja dentro de una caja de su madre.

No se la mostró.

Solo la llamó.

—Mariana.

—¿Qué pasó?

Camila tardó en hablar.

—Encontré algo.

Mariana cerró los ojos.

—No me digas qué es.

Silencio.

—Está bien.

—Y no intentes recordar.

Camila respiró lentamente.

—Está bien.

Antes de colgar, añadió:

—Solo quiero preguntarte una cosa.

Mariana no respondió.

—¿Tú recuerdas haber tenido siempre esa cicatriz en la muñeca?

Mariana miró su mano izquierda.

La marca clara cruzaba la piel desde la base de la palma.

Pequeña.

Antigua.

Completamente curada.

No supo cuánto tiempo llevaba allí.

Delante de ella había un espejo.

Mariana no levantó la mirada.

Esta vez prefirió no preguntarle cuál de las dos estaba equivocada.

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El final no tiene por qué ser el final

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